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La Teoría del Espejismo Digital

PARTE 1: La Teoría del Espejismo Digital

El sol de justicia de las cuatro de la tarde en Madrid no perdonaba, ni siquiera bajo el toldo descolorido de “La Chispa”, una de esas tabernas de barrio donde las servilletas de papel sirven para todo menos para limpiar y las cañas se tiran con una maestría que roza lo místico. Marta jugueteaba con el borde de su copa, dejando que el sudor del cristal le humedeciera las yemas de los dedos mientras miraba de reojo la pantalla de su móvil, que descansaba sobre la mesa como una granada de mano sin seguro. Frente a ella, Javi, con la parsimonia de quien ha alcanzado el nirvana a base de ignorar notificaciones de WhatsApp, se terminaba un montado de lomo con pimientos que parecía ser lo único importante en su universo en ese preciso instante.

— Que te digo yo que aquí hay gato encerrado, Javi. Pero un gato de los grandes, de los que arañan y te dejan la cara hecha un mapa —soltó Marta de repente, rompiendo el silencio sepulcral que solo interrumpía el zumbido de una cámara frigorífica vieja.

Javi tragó, se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano y suspiró. Conocía ese tono. Era el tono de “detective de Instagram de guardia”, una versión de Marta que podía encontrar una aguja en un pajar y, de paso, el árbol genealógico completo de la aguja.

— ¿Otra vez con lo de Lorena y el tal Borja? Marta, por favor, que estamos a treinta y ocho grados. Deja que la gente viva sus dramas en paz, que yo bastante tengo con intentar que el aire acondicionado de mi casa no suene como un despegue de la NASA —replicó él, intentando buscar una salida de emergencia a la conversación.

— No es un drama cualquiera, es una cuestión de principios —insistió ella, desbloqueando el teléfono con una rapidez que asustaría a un hacker profesional—. Mira. Tres meses. Tres meses llevan saliendo. Se han ido a la sierra, han cenado en el sitio ese nuevo de la calle Ponzano que cuesta un riñón y parte del otro, y hasta fueron a la boda de la prima de Lorena en Albacete. ¡En Albacete, Javi! Eso es el equivalente civil a una declaración de guerra o a un compromiso matrimonial.

— ¿Y? —preguntó Javi, sabiendo perfectamente hacia dónde iba la flecha.

— ¿Y? Pues que entras en el perfil de Borja y, ¿qué ves? Fotos de su perro, fotos de puestas de sol intensas con frases de autoayuda barata, fotos de él haciendo crossfit con cara de estar sufriendo un cólico nefrítico… pero de Lorena, ni rastro. Ni un tag, ni una sombra, ni un reflejo en sus gafas de sol. Nada. Si no sube fotos contigo, algo esconde. Es de primero de redes sociales, Javi. Si no estás en el feed, no existes en su vida “oficial”.

Javi se echó hacia atrás en la silla de plástico, que crujió en señal de protesta. Miró a su amiga con una mezcla de lástima y diversión. Marta era de las que pensaban que si un árbol caía en un bosque y nadie subía un reel con música de tendencia, el árbol seguía en pie.

— O igual el chaval simplemente quiere privacidad, Marta. ¿Te has parado a pensar en esa locura? Hay gente que prefiere guardar las cosas bonitas para sí misma, en lugar de servirlas en bandeja de plata para que cuatro desconocidos y la vecina del quinto le den a un corazón de color rojo. Se llama vivir el momento, algo que tú no haces desde que te compraste el primer iPhone.

Marta soltó una carcajada seca, de esas que suenan a “pobrecito, qué tierno eres”.

— Privacidad… Sí, claro. Privacidad selectiva, lo llaman ahora. El tío sube hasta lo que desayuna: que si unas tostadas con aguacate, que si el café con leche de avena haciendo un dibujito de un cisne que parece un pato mareado. Para eso no quiere privacidad, ¿verdad? Para enseñarle al mundo que es un tipo sano y cosmopolita sí que tiene batería y cobertura. Pero para poner una foto con la chica con la que se acuesta y a la que le dice que la quiere, de repente se vuelve un monje trapense que huye de la vanidad mundana. Venga ya, Javi, no me jodas.

— Eres una cínica de manual —dijo Javi, pidiendo otra ronda con un gesto de mano al camarero, que asintió sin dejar de secar un vaso—. A lo mejor Lorena está de acuerdo. A lo mejor ella tampoco quiere ser el trofeo de nadie en una cuadrícula de fotos retocadas con filtros que te quitan hasta la nacionalidad.

— Lorena está que trina, aunque se haga la digna —confesó Marta, bajando un poco la voz como si Borja pudiera estar escuchando desde el grifo del barril—. El otro día me dijo, así como quien no quiere la cosa, que le parecía “curioso” que Borja no hubiera subido nada del viaje a la sierra. “Curioso”, Javi. Esa es la palabra que usamos las mujeres cuando queremos decir “estoy a un paso de quemarle el coche y borrarle la cuenta de Netflix”. Porque a ver, una cosa es no ser un pesado que sube cada vez que se dan un beso, y otra muy distinta es practicar el borrado sistemático de tu pareja en el ámbito digital. Eso es sospechoso. Eso huele a que hay una ex que todavía no sabe que es ex, o a que hay una “amiguita” en otra ciudad que piensa que Borja sigue soltero y disponible en el mercado de fichajes.

El camarero llegó con las dos cañas nuevas, dejando un rastro de humedad en la mesa. Javi le dio un trago largo a la suya, sintiendo cómo el frío le bajaba por la garganta y le daba fuerzas para continuar con el debate nacional.

— Mira, Marta, el problema es que habéis convertido Instagram en el Registro Civil. Si no hay foto, no hay relación legal. Y es absurdo. Mi abuelo no le hizo una foto a mi abuela en cincuenta años y te aseguro que la quería más que todos esos influencers que suben fotos abrazados en Maldivas y luego se divorcian a los tres meses por una movida de cuernos en un festival de música. La privacidad es un lujo, y Borja a lo mejor solo está protegiendo lo que tienen.

— ¡Proteger el qué! —exclamó Marta, gesticulando con tanta energía que casi tira la cerveza—. ¡Que no son agentes de la CIA! Que son un consultor de marketing y una fisioterapeuta. Nadie los persigue por la calle para pedirles autógrafos. Lo que Borja está haciendo es dejar la puerta abierta. Es como tener un cartel de “Se vende” colgado en el balcón mientras tienes a alguien viviendo dentro pagando el alquiler. Es una falta de respeto al compromiso. Si tú estás orgulloso de alguien, quieres que el mundo lo sepa. O al menos, no te escondes como si estuvieras traficando con órganos.

Javi se encogió de hombros, sabiendo que entrar en ese bucle era como intentar convencer a un gato de que se bañara. Marta tenía esa capacidad de análisis pormenorizado que convertía una simple anécdota en una tesis doctoral sobre la toxicidad moderna.

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