El reloj de pared del salón, un armatoste de madera de roble que Javi había heredado de su abuelo y que Elena odiaba con toda su alma, marcaba las nueve y media de la noche. El tic-tac era lo único que rompía el silencio sepulcral del piso, un sonido rítmico y molesto que parecía martillear las sienes de Doña Paquita. Ella, por su parte, no se había movido del sillón orejero en las últimas dos horas. Estaba en penumbra, con la única luz de una pequeña lámpara de pie que iluminaba apenas sus manos, entrelazadas sobre su regazo con la paciencia de un reptil esperando a su presa.
Paquita no era una mujer que perdiera el tiempo. Si estaba allí, instalada en el salón de su hijo un martes por la noche, era por una misión divina. O al menos, así lo veía ella. Había traído un táper de croquetas —porque, según ella, Javi estaba «en los huesos» desde que se casó— y se había quedado «para echar una mano», una frase que en el diccionario Paquita-Castellano significaba «para fiscalizar hasta el último gramo de polvo y el horario de llegada de su nuera».
Elena, mientras tanto, estaba al otro lado de la puerta principal, forcejeando con las llaves. Llevaba los tacones en la mano y el bolso colgando de un hombro como si fuera un fardo de escombros. Había sido un día de perros en la oficina. Bueno, un día de perros sería un cumplido. Había sido un naufragio emocional. Lo único que quería era una ducha, una copa de vino barato y que nadie le dirigiera la palabra hasta el 2028.
Cuando finalmente logró encajar la llave y abrir la puerta, el chirrido de las bisagras —que Javi prometió aceitar hace tres meses— le avisó de que el santuario no estaba vacío. Ese olor a fritura casera y a detergente de marca blanca solo podía significar una cosa.
—¿Paquita? —preguntó Elena, dejando los zapatos en el recibidor y suspirando con una mezcla de cansancio y resignación.
No hubo respuesta inmediata. Elena caminó por el pasillo, notando cómo el aire se volvía más denso a medida que se acercaba al salón. Al entrar, vio la silueta de su suegra recortada contra la débil luz. Paquita no se giró. Se limitó a consultar un reloj de pulsera imaginario, aunque el de la pared seguía sentenciando la hora con cada golpe de péndulo.
—Nueve y treinta y siete, Elena —dijo Paquita, con esa voz aterciopelada que usaba cuando estaba a punto de soltar una carga de profundidad—. Una hora muy taurina para una mujer casada, ¿no crees?
Elena cerró los ojos un segundo, pidiendo fuerzas a cualquier deidad que estuviera de guardia. Se frotó la cara y encendió la luz general del salón, cegando momentáneamente a ambas.
—Hola, Paquita. Yo también me alegro de verte. Veo que has vuelto a usar tu copia de las llaves «para emergencias». ¿Se ha inundado el edificio y no me he enterado?
Paquita se levantó con una agilidad impropia de sus setenta años, alisándose la falda de tablas con un gesto seco.
—La emergencia, hija mía, es que mi hijo ha tenido que cenar un yogur porque en esta casa no hay más que aire en la nevera. He venido a traerle algo de sustento, que se me está quedando transparente. Pero claro, como tú no estabas…
—He llegado tarde porque he tenido un día horrible, Paquita. No empecemos, por favor. Javi sabe perfectamente freírse un huevo si tiene hambre, que para algo tiene treinta y cinco años y pelos en las piernas.
Elena se dirigió a la cocina, esperando que el movimiento físico disipara la tensión, pero Paquita la siguió como una sombra, sus zapatillas de andar por casa haciendo un ruido siseante contra el parqué.
—¿Por qué llegaste tan tarde? —soltó Paquita de sopetón, plantándose en el marco de la puerta de la cocina mientras Elena sacaba una copa de un armario.
—Mucho trabajo, Paquita. Ya te lo he dicho. Hubo una crisis con un cliente, el servidor se cayó, tuvimos que rehacer tres informes… lo normal en una oficina que no es una mercería de los años cincuenta.
Elena sirvió el vino con mano temblorosa. La mirada de Paquita era como un escáner de aeropuerto, analizando cada poro de su piel, buscando la mentira, el rastro de un perfume ajeno o la mota de polvo del engaño. La suegra arqueó una ceja, una maniobra que le daba un aire de villana de telenovela de sobremesa.
—Mucho trabajo… —repitió Paquita, saboreando las palabras como si fueran un caramelo amargo—. Qué curioso. Qué laboriosa te has vuelto de repente, Elena. Si hace dos días te quejabas de que no te daban ni una hora extra.
—Pues hoy me han dado tres años de extras en una tarde —replicó Elena, dando un sorbo largo al vino—. ¿Podemos dejarlo ya? Estoy agotada, me duele la espalda y solo quiero sentarme cinco minutos sin que parezca que estoy en un interrogatorio de la Interpol.
—Yo no interrogo, hija. Yo observo. Es un don de familia —Paquita se acercó a la mesa de la cocina y pasó un dedo por la superficie, examinándolo luego con desprecio—. Lo que pasa es que hay cosas que no me cuadran. Y a mí, cuando las cosas no me cuadran, se me pone un runrún en el oído que no me deja dormir. Y si yo no duermo, tu suegro tampoco duerme, y eso es una cadena de desgracias que no te conviene empezar.
Elena dejó la copa sobre la encimera con un golpe seco. La paciencia, que ya venía bajo mínimos desde la oficina, se estaba evaporando a la velocidad del rayo.
—¿Qué es exactamente lo que no te cuadra, Paquita? Suéltalo ya, que nos conocemos.
La suegra sonrió. No era una sonrisa de alegría, sino la sonrisa de un ajedrecista que acaba de ver el mate en tres movimientos. Sacó su teléfono móvil del bolsillo del delantal —un smartphone de última generación que Javi le había regalado y que ella manejaba con una destreza terrorífica— y empezó a deslizar el dedo por la pantalla con una parsimonia exasperante.
—Qué raro… —murmuró Paquita, fingiendo sorpresa—. Estaba yo echando un vistazo a mis cosas, tú ya sabes, para estar informada de lo que pasa en el mundo… y resulta que tu jefe, ese señor tan simpático, el Don Ricardo… ¿cómo se apellida? Ah, sí, Martínez. Pues resulta que Don Ricardo ha subido unas fotos hace una hora.
Elena sintió un frío repentino recorrerle la columna.
—¿Y a mí qué me cuentas de las fotos de Ricardo? —intentó decir con indiferencia, aunque el tono le salió un octava más agudo de lo normal.
—Pues que las fotos son muy bonitas, la verdad —continuó Paquita, acercándole el móvil a la cara a Elena con un gesto triunfal—. Mira qué atardecer más precioso. Y qué paella se está comiendo el hombre. Lo que me extraña, fíjate tú qué tontería, es que las fotos las ha subido desde un hotel en las Islas Maldivas. Dice el texto: «Primer día de vacaciones, desconexión total».
El silencio que siguió a las palabras de Paquita fue tan denso que se habría podido cortar con un cuchillo de sierra. Elena se quedó mirando la pantalla. Efectivamente, ahí estaba Ricardo, su jefe, con una camisa de flores y un coco en la mano, más relajado que un Buda en un spa.
—Vaya… —alcanzó a decir Elena, procesando el desastre—. Pues… igual las ha subido ahora pero son de otro día. Ya sabes cómo es internet, Paquita.
—No me tomes por tonta, Elena, que yo tendré años pero no telarañas en el cerebro —sentenció la suegra, guardando el móvil con un movimiento brusco—. Las fotos ponen «hace 54 minutos». Y si el jefe está en las Maldivas con un coco, dudo mucho que tú estuvieras con él en la oficina de la calle Goya hasta las nueve de la noche rehaciendo informes. Así que te lo vuelvo a preguntar, y esta vez piénsate la respuesta: ¿Por qué llegaste tan tarde?
PARTE 2: El arte del cotilleo digital
Elena sintió que el mundo se detenía. El vino, que hacía un momento parecía una bendición, ahora le pesaba en el estómago como plomo derretido. Miró a Paquita, que permanecía firme, con los brazos cruzados y esa expresión de “te he pillado” que tanto había practicado durante décadas con sus propios hijos.
—Usted revisa demasiado Facebook, Paquita —soltó Elena por fin, tratando de recuperar el control de la situación—. De verdad, es insano. Hay gente que se dedica a mirar pájaros, otros hacen puzles… usted se dedica al espionaje industrial y familiar a través de las redes sociales. ¿No tiene un grupo de WhatsApp de las amigas para criticar al alcalde o algo así?
Paquita ni se inmutó. De hecho, el comentario pareció darle alas.
—Mira, bonita, yo reviso lo que tengo que revisar para que a mi hijo no le den gato por liebre. En mis tiempos, para saber si alguien mentía había que olerle la ropa o mirar los recibos del banco. Ahora, gracias a Dios y a Mark Zuckerberg, las mentiras tienen las patas muy cortas y los píxeles muy grandes. No me cambies de tema. Mi Facebook está divinamente, lo que no está tan bien es tu memoria.
Elena suspiró, caminando de un lado a otro de la cocina. Necesitaba una salida, y rápido.
—A ver, Paquita, escúchame bien. Que Ricardo esté de vacaciones no significa que la empresa se detenga. Precisamente porque el jefe no está, los que nos quedamos tenemos el triple de trabajo. ¿Te crees que las facturas se pagan solas? ¿Que los clientes dicen “ah, bueno, como Ricardo está en las Maldivas, no hace falta que nos envíen el proyecto hoy”? Pues no. Me ha tocado quedarme a cerrar flecos que él dejó abiertos antes de irse a tomar el sol.
—Ya, flecos —repuso Paquita con un sarcasmo que chorreaba como aceite de freír—. Flecos de color rosa, supongo. Porque Javi me ha dicho que hoy no le cogías el teléfono en toda la tarde. Y Javi es muy bueno, el pobre es un santo varón que no ve maldad ni aunque se la pongan delante con un cartel de neón, pero yo soy de otra pasta.
—Si no le cogía el teléfono es porque estaba REUNIDA —recalcó Elena, enfatizando la palabra como si fuera un mantra—. En una sala, con gente, hablando de cosas aburridas que usted no entendería. No estaba de fiesta, Paquita, aunque te cueste creer que alguien quiera pasar tiempo conmigo sin que haya un contrato de por medio.
Paquita se acercó un paso más. El olor a su perfume de lavanda de toda la vida se mezcló con el aroma de las croquetas de la encimera. Era la fragancia de la autoridad materna española, una combinación letal que intimidaría hasta a un legionario.
—¿Ah, sí? ¿Y con quién te reunías? ¿Con los fantasmas de la oficina? Porque me he tomado la molestia de llamar a la oficina a las siete de la tarde, fingiendo que era una clienta despistada, y me ha saltado el contestador automático. Dice: «Nuestro horario es de ocho a tres durante el verano». Fíjate tú, qué horario más europeo y qué poca vergüenza la del contestador, que te deja por mentirosa delante de tu suegra.
Elena sintió que se le subía el color a la cara. No era solo rabia, era la humillación de saberse observada por un servicio de inteligencia de una sola persona con moño y falda de cuadros.
—¡Es que es el colmo! —estalló Elena—. ¿Has llamado a mi trabajo? ¿Pero usted quién se cree que es? ¿La CIA de Chamberí? ¡Esto es una invasión de la privacidad en toda regla! ¡Usted revisa demasiado Facebook y demasiado mi vida entera!
—Y tú revisas demasiado poco a mi hijo —disparó Paquita sin pestañear.
El golpe fue directo al mentón. Elena se quedó muda, con la boca entreabierta.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Elena con voz gélida.
—Lo que oyes. Que te pasas el día «reunida», «trabajando», «cerrando flecos»… y mientras tanto, mi Javi ahí, solo, comiendo lo que pilla, viendo la tele con el perro y esperándote como el que espera que le toque la lotería. Que no le haces ni caso, Elena. Que parece que te molesta que respire. Mi hijo será muchas cosas, pero es un marido de los que ya no quedan, y tú lo tienes ahí como el que tiene un mueble de Ikea que no sabe dónde poner.
—Eso no es verdad y lo sabes —respondió Elena, bajando el tono pero con una intensidad vibrante—. Javi y yo tenemos una relación de adultos. Yo trabajo, él trabaja. Nos apoyamos. Si llego tarde es para que podamos pagar la hipoteca de este piso que, por cierto, está a nombre de los dos aunque a ti te guste pensar que él vive en un castillo y yo soy la asistenta.
Paquita soltó una risita seca, de esas que no tienen nada de gracia.
—La hipoteca… siempre sacas la hipoteca. Como si el dinero lo fuera todo. El cariño, Elena, el cariño es lo que mantiene una casa, no las letras del banco. Pero claro, tú para el cariño estás muy ocupada. Siempre estás cansada, siempre tienes una excusa. Y ahora resulta que el jefe está en las Maldivas y tú en una «reunión» que nadie confirma. A mí me huele a chamusquina, y no es porque se me hayan quemado las croquetas, que me han salido de exposición.
Elena se llevó las manos a la cabeza, tirándose un poco del pelo. La situación era absurda. Estaba en su propia cocina, siendo juzgada por una mujer que consideraba que el culmen de la tecnología era el mando a distancia, pero que había logrado acorralarla usando las redes sociales y un par de llamadas estratégicas.
—¿Sabes qué pasa, Paquita? Que estás proyectando. Como tu marido no te decía ni a dónde iba a comprar el pan, te crees que todo el mundo tiene secretos oscuros. Pues te voy a decir la verdad: me he ido al cine sola. ¿Satisfecha? He salido de trabajar a las seis, estaba harta de todo, y me he ido a ver una película de tres horas para no tener que aguantar a nadie. Ni a mi jefe, ni a los clientes, ni siquiera a Javi. Y mucho menos a ti. Me he tomado dos horas de libertad condicional. ¿Es eso un crimen? ¿Me vas a llevar a la Audiencia Nacional por querer ver una película en paz?
Paquita se quedó pensativa un momento. Arrugó el labio superior, analizando la nueva versión de los hechos.
—Al cine sola… —repitió con escepticismo—. Eso es casi más triste que tener un amante, Elena. ¿Quién va al cine solo un martes? Eso es de gente que no está bien de la cabeza. O de gente que miente muy mal. ¿Qué película has visto, a ver?
—Una… una de época. Inglesa. Mucho campo, mucha lluvia y gente que se mira pero no se toca —improvisó Elena—. Muy aburrida para ti, Paquita. Sin explosiones ni gente que se grita.
—Ya. Pues qué casualidad, porque en el cine del centro, el que está cerca de tu oficina, hoy estaban de limpieza por una fuga de agua. Lo han dicho en el grupo de vecinos de Facebook. «Cerrado por avería hasta el jueves».
Elena cerró los ojos con fuerza. Sentía que estaba jugando al ajedrez contra una máquina que ya había calculado todos sus movimientos posibles.
—Paquita, por el amor de Dios… ¿Hay algo en este barrio que no sepas por Facebook? —gritó Elena, perdiendo los papeles definitivamente—. ¡Usted revisa demasiado! ¡Es una obsesión! ¡Es acoso!
—Es amor de madre, Elena. Y el amor de madre no descansa, ni en redes sociales ni en la vida real. Y si tengo que estar mirando la pantalla hasta que se me queden los ojos como dos uvas pasas para saber qué trama la mujer de mi hijo, lo haré. Porque tú no eres clara, hija. Eres como una cebolla, capas y capas, y al final lo único que haces es hacerme llorar.
PARTE 3: La escalada del conflicto
La cocina parecía haberse quedado pequeña. Las paredes de azulejos blancos, que Elena siempre había considerado elegantes y minimalistas, ahora se le echaban encima como si fueran las celdas de una prisión. Paquita no se había movido ni un milímetro. Estaba allí, plantada como un menhir de la justicia familiar, disfrutando de cada segundo de la derrota de su nuera.
—Me rindo, Paquita —dijo Elena, dejando caer los brazos a los lados—. No puedo más. Tienes razón en todo. Soy una mentirosa compulsiva, el jefe está en las Maldivas, el cine está inundado y yo soy una mujer terrible que no merece a tu hijo. ¿Es eso lo que quieres oír? ¿Quieres que me ponga de rodillas y te pida perdón por no haber llegado a las siete a servirle la cena al heredero al trono?
Paquita suspiró, un suspiro largo y cargado de una falsa lástima que le dolió a Elena más que un insulto directo.
—No quiero que te pongas de rodillas, Elena. Lo que quiero es que seas digna de él. Mi Javi es un cielo. Desde pequeño, que me traía flores del parque aunque fueran margaritas de esas que crecen en los bordes de los caminos. Es un hombre sensible. Y un hombre sensible necesita a alguien que lo cuide, no a una mujer que llega a las diez de la noche con olor a vino y mentiras de oficina.
—¡Que no son mentiras de oficina! —exclamó Elena, subiendo el tono—. ¡Que la vida real es complicada! Que a veces uno se queda bloqueado en el coche escuchando la radio porque no tiene fuerzas para subir a casa y enfrentarse a la realidad. ¿Te has parado a pensar en eso? ¿En que a lo mejor tu hijo es «sensible», pero yo soy la que tiene que ser de hierro para que esta casa funcione?
—¡Ay, por favor! —Paquita agitó una mano en el aire, descartando el argumento como si fuera una mosca molesta—. De hierro dices… si te ahogas en un vaso de agua. Mi generación sí que era de hierro. Mi madre parió siete hijos, trabajaba en el campo y no le hacían falta «momentos para ella misma» ni películas de ingleses que se miran mucho. Se hacía lo que se tenía que hacer y punto. Pero vosotras… vosotras sois de cristal. Todo os estresa, todo es una crisis existencial. Y mientras tanto, mi hijo está en el salón, fingiendo que lee un libro, pero con la oreja puesta porque sabe que aquí algo huele a podrido.
—¿Javi está en el salón? —preguntó Elena, sorprendida. Ella pensaba que Javi no había llegado aún o que estaba en el gimnasio—. ¿Y por qué no ha salido a saludar?
—Porque el pobre está abochornado, Elena —sentenció Paquita con una seguridad pasmosa—. Está abochornado de tener una madre que tiene que hacer de detective porque su mujer no le cuenta ni la hora. Ha escuchado cómo entrabas, ha escuchado tus excusas baratas sobre el jefe y el trabajo, y se le ha caído el alma a los pies. Está allí, sufriendo en silencio. Como un hombre.
Elena sintió una punzada de culpa, pero rápidamente fue sustituida por una sospecha. Conocía a Javi. Javi no era de los que sufrían en silencio; era más de los que se ponían los cascos para no enterarse de las broncas entre su madre y su mujer.
Elena salió de la cocina a zancadas y se dirigió al salón. Paquita la siguió de cerca, casi pisándole los talones. Allí estaba Javi, efectivamente, sentado en el sofá con un libro de historia militar en las manos. Al ver entrar a las dos mujeres, levantó la vista con una expresión de pánico absoluto, como un ciervo sorprendido por las luces de un camión.
—Javi —dijo Elena, cruzándose de brazos—, ¿es verdad que estás «abochornado»? ¿Es verdad que estás sufriendo en silencio porque tu madre dice que te miento?
Javi miró a su madre, luego a su mujer, y luego buscó una salida de emergencia que no existía. Cerró el libro con cuidado.
—A ver, cariño… mamá tiene sus cosas, ya la conoces —empezó Javi, tratando de usar ese tono diplomático que tanto odiaba Elena—. Pero es verdad que me habías dicho que salías a las seis. Y cuando no contestabas… pues uno se preocupa. Luego llega mamá con las croquetas y con el Facebook ese de las narices… y claro, se monta la película de James Bond.
—¿La película de James Bond? —gritó Elena—. ¡Tu madre me ha llamado mentirosa, me ha dicho que el cine está inundado y que tu jefe está en las Maldivas! ¡Y tú aquí, sentado, dejando que me diseccione como si fuera una rana de laboratorio!
—¡Es que el jefe SÍ está en las Maldivas! —intervino Paquita, triunfal—. ¡Lo ha visto todo el mundo! ¡Hasta la Mari de la carnicería me ha puesto un comentario diciendo que el Ricardo ese vive como un rey mientras sus empleadas «hacen horas extras»!
Elena se volvió hacia Javi, ignorando a su suegra.
—Javi, escúchame. No he estado en la oficina. No he estado en el cine. ¿Quieres saber dónde he estado? He estado en la calle, sentada en un banco, mirando a la nada. Simplemente porque no podía más. Porque entre la presión del trabajo, el jefe que se va de vacaciones y me deja el marrón, y el hecho de que sé que cada vez que llego a casa me voy a encontrar a tu madre revisando hasta el tipo de papel higiénico que compramos… me ha dado un ataque de ansiedad. ¿Te vale eso como explicación? ¿O necesito un certificado médico sellado por el Papa?
Javi se levantó y se acercó a Elena, intentando ponerle una mano en el hombro, pero ella se apartó con brusquedad.
—Cariño, no me lo habías dicho… —murmuró Javi, con tono de disculpa.
—¿Cómo te lo voy a decir, Javi? Si cada vez que intento hablar contigo de que me siento superada, me dices que «no es para tanto» o que «mi madre solo intenta ayudar». ¡No ayuda! ¡Me asfixia! ¡Me tiene vigilada como si fuera una presa en libertad vigilada!
Paquita dio un paso adelante, recuperando el protagonismo.
—¡Ay, la ansiedad! ¡La palabrita de moda! —exclamó la suegra, fingiendo un desmayo—. Ahora todo es ansiedad. En mi época se llamaba tener poco que hacer. Si tuvieras que frotar el suelo de rodillas como hacía yo, se te quitaba la ansiedad de golpe. Lo que pasa es que eres una malqueda, Elena. Una malqueda que no sabe apreciar el marido que tiene. Que sepas que mi Javi podría estar con cualquier otra. Con la hija de la farmacéutica, por ejemplo, que esa sí que es una chica centrada y que siempre me saluda con una sonrisa, no como otras que entran en casa con cara de vinagre.
Elena sintió que algo se rompía dentro de ella. La tensión que se había ido acumulando durante meses, años de aguantar comentarios pasivo-agresivos, de intrusiones en su intimidad, de comparaciones constantes, finalmente estalló.
—¿La hija de la farmacéutica? —Elena soltó una carcajada histérica—. ¡Pues genial, Paquita! ¡Brillante! Me parece una idea fantástica.
PARTE 4: Modo avión y resolución final
La risa de Elena se detuvo de golpe. Se hizo un silencio denso, pesado, de esos que preceden a las grandes decisiones de la vida. Paquita la miraba con los ojos entrecerrados, sin saber muy bien si su nuera se había vuelto loca definitivamente o si estaba a punto de rendirse. Javi, por su parte, parecía querer fundirse con la tapicería del sofá.
—Perfecto —dijo Elena, con una calma que daba más miedo que sus gritos de antes—. Perfecto, Paquita. Si tanto te gusta la hija de la farmacéutica, si tan infeliz crees que es tu hijo conmigo, y si tan claro tienes que soy una mentirosa con «ansiedad de moda»… entonces adelante. Búsquele otra esposa.
Javi se puso pálido.
—Elena, por favor, no digas tonterías… —balbuceó él.
—No son tonterías, Javi. Estoy hablando muy en serio. Estoy harta de jugar a este juego de detectives. Estoy harta de que tu madre use su Facebook como si fuera el sumario de un juicio contra mí. Estoy harta de tener que justificar por qué llego tarde a mi propia casa. Y sobre todo, estoy harta de que tú no digas ni «mu».
Elena se giró hacia su suegra, que por primera vez en la noche parecía un poco descolocada. La seguridad de Paquita flaqueaba ante la falta de resistencia de su oponente.
—¿Quieres las llaves, Paquita? —preguntó Elena, extendiendo la mano—. ¿Quieres las llaves de esta casa para poder venir a las tres de la mañana a ver si Javi está roncando en el tono adecuado? Tómalas. Yo me voy. Me voy a un hotel, o me voy a casa de mi madre, o me voy a dormir debajo de un puente. Pero me voy a un sitio donde no haya wifi, donde nadie sepa quién es mi jefe y donde las suegras no tengan Facebook.
Paquita tragó saliva. No se esperaba esto. Ella disfrutaba del conflicto, del tira y afloja, de la superioridad moral. Pero esto era una ruptura total del tablero de juego.
—Bueno… tampoco hace falta ponerse así, Elena —dijo Paquita, intentando suavizar el tono pero sin bajarse del burro—. Solo te estaba diciendo que hay que ser más transparente… que las familias se deben una verdad…
—Las familias se deben respeto, Paquita —la cortó Elena—. Y tú me has faltado al respeto desde el minuto uno que entraste en esta casa hoy. Y tú, Javi, me has faltado al respeto al quedarte ahí sentado viendo cómo tu madre me interrogaba como si fuera una delincuente.
Elena se dirigió al pasillo, cogió su bolso y sus zapatos. Javi corrió tras ella.
—Elena, espera, no te vayas. Mamá, dile algo… dile que te has pasado.
Paquita se quedó en el salón, mirando sus manos. Por primera vez en muchos años, no tenía una réplica lista. La realidad de haber empujado a su nuera fuera de la casa empezaba a filtrarse en su mente. Si Elena se iba, Javi se hundiría. Y si Javi se hundía, ella perdería su estatus de «madre protectora» para convertirse en la «madre que rompió el matrimonio». Y eso, en el grupo de Facebook de las vecinas, no quedaba nada bien.
—Elena —dijo Paquita desde el salón, con una voz pequeña—, las croquetas se van a quedar frías.
Elena se detuvo en la puerta y miró a su suegra una última vez.
—Cómase las croquetas usted, Paquita. Y mientras se las come, aproveche para borrarme de Facebook. Y de su vida. A partir de ahora, mi relación con esta familia entra en modo avión. Sin señal, sin datos y sin posibilidad de rastreo.
Elena abrió la puerta y salió, cerrando tras de sí con un golpe firme que resonó en todo el edificio.
El silencio volvió a reinar en el piso, pero ya no era el mismo silencio de antes. Javi se quedó mirando la puerta cerrada, y luego miró a su madre. Paquita seguía en el salón, con el móvil en la mano, viendo la foto de Ricardo en las Maldivas.
—Mamá —dijo Javi con un hilo de voz—. La has liado. Pero bien.
Paquita no contestó. Desbloqueó el teléfono, entró en su perfil y buscó el nombre de Elena. Se quedó un momento mirando la foto de perfil de su nuera, una foto en la que salía sonriendo en la última Navidad. Con un suspiro, Paquita guardó el móvil en el delantal.
—Bueno… —murmuró la suegra, tratando de recuperar su dignidad—. Al menos las croquetas me han salido de muerte. Pero tienes razón, hijo. Mañana le mando un WhatsApp… para pedirle perdón o para preguntarle dónde ha comprado ese vino, que está muy rico.
Pero Javi ya no la escuchaba. Se había sentado en el suelo del recibidor, con la cabeza entre las manos, dándose cuenta de que, por mucho que Paquita fuera una detective experta, había algo que nunca había aprendido a rastrear: el límite de la paciencia de una persona que solo quería un poco de paz.
Aquella noche, en esa casa de Madrid, no hubo más cotilleos, ni más fotos de Facebook, ni más interrogatorios. Solo hubo dos personas en un silencio incómodo, un plato de croquetas enfriándose sobre la mesa y una mujer, a unos kilómetros de allí, disfrutando por fin del silencio absoluto de una habitación de hotel donde el mundo, por fin, estaba en modo avión.
Chốt: Relación familiar en modo avión.