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La Misteriosa Vida de DOLORES DEL RÍO en su Mansión| La Escena PROHIBIDA en Hollywood, Amores y Máss

La Misteriosa Vida de DOLORES DEL RÍO en su Mansión| La Escena PROHIBIDA en Hollywood, Amores y Máss

En el barrio de Santa Catarina, en Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, hay una cazona de cantera que abarca casi una manzana entera. Tiene un portón enorme de madera con herrería, muros cubiertos de enredaderas que le dan un aspecto de castillo olvidado en medio de la ciudad y una placa en la fachada que dice algo que detiene a cualquiera que pase caminando por ahí.

 La placa dice, “Aquí vivió de 1943 a 1983 Dolores del Río.” Eximia, actriz mexicana, Gloria Nacional. 40 años vivió ahí la mujer que el mundo entero conoció como la más bella del cine. 40 años en una casa que ella bautizó como la escondida, porque eso era exactamente lo que necesitaba cuando la compró, un lugar donde esconderse del mundo después de que el hombre que ella creyó que era el amor de su vida la traicionó en Brasil con las primeras mujeres que se le cruzaron mientras ella le mandaba cartas y telegramas que él nunca contestó. Pero

eso lo vamos a contar en su momento. Hoy vas a conocer la historia de Dolores del Río. Vas a saber como una niña de Durango que nació en una hacienda rodeada de lujo tuvo que huir de la Revolución Mexicana con su madre a los 5 años. Vas a conocer al hombre 18 años mayor que ella con quien se casó a los 15 y que le dio el apellido con el que el mundo la conocería para siempre.

 Vas a saber como un director de Hollywood la descubrió en una fiesta en México y la convirtió en la primera latina en conquistar la industria más poderosa del entretenimiento mundial. Vas a entender como Hollywood la usó, la encasilló, la hizo nadar deuda en una película que escandalizó a Estados Unidos, la puso a bailar tango con Fredas Tire, la hizo interpretar francesas, rusas, nativas de los mares del sur, todo menos lo que ella era, una mujer mexicana.

 Vas a conocer al genio del cine que la amó desde que era adolescente, que la persiguió durante años hasta conquistarla, que filmó a su lado la mejor película de la historia del cine, que le prometió matrimonio y que después la abandonó sin una sola palabra desde Brasil mientras se acostaba con medio Río de Janeiro.

 Vas a saber por qué el gobierno de Estados Unidos le negó el permiso de trabajo acusándola de comunista. Vas a conocer al hombre que la esperó 10 años para casarse con ella y que fue el único que le dio paz. Y vas a saber qué pasó con la escondida, esa cazona de Coyoacán, donde Frida Calo y Diego Rivera iban a comer los domingos, donde María Félix y John Wayne cruzaron la misma puerta, donde los poetas y los pintores más importantes de México se codeaban con las estrellas del cine, mientras Dolores presidía la mesa con esa elegancia que nadie le enseñó, que

simplemente traía puesta desde que nació. Pero para entender esa casa hay que entender a la mujer que la eligió y para eso hay que empezar en Durango. María de los Dolores Azuno y López Negrete nació el 3 de agosto de 1904 en Victoria de Durango, la capital del estado de Durango, al norte de México. Y desde el primer dato de su vida, la historia tiene un peso que no es común.

[música] Su padre se llamaba Jesús Leonardo Azun Solo. Era ganadero, banquero, director del Banco de Durango. Un hombre de posición económica sólida en una época en que tener posición en México significaba pertenecer a una élite muy pequeña y muy poderosa. Su madre se llamaba Antonia López Negrete y venía de una de las familias más distinguidas del país, una estirpe que descendía de la nobleza virreinal.

 Era aristocracia mexicana pura del tipo [música] que existía durante el porfiriato, cuando las familias ricas de México vivían mirando hacia Europa y educaban a sus hijos como si fueran parte de la corte francesa. Hay un dato que casi nadie conecta cuando habla de Dolores del Río y que, sin embargo, dice mucho sobre la dimensión de la familia de la que venía.

Su madre estaba emparentada con Francisco y Madero, el hombre que encendió la revolución mexicana. El presidente que fue asesinado en 1913 durante la decena trágica. Dolores del Río era sobrina de un presidente de México. Eso no es un dato menor. Significa que desde antes de nacer su vida estaba conectada con el poder, con la política, con la historia del país, de una manera que muy pocas personas pueden decir.

 Los primeros años de Dolores transcurrieron en la Hacienda de la Concepción. una propiedad familiar en Durango, donde la vida tenía esa calma particular de los lugares grandes, con tierras [música] que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, con sirvientes, con una rutina que parecía inamovible.

 Pero en 1910, cuando Dolores tenía 5 años, el mundo que conocía se derrumbó. Estalló la Revolución Mexicana y el ejército villista avanzaba por la región de Durango con una fuerza que no respetaba haciendas ni apellidos. La madre de Dolores tomó a su hija y huyó a la ciudad de México. El padre escapó a Estados Unidos y no se reunió con ellas hasta 1912.

 La hacienda, las tierras, la vida que habían conocido, todo quedó atrás. La familia perdió casi todo durante la revolución. Ya en la Ciudad de México, Dolores fue inscrita en el colegio San José, un convento de monjas francesas donde recibió educación elemental. Aprendió francés, sobre todo aprendió a bailar. La danza fue lo primero que Dolores hizo bien, lo primero que la distinguió, lo primero que hizo que la gente la mirara de una manera diferente.

 Desde niña tenía un talento natural para el movimiento, una gracia que no se aprende, que se tiene o no se tiene y que décadas después haría que los directores de Hollywood y los fotógrafos de moda de París se obsesionaran con la manera en que ocupaba el espacio frente a una cámara. Pero hay algo que casi nadie sabe. Siendo niña, Dolores tenía complejos.

Creía que no era bella. Es difícil de imaginar cuando uno ve las fotografías que vinieron después, cuando uno sabe que el escritor Carlos Fuentes la definió como la poseedora de los huesos faciales más perfectos de mestizaje indomediterráneo, cuando uno sabe que Erich María Remarque, el autor de sin novedad en el frente, la comparaba con Greta Garbo y decía que una mujer perfecta sería una fusión entre ambas, pero de niña Dolores no veía eso en el espejo.

 Eso vino después, cuando el mundo se lo mostró. A los 15 años, Dolores conoció al hombre que le daría el apellido con el que la historia la recuerda. Se llamaba Jaime Martínez del Río. Era abogado, escritor, hijo de una familia rica con propiedades en Durango, 18 años mayor que ella. Se conocieron en el ambiente social de la élite capitalina, en esas reuniones donde las familias con dinero y con hombres se cruzaban constantemente.

 Se casaron en 1921, cuando ella apenas tenía 17 años. Fue una boda grande del tipo que correspondía a las familias de esa posición y la luna de miel duró 2 años. Dos años viajando por España, Francia e Inglaterra. Dos años en los que Dolores vio Europa por primera vez, absorbió su cultura, aprendió sus códigos, se movió entre salones y museos y teatros con la naturalidad de alguien que estaba hecha para ese mundo, aunque hubiera nacido en una hacienda de Durango.

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