Joan Crawford: Cuando Su Hija Reveló Todo… Hollywood La Abandonó
Cuatro maridos, cuatro hijos adoptados, un Óscar. 40 años de carrera en Hollywood. Una fortuna estimada en $,000 al momento de su muerte. Y en 1979, 2 años después de su entierro, un solo libro escrito por su propia hija adoptiva iba a destruir para siempre la imagen pública que ella había construido cuidadosamente durante cinco décadas.
El libro se llamaba Mommy Dearest. Su autora era Christina Crawford, hija mayor adoptiva de la estrella. Y en él, según contaba Cristina, su madre la había golpeado con ganchos de alambre, la había encerrado en armarios oscuros, la había despertado a las 3 de la mañana para hacerla limpiar la cocina y la había castigado en formas que ningún niño debería tener que vivir.
La estrella ya no podía defenderse. Estaba muerta desde hacía 2 años, enterrada en un cementerio de Westchester County en Nueva York. Y sin embargo, según los testimonios que iban a circular en las décadas siguientes, esas acusaciones podían ser completamente ciertas. Esta es la historia de John Crawford, la actriz que el mundo entero conoció como una de las reinas absolutas del Hollywood dorado.
La mujer cuyas películas durante los años 30 y 40 y 50 llenaban los cines de Estados Unidos cada vez que aparecía en pantalla. la que ganó un Oscar a la mejor actriz en 1945 por la película Mildred Pierce, la que tuvo una rivalidad pública con Bet Davis, que se convirtió en uno de los enfrentamientos más legendarios de la historia del cine, la que se casó cuatro veces, adoptó a cuatro niños y construyó una de las carreras más largas y más exitosas del Hollywood clásico y la que dos años después de su muerte muerte fue acusada por una sola de esos cuatro
hijos de haber sido un monstruo dentro de su propia casa. 10 de mayo de 1977, Nueva York, Estados Unidos. Edificio Imperial House en el Upper East Side Manhattan. Son las 10 de la mañana en el apartamento del piso 22. Una mujer de 72 años está acostada en su cama vestida con un camisón rosa pálido.
Su cabello, todavía oscuro, a pesar de la edad, está cuidadosamente peinado. Sus uñas están perfectamente pintadas. Sus joyas están guardadas en una caja sobre la mesa de noche. Esa mujer ya no respira. Una mucama llamada mamacita, que había trabajado para ella durante los últimos 15 años, llamó a la doctora alrededor de las 11 de la mañana.
Cuando los médicos llegaron al apartamento, declararon oficialmente la muerte de Lucille Fur, conocida en todo el mundo como John Crawford. La causa oficial, un infarto cardíaco fulminante, según los testimonios cercanos, consecuencia de un cáncer de páncreas que la actriz había escondido al mundo durante los últimos meses de su vida.
Joan Crawford había muerto sola en su apartamento de Nueva York. No había ningún familiar a su lado en ese momento. Sus dos hijos mayores, Christina y Christopher, habían sido completamente desheredados en el testamento que ella había firmado 6 meses antes. Sus dos hijas menores, las gemelas Cathy y Cindy, vivían en Nueva Jersey con sus propias familias y sus cuatro exmaridos estaban muertos o vivían lejos de Nueva York.
Solo mamacita, la mucama latina que la había acompañado durante los últimos años de su vida, estaba esa mañana en el apartamento. Y según contaría décadas después, John Crawford, en sus últimos momentos antes de morir le habría dicho una frase que la mucama recordaría hasta el final de su vida.

Le habría dicho en voz baja, “Mamacita, no recen por mí. He vivido la vida que quería vivir. He visto todo lo que quería ver. He sido la mujer que el mundo quería que fuera. Solo quiero descansar ahora. Y según la mucama, después de esa frase, John Crawford cerró los ojos, sonrió y se durmió por última vez. Cuando dos años después su hija mayor adoptiva Christina Crawford publicó Mommy Dearest, el mundo entero descubrió otra John, una John distinta, una John que según el libro había sido cruel con sus hijos durante toda su infancia. Una John que había
roto las perchas de alambre dentro de los armarios por su obsesión psicótica con la limpieza. Una John que había bebido demasiado, gritado demasiado, golpeado demasiado. Pero esta historia, antes de Hollywood, antes de los maridos, antes de los hijos adoptivos, antes incluso de las acusaciones de su propia hija, empieza mucho antes, 73 años antes, en una pequeña ciudad de Texas en marzo de 1904, donde nació una niña que iba a convertirse contra todos los pronósticos en una de las actrices más legendarias del siglo XX. Para
entender qué pasó esa madrugada en Nueva York, tenemos que volver a San Antonio en 1904, donde todo empezó. 23 de marzo de 1904, San Antonio, Texas. En una casa modesta del barrio sur de la ciudad, una mujer de 22 años llamada Annabell Johnson está dando a luz a su tercera hija. Su marido, un trabajador francés llamado Thomas Ler, ya había abandonado a la familia 3 meses antes del parto.
Y Annabelle esa noche dio a luz a una niña completamente sola en la casa con la ayuda solamente de una vecina anciana. A las 2 de la mañana nació una niña. Le pusieron el nombre de Lucil Fey Les, pero durante toda su infancia todos en la familia la iban a llamar simplemente Billy.
La pequeña Billy nace en una familia rota. Su padre Thomas Lour había desaparecido completamente antes de su nacimiento. Su madre, Annabell, sin oficio ni dinero, no podía mantener sola a sus tres hijos. Y antes de que Billy cumpliera 3 años, en 1907, Annabell se volvió a casar con un hombre que iba a marcar profundamente la vida de su hija.
Su nombre era Henry Cassin, propietario de un pequeño teatro de Valdeville en Laon, Oklahoma. La familia se mudó a Laon. Henry Cassen, según contaría décadas después la propia John Crawford en sus memorias, fue el primer hombre que le mostró el mundo del entretenimiento. Tenía un teatro pequeño donde se presentaban bailarinas, cantantes, magos, pequeñas obras de teatro itinerantes.
Y para la pequeña Billy, que tenía entonces 5 años, ese teatro era el lugar más mágico del mundo entero. Pero la felicidad de la familia Cassen Lesur duró muy poco en 1915, cuando Billy tenía 11 años, su padrastro, Henry Cassen fue acusado falsamente de un robo de oro en Oklahoma. La familia, sin recursos para defenderlo legalmente, tuvo que escapar de Loton de noche y mudarse a Kansas City, Missouri.
Allí Henry Casson perdió el negocio del teatro. empezó a beber y 2 años después, en 1917, abandonó completamente a Annabelle y a sus hijos. Annabelle, con tres hijos a cargo y sin dinero, tomó una decisión que iba a marcar para siempre a la pequeña Billy. la inscribió en una escuela católica privada de Kansas City llamada Rockingham Academy.
No tenía dinero para pagar la matrícula, pero según el acuerdo que firmó con la directora, la pequeña Billy podía estudiar allí gratuitamente a cambio de trabajar como sirvienta en la escuela, limpiar habitaciones, lavar platos, hacer las camas de las niñas más ricas, 14 horas al día, desde los 12 hasta los 16 años.
Hay un detalle de esos años en la Rockingham Academy que John Crawford contaría décadas después en una entrevista de 1962 a la revista Time. decía que durante esos 4 años de servidumbre, las niñas ricas de la escuela maltrataban constantemente, le tiraban del pelo cuando hacía sus camas, le escondían sus zapatos, le rompían los pocos vestidos que tenía y sobre todo le decían cada día en pasillos vacíos y en patios de recreo una frase que ella iba a guardar para siempre como una bandera.
Le decían, “Tú nunca vas a salir de aquí, Billy. Tú vas a limpiar baños toda tu vida. Esa frase dicha por niñas ricas a una niña pobre en una escuela católica de Kansas City entre 1917 y 1921 iba a convertirse en el motor secreto que iba a impulsar a John Crawford durante los siguientes 60 años. cada papel que iba a aceptar, cada matrimonio que iba a celebrar, cada éxito comercial que iba a conseguir, cada óscar que iba a perseguir, todo, según los biógrafos, era para demostrarles a esas niñas crueles de Kansas City que ellas se
habían equivocado. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. A los 16 años, en 1921, Billy Lour tomó una decisión que iba a cambiar el resto de su vida. Decidió que iba a escaparse de la Rockingham Academy, que iba a usar la única arma que tenía para construir una vida diferente.
Esa arma era su cuerpo, específicamente su capacidad de bailar. Billy durante sus años en la escuela había aprendido a bailar mirando a las niñas ricas que tomaban clases privadas de baile sin pagar nada, sin instructor, solo mirando y practicando sola en su habitación de servicio cuando no había nadie. Y para los 16 años, según contaría, décadas después, ya bailaba mejor que cualquier alumna oficial de la escuela.
En el verano de 1921, Billy se subió a un tren con destino a Chicago. Tenía $ en el bolso, una sola maleta y un nombre artístico que se había inventado durante el viaje. A partir de ese tren iba a llamarse Lucil Lesuea, su verdadero nombre, pero en privado prometiéndose una cosa, que algún día iba a inventarse un nombre todavía más glamoroso, un nombre digno de una estrella, un nombre que las niñas ricas de Kansas City iban a leer un día en los periódicos y reconocer con asombro.
Durante los siguientes 4 años, entre 1921 y 1925, Lucil Les Sweare bailó en bares, tablados, clubs de jazz y pequeños teatros de Vodeville en Chicago, Detroit, Philadelphia y finalmente Broadway en Nueva York. Bailaba el Charleston, el Shimmy, el Foxtrot. era considerada, según los testimonios de la época, una bailarina excepcional.
No era la más bella, no era la más alta, pero tenía algo que ningún otro intérprete del Valville americano de los años 20 tenía, una intensidad emocional que hacía que el público no pudiera dejar de mirarla cuando ella entraba al escenario. Y entonces, en 1925 ocurrió el momento que iba a cambiar para siempre su vida.
Un productor de Metro Goldwin Mayor llamado Harry Rap vio a Lucille Les bailar en una revista musical en Broadway. Harry Raf esa misma noche le ofreció a Lucille un contrato de prueba con MGM en Hollywood. El contrato pagaba $5 por semana. Una cifra modesta para la industria, pero astronómica para una bailarina de Broadway que había crecido limpiando baños en una escuela católica.
Lucil LER, con 21 años aceptó inmediatamente. subió a un tren transcontinental con destino a Los Ángeles y en febrero de 1925 llegó por primera vez a Hollywood, la capital mundial del cine. lugar donde iba a vivir las cuatro décadas siguientes. El lugar donde iba a construir, capa por capa, año tras año, decisión tras decisión, la identidad pública de John Crawford, el nombre John Crawford no le pertenecía.
Se lo inventó la propia MGM en 1925 a través de un concurso público organizado por la revista Photoplay para encontrarle un nombre artístico nuevo a la joven bailarina. Más de 12,000 personas enviaron propuestas. El nombre ganador fue propuesto por una lectora de Albany, Nueva York, John Crawford. MGM le pagó a la lectora ganadora $500.
Y a partir de 1926, Lucil Fesware dejó oficialmente de existir. A partir de ese momento solamente existía John Crawford. Durante los siguientes 10 años, entre 1925 y 1935, Joan Crawford construyó pacientemente una de las carreras más espectaculares del cine mudo y del cine sonoro de Hollywood.
Hizo 52 películas durante esos 10 años. Trabajó 16 horas al día. Aprendió a hablar perfectamente concción de élite. Aprendió francés. Aprendió a vestirse con la elegancia de las mujeres ricas que la habían humillado en Kansas City. Y sobre todo aprendió a construir la imagen pública de una estrella. Hay un detalle particular de los primeros años de Lucill en Hollywood que pocas biografías describen con la profundidad necesaria.
Lucil, durante sus primeros meses en MGM en 1925 vivía en una pensión barata en el barrio de Ecopark en Los Ángeles. Compartía el cuarto de baño con otras seis mujeres. Comía solamente una vez al día para ahorrar dinero y trabajaba en MGM como bailarina de fondo en películas musicales, sin nombre, sin línea de diálogo, sin reconocimiento.
Pero según se sabría, décadas después, a través de los testimonios de antiguos empleados de MGM, Lucil tenía una técnica de supervivencia particular esos primeros meses. Llegaba al estudio a las 5:30 de la mañana, una hora antes del inicio oficial del trabajo. Y durante esa hora extra que nadie le pagaba, observaba en silencio cómo trabajaban las grandes estrellas de la época.
Greta Garbo, Norma Sherer, Marian Davis. Lucille las estudiaba como una investigadora científica. Cómo caminaban, cómo hablaban, cómo se vestían, cómo se maquillaban, cómo se reían frente a la cámara, cómo se reían fuera de la cámara. Y durante meses, esa joven bailarina de Texas, sentada silenciosamente en una esquina oscura del estudio, absorbió cada detalle de la construcción artística de una estrella cuando finalmente le dieron su primer papel principal en 1928 en Our Dancing Daughters.
Lucil no solo era una bailarina con habilidad, era ya, gracias a sus 3 años de observación silenciosa, una mujer que sabía exactamente cómo proyectar la imagen de una estrella y la cámara esa noche del estreno lo capturó perfectamente. Hay otro detalle que capture el verdadero genio personal de John Crawford durante esos años.
En 1929, ya con 3 años de carrera en MGM y reconocida como una estrella menor, John empezó a contestar personalmente cada carta de fan que recibía. 5000 cartas por semana, algunas con respuestas largas escritas a mano, otras con respuestas cortas pero personalizadas. Joan dedicaba 5 horas al día, según los testimonios de su secretaria de la época, a contestar esas cartas. Era una estrategia consciente.
Joan sabía que la fama no se construye solo con películas, se construye con relaciones reales, aunque sean a distancia con las personas que la admiraban. Y durante las siguientes cuatro décadas hasta su retiro de los años 70, John Crawford siguió contestando personalmente miles de cartas de fans cada año, construyendo una persona a la vez, una de las bases de fans más leales y más duraderas de toda la historia de Hollywood.
En 1928, su película Our Dancing Daughters la convirtió oficialmente en una estrella nacional. Joan Crawford con 24 años era ya una de las cinco actrices más famosas de MGM. Recibía 5000 cartas de fans por semana. Su rostro aparecía en las portadas de las revistas más prestigiosas del país. Y lo que era todavía más importante para ella en lo personal, su salario subió de 75 a $3,000 por semana.
En junio de 1929, a los 25 años, Joan Crawford se casó por primera vez. Su marido era Douglas Fairbanks Jr. Hijo del actor más famoso del cinemudo y de su esposa Mary Pickford, la pareja real de Hollywood. La boda celebrada en la mansión de los Pickford Beverly Hills fue uno de los eventos sociales más importantes del año.
John Crawford, la huérfana de Kansas City, acababa de casarse con la realeza absoluta de Hollywood, pero el matrimonio, según los testimonios cercanos, fue infeliz año. Douglas Fairbanks Jr. era considerado por sus colegas como un hombre joven, mimado, sin ambición profesional propia. Vivía a la sombra del éxito de su padre.
Y frente a John Crawford, que trabajaba 16 horas al día en los estudios y que ya ganaba más dinero que él, Douglas se sintió progresivamente humillado. El matrimonio terminó en divorcio en 1933. John Crawford a los 29 años era ya una mujer divorciada de Hollywood, una de las primeras grandes estrellas en romper públicamente con un marido.
Y sin embargo, el divorcio no afectó su carrera profesional, al contrario, sus películas seguían llenando los cines de Estados Unidos. Su salario seguía subiendo y su imagen pública lentamente dejaba de ser la de la Flapper bailarina de los años 20 para convertirse en la de la mujer fuerte, ambiciosa, independiente de los años 30.
En octubre de 1935, John Crawford se casó por segunda vez. Su marido era Franchot Tone, un actor de teatro educado en Cornel, considerado uno de los hombres más cultos de Hollywood. Franchot Tone, durante los 4 años que duró el matrimonio, intentó refinar a Joan, le hizo leer libros de filosofía, le enseñó a apreciar la música clásica, le presentó a intelectuales europeos exiliados en Los Ángeles, pero el segundo matrimonio también terminó mal.
Francho Ton, según se sabría después, le era infiel constantemente. Y según los testimonios filtrados décadas después, durante una pelea violenta en 1939, Franch Tone habría golpeado físicamente a John Crawford en su casa de Brentwood. Joan esa misma noche, según se cuenta, llamó a un abogado y pidió el divorcio inmediato.
A los 35 años, en 1939, John Crawford era ya dos veces divorciada, sin hijos biológicos, a pesar de haberlos intentado durante años con sus dos maridos. y empezando a sentir según las propias confesiones en sus diarios privados publicados décadas después, una soledad cada vez más profunda en su mansión de Beverly Hills. Y entonces, en 1943, la carrera de Joan Crawford estaba a punto de derrumbarse.
MGM, el estudio donde había trabajado durante 18 años, decidió rescindir su contrato. Los ejecutivos consideraron que John a los 39 años ya no era una estrella vendible. Sus últimas películas habían perdido dinero y en una carta corporativa que iba a hacerse famosa décadas después, el productor Louis B. Mayer le habría dicho a John que su carrera en Hollywood estaba oficialmente terminada, pero John Crawford, según los testimonios, no aceptó esa sentencia.
Esa misma semana, según se sabría después, firmó un contrato con un estudio rival, Warner Brothers, por un salario considerablemente menor. Aceptó papeles secundarios que ninguna otra estrella de Hollywood habría aceptado y empezó a buscar con la desesperación de alguien que sabía que era su última oportunidad, un papel que pudiera relanzar su carrera.
Ese papel llegó en 1945. Se llamaba Mildred Pierce. Era una película dirigida por Michael Curtis, el mismo director que había hecho Casa Blanca 3 años antes. El papel era el de una mujer divorciada que sacrifica todo por una hija ingrata. John Crawford, según se cuenta, peleó durante meses para conseguir ese papel. Hizo audiciones repetidas.
aceptó hacer pruebas de cámara que ninguna otra actriz de su rango habría aceptado. Y finalmente, después de 4 meses de lucha, Michael Curtis le dio el papel. Mildre Pierce se estrenó el 28 de septiembre de 1945. Fue un éxito comercial inmediato y en marzo de 1946, John Crawford ganó su único Óscar a la mejor actriz por ese papel.
Hay un detalle particular de la noche en que John Crawford ganó su Óscar que solo se conoció varios años después. John durante toda la ceremonia se quedó en su casa de Brentwood. No fue al teatro Pantes. Le había dicho a la prensa que estaba enferma con gripa. Pero según los testimonios cercanos, la verdadera razón era que Joan Crawford tenía un miedo paralizante de no ganar.
Después de 14 nominaciones a lo largo de su carrera, sin ningún Óscar, sabía que si iba a la ceremonia y perdía otra vez, su humillación pública sería insoportable. Cuando el presentador Charles Boyer anunció el nombre de la ganadora John Crawford for Mildred Pierce, el director Michael Corte subió al escenario en su lugar, aceptó el premio en su nombre y después de la ceremonia llevó el Óscar personalmente a la casa de John en Brentwood.
Joann, según los testimonios, recibió el Óscar acostada en su cama, vestida con un camisón rosa, con la cara perfectamente maquillada para la ocasión a pesar de su supuesta gripe. Fue fotografiada por los periodistas con el Óscar en las manos, sonriendo a la cámara como si fuera la mujer más feliz del mundo.
Black Tris, que había crecido limpiando baños en Kansas City, acababa de ganar el premio más prestigioso del cine americano y lo había recibido simbólicamente en la cama de su propia casa, sin tener que enfrentar el riesgo público de perder una decisión que, según los biógrafos, captura mejor que cualquier otra anécdota la verdadera personalidad de Joan Crawford, una mujer obsesionada con controlar absolutamente todos los aspectos de su vida pública hasta el último detalle posible.
Esa soledad, según los biógrafos, iba a llevarla a tomar una decisión que iba a marcar el resto de su vida, la decisión de convertirse en madre, no biológica, adoptiva, la decisión de construir, a través de los procesos de adopción más controvertidos de su época, la familia que la naturaleza le había negado.
Lo que vino después fue uno de los capítulos más oscuros y más debatidos de toda la vida de Joan Crawford. En 1962, a los 58 años, Joan Crawford aceptó protagonizar una película que iba a convertirse contra todos los pronósticos en el último gran éxito de su carrera. La película se llamaba ¿Qué fue de Baby Jane? Su director era Robert Aldrich.
Y lo que era todavía más sorprendente, su coprotagonista era la actriz que durante 30 años había sido la mayor rival de Joan en Hollywood, Bet Davis. La rivalidad entre John Crawford y Bet Davis se había convertido durante los años 40 y 50 en una de las enemistades más legendarias del cine americano. Las dos actrices se odiaban públicamente.
Se habían robado roles, se habían robado maridos, se habían criticado en entrevistas durante décadas. Y sin embargo, en 1962, las dos aceptaron trabajar juntas en una película de horror psicológico que necesitaba precisamente esa tensión real entre ellas. Hay anécdotas del rodaje de qué fue de Baby Jane, que pocas biografías describen completamente.
Durante una escena donde Bet Davía que arrastrar a John Crawford por el piso, Bet habría intentado realmente lastimarla físicamente. Según contaría John. Décadas después, Jon, en respuesta, en otra escena donde Bet tenía que cargarla en sus brazos, habría llevado escondidos pesos de plomo en su cintura para hacer que Bet se rompiera la espalda al intentar levantarla.
La película, sin embargo, fue un éxito comercial masivo. Recaudó 9 millones de dólares en sus primeras semanas de exhibición. salvó financieramente al estudio Warner Brothers y dio a Bet Davis su décima nominación al Oscar. Pero lo que destrozaría definitivamente a John Crawford fue que esa misma nominación fue negada a ella.
John Crawford no fue nominada al Oscar Por que fue de Baby Jane a pesar de su gran actuación. Bet Davis. Sí. Y en la noche de los Ócar de 1963, John Crawford ejecutó uno de los actos de venganza más memorables de la historia de Hollywood. Llamó a las cuatro actrices nominadas por mejor actriz esa noche, que no eran Bet Davis, y les ofreció recibir el premio en su nombre si ganaban.
Una de ellas, Ann Bancoft, aceptó. Y esa noche, cuando Ann Bancroft fue declarada ganadora, John Crawford subió al escenario del teatro Pantalles frente a Bet Davis y recogió el óscar de Ann Bancroft. Bet Davis esa noche vio desde su asiento como su mayor rival públicamente el momento más importante de su segunda oportunidad de Óscar y según se cuenta no le perdonó a John Crawford ese gesto durante el resto de su vida.
Esa venganza pública ejecutada por John Crawford a los 59 años en la ceremonia más vista de Hollywood captura mejor que cualquier biografía la verdadera personalidad de la estrella. Una mujer que había construido durante 50 años una identidad pública perfecta. una mujer que conocía exactamente cómo manipular el simbolismo de los momentos importantes y una mujer que en su odio personal contra una sola colega era capaz de planear durante semanas el momento exacto en que iba a golpearla públicamente.
En 1940, John Crawford a los 36 años adoptó a su primera hija. Le puso el nombre de Cristina. La adopción fue procesada en Las Vegas, Nevada, porque las leyes californianas de adopción exigían que las parejas adoptivas fueran matrimonios estables. Y John Crawford era una mujer soltera divorciada dos veces. La adopción en Las Vegas, según se sabría décadas después, fue tramitada a través de un sistema de mercado negro de bebés que existía en Estados Unidos en los años 40.
Joan habría pagado $5,000 por la bebé Cristina según las acusaciones que aparecerían en los años 70. Hay un detalle particular del día en que John Crawford recogió a la bebé Christina en Las Vegas en junio de 1940, que solo se conoció décadas después a través del testimonio de una enfermera que había trabajado en la clínica privada donde Cristina había nacido.
La enfermera contaba que John Crawford había llegado a la clínica esa tarde, vestida con un sombrero y lentes oscuros, intentando no ser reconocida. había firmado los papeles de adopción usando un nombre falso y antes de irse con la bebé en sus brazos había hecho una sola pregunta a la enfermera. La madre biológica está bien, ¿está segura de querer entregar a la niña? La enfermera, según contaría décadas después, le habría contestado a John Crawford que la madre biológica de Cristina era una joven de 19 años, soltera, sin dinero, originaria de
Pennsylvania, que había viajado a Las Vegas específicamente para dar a luz en secreto y entregar a la bebé en adopción. La enfermera también le habría dicho a John que la madre biológica había pedido una sola cosa, que la bebé fuera entregada a una mujer que pudiera darle una buena vida. John Crawford, según el testimonio de la enfermera, había escuchado esa frase en silencio.
Había mirado a la bebé en sus brazos durante varios segundos y después le había dicho a la enfermera, “Dígale a esa joven que su hija va a tener la vida más maravillosa del mundo. Se lo juro por todo lo que tengo.” Esa promesa hecha por John Crawford a una enfermera anónima en una clínica de Las Vegas en junio de 1940 iba a perseguir a la estrella durante el resto de su vida porque 38 años después esa misma niña ya convertida en una mujer de 40 años iba a escribir un libro que iba a destruir públicamente la imagen de
John Crawford ante el mundo entero. Durante los siguientes 8 años, entre 1940 y 1947, Joan Crawford adoptó tres niños más. Christopher, adoptado en 1943, también a través del mismo sistema de Las Vegas, y las gemelas Cathy y Cindy, adoptadas legalmente en 1947 a través de una agencia oficial de adopciones, John Crawford, a los 43 años era ya madre de cuatro hijos adoptivos.
Vivía en una mansión grande de Brentwood. Trabajaba todavía intensamente en MGM y construía una imagen pública de madre dedicada que aparecía regularmente en las revistas de Hollywood con sus hijos vestidos como muñecas sonriendo a la cámara. Pero según se sabría, décadas después, esa imagen pública escondía algo muy distinto, algo que solamente los empleados domésticos de la mansión Crawford conocían en privado durante esos años.
Algo que la hija mayor Cristina iba a denunciar al mundo entero 30 años después. Si esta historia te está impactando, dale like ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas. Para entender lo que pasaba dentro de la mansión Crawford durante los años 40 y 50, hay que entender primero lo que John Crawford había vivido en su propia infancia.
Una niñez sin padre, una madre incapaz de mantenerla. 4 años de servidumbre en una escuela católica donde había sido maltratada. Una educación basada en el orden estricto, la limpieza obsesiva. El castigo físico como disciplina. Other. John Crawford, según los biógrafos, no había tenido un modelo de maternidad afectiva en su propia vida y cuando se convirtió en madre adoptiva, simplemente reprodujo el modelo educativo que ella misma había recibido en Kansas City.
Eso significaba, según el libro de Christina, publicado en 1978, varias cosas concretas que ocurrían regularmente dentro de la mansión Crawford de Brentwood. Primero, una obsesión psicótica con la limpieza. John Crawford, según el testimonio de Cristina, no toleraba ningún desorden en la casa.
Las perchas de los armarios tenían que estar perfectamente alineadas. Los zapatos tenían que estar perfectamente lustrados, las camas tenían que estar perfectamente hechas. Y si alguno de sus hijos fallaba en cualquiera de estos puntos, John podía despertarlos a las 3 de la mañana para hacerlos limpiar la cocina entera. Segundo, según el libro, una crueldad física específica con su hija mayor Cristina.
John Crawford habría golpeado a Cristina varias veces con cinturones, con cepillos de pelo y, según la acusación más famosa del libro, con perchas de alambre que ella misma había prohibido en los armarios de la casa. Tercero, según Cristina, un alcoholismo cada vez más grave durante los años 50 y 60. Joan Crawford a partir de 1955, según el libro bebía entre una y dos botellas de vodka al día.
Bebía vodka oculto en jarras de agua, según las acusaciones, y cuando bebía demasiado, su comportamiento se volvía errático, violento, paranoico. Christina Crawford en su libro describía escenas que iban a impactar al mundo entero cuando Mommy Deest fue publicado en 1978. La escena de las perchas de alambre donde John despierta a Cristina en mitad de la noche le grita, “¡No más perchas de alambre!” y la golpea con una de las prohibidas perchas.
La escena del trozo de carne crudo donde John obliga a Cristina de 8 años a comer un pedazo de carne mal cocida durante varios días seguidos como castigo. La escena del armario oscuro donde Joan encierra a Cristina de 10 años. durante varias horas como castigo. Hay una escena particularmente brutal del libro de Christina Crawford que sigue siendo hasta hoy una de las más debatidas.
Según el libro, en 1957, cuando Cristina tenía 18 años, había tenido una pelea verbal violenta con su madre en su habitación de la mansión de Brentwood. La pelea se había transformado en algo físico. Joan Crawford habría tratado de estrangular a Cristina con sus propias manos durante varios minutos.
Cristina, según contaría en el libro, había logrado escapar de las manos de su madre y había corrido fuera de la casa. Había manejado por las calles de Beverly Hills durante horas, sin saber a dónde ir. y finalmente había ido a la casa de una amiga del colegio donde había pasado la noche llorando. Al día siguiente, la madre de la amiga había llamado a John Crawford y John, según el libro, había declarado simplemente a la otra madre, Cristina es una mentirosa patológica, no le crean nada.
Esa escena del intento de estrangulamiento, si es verdadera, captura toda la oscuridad psicológica del libro de Cristina. Si es falsa, captura toda la posible manipulación psicológica de una hija que esperó la muerte de su madre para acusarla públicamente de cosas indemostrables. Hay un detalle que pocas biografías cuentan sobre la publicación del libro Mommy Dearest, en septiembre de 1978.
El editor del libro había recibido el manuscrito completo de Christina Crawford un año antes de la muerte de Joan. Pero según las negociaciones publicadas décadas después en archivos de la editorial, Cristina había aceptado retrasar la publicación del libro hasta después de la muerte de su madre. Para evitar, según ella misma dijo en una entrevista de 1995, una respuesta legal de Joan que iba a hundirme financieramente.
Es decir, Christina Crawford había esperado pacientemente la muerte de su madre adoptiva para publicar las acusaciones más graves de su vida. Hay también otro detalle particular del testamento de John Crawford que captura la magnitud de la fractura entre madre e hija. John, en su testamento firmado 6 meses antes de su muerte había escrito una frase específica sobre Cristina y Christopher.
Es mi voluntad expresa que mi hija Cristina y mi hijo Christopher no reciban ninguna parte de mi patrimonio por razones que ellos conocen muy bien. Esta frase, sin más explicación sería interpretada por Cristina dos años después como la prueba de que su madre la había odiado durante toda la vida y sería interpretada por los defensores de John como la prueba de que Jon en sus últimos meses de vida sabía perfectamente lo que su hija mayor estaba escribiendo en secreto contra ella.
El libro se convirtió en un éxito editorial inmediato. Vendió 4 millones de copias en sus primeros 18 meses. Apareció en las listas de los más vendidos del New York Times durante 42 semanas seguidas y en 1981, una versión cinematográfica protagonizada por Fe Dunaway en el papel de John Crawford se estrenó en los cines de Estados Unidos.
La película todavía hoy sigue siendo una de las imágenes más populares que el mundo tiene de John Crawford, la imagen de una madre monstruo. Pero también desde el principio hubo voces poderosas que cuestionaron las acusaciones de Christina Crawford. Las hijas menores de John, las gemelas Cathy y Cindy, negaron rotundamente cualquier abuso.
Ambas dijeron en entrevistas que Joan había sido una madre estricta pero amorosa. Otros colegas de Joan también dieron testimonios contradictorios. Ctherine Heppern, una de las amigas íntimas de John, dijo en una entrevista de 1981, “Conozco a John Crawford desde hace 40 años.” Las acusaciones del libro de Cristina no corresponden a la mujer que yo conocí.
Mirna Ly hizo declaraciones similares. Douglas Fairbanks Jr. El primer marido de John, también desmintió varias de las acusaciones. Hay un detalle particular de la respuesta pública de Kathy Crawford Laland, una de las gemelas que pocas biografías cuentan con la profundidad necesaria. En 1998, 20 años después de la publicación original de Mommy Dearest, durante el aniversario que su hermana Cristina estaba aprovechando para una nueva gira promocional, Kathy presentó una demanda formal contra Cristina por difamación.
La demanda incluía un detalle particularmente doloroso. Cathy acusaba a su hermana Cristina de haber afirmado públicamente durante esa gira que las gemelas Cathy y Cindy no eran realmente hermanas biológicas y que su adopción nunca había sido legal. Cathy presentó en los tribunales las copias originales de los certificados de nacimiento de las gemelas, demostrando que eran efectivamente hermanas gemelas biológicas.
Y presentó también la documentación completa de su adopción legal, demostrando que toda la operación había sido conducida, según las leyes californianas vigentes en 1947. La demanda se resolvió fuera de los tribunales con un pago simbólico de $5,000 más los costos legales. Pero ese episodio de 1998, casi olvidado por la opinión pública americana, demostraba algo muy concreto, que Christine Crawford, según los testimonios de su propia hermana adoptiva, era capaz de hacer afirmaciones falsas y demostrables sobre su propia familia para promover su
libro. Lo que ponía en cuestión inevitablemente también algunas de las afirmaciones más graves del libro original de 1978. Porque si Cristina podía mentir sobre el estatus legal de la adopción de sus propias hermanas, ¿qué otra cosa podía haber inventado o exagerado en las páginas de Mommy Dearest? ¿Quién decía la verdad? Cristina, que había sufrido en silencio durante décadas o los demás miembros de la familia.
y los colegas que insistían que las acusaciones eran exageradas. La verdad, según los biógrafos modernos, probablemente está en el medio. Joan Crawford había sido casi con seguridad una madre estricta, autoritaria, exigente, una mujer que probablemente había impuesto castigos físicos a sus hijos según las normas educativas comunes de los años 40 y 50.
Una mujer que había bebido demasiado en sus últimos años de vida. Una mujer que sin un modelo de maternidad afectiva en su propia infancia había replicado en su propio hogar el modelo educativo estricto que ella misma había vivido en una escuela católica de Kansas City, pero también casi con la misma seguridad no había sido el monstruo absoluto que el libro de Cristina y la película de Fe Dunway iban a inmortalizar para siempre.
Era una mujer compleja, contradictoria, profundamente herida por su propia infancia. Una mujer que había construido públicamente una imagen de perfección y que en privado, según los testimonios de los empleados de la mansión Crawford, llevaba esa misma imagen de perfección hasta extremos que rozaban la enfermedad mental.
Pero el verdadero precio de todo esto estaba por cobrarse. En 1955, a los 51 años, John Crawford se casó por cuarta y última vez. Su marido era Alfred Steel, presidente de la compañía Pepsi Cola. Alfred Steel, según los biógrafos, fue el único hombre al que Joan Crawford amó verdaderamente durante toda su vida adulta. La pareja se casó en una ceremonia íntima en Las Vegas y durante los siguientes 4 años vivieron una vida cosmopolita entre Nueva York, Londres, París y los principales eventos comerciales de Pepsi Cola alrededor del mundo. Pero esa felicidad también
terminó brutalmente. El 19 de abril de 1959, Alfred Steel murió de un infarto cardíaco fulminante en su apartamento de Nueva York. tenía 60 años y dejó a John Crawford a los 55 años viuda por primera vez en su vida sola y descubriría en las semanas siguientes, en una situación financiera mucho peor de lo que ella había imaginado.
Hay una escena de los últimos momentos de Alfred Steel que solo se conoció a través del testimonio del portero del edificio Imperial House, donde la pareja vivía en Nueva York. El portero contaba que Alfred Steel había llegado al edificio esa noche del 18 de abril, alrededor de las 11 de la noche después de una cena de negocios en el restaurante Le Pavillón de Manhattan.
Llevaba un sobre cerrado en las manos y antes de subir al elevador le habría dicho al portero una frase extraña. Si me pasa algo esta noche, asegúrese de que mi esposa reciba este sobre directamente sin abrirlo. A la mañana siguiente, John Crawford encontró a su marido muerto en el sofá del salón. Llamó a una ambulancia, pero los médicos solo pudieron certificar la muerte.
El infarto, según el reporte oficial, había ocurrido alrededor de las 5 de la mañana y junto al cuerpo de Alfred Steel, sobre la mesa del salón estaba el sobre cerrado que el portero había mencionado. El sobre, según se sabría décadas después, contenía un documento que iba a destrozar a John Crawford. Era un informe contable detallado de las deudas personales que Alfred Steel había acumulado durante los últimos 4 años de su vida.
Más de $500,000 en préstamos personales no declarados. Hipotecas sobre propiedades que John creía que él poseía libres. Tarjetas de crédito de élite con saldos máximos. Una vida que parecía rica en el exterior, pero que en realidad había sido financiada durante años con dinero prestado. John Crawford al leer ese documento esa misma mañana, según se cuenta, no lloró.
solo se sentó en el sofá donde acababa de morir su marido. Encendió un cigarrillo y después de varios minutos de silencio le habría dicho a mamacita que ya trabajaba con ella en esa época, “Mamacita, mi vida acaba de cambiar para siempre otra vez, pero he sobrevivido peores cosas. Voy a sobrevivir también a esto.
Alfred Steel, según se sabría después, había acumulado durante los años de su matrimonio con John deudas personales considerables. La pareja vivía un estilo de vida espectacular que el salario presidencial de Steel en Pepsi Cola no podía sostener completamente. Y al morir dejó a John Crawford no solamente sin marido, sino también con varias deudas financieras importantes que ella tenía que pagar de su propio patrimonio.
Pero John Crawford, durante los 4 años de su matrimonio con Alfred Steel había hecho una cosa inteligente. se había convertido oficialmente en miembro del Consejo de Administración de Pepsi Cola y después de la muerte de su marido fue elegida para ocupar el puesto vacante en el consejo. John Crawford a los 55 años se convirtió en la primera mujer en formar parte del Consejo de Administración de una de las empresas más grandes de Estados Unidos.
Durante los siguientes 14 años, entre 1959 y 1973, John Crawford trabajó simultáneamente como ejecutiva de Pepsi Cola y como actriz en películas cada vez más esporádicas. viajaba constantemente representando a Pepsi en eventos comerciales internacionales. Aprendió de marketing corporativo, aprendió de relaciones públicas profesionales y mantuvo lo más posible la apariencia pública de la estrella glamorosa que el mundo entero conocía.
Pero en privado, según los testimonios de las personas cercanas a ella en esos años, John Crawford empezaba a derrumbarse. Bebía cada vez más. Su salud se deterioraba. Sus relaciones con sus dos hijos mayores, Christina y Christopher, se habían vuelto cada vez más distantes. Los dos hijos menores, las gemelas Cathy y Cendy, se habían casado y tenían sus propias familias.
Y J en su apartamento del Upper East Side Manhattan, al que se había mudado después de la muerte de Alfred Steel, pasaba la mayor parte de sus tardes sola, viendo televisión, leyendo cartas de antiguos fans y bebiendo vodka. En 1970, Joan Crawford hizo su última película. Se llamaba Trog. Era una película de horror barata, considerada por los críticos como la peor película de su carrera.
John Crawford a los 66 años había aceptado el papel solamente por dinero. Necesitaba pagar las deudas que Alfred Steel había dejado al morir. Necesitaba mantener su estilo de vida en Nueva York y aceptó hacer una película que ella misma sabía que era horrible. Después de Truck, John Crawford no volvió a aparecer en ninguna otra película de cine.
Se retiró completamente del mundo del cine y durante los 7 años que le quedaban de vida, se convirtió en una mujer cada vez más reclusa, cada vez más solitaria, cada vez más alejada del mundo, que durante cuatro décadas había sido el suyo. Hay un detalle de los últimos años de Joan Crawford que pocas biografías describen completamente.
En 1974, a los 70 años, Joan Crawford dejó completamente de aparecer en público. Según los testimonios de los porteros de su edificio en Nueva York, ella casi nunca salía de su apartamento. Recibía las compras a domicilio. Recibía las cartas de los fans de un sistema de correo postal. y durante años se negó a permitir que cualquier fotógrafo de prensa le tomara una sola fotografía nueva.
quería, según ella misma, le habría dicho a su amiga Merna Loy en una conversación telefónica de 1975, que el mundo siguiera recordando a John Crawford como ella había sido en sus mejores años, no como la mujer enferma y vieja que estaba en el espejo de su apartamento. Esa decisión de desaparecer completamente del mundo público para preservar su imagen, captura mejor que cualquier biografía lo que John Crawford había sido durante cuatro décadas.
una mujer obsesionada con su imagen, una mujer que había construido capa por capa una identidad pública que ella misma había creado y una mujer que al final prefería desaparecer en silencio, que dejar que el mundo viera el deterioro inevitable de su propia humanidad. Hay un detalle final de la muerte de John Crawford que solo se conoció varios años después a través del testimonio de Mamacita, la mucama latina, que había trabajado para ella durante los últimos 15 años de su vida.
Mamacita contaba que durante la última semana de vida de Joan, la actriz había dedicado horas cada día a una sola actividad. Sentada en su sillón favorito junto a la ventana del apartamento del piso 22, miraba un álbum de fotografías que tenía guardado durante décadas en el cajón inferior de su escritorio.
Las fotografías eran de su madre Annabell, de su padrastro Henry Casson, de sus hermanos H y Daisy, de la pequeña casa modesta de San Antonio, Texas, donde había nacido en 1904. de la Rockingham Academy de Kansas City, donde había limpiado baños durante 4 años, y de Laon, Oklahoma, donde su padrastro había tenido un pequeño teatro de Baudeville cuando ella tenía 5 años.
John Crawford, en la última semana de su vida, según el testimonio de mamacita, no miraba las fotografías de sus ócar, de sus premios, de sus películas. No miraba las fotografías de sus cuatro maridos, ni de sus cuatro hijos adoptivos, ni de sus famosas fiestas en Beverly Hills. Solo miraba las fotografías de Billy Lwear, la niña pobre de Texas que había sido antes de convertirse en John Crawford.
Mamacita en esa entrevista contaba que un día durante esa última semana le había preguntado a Joan, “Madam, ¿por qué mira esas fotos viejas todo el tiempo?” Y John Crawford, según mamacita, le habría contestado con una sonrisa cansada, “Mamacita, mi pequeña, porque al final de la vida nos damos cuenta de algo, que la persona que somos al final es la misma persona que éramos al principio.
John Crawford fue solo un disfraz que me puse durante 50 años para sobrevivir, pero adentro siempre, siempre fui solo Billy Lauer, la niña pobre de San Antonio, la sirvienta de Kansas City, la bailarina de Chicago y ahora por fin voy a poder volver a ser ella otra vez. Hay otra anécdota particular de los últimos días de Joan Crawford que mamacita contaba en sus entrevistas posteriores.
Dos días antes de su muerte, Joan le había pedido a mamacita que le trajera del armario, del fondo de un baúl que llevaba años sin abrir, un objeto específico, un objeto que ella misma había guardado durante décadas sin que nadie en su entorno supiera que existía. Era un pequeño zapato de niña, un zapato roto de color marrón con el cuero desgastado y un agujero en la suela.
Joan Crawford, según mamacita, había tomado ese zapato pequeño en sus manos. Lo había mirado durante varios minutos en silencio y después le había dicho a la mucama, “Mamacita, este es el último zapato que mi madre Annabelle pudo comprarme cuando yo tenía 10 años. Cuando me echaron a la Rockingham Academy porque mi madre ya no podía mantenernos, me llevé este zapato y lo he guardado durante 63 años para acordarme de dónde vengo y de a dónde no quería volver.
Esa noche, según mamacita, John Crawford durmió con el pequeño zapato roto al lado de su cama, en la mesa de noche junto a las fotografías de su madre. Dos días después, el 10 de mayo de 1977, Joan Crawford murió y en su mesa de noche, los empleados que prepararon su funeral encontraron solo dos objetos personales.
El zapato pequeño de niña y una fotografía amarillenta de Annabell Johnson, su madre, tomada en San Antonio, Texas, alrededor de 1908. Esa frase dicha por John Crawford a su muama latina en los últimos días de su vida en abril de 1977 captura mejor que cualquier biografía la verdadera tragedia de la actriz. John Crawford no era una persona, era un personaje.
Un personaje cuidadosamente construido durante cinco décadas para escapar del trauma de una infancia pobre y humillante. Un personaje que había funcionado tan perfectamente que el mundo entero lo había creído. Y un personaje que en sus últimos días finalmente había podido dejar caer la máscara para volver a ser por primera vez desde la adolescencia.
Simplemente la niña Billy Lwear. Jo Crawford murió la mañana del 10 de mayo de 1977, alrededor de las 10 de la mañana. Tenía 73 años. Según el testamento que había firmado 6 meses antes, sus dos hijos mayores, Christina y Christopher, fueron completamente desheredados. La razón oficial declarada en el testamento decía solamente en una frase que iba a hacerse famosa después por razones que ellos conocen muy bien.
Las dos hijas menores, las gemelas Cathy y Cindy, heredaron 77,000 cada una. Los amigos cercanos y la mucama mamacita recibieron cantidades menores y el resto de la fortuna de Joan Crawford, estimada en aproximadamente 2 millones de dólares, fue dividida entre varias organizaciones de caridad y fundaciones para niños huérfanos en Estados Unidos.
Esa cláusula final del testamento dedicada a niños huérfanos fue probablemente el último gesto público de la verdadera personalidad de John Crawford. Porque John Crawford durante toda su vida adulta, según los testimonios cercanos, había guardado en su corazón una sola obsesión secreta, que ningún niño pobre en ninguna parte del mundo tuviera que vivir lo que ella había vivido en la Rockingham Academy de Kansas City.
entre 1917 y 1921. Si tú escuchando esta historia alguna vez has tenido que construir una identidad pública diferente de quién realmente eres para sobrevivir en un mundo que no te aceptaba. ¿Sabes algo que Joan Crawford aprendió a los 16 años cuando se subió a un tren en Kansas City con $20 en el bolsillo? sabes que esa identidad construida, aunque sea espectacular, aunque sea exitosa, aunque te haga famoso en todo el mundo, nunca llega a ser completamente tu identidad real.
Siempre en algún rincón de tu corazón sigue existiendo la persona original que eras antes de empezar a construir el personaje. John Crawford durante 52 años fue ese personaje. Fue la estrella, la madre, la esposa, la ejecutiva, la imagen pública. Pero adentro, siempre, según las propias palabras transmitidas por mamacita, siguió siendo Billy Lur, la niña pobre de San Antonio, Texas, la huérfana de Kansas City, la bailarina de Chicago, la mujer que había construido la mayor identidad ficticia del Hollywood clásico, no porque quisiera ser falsa,
sino porque era la única manera que conocía de sobrevivir. La historia de John Crawford no es solo la historia de una persona, es la historia de todas las personas que tuvieron todo y lo perdieron sin entender por qué. Una historia que sigue importándonos 50 años después, porque en el fondo no es tan diferente de la nuestra.
Todos construimos máscaras, todos las pulimos durante años y todos al final llegamos al momento donde queremos volver a ser simplemente quien éramos antes de empezar a construir. En nuestra próxima historia te voy a contar la vida de otra mujer que pagó un precio terrible por la imagen pública que construyó.
Una mujer que se convirtió en la actriz más adorada de su generación. Una mujer cuyo final en una mansión de las afueras de Hollywood todavía hace dudar a los biógrafos sobre lo que realmente pasó esa noche. Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia. Y cuéntanos en los comentarios, ¿conocías toda esta historia? ¿Qué es lo que más te ha sorprendido? Yeah.