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Jesús “La Parka” : La Asquerosa Verdad detrás de su Muerte en AAA Worldwide

Jesús “La Parka” : La Asquerosa Verdad detrás de su Muerte en AAA Worldwide

El luchador con más triplemanías de la triple A. 22 años con la máscara de calavera. Ídolo absoluto del público mexicano. Una noche, en cuestión de segundos, una caída brutal le partió el cuello frente a miles de personas y tres meses después estaba muerto. El nombre de quien lo hizo nunca salió a la luz. Hasta hoy.

 Hoy vas a saber la asquerosa verdad detrás de la muerte de la parca, algo que llevan ocultando 6 años. Lo que vas a escuchar es lo que llevan ocultando desde que murió, lo que la familia ha repetido en privado durante 6 años. Hay una libreta, hay un nombre, pero antes debe saber cómo llegó a ese ring. Hay que regresar a Hermosillo, a una casa modesta, a un niño que se subió a un autobús con una promesa.

 Mucho antes de la máscara de calavera, de las triplemanías y de los millones de aficionados, hubo un niño en Hermosillo, Sonora, sentado en el piso de la sala, mirando luchas en blanco y negro con los ojos muy abiertos. Ese niño se llamaba Jesús Alfonso Escobosa Huerta. Le decían Chui, nació un 4 de enero de 1966, hijo de Hilde Fonza, una mujer fuerte de Sonora a la que toda la vida llamaron doña Fonchi.

 En esa casa de Hermosillo, la lucha libre no era solo entretenimiento, era ceremonia. Cada función televisada juntaba a la familia frente al aparato y el chamaco se quedaba ahí. Hipnotizado, viendo a los enmascarados volar de las cuerdas como si fueran de otro mundo. El niño no solo miraba, imitaba. En el patio de la casa con los primos montaba luchas, se ataba un trapo a la cara, se subía a una mesa vieja, saltaba sobre los más chicos.

Doña Fonchi lo regañaba, le decía que se iba a romper la cabeza. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que ese niño, sin que nadie se lo dijera, ya había decidido a los 8 años lo que iba a hacer. Y lo que iba a hacer no era jugador, ni doctor, ni maestro. iba a ser luchador y no cualquier luchador iba a ser ídolo.

 Doña Fonchi lo escuchó decirlo una tarde mientras tomaba sopa caliente en la mesa. El muchacho dejó la cuchara, miró a la mamá y dijo una frase que ella iba a recordar el resto de su vida. Madre, algún día me van a gritar mi nombre miles de personas. La mamá sonrió. Pensó que era cosa de chamacos. Le sirvió más sopa.

 le dijo que terminara la tarea, pero el niño no estaba bromeando. En Hermosillo, Sonora, en los años 70, ser luchador no era oficio respetable. Los papás querían que sus hijos estudiaran, que fueran ingenieros, maestros, contadores. La lucha libre era cosa de la capital, de la Ciudad de México, de gente que ya estaba metida en el medio. Pero Chuy Escobosa no escuchó a nadie.

 A los 12 años empezó a entrenar. A los 15 ya tenía cuerpo de adulto. A los 16, contra la voluntad de doña Fonchi, se subió a un autobús con dirección a Tijuana, donde un entrenador lo iba a recibir. La mamá en el andén le pidió que no se fuera. El muchacho la abrazó, le dijo, “Lo que solo dicen los hijos que prometen mucho.

 Madre, voy a regresar.” y cuando regrese va a ser con un nombre que va a sonar en todo México. Doña Fonchi lo dejó ir y desde ese día el niño que veía luchas en una televisión chica empezó a convertirse lentamente en el hombre que 37 años después iba a morir en un hospital con una falla renal y pulmonar frente a esa misma madre que ahora lo despedía.

 Los primeros años en el medio luchístico son duros y para Chuy Escobosa fueron especialmente duros. Empezó luchando en arenas pequeñas del norte de México. Llenaba auditorios chicos, cobraba poco. Dormía en hoteles modestos, mandaba dinero a Hermosillo, mantenía la promesa que le había hecho a su mamá. IG. Su debut profesional fue en 1987.

Tenía 21 años. Empezó con varios nombres, probó identidades, buscó la suya, no la encontraba, pero el muchacho era persistente y era bueno. Tenía vuelo, tenía golpe, no tenía algo más, algo que no se enseña. Tenía presencia. En 1995, después de 8 años de carrera modesta, llegó la oportunidad. La empresa Asistencia, asesoría y administración, conocida en todo México como aaA, lo contrató y le entregó una identidad nueva.

 Una identidad que ya había pertenecido a otros tres luchadores antes que él. Lo llamaron Caris La momia. El personaje le funcionó. Ganó campeonatos, empezó a sonar. La afición lo identificaba, pero adentro de él, Chui sabía que esa máscara no era la suya, que esa identidad le quedaba prestada, que él tenía que esperar algo más grande.

 Aquí es donde todo cambia, porque en 1996 una decisión empresarial le iba a poner en frente la oportunidad de su vida y al mismo tiempo, sin que él lo supiera todavía, le iba a poner en frente al hombre que se iba a convertir en su enemigo silencioso durante las siguientes dos décadas. En la triple A, en ese momento había un personaje que era un fenómeno, una máscara de calavera, un cuerpo flaco, vestido de hueso, bailaba en el ring, sacaba de quicio a los rivales, volaba de las cuerdas con una agilidad que ningún otro tenía. Lo interpretaba un luchador

llamado Adolfo Tapia y se llamaba La Parca. Adolfo Tapia en 1996 decidió irse a probar suerte a Estados Unidos. Dejó el personaje en pausa, dejó la máscara guardada, se fue y Antonio Peña, dueño y creador de la Triple A, hombre clave del fútbol luchístico mexicano, hizo lo que en el medio se llama una jugada fría.

 le entregó el personaje a otro luchador, a alguien que estaba en la empresa, a alguien que sabía bailar, a alguien que tenía vuelo, a alguien le entregó la parca a Chuy Escobosa. Y desde ese día hubo dos parcas en el mundo de la lucha libre. Cuando Adolfo Tapia regresó de Estados Unidos, encontró su personaje en el cuerpo de otro hombre.

 Encontró su máscara siendo usada por otro luchador y se enfureció. Entró en pleito legal con Triple A, reclamó la propiedad. Decía que él había creado el personaje, que era suyo, que nadie podía quitárselo. Triple A respondió que el personaje era propiedad de la empresa, que Adolfo Tapia se había ido, que el contrato lo permitía, que ahora el dueño de la parca era Chui Escobosa.

 Adolfo Tapia perdió el pleito, pero no perdió el rencor. Tuvo que reinventarse con otro nombre. se hizo llamar la A Park. La gente del medio lo conocía como el original. La afición vieja lo respetaba, pero el nombre, la máscara, el sonido del personaje, todo eso ya pertenecía al otro, al hombre de Hermosillo, al que estaba arrasando con la triple A.

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