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¿Excusa o realidad?

PARTE 1

El sol de justicia de las cuatro de la tarde en Madrid no perdonaba, y la terraza de “El Brillante” parecía el escenario de una película de supervivencia, si es que la supervivencia consistiera en beber cañas de Mahou antes de que el líquido se convirtiera en caldo. Marcos suspiró, un sonido largo y lastimero que se perdió entre el estruendo de los autobuses de la EMT y el griterío de una mesa de guiris que intentaban comprender qué era exactamente un bocadillo de calamares. Sobre la mesa, descansaba su iPhone, boca arriba, como un cadáver esperando una autopsia. La pantalla estaba negra, impasible, cruel.

Santi, sentado frente a él con las gafas de sol puestas a pesar de estar bajo una sombrilla publicitaria de Coca-Cola que apenas cubría su hombro derecho, le observaba con esa mezcla de lástima y superioridad que solo un amigo de toda la vida se puede permitir. Santi no tenía prisa. Había pedido una ración de bravas y las pinchaba con la parsimonia de un forense.

—Míralo otra vez, Marcos. Venga. Que igual por mirarlo por decimoquinta vez en cinco minutos se activa una función mágica del sistema operativo y aparece el mensaje —soltó Santi, antes de meterse una patata en la boca.

—No es por decimoquinta vez, tío. Solo… me ha parecido que vibraba. La vibración fantasma, ya sabes —se justificó Marcos, aunque su mano derecha temblaba ligeramente cerca del dispositivo.

—La vibración fantasma es lo que tienes tú en el cerebro, que te está haciendo cortocircuito. ¿Cuánto hace que no te escribe?

Marcos no necesitó consultar el reloj. Lo tenía grabado a fuego en las retinas, como si el último “visto” fuera una cicatriz.

—Tres horas y doce minutos. Desde las 13:00. Me dijo “luego hablamos, que entro a una reunión”. Y ya. Nada. Ni un “estoy viva”, ni un emoji de un pollito saliendo del cascarón, nada de nada.

Santi dejó el palillo sobre el plato de cerámica blanca desconchada y se inclinó hacia adelante, quitándose las gafas de sol para que Marcos pudiera ver la fría verdad en sus ojos. El drama estaba servido, y Santi era un sumiller de la tragedia ajena.

—Marcos, escúchame bien lo que te voy a decir, porque te lo digo desde el cariño, desde la hermandad y desde el conocimiento profundo de la antropología moderna de esta ciudad —hizo una pausa dramática, dejando que el sonido de una sirena de ambulancia enfatizara sus palabras—. Tu pareja no te contesta porque no quiere. Así de claro. Así de duro.

Marcos sintió un pinchazo en el pecho, justo al lado de donde guardaba la esperanza y el abono transporte.

—Venga ya, Santi. No empieces con tus teorías conspiranoicas de manual de autoayuda barato. Está en el curro. Elena es una tía responsable, trabaja en una agencia de marketing donde la gente vive pegada a un Excel. Tiene entregas, tiene jefes pesados, tiene… cosas. Está trabajando, joder. Es lo que hace la gente normal los viernes por la tarde.

Santi soltó una carcajada que hizo que el camarero, un hombre que parecía haber servido cañas durante la Transición, se diera la vuelta con gesto de pocos amigos.

—¿En el curro? ¿En el año de nuestro señor de 2026? Marcos, por favor. ¿Tú te escuchas? Nadie, repito, NADIE trabaja tres horas seguidas sin mirar el móvil. Ni un neurocirujano en plena operación a corazón abierto, ni un controlador aéreo, ni el mismísimo presidente del Gobierno cuando está redactando un decreto ley. Todos, absolutamente todos, tenemos ese microsegundo de debilidad donde bajamos la mirada, desbloqueamos la pantalla con el Face ID y comprobamos si el mundo sigue ahí fuera.

—Pero ella es distinta… —balbuceó Marcos, buscando una defensa que sonaba floja incluso para él mismo.

—No es distinta. Es humana. Y los humanos del siglo veintiuno tenemos una adicción al pulgar que ríete tú de otras sustancias. Tres horas es un mundo. En tres horas se levanta un imperio, se cae una red social, se cocina un cocido madrileño completo y se tiene tiempo de sobra para poner “estoy a tope, luego te digo”. Si no lo ha puesto, es porque ha decidido, consciente y voluntariamente, ignorar el globito verde de tu conversación de WhatsApp.

Marcos cogió su cerveza y bebió un trago largo, intentando ahogar la lógica aplastante de su amigo. La condensación del vaso le mojó los dedos, pero el frío no servía para calmar el calor que le subía por el cuello.

—A ver, Santi, piénsalo con calma. Ponte en su lugar. Entra a la reunión a la una. Se alarga. Luego tienen que pulir la presentación para el cliente de las cinco. Se va a tomar un café rápido y ni siquiera saca el móvil porque está discutiendo con el creativo sobre el color de un logo. Es posible. Es plausible.

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