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El vermú de la discordia

Parte 1: El vermú de la discordia

El sol de mediodía en Madrid no perdona, pero en la terraza de «El Doble», bajo el toldo descolorido que ha visto pasar más crisis que el Banco de España, se estaba de cine. Javi observaba con una mezcla de fascinación y horror cómo una gota de condensación resbalaba lentamente por la caña de cerveza bien tirada. Era ese momento sagrado del sábado, el preludio de las patatas bravas y el ruido de fondo de una ciudad que solo sabe comunicarse a gritos.

Elena, sentada frente a él, no miraba la cerveza. Miraba su iPhone con una intensidad que Javi solo había visto antes en los desactivadores de explosivos de las películas.

— Javi, hazme el favor. No me cuesta nada y a mí me deja más tranquila —soltó ella, sin levantar la vista de la pantalla, con ese tono de voz que parece una sugerencia pero lleva implícito un decreto ley.

Javi suspiró, dejando la caña en el posavasos de cartón empapado. Sabía a dónde iba esto. Llevaban tres años juntos, dos compartiendo piso en Chamberí y seis meses discutiendo de forma intermitente sobre la bendita «ubicación en tiempo real».

— Elena, por el amor de Dios, que ya lo hemos hablado. Compartir la ubicación las veinticuatro horas no es una medida de seguridad, es el argumento de una distopía de bajo presupuesto. Solo falta que me pongas un chip en la nuca y me des una descarga cada vez que me acerque a un Burger King.

— No seas exagerado, de verdad. Eres un dramático —Elena dejó el móvil sobre la mesa de metal, que cojeaba ligeramente—. Es por si pasa algo. El otro día leí que a un chico le dio un parraque corriendo por el Retiro y, si no llega a ser porque la novia vio que llevaba parado veinte minutos en medio de un sendero, no lo cuentan.

— Al chico le dio un parraque porque intentó correr un maratón después de cenar torreznos, Elena. No me metas miedo con casos aislados. Además, si me pasa algo en el Retiro, me encontrará un paseador de perros o un turista haciendo un selfi, no necesito que me rastrees como si fuera un lince ibérico en peligro de extinción.

— ¿Ves? Ya estamos —ella arqueó una ceja, cruzando los brazos—. Siempre te lo llevas al terreno de la libertad individual y de que soy una controladora. Que no es control, Javi. Es… logística emocional. Saber que estás bien. Saber que si vas a tardar media hora más porque te has liado con tus amigos, no tengo que estar llamándote como una loca por si te han secuestrado unos alienígenas en la Castellana.

Javi soltó una carcajada seca, atrayendo la mirada de un señor mayor que, en la mesa de al lado, despachaba un vermú con una aceituna del tamaño de un puño.

— ¡Logística emocional! —exclamó Javi, bajando un poco la voz al darse cuenta de que estaba montando un número—. Te inventas unos términos que flipas. Mira, compartir la ubicación en pareja es tóxico. Es el fin de la confianza. Si necesito que sepas dónde estoy para que me quieras o para que estés tranquila, es que algo en nuestra base de datos amorosa está corrupto. Eso no es amor, Elena, es control preventivo. Es como si me pusieras una tobillera electrónica de esas de los que están en arresto domiciliario, pero con emojis de corazones.

Elena suspiró, buscando paciencia en el cielo azul de Madrid. Sabía que Javi era testarudo, pero hoy parecía haberse levantado con el manifiesto anarquista bajo el brazo.

— No es control porque yo también te la comparto a ti. Es recíproco. Una red de seguridad mutua. ¿Y si me pasa algo a mí volviendo de noche del trabajo? ¿No te gustaría saber dónde estoy si no contesto al móvil?

— Si no contestas al móvil, me preocupo, te llamo tres veces, llamo a tu madre y luego bajo a la calle a buscarte. Eso es lo normal. Lo que no es normal es ver un puntito azul moviéndose por el Google Maps y pensar: «Ah, mira, Elena está cruzando Santa Engracia, qué bien, ya ha pasado el semáforo de Ponzano». ¡Es de locos! Es quitarle todo el misterio a la vida. A este paso, lo próximo será compartir el historial del navegador o ponernos una cámara en la frente para ver lo que ve el otro.

— Estás siendo un «cuñao», Javi. Un «cuñao» digital. Todos mis amigos lo hacen. Lucía y Carlos se tienen ubicados, y les va genial. Incluso les sirve para saber cuándo poner la pasta a hervir cuando el otro está volviendo del gimnasio.

— Lucía y Carlos son el ejemplo perfecto de por qué NO hay que hacerlo —replicó él, señalándola con un palillo—. ¿Te acuerdas de la que se lió en el cumpleaños de Nacho? Carlos estuvo media hora escondido en el portal porque Lucía veía que el puntito azul no avanzaba y pensaba que se había quedado encerrado en el ascensor. Estuvieron a punto de llamar a los bomberos y el pobre chaval solo estaba terminando de escuchar un podcast de crímenes reales porque no quería que ella le interrumpiera. ¡Privacidad, Elena! La privacidad es el pegamento de la convivencia.

Elena cogió su cerveza y bebió un sorbo largo, meditando su siguiente movimiento. La discusión no era nueva, pero el tono de Javi hoy tenía un matiz de resistencia heroica que le hacía gracia y le desesperaba a partes iguales.

— Vale, aceptamos barco —dijo ella, dejando el vaso—. Digamos que es control. ¿Y qué? Todos controlamos un poco. Tú controlas que yo no me coma tus yogures griegos de stracciatella marcándolos con tu nombre en la nevera. Eso también es una falta de confianza, si nos ponemos así.

— ¡Eso es defensa propia! Mis yogures son sagrados. No mezcles el tocino con la velocidad, que nos conocemos. Un yogur es un bien tangible; mi ubicación es mi alma digital errante.

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