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El silencio atronador

Parte 1: El silencio atronador

Eran las doce y media de la noche de un martes cualquiera, pero en el dormitorio de Sergio y Lucía, el aire pesaba más que un menú del día con fabada y postre. No era un silencio de paz, de ese que te invita a cerrar los ojos y dejarte llevar por los brazos de Morfeo; era un silencio táctico, un silencio de trinchera. Sergio estaba tumbado del lado derecho, pegado al borde del colchón de tal manera que si se movía un centímetro más, terminaría en el suelo alfombrado de pelusas que Lucía le había recordado limpiar esa misma tarde. Lucía, por su parte, ocupaba el lado izquierdo, hecha un ovillo, pero con la tensión muscular de un atleta de cien metros lisos esperando el pistoletazo de salida.

El conflicto había empezado por una soberana estupidez, como empiezan todas las guerras que acaban con alguien durmiendo en el sofá o, peor aún, con alguien fingiendo que duerme mientras el corazón le late a mil por hora. Todo por un comentario sobre el orden de los tápers en la nevera. Sergio, con su habitual pragmatismo relajado —que a Lucía le resultaba a veces insultante—, había decidido que el táper de las lentejas podía ir perfectamente encima del de la ensalada de pasta, desafiando las leyes de la física y el sentido común de la higiene alimentaria.

— Es que no piensas, Sergio. Es que si eso se vuelca, mañana tenemos un ecosistema nuevo en el estante de abajo —había dicho ella mientras se lavaba los dientes.

— No se va a volcar, Lucía. Está en equilibrio hidrostático. No me ralles —había respondido él, cometiendo el error fatal de usar la palabra “rallar”.

Y ahí, en ese preciso instante, se encendió la mecha. Ahora, dos horas después, estaban en la cama, en la oscuridad absoluta, solo interrumpida por el parpadeo verde del humidificador que Lucía insistía en encender porque “el aire de Madrid le secaba las ideas”.

Sergio escuchaba la respiración de Lucía. No era la respiración rítmica y pesada del sueño profundo. Era una respiración cortada, consciente, una respiración que decía claramente: “Estoy despierta y estoy repasando mentalmente todos tus fallos desde el año 2018”. Él cerró los ojos con fuerza. Tenía que despertarse a las siete para una reunión con unos clientes de Valencia que hablaban rápido y no perdonaban un bostezo. Necesitaba dormir. Pero el silencio era demasiado ruidoso.

De repente, Lucía se movió. No fue un movimiento sutil. Se dio la vuelta bruscamente, haciendo que el somier de láminas —ese que compraron de oferta y que chirriaba como una película de terror de bajo presupuesto— emitiera un quejido lastimero. Sergio contuvo el aliento. “No digas nada, no digas nada”, se repetía a sí mismo como un mantra. Sabía que cualquier palabra, incluso un suspiro mal interpretado, sería el equivalente a tirar una cerilla en una gasolinera.

Pero Lucía no aguantaba más. El peso de la injusticia del táper y, sobre todo, la actitud pasota de Sergio, la estaban consumiendo. Se incorporó un poco, apoyada en un codo, y miró hacia la silueta de su pareja.

— Sé que no estás dormido, Sergio —soltó de repente. Su voz sonó clara, cortante, rompiendo la penumbra.

Sergio no respondió de inmediato. Jugó la carta de la confusión por un segundo, emitiendo un gruñido ininteligible que pretendía pasar por el sueño de alguien que está soñando con ovejas.

— Sergio, te estoy viendo las pestañas moverse. No te hagas el muerto, que no eres un hámster —insistió ella, subiendo un decibelio el tono.

Sergio suspiró, un suspiro largo y teatral que salió de lo más profundo de sus pulmones. Se dio la vuelta lentamente, encarando a Lucía, aunque apenas podía verle la cara.

— Lucía, por el amor de Dios, son casi la una de la mañana. Mañana tengo el día cruzado. ¿Podemos, por favor, cerrar este capítulo y descansar?

— ¿Descansar? ¿Cómo quieres que descanse sabiendo que me has hablado así en la cocina? —Lucía ya estaba entrando en calor—. Es que para ti todo es “no me ralles”, todo es pasar de puntillas por las cosas. Y yo aquí, con el estómago encogido, porque dormir enfadados es lo peor.

Esa frase fue el disparo oficial. Sergio se frotó la cara con las manos. Sabía que esa sentencia era el dogma de fe de Lucía. Para ella, el sueño era un lujo que solo se podía permitir uno si el balance emocional del día estaba en positivo. Para Sergio, el sueño era una necesidad fisiológica, como respirar o comer torreznos los domingos.

— No es lo peor, Lucía. Lo peor es ir a la oficina con tres horas de sueño y contestar mal a mi jefe porque tú querías debatir sobre la arquitectura de la nevera a las dos de la madrugada —replicó él, sentándose también en la cama.

— No es la nevera, y lo sabes. Es la actitud. Es que parece que te da igual todo. ¿Cómo puedes cerrar los ojos y roncar tan tranquilo cuando hay una tensión que se podría cortar con un cuchillo de jamonero?

— No estaba roncando, estaba intentando ignorar la tensión para ver si se iba sola. A veces las cosas se solucionan no dándoles vueltas —dijo Sergio, intentando sonar razonable, aunque sabía que en el código penal de las relaciones de pareja, esa frase era casi un delito.

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