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El silencio antes de la tormenta

Parte 1: El silencio antes de la tormenta

El domingo en Madrid tiene un peso específico, una mezcla de olor a café recalentado, el eco de los camiones de basura y esa luz dorada que entra por el ventanal, avisándote de que mañana es lunes pero que hoy, por lo menos, tienes derecho a la pereza. Sergio estaba hundido en el sofá, con esa postura que desafía las leyes de la ergonomía, pasando el dedo por la pantalla de su móvil con la desgana de quien busca algo que no sabe si quiere encontrar.

A su lado, Lucía intentaba leer un libro, pero su atención fluctuaba. Llevaban tres años juntos, un tiempo suficiente para conocer hasta el ritmo de la respiración del otro, pero también para haber desarrollado un radar infrasónico para las anomalías de comportamiento. Y Sergio estaba raro. No una rareza de las de “me he olvidado de comprar el pan”, sino una de esas de “estoy protegiendo este dispositivo móvil como si contuviera los códigos de lanzamiento de la OTAN”.

—¿Me pasas el cargador, churri? —preguntó Lucía, estirando la mano sin levantar la vista de las páginas.

Sergio dio un respingo. Un respingo pequeño, casi imperceptible para el ojo humano, pero para Lucía fue como si hubiera estallado una granada de fragmentación en mitad del salón.

—Eh… sí, claro. Está en el cuarto —respondió él, bloqueando la pantalla con una rapidez que habría envidiado un crupier de Las Vegas.

—No, si el tuyo está aquí mismo, en la mesa. Pásame ese, que total es el mismo cabezal.

—No, este… este no carga bien. Hace un falso contacto. Mejor te traigo el otro.

Lucía cerró el libro. Despacio. Con esa parsimonia que indica que se ha cruzado la frontera entre la paz dominical y el estado de excepción. Miró a Sergio. Él sonreía con una naturalidad tan forzada que le dolían hasta las encías.

—Sergio —dijo ella, con esa voz plana que precede a las grandes catástrofes—. Dame el móvil.

—¿Para qué quieres mi móvil? Tienes el tuyo ahí.

—Se ha quedado sin batería. Solo quiero mirar una cosa en Instagram.

—Usa el iPad, está en la cocina.

—El iPad no tiene batería tampoco. Dame el móvil, no seas pesado. ¿Qué pasa, tienes secretos de Estado? ¿Te ha escrito el Rey para pedirte consejo sobre los yates?

Sergio rió. Una risa seca, como de lija frotando contra madera. Se levantó del sofá con la intención de irse a la cocina, pero Lucía, que en otra vida debió ser defensa central del Atlético de Madrid, le bloqueó el paso con una agilidad sorprendente.

—A ver, pesado, que solo es para un segundo —insistió ella, alargando la mano.

En ese momento, ocurrió. El descuido. Sergio, en un intento de esquivarla, tropezó con la pata de la mesa de centro (esa mesa de IKEA que todos los españoles tienen y que parece diseñada específicamente para destruir espinillas). El móvil salió volando y aterrizó, milagrosamente, sobre los cojines del sofá. Pero aterrizó boca arriba. Y la pantalla, por el impacto o por una alineación planetaria catastrófica, se iluminó.

Lucía se lanzó sobre el aparato como si fuera el último trozo de jamón en una cena de empresa. Sergio intentó recuperarlo, pero ya era tarde. El desbloqueo facial, ese traidor tecnológico, reconoció la cara de Sergio justo antes de que él pudiera apartar la vista. La galería de fotos estaba abierta.

—¿Quién es ella, Sergio? —La pregunta cayó como una losa de hormigón.

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