El eco de los pasos de Manuel resonaba en el mármol gastado del portal con una solemnidad casi religiosa, aunque lo que estaba a punto de suceder distaba mucho de ser una bendición. Eran las ocho y cuarto de una tarde de martes de esas en las que el bochorno de Madrid se queda pegado a la piel como una pegatina de propaganda de cerrajero 24 horas. Manuel, un hombre que se enorgullecía de su capacidad para pasar desapercibido entre los geranios del patio interior, apretaba el acta de la reunión anterior contra su pecho como si fuera un escudo de vibranium.
A medida que se acercaba a la puerta del cuarto de contadores —ese espacio angosto donde la comunidad de propietarios celebraba sus concilios—, el murmullo de voces ya filtraba una tensión eléctrica. No era un murmullo cualquiera; era ese sonido sordo de gente que lleva rumiando una queja desde que se levantó para ir a trabajar.
En el umbral, apoyado contra el marco de madera desconchada, estaba Paco. Paco era el vecino del 3ºB, un hombre que parecía haber nacido con un palillo en la comisura de los labios y una sabiduría infinita sobre el reglamento de la propiedad horizontal. Al ver a Manuel, Paco arqueó una ceja, exhaló una nube de humo de su cigarrillo electrónico —sabor a café con leche, curiosamente— y le dedicó una mirada de veterano de guerra que ve llegar a un recluta novato al frente.
— Hombre, Manuel —dijo Paco, con esa voz raspada por décadas de quejarse de la presión del agua—. Pensé que hoy te ibas a quedar en casa viendo el fútbol. Vienes con cara de haberte tragado un sapo.
Manuel se ajustó las gafas, que se le resbalaban por el puente de la nariz debido al sudor.
— Qué va, Paco. Hoy solo vengo a escuchar. De verdad. No tengo ni una sola queja. Mi vida es una balsa de aceite —mintió Manuel, tratando de proyectar una paz interior que no sentía.
Paco soltó una carcajada seca, un sonido que recordaba a un arranque de motor diesel en una mañana de invierno.
— ¿A escuchar? No me hagas reír, Manuel, que tengo el labio cortado. En este edificio nadie viene a escuchar. Eso es una leyenda urbana, como lo de la chica de la curva o lo de que el administrador es transparente con las cuentas. Aquí todos venís con el hacha de guerra afilada en el maletero.
— Que no, te lo juro —insistió Manuel, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con la esquina del papel—. Quiero ver cómo va lo de la derrama del ascensor, por curiosidad intelectual, nada más.
— Ya, y yo soy el rey emérito veraneando en Sanxenxo —Paco dio un paso hacia él, bajando el tono como si estuviera revelando un secreto de Estado—. Mira a tu alrededor. ¿Ves a la señora Angustias? Está ahí sentada en su silla plegable, la de la playa, porque dice que las sillas del cuarto de contadores le dan alergia. Lleva media hora repasando una libreta de espiral donde tiene apuntadas todas las veces que el perro del 4ºC ha ladrado fuera de horario. ¿Y a don Julián? Ese lleva el Código Civil en el bolsillo de la chaqueta. Nadie viene a escuchar, Manuel. Todos vienen enfadados por defecto. Es el estado natural del copropietario español.
Manuel suspiró, dejando que los hombros se le hundieran un par de centímetros. La fachada de indiferencia se estaba desmoronando más rápido que la pintura de la fachada exterior.
— Bueno… un poco sí que vengo quemado —admitió por fin—. Es que lo del vecino de arriba y sus clases de claqué a las tres de la mañana es algo que escapa a la lógica humana. ¿Quién aprende claqué en un piso de cuarenta metros cuadrados con tarima flotante?
Paco le dio una palmadita en el hombro, una mezcla de consuelo y bienvenida al club de los amargados.
— Ahí lo tienes. La verdad te hará libre, pero la reunión de vecinos te hará hipertenso. Bienvenido a la democracia del portal, Manuel. Pasa, coge sitio donde puedas y prepárate, porque hoy el ambiente está más caldeado que el motor de un Seat Panda subiendo el puerto de Navacerrada.
Dentro del cuarto, el aire era denso. La luz de un fluorescente parpadeante bañaba la estancia con un tono amarillento y enfermizo que hacía que todos parecieran personajes de una película de terror de bajo presupuesto. La mesa central, una reliquia de formica que en algún momento de los años setenta debió de ser moderna, estaba cubierta por los papeles del administrador, un hombre joven llamado Borja que vestía un traje de una talla menos y lucía la sonrisa de alguien que preferiría estar recibiendo un tratamiento de conducto sin anestesia.
— Buenas tardes a todos —empezó Borja, intentando imponer un orden que todavía no existía—. Vamos a empezar por el primer punto del día: la lectura del acta anterior.
— ¡Ni acta ni narices! —gritó la señora Angustias desde su silla de playa, agitando su libreta—. Aquí lo que queremos saber es quién ha dejado la bolsa de basura orgánica chorreando en el ascensor el domingo por la noche. ¡Que parecía que habían sacrificado a un buey allí dentro!
— Señora Angustias, por favor —suplicó Borja—, eso entraría en el apartado de “Ruegos y preguntas”, si es tan amable de esperar…
— ¡De esperar nada! —intervino don Julián, poniéndose en pie con la agilidad de un hombre que ha hecho de la impugnación de juntas un arte—. El reglamento es claro. Si hay una alteración del orden y la salubridad en las zonas comunes, el administrador debe actuar de oficio. Y yo digo que el rastro de lixiviado llegaba hasta la puerta del 2ºA.
Manuel miró a Paco. Paco le guiñó un ojo mientras sacaba un paquete de pipas del bolsillo.
— ¿Ves lo que te decía? —susurró Paco—. La democracia es el gobierno del pueblo, pero la reunión de vecinos es el gobierno de los agravios comparativos. Aquí no se viene a solucionar el problema del tejado, se viene a ver quién tiene la lengua más larga.
Manuel se hundió en su silla de plástico. Solo habían pasado cinco minutos y ya sentía que el cerebro se le estaba licuando. A su izquierda, una pareja de jóvenes que acababan de mudarse miraban la escena con los ojos como platos, como si hubieran tropezado accidentalmente con un ritual de una secta oscura. No sabían que lo que estaban presenciando era el ADN puro de la convivencia urbana en España: una mezcla de pasión, rencor acumulado y una obsesión enfermiza por los coeficientes de participación.
La discusión sobre la bolsa de basura derivó, de forma casi mágica y sin transición lógica, hacia la presión del agua fría.
— Es que a mí me sale el chorro con menos fuerza que a un jubilado con próstata —proclamó el señor del 1ºB, un hombre que rara vez hablaba pero que, cuando lo hacía, era para aportar metáforas biológicas innecesarias.
— ¡Eso es por el descalcificador que instalaron los del quinto sin permiso! —chilló alguien desde el fondo.
Borja, el administrador, golpeaba la mesa con un bolígrafo Bic, tratando de recuperar el control de una nave que ya iba a la deriva hacia las rocas del absurdo. Manuel miró el reloj. Eran las ocho y veinte. Le quedaban, al menos, dos horas de aquel purgatorio. Y lo peor era que Paco tenía razón: él no había venido a escuchar. Había venido a que alguien le validara que su vecino el del claqué era un psicópata, y estaba dispuesto a luchar por ese reconocimiento hasta el último aliento.
Parte 2: El asalto al presupuesto y la guerra de guerrillas
Si el inicio de la reunión había sido una escaramuza, el segundo punto del día —el presupuesto para la reparación de las bajantes— se convirtió en una guerra de trincheras en toda regla. Borja, el administrador, proyectaba una hoja de Excel en la pared rugosa del cuarto de contadores usando un proyector portátil que zumbaba como un enjambre de avispas cabreadas. Los números, enormes y amenazantes, parecían burlarse de la precaria economía doméstica de los presentes.
— Como pueden ver —explicó Borja, intentando proyectar una calma profesional que engañaba a pocos—, el presupuesto de “Saneamientos García” es el más ajustado. Incluye la sustitución de las tuberías de fibrocemento por PVC de alta resistencia, con una garantía de diez años.
— ¡Diez años! —saltó doña Virtudes, la vecina del 5ºA, que tenía la costumbre de hablar como si estuviera declamando una tragedia griega—. ¡En diez años estaremos todos calvos o en el camposanto! ¡Lo que queremos es que no nos cueste un riñón hoy!
Paco, que ya iba por la mitad del paquete de pipas, le susurró a Manuel con la precisión de un analista geopolítico.
— Ahora viene lo bueno, Manuel. Mira a don Julián. Está sacando la calculadora de energía solar. En cuanto vea que la derrama toca a trescientos euros por vecino, va a pedir la cabeza de Borja en una bandeja de plata.
Efectivamente, don Julián se ajustó las gafas de cerca y apuntó con un dedo acusador hacia la proyección.
— ¡Un momento! —exclamó con voz de trueno—. He revisado las partidas de este presupuesto y me parece un insulto a la inteligencia de esta comunidad. Aquí dice “mano de obra especializada”. ¿Qué significa “especializada”? ¿Van a venir ingenieros de la NASA a cambiar un tubo de caca? Porque mi cuñado, que es fontanero jubilado, dice que eso se hace en una mañana con dos codos y un bote de pegamento.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. La idea del “cuñado que lo hace más barato” era el canto de sirena que siempre seducía a la junta. Borja suspiró, cerrando los ojos por un segundo.
— Don Julián, con todo el respeto para su cuñado, necesitamos una empresa con seguro de responsabilidad civil. Si se rompe una tubería y se inunda el local de abajo, que es una tienda de alfombras persas, la broma nos va a salir por el precio de un apartamento en Benidorm.
— ¡Exagerado! —gritó la señora Angustias—. Lo que pasa es que tú te llevas comisión, que nos conocemos todos.
La acusación cayó como una bomba de humo. Borja se puso rojo como un tomate maduro.
— Señora Angustias, le ruego que retire eso. Mis cuentas son auditables y transparentes.
Manuel sintió que el calor en el cuarto subía tres grados de golpe. El olor a humanidad, mezclado con el ozono del proyector y el aroma a café del cigarrillo de Paco, creaba una atmósfera narcótica. Intentó intervenir, movido por un impulso de sensatez que lamentaría apenas un segundo después.
— A ver —dijo Manuel, levantando la mano con timidez—, quizá podríamos pedir un tercer presupuesto para comparar, ¿no? Para quedarnos todos tranquilos.
La sala se hizo un silencio sepulcral. Todos los ojos se clavaron en él. Fue como si hubiera sugerido que el edificio se demoliera para construir un parque temático de hámsters.
— ¿Un tercer presupuesto? —Paco le miró con decepción—. Manuel, hijo, si pedimos otro presupuesto, la próxima reunión será en Navidad y para entonces tendremos que venir aquí en canoa. ¿No ves que el agua ya está filtrando en el sótano? Si esperamos más, los contadores van a aprender a nadar.
— ¡Exacto! —gritó un vecino del cuarto que nadie conocía pero que siempre estaba de acuerdo con el último que hablaba—. ¡Acción inmediata! Pero sin pagar de más.
— ¡Eso es una contradicción! —gritó otro.
La reunión se fragmentó en cinco conversaciones simultáneas. En una esquina, la señora Angustias le explicaba a la pareja de jóvenes por qué no se podía confiar en nadie que usara gomina. En otra, don Julián intentaba demostrar con un dibujo en una servilleta que las bajantes estaban mal diseñadas desde 1964.
Manuel se sentía como si estuviera atrapado en una licuadora de reproches. La “democracia del portal”, como la llamaba Paco, no era más que una cacofonía de egos donde el bien común era un concepto tan abstracto como la física cuántica.
— ¡Silencio! —rugió Borja, golpeando la mesa con un tomo de la Ley de Propiedad Horizontal—. ¡Por favor! Tenemos que votar el presupuesto de García o el de Construcciones Pérez.
— Yo voto por el de García, pero solo si cambian al operario que vino la otra vez —dijo doña Virtudes—. Tenía los pantalones tan bajos que se le veía la hucha cada vez que se agachaba. Es una falta de decoro ante las señoras.
— ¡A mí me da igual la hucha mientras no me gotee el techo! —replicó el del 1ºB—. ¡Que el otro día me cayó una gota en el café y me supo a hierro!
Manuel miró a Paco, que estaba disfrutando genuinamente.
— Esto es mejor que Netflix, ¿eh? —le dijo Paco mientras escupía una cáscara de pipa con puntería quirúrgica hacia un rincón—. Mira, ahí viene el contraataque de los del Bajo B. Quieren que la derrama se pague por partes iguales y no por coeficiente, porque dicen que ellos no usan tanto la tubería principal. Como si la gravedad no fuera con ellos.
— Pero eso es ilegal —dijo Manuel—. Los coeficientes están en las escrituras.
— ¿Ilegal? Manuel, en una reunión de vecinos, la ley es lo que decida el más gritón antes de que el administrador amenace con dimitir. Mira, mira…
En efecto, el dueño del Bajo B, un hombre con una camiseta de tirantes que dejaba ver un tatuaje de un ancla, se puso en pie y empezó a gesticular de forma amenazante.
— ¡Yo no pago trescientos euros para que los del quinto tengan tuberías nuevas! ¡Que a mi casa el agua llega con la fuerza de un suspiro! Si quieren tubos de oro, que los paguen los que viven arriba, que están más cerca del cielo.
— ¡Eso no tiene sentido! —exclamó Manuel, perdiendo ya los estribos—. ¡El edificio es una unidad! Si se pudre la bajante, se pudre para todos.
— ¡Tú cállate, que tienes un vecino que baila claqué y no dices nada! —le espetó el del Bajo B—. ¡Trae aquí tus problemas de ruidos y deja de meterte en mi bolsillo!
La mención al claqué fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Manuel. El enfado que había intentado reprimir al principio de la reunión brotó como un geiser.
— ¡Ah, o sea que lo del claqué sí lo sabéis! ¡Pero nadie ha subido a decirle nada! ¡Solo yo tengo que aguantar el “tac-tac-tac” a las tres de la mañana mientras vosotros discutís por céntimos!
— ¡Punto de orden! —gritó Borja, que ya tenía un cerco de sudor bajo las axilas que llegaba hasta la cintura—. ¡Volvamos a las bajantes!
Pero era tarde. El tema de las bajantes había muerto. El monstruo de las quejas personales había sido liberado y ya no había forma de devolverlo a la jaula. Manuel se dio cuenta de que Paco tenía razón desde el principio: nadie va a esas reuniones a escuchar. Se va a vomitar el resentimiento acumulado contra la estructura misma de la convivencia.
Parte 3: El caos total y el “claqué-gate”
A las nueve y media de la noche, el cuarto de contadores se había convertido en un búnker de hostilidad cruzada. El aire era tan escaso que el fluorescente parecía parpadear con menos ganas, como si también quisiera irse a casa. El tema de las bajantes se había dado por perdido —aplazado para una “sesión extraordinaria” que nadie quería— y la conversación había derivado, de forma inevitable, hacia el comportamiento incívico.
Manuel, que inicialmente solo quería “escuchar”, ahora estaba de pie, con la cara congestionada, gesticulando hacia el techo como si pudiera señalar al culpable a través de tres pisos de hormigón.
— ¡No es solo el claqué! —gritaba Manuel, con la voz ya quebrada—. ¡Es que el otro día bajó al portal en pijama de seda a recoger la publicidad y me miró como si yo fuera el bicho raro por ir en chándal! ¡Ese hombre es un provocador!
— ¡Y tú un exagerado! —le replicó doña Virtudes—. El chico del 4ºC es un encanto. El otro día me ayudó a subir las bolsas de la compra. Que sea artista no le quita lo educado.
— ¡Artista! —intervino Paco, que ya se había acabado las pipas y ahora jugaba con un clip que había encontrado en el suelo—. Doña Virtudes, que usted confunda el arte con un tío que tiene insomnio y una tabla de madera es para hacérselo mirar. Eso no es arte, eso es tortura psicológica. Yo lo oigo desde el tercero y parece que están montando un mueble de Ikea perpetuamente.
El administrador, Borja, apoyó la cabeza sobre la mesa. Estaba en ese estado de entrega absoluta que precede a la iluminación o al colapso nervioso.
— Por favor… —susurró Borja—. ¿Podemos volver al punto tres? La pintura del rellano del segundo. Se está cayendo a trozos por la humedad.
— ¡Eso es por la humedad del 2ºA! —gritó la señora Angustias—. Que tiene tantas plantas en la terraza que aquello parece la selva del Amazonas. Cada vez que riega, crea un microclima en todo el bloque. El otro día vi un mosquito del tamaño de un gorrión saliendo de su puerta.
El propietario del 2ºA, un hombre extremadamente delgado que hasta ese momento se había mantenido en un silencio zen, se levantó lentamente.
— Mis plantas son el único pulmón verde de este edificio de cemento y amargura —dijo con una voz monótona—. Si la pintura se cae, es porque la calidad de la construcción de esta finca es equivalente a la de una caseta de perro de segunda mano. No culpen a mis orquídeas de su falta de mantenimiento.
— ¡Orquídeas dice! —bufó don Julián—. ¡Si tienes ahí una planta carnívora que el otro día casi se traga al cartero!
La risa generalizada rompió un poco la tensión, pero fue una tregua breve. Manuel aprovechó el hueco para volver a su cruzada personal.
— Volviendo a lo importante: yo quiero que conste en acta que el ruido es insoportable. Borja, apunta: “El vecino Manuel del 2ºB solicita que se envíe un burofax al del 4ºC recordándole que los ruidos de impacto están prohibidos después de las diez”.
— Manuel —dijo Borja, sin levantar la cabeza—, son las diez menos diez. El vecino todavía está en su derecho legal de hacer claqué, si es que eso es lo que hace.
— ¡Pues faltan diez minutos! ¡En diez minutos quiero el silencio absoluto de un monasterio cartujo! —exigió Manuel.
En ese momento, un ruido metálico y rítmico empezó a filtrarse desde el techo. Tac. Tac. Tac-tac-tac. Todos en la sala se quedaron petrificados. El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el parpadeo del fluorescente.
— ¿Lo oís? —susurró Manuel, con los ojos fuera de las órbitas—. ¡Lo está haciendo! ¡Me ha oído por las tuberías y lo está haciendo a propósito para humillarme!
— Eso no suena a claqué —dijo Paco, frunciendo el ceño—. Suena más a alguien golpeando una cacerola con un martillo de madera.
— ¡Es lo mismo! —chilló Manuel—. ¡Es agresión sonora!
De repente, la puerta del cuarto de contadores se abrió de golpe. Apareció un hombre de unos treinta años, despeinado, con una camiseta que ponía “I love New York” y, efectivamente, unos zapatos de claqué en las manos. Era el vecino del 4ºC.
— ¡He oído gritos desde arriba! —dijo el joven, jadeando—. ¿Pasa algo? He bajado porque pensaba que había una avería de gas o que la señora Angustias se había vuelto a quedar atrapada en el ascensor.
La señora Angustias le dedicó una mirada que habría fulminado a un elefante.
— ¡Aquí la única avería eres tú y tus zapateados de los cojones! —gritó don Julián—. ¡Que nos tienes a todos locos!
El joven se quedó de piedra, mirando sus zapatos de claqué.
— ¿Esto? —dijo con voz temblorosa—. Pero si no los uso desde que me apunté al curso hace seis meses y me di cuenta de que soy un pato. Los estaba bajando al trastero para no verlos más porque me recuerdan mi fracaso como artista.
Un silencio incómodo, de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra, se apoderó de la reunión. Manuel miró al joven, luego a los zapatos, y luego a Paco.
— Si tú no estabas bailando —dijo Manuel muy despacio—, ¿qué es lo que yo llevo oyendo tres semanas a las tres de la mañana?
Paco, con la calma de un filósofo estoico, señaló hacia la esquina del cuarto, donde las tuberías de la calefacción central subían hacia los pisos superiores.
— Es la dilatación de las tuberías de la caldera vieja, Manuel. Te lo dije hace dos años, pero estabas demasiado ocupado quejándote de que el portero usaba demasiada lejía. Cada vez que la caldera arranca para mantener el agua caliente de noche, los tubos golpean contra los soportes de la pared. Tac, tac, tac.
Manuel se dejó caer en su silla. La revelación fue como un jarro de agua fría, pero con la diferencia de que este agua sí tenía presión.
— ¿La caldera? —preguntó Manuel con un hilo de voz—. ¿He estado odiando a este pobre muchacho por una dilatación térmica?
— Bienvenido a la vida en comunidad —sentenció Paco—. Donde tus problemas son culpa de los demás hasta que se demuestra que son culpa del edificio, y entonces te toca pagarlos de tu bolsillo. Porque ahora, para arreglar ese ruido, hay que cambiar todos los soportes. Y eso, amigos míos, es otra derrama.
— ¡Ni hablar! —saltó el del Bajo B—. ¡Yo no pago por unos ruidos que solo oye el del segundo!
— ¡Ah! —gritó Borja, perdiendo definitivamente los papeles—. ¡Me rindo! ¡Dimitó! Me voy a hacer un curso de meditación o a vender seguros de vida, que es menos estresante que este portal de locos.
Borja empezó a recoger sus papeles a toda velocidad mientras la señora Angustias le gritaba que no se podía ir sin votar lo de la bolsa de basura del domingo.
Parte 4: La disolución del orden y la gran epifanía del portal
El portazo que dio Borja al salir del cuarto de contadores fue tan violento que una pequeña placa de escayola del techo se desprendió, aterrizando directamente sobre la calculadora de don Julián. El silencio que siguió no fue de paz, sino de estupor. El administrador, el único que tenía el poder legal de moderar aquella jaula de grillos, los había abandonado a su suerte en medio de la noche.
— Pues se ha ido —dijo Paco, rompiendo el hielo con una indiferencia casi heroica—. Y se ha llevado el acta. Lo que significa que técnicamente esta reunión nunca ha existido. Estamos en un limbo legal, como un paraíso fiscal pero con olor a humedad y cables pelados.
Manuel seguía mirando al vecino del 4ºC, que todavía sostenía sus zapatos de claqué como si fueran los restos de una civilización perdida.
— Oye, perdona —balbuceó Manuel—. De verdad. Estaba convencido de que eras tú. No sé, el ritmo era tan… constante.
— Nada, hombre —respondió el joven, rascándose la cabeza—. Si te sirve de consuelo, yo pensaba que los ruidos de golpes que oía por el patio de luces eran tú practicando boxeo o algo así. Iba a bajar a quejarme hoy, pero me daba miedo que me pegaras un gancho.
— ¡Si Manuel no ha pegado un puñetazo en su vida! —exclamó doña Virtudes, recuperando su tono de mando—. Como mucho le da un manotazo a un mosquito y pide perdón después.
La tensión, que durante dos horas se había inflado como un globo a punto de explotar, comenzó a desinflarse de forma extraña. Al verse sin una autoridad a la que gritar, los vecinos empezaron a mirarse unos a otros no como enemigos, sino como náufragos.
— Entonces —preguntó el del 1ºB—, ¿lo de las bajantes se queda sin hacer? ¿Me va a seguir goteando el techo cada vez que el del tercero se de una ducha de media hora?
— Probablemente —dijo don Julián, guardando su calculadora dañada—. Sin administrador no hay firma, sin firma no hay contrato, y sin contrato, García se va a arreglar los tubos a otra comunidad donde no le llamen chorizo nada más entrar por la puerta.
La señora Angustias se levantó de su silla de playa con un gemido de las rodillas que sonó sospechosamente parecido a la dilatación de la caldera.
— ¿Y lo de mi bolsa de basura? ¿Nadie va a confesar? —preguntó, mirando desafiante a la sala.
Nadie respondió. El culpable, si es que estaba allí, tenía la cara de póquer más ensayada de la historia de la capital.
Paco se levantó y se sacudió las cáscaras de pipas de la barriga.
— Mirad —dijo, con una voz inusualmente seria—, llevamos aquí metidos dos horas. Hemos gritado, hemos insultado a un pobre chaval que solo quería ser Fred Astaire, casi matamos de un infarto al administrador y lo único que hemos conseguido es que el techo se caiga un poco más. ¿La reunión de vecinos sirve para algo o solo para discutir?
Manuel reflexionó sobre la pregunta. Miró a doña Virtudes, que ya estaba intercambiando una receta de croquetas con la vecina del 2ºA (la de las orquídeas). Miró al del Bajo B, que estaba ayudando al joven del claqué a entender cómo funcionaba la llave del trastero.
— Sirve para esto, Paco —respondió Manuel, con una sonrisa triste—. Sirve para recordarnos que estamos todos igual de fastidiados. Discutimos porque es la única forma que tenemos de sentir que tenemos algo de control sobre este montón de ladrillos que se cae a pedazos. Si no nos gritáramos de vez en cuando, seríamos solo extraños que comparten una dirección postal. Así, al menos, sabemos quién odia a quién y por qué.
— Qué poético te has puesto, Manuel —dijo Paco, dándole un golpe en la espalda—. Pero la realidad es que mañana me voy a encontrar a Borja en su oficina y le voy a tener que llevar una caja de bombones para que no nos denuncie por acoso laboral.
— Yo te acompaño —dijo Manuel—. Y de paso, que me explique lo de la caldera. Que el “tac-tac-tac” me sigue poniendo nervioso.
Los vecinos empezaron a desfilar hacia la salida, apagando las luces del cuarto de contadores. La oscuridad volvió a reinar entre los cables y los tubos, esos que seguirían dilatándose y contrayéndose ajenos a los dramas humanos.
Mientras subían en el ascensor —que dio un tirón sospechoso al pasar por el segundo piso—, el silencio era casi cómodo. Ya no había nada que decir. Todo el veneno se había quedado allí abajo, en el cuarto de contadores, listo para ser recogido en la próxima junta ordinaria.
— Oye, Manuel —dijo el joven del 4ºC antes de bajarse—. Si alguna vez quieres probar lo del claqué, te presto los zapatos. Dicen que quita mucho estrés.
Manuel se rió mientras las puertas se cerraban.
— Gracias, pero creo que con el ritmo de la caldera ya tengo suficiente percusión por esta vida.
Al entrar en su piso, Manuel no encendió la televisión. Se sentó en el sofá, en completa oscuridad, y esperó. Diez minutos después, desde las profundidades de la pared, llegó el sonido: Tac. Tac. Tac-tac-tac.
Se sonrió. Ya no era un ruido molesto. Era el latido del edificio. Un latido caro, lleno de derramas y discusiones, pero, al fin y al cabo, el sonido de su hogar. Se fue a dormir pensando que, en el fondo, la democracia del portal no era tan mala, siempre y cuando Paco trajera suficientes pipas para todos.