Era un domingo de esos que en Madrid se sienten como una tregua necesaria, o como una resaca mal curada, según se mirase. El sol entraba por el ventanal del salón en Malasaña con una timidez que no encajaba con el ruido de las persianas metálicas de los bares de abajo empezando a subir. Marcos estaba en la cocina, batallando con una cafetera italiana que parecía tener más años que la propia democracia y que, por algún motivo, ese día había decidido que no pensaba filtrar el agua sin antes soltar un soplido sibilante que recordaba a una locomotora de vapor con asma.
—Marcos, ¿has visto mi cargador? —gritó Lucía desde el dormitorio, con esa voz que tienen las personas que llevan despiertas diez minutos pero ya han planeado mentalmente las próximas tres décadas de su vida.
—En el tercer cajón, tía. Al lado de las pilas que no funcionan y los tickets del Mercadona de 2019 —respondió él, sin apartar la vista del fuego.
Marcos era un tipo que vivía en un estado de equilibrio precario entre el caos absoluto y una organización obsesiva que solo él entendía. Trabajaba como consultor “de lo que surja”, una forma elegante de decir que pasaba muchas horas delante del portátil gestionando crisis de reputación para empresas que no sabían usar Twitter o montando estrategias de marketing para negocios de dudosa viabilidad, como una tienda de calcetines de lana orgánica en pleno agosto sevillano.
Lucía, por el contrario, era la personificación del orden pragmático. Trabajaba en una agencia de seguros, lo que le había dado un superpoder algo molesto: era capaz de oler una inconsistencia en un relato a tres kilómetros de distancia. Para ella, la vida era un contrato con cláusulas que debían cumplirse a rajatabla.
Ella entró en la cocina, con el pelo hecho un nido de cigüeña y una camiseta tres tallas más grande que él sospechaba que le había robado a él hacía meses. Se acercó a la mesa, donde el móvil de Marcos descansaba boca arriba, brillando con la impertinencia de una pantalla que acaba de recibir una notificación.
—Oye, Marcos, déjame el tuyo un segundo, que el mío ha decidido que hoy no quiere cargar y tengo que mirar si el chino de la esquina abre hoy para pillar un cable nuevo —dijo ella, alargando la mano con una naturalidad que, en otras circunstancias, habría sido inofensiva.
Marcos sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, un calambre eléctrico que le llegó hasta las puntas de los dedos. En un movimiento que habría envidiado un portero de la selección en una final de Mundial, dejó la cafetera de lado y se lanzó hacia el teléfono, pero llegó un segundo tarde. Lucía ya lo tenía en la mano.
—Pero qué… —murmuró ella, deslizando el dedo por la pantalla—. Marcos, ¿qué es esto?
Él tragó saliva. El sonido fue tan fuerte que juraría que se oyó en el piso del vecino.
—¿Qué es el qué, cari? Es un móvil. Marca coreana. Pantalla OLED. Muy moderno todo.
—No me vaciles —respondió Lucía, girando la pantalla hacia él—. ¿Por qué me pide un código de seis dígitos? Tú siempre has tenido el patrón ese que era una “L” de Lucía, muy cursi pero muy práctico. Y ahora hay un teclado numérico.
Marcos intentó poner su mejor cara de “soy un ciudadano responsable preocupado por la ciberseguridad”, una expresión que en su rostro solía confundirse con el estreñimiento crónico. Se apoyó en la encimera, tratando de parecer relajado, mientras la cafetera empezaba finalmente a escupir café con un gorgoteo amenazante.
—Ah, eso. Sí. Seguridad, Lucía. Pura seguridad digital. ¿No has visto las noticias? El phishing, el malware, los troyanos rusos… Estamos expuestos, tía. Vivimos en el Salvaje Oeste de los datos y yo no quiero que cualquier mindundi que me robe el móvil en el metro pueda acceder a mis fotos de pies o a mis facturas de la luz.
Lucía entrecerró los ojos. Sus pupilas se convirtieron en dos rendijas de escepticismo puro.
—¿Seguridad? Marcos, tú pierdes las llaves de casa tres veces por semana. El otro día te dejaste la tarjeta del banco puesta en el cajero y tuviste que volver corriendo en calzoncillos porque te diste cuenta mientras te cambiabas. ¿Y ahora de repente eres el jefe de contrainteligencia del CNI?
—Precisamente por eso —insistió él, ganando confianza en su propio delirio—. Porque soy un desastre, necesito medidas externas que me protejan de mí mismo. He activado la encriptación de doble factor, el cambio de contraseña dinámico y un protocolo de borrado remoto en caso de intrusión no autorizada.
—¿Y desde cuándo yo soy una “intrusión no autorizada”? —preguntó ella, dejando el móvil sobre la mesa de madera, pero sin apartarle la vista de encima, como si el aparato fuera una granada a punto de perder la anilla—. Llevamos tres años juntos. Sé que tu primera mascota se llamaba “Pipo” y que el PIN de tu tarjeta de crédito es el año en que el Atleti ganó el doblete. ¿Me estás diciendo que ahora necesito pasar un control de la CIA para mirar el horario de un bazar?
—No es personal, Lucía. Es el protocolo. El mundo ha cambiado. Ahora hay gente que se dedica a hackearte el móvil solo para enviarte publicidad de injertos capilares en Turquía. Yo solo estoy blindando nuestra privacidad.
La cafetera soltó un último estornudo de vapor negro. El aroma a café quemado inundó la cocina, pero ninguno de los dos se movió para servirlo. La tensión era tan densa que se podía cortar con el cuchillo de untar la mantequilla. Lucía no era tonta. Sabía que cuando Marcos empezaba a usar palabras de más de tres sílabas de forma atropellada, normalmente estaba intentando tapar un agujero que él mismo había cavado.
—Ya —dijo ella, con una calma que a Marcos le dio más miedo que si le hubiera gritado—. Seguridad. Muy bien. Pues si es por seguridad, no te importará ponerme el código ahora mismo, ¿verdad? Es que tengo que ver lo del cargador, ya sabes.
Marcos sintió que el mundo se detenía. El tiempo se estiró como un chicle usado. Tenía que tomar una decisión: o cedía y revelaba el contenido de ese búnker digital, o seguía adelante con la farsa hasta las últimas consecuencias. Y en el manual del perfecto sospechoso, la retirada nunca es una opción cuando ya has sacado la bandera de la “seguridad nacional”.
Parte 2: La teoría del búnker digital
—A ver, Lucía, no es que no quiera, es que si te lo digo, pierdo la costumbre de la memoria muscular y el sistema de seguridad pierde efectividad —soltó Marcos, soltando una carcajada nerviosa que sonó más como el graznido de un pato moribundo—. Es un método que leí en un blog de expertos en ciberdefensa de Estonia. La clave es que nadie, ni siquiera tu círculo más íntimo, sepa el código, para evitar la ingeniería social.
Lucía se cruzó de brazos. El pijama de Mickey Mouse que llevaba no ayudaba a darle un aire de autoridad, pero su mirada compensaba cualquier carencia de vestuario.
—¿Ingeniería social? ¿Me estás llamando hacker de pacotilla en mi propia cocina? —Lucía se acercó un paso más—. Escúchame una cosa, “James Bond de pacotilla”. Me parece muy bien que quieras protegerte de los rusos, de los coreanos y de los señores que venden alfombras, pero lo que me estás contando tiene menos sentido que un cenicero en una moto.
—¡Es la verdad! —exclamó él, levantando las manos como si se estuviera rindiendo ante un pelotón de fusilamiento—. Además, el móvil está fatal de batería. Si lo desbloqueamos mucho, se gasta. Mejor déjalo ahí, cargando. Yo te busco el horario del chino desde el portátil ahora mismo.
—El portátil que te dejaste en la oficina el viernes, ¿te refieres a ese? —lo pilló ella al vuelo.
Marcos cerró los ojos un instante. “Mierda”, pensó. El portátil estaba, efectivamente, en un coworking de la calle Fuencarral, descansando tranquilamente mientras él se hundía en el fango de sus propias mentiras.
—Bueno, pues… lo miro en la tablet.
—La tablet no tiene batería desde que intentaste usarla para seguir una receta de tarta de queso y se te cayó medio litro de leche encima —sentenció Lucía—. Marcos, deja de dar vueltas. Pone el numerito. O mejor, pon el dedo, que sé que también tienes el lector de huellas activado.
Marcos miró su dedo índice como si fuera un traidor. Sabía que un solo toque desbloquearía un mundo de explicaciones que no tenía ganas de dar un domingo a las diez de la mañana.
—Es que… me he cortado el dedo pelando una mandarina —mintió con una torpeza digna de un niño de cinco años—. El lector no me reconoce la huella si hay una cicatriz, por pequeña que sea. El sensor es de alta precisión, ¿sabes? Detecta las crestas papilares y si hay una mínima alteración térmica o estructural…
—¡Corta el rollo, Marcos! —Lucía dio un golpe seco en la mesa—. ¿Seguridad? ¿En serio? ¿Seguridad de qué? ¿De que vea que te has gastado cincuenta euros en el FIFA? ¿De que estás hablando con tu madre sobre lo mal que cocino la tortilla de patatas? ¿O es que hay algo más? Porque este ataque de paranoia tecnológica te ha dado justo después de que volviéramos de cenar el viernes con tus amigos del fútbol.
Marcos intentó recordar si el viernes había pasado algo reseñable. Habían bebido unas cañas, habían discutido sobre si el VAR era una conspiración contra el espíritu del deporte y poco más. Pero Lucía tenía ese instinto de sabueso que le permitía conectar puntos que ni siquiera existían en el mismo plano dimensional.
—No tiene nada que ver con el viernes —dijo él, tratando de recuperar la compostura—. Es una decisión vital. Quiero ser dueño de mis datos. Quiero que mi vida digital sea un templo infranqueable. ¿Acaso no tengo derecho a un rincón de intimidad absoluta?
—Intimidad es cerrar la puerta cuando vas al baño, Marcos. Cambiar la contraseña del móvil y ponerme excusas de experto en criptografía de la Dark Web es sospechoso de toda sospecha. Me estás ocultando algo y me juego el cuello a que tiene nombre propio.
—¡Qué va! —protestó él, ofendido de forma teatral—. ¿Nombre propio? ¿Como quién? ¿Arquímedes? ¿Napoleón? Mi único secreto es que a veces miro vídeos de gente restaurando herramientas oxidadas de los años 40 porque me relaja el sonido del metal rozando con la lija. ¡Esa es mi gran doble vida!
Lucía no se movió. Se quedó allí, de pie, analizando cada microgesto de la cara de Marcos. Él sabía que estaba perdiendo la batalla. El silencio en la cocina se vio interrumpido únicamente por el goteo constante de un grifo que Marcos prometió arreglar en el puente de diciembre y que seguía ahí, marcando el paso de las horas como un metrónomo de la desidia.
Justo en ese momento, cuando la tensión parecía haber llegado a su punto máximo, el teléfono sobre la mesa vibró. No fue una vibración corta, de esas de un grupo de WhatsApp que tienes silenciado. Fue una vibración larga, insistente, acompañada de una luz que iluminó la superficie de madera.
Lucía, más rápida que una cobra, se abalanzó sobre el dispositivo. Marcos intentó interceptarla, pero se resbaló con una gota de café que había caído al suelo, haciendo un espagat involuntario que le arrancó un gemido de dolor.
Lucía levantó el móvil a la altura de sus ojos. La pantalla de bloqueo mostraba una notificación de una aplicación de mensajería. Marcos, desde el suelo y con una pierna estirada hacia la nevera, sintió que el corazón se le salía por la boca.
—Vaya, vaya… —dijo Lucía con una voz que destilaba un sarcasmo tan puro que podría haber disuelto el acero—. Parece que tu “templo infranqueable” tiene una grieta. Y la grieta tiene un nombre muy curioso.
Marcos intentó levantarse, pero su dignidad se lo impedía.
—¿Qué dice? —preguntó con un hilo de voz—. Será un mensaje de la compañía eléctrica, que son muy pesados…
—No creo que la compañía eléctrica te mande un mensaje a estas horas diciendo: “¿Estás despierto? Lo de ayer fue increíble, tenemos que repetir en cuanto puedas” —leyó Lucía, con una lentitud dramática—. Y lo mejor de todo, Marcos… lo mejor de todo es el remitente.
Marcos se quedó petrificado. Sus ojos buscaban una salida de emergencia, pero solo encontró la puerta de la despensa donde guardaban los garbanzos.
—¿Quién es? —balbuceó.
—Aquí dice… —Lucía hizo una pausa para darle más énfasis al momento—. “Valentina Hotel”.
Marcos parpadeó. “¿Valentina Hotel?”, pensó. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad, descartando y aceptando teorías a un ritmo frenético. Tenía que decir algo. Tenía que explicar por qué una entidad que sonaba a lugar de vacaciones con sábanas de seda y minibar caro le escribía un domingo por la mañana para decirle que “lo de ayer fue increíble”.
—¡Ah! —exclamó Marcos, levantándose por fin del suelo con una agilidad sospechosa—. ¡Valentina! ¡Claro! Es… es un cliente. Un cliente muy importante.
—¿Un cliente? —Lucía levantó una ceja—. ¿Tienes un cliente que se llama “Valentina Hotel”? ¿Y qué vendes tú ahora, Marcos? ¿Colchones? ¿Servicio de habitaciones? ¿O es que te has hecho conserje nocturno y no me he enterado?
Parte 3: El cliente más apasionado del mundo
Marcos se puso derecho, se sacudió las migas imaginarias de los pantalones de chándal y trató de adoptar un aire de profesionalidad corporativa que resultaba ridículo dadas las circunstancias. Se aclaró la garganta, buscó en su cerebro la carpeta de “excusas creativas para situaciones desesperadas” y empezó a hablar.
—Mira, Lucía, no te lo había dicho porque el contrato tiene una cláusula de confidencialidad de esas que si hablas te cae una demanda que no pagas ni con tres vidas. Valentina es… bueno, el “Hotel Valentina” es una nueva cadena de hoteles boutique que quiere abrir en la zona de la Sierra de Madrid. “Valentina” es el nombre del proyecto. Y la persona que lleva la cuenta, mi contacto principal, se llama… se llama Valentina también. Valentina de la Torre. Una mujer de negocios, muy seria, muy profesional.
Lucía soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor.
—Valentina de la Torre. Muy bien. Un nombre con mucho fuste. ¿Y qué me dices del mensaje, Marcos? “¿Lo de ayer fue increíble, tenemos que repetir en cuanto puedas?”. ¿Qué fue lo increíble? ¿El balance de situación? ¿El análisis DAFO? ¿El diseño del logo en color Pantone 300?
—¡Exacto! —gritó Marcos, señalándola con el dedo como si acabara de ganar un concurso—. ¡El diseño! Ayer estuvimos trabajando hasta las tantas en la propuesta de branding. Fue una sesión de lluvia de ideas brutal, Lucía. De esas que te dejan el cerebro frito pero con una satisfacción profesional inmensa. Cuando dice que “fue increíble” se refiere a la sinergia que logramos. A la conexión creativa. Logramos desbloquear el concepto de la marca en un momento de lucidez absoluta.
Lucía dejó el móvil sobre la mesa, cruzó los brazos y se apoyó contra la encimera. Su mirada era como un escáner de aeropuerto detectando un kilo de harina sospechosa.
—Sinergia —repitió ella—. Conexión creativa. Desbloquear conceptos. Marcos, de verdad, a veces me pregunto si te crees que vivo en un mundo de piruleta o si simplemente piensas que mi cociente intelectual es el de un hámster con amnesia.
—¡Es la verdad! —insistió él—. ¿Por qué te iba a mentir con algo así? Valentina es una cliente muy intensa. Es de esas personas que viven por y para su trabajo. Si tiene una idea a las tres de la mañana, te la manda. Si se siente inspirada un domingo a las diez, pues te escribe para decirte que la sinergia fue estupenda. Es el mundo de los negocios de hoy en día, Lucía. Inmediatez, pasión, entrega total…
—Ya veo que hay mucha “pasión” en tu negocio —dijo ella, acercándose al móvil de nuevo—. Tanto que incluso la tienes guardada en la agenda con un nombre que parece un código secreto. Porque vamos a ver, si es tu cliente, ¿por qué no pusiste “Valentina Empresa” o “Valentina Marketing”? No, pusiste “Valentina Hotel”. Como para que pase desapercibido si salta una notificación, ¿verdad? Como si fuera una reserva que hiciste y se te olvidó borrar.
Marcos sintió que el nudo en la garganta se hacía más grande. El sudor empezaba a perlarle la frente a pesar de que la calefacción estaba apagada.
—Es por el orden, Lucía. Para saber de qué proyecto es cada mensaje. Tengo muchos clientes. Si pongo solo nombres, me lío. Pongo el nombre y el proyecto al lado. Es un sistema de gestión de contactos avanzado.
—Claro —asintió ella de forma exagerada—. Y por eso mismo cambiaste la contraseña. Por la “seguridad” de los datos de Valentina. Porque claro, si yo veo un mensaje de una cliente apasionada hablando de “lo increíble que fue lo de ayer”, podría pensar mal. Menos mal que me lo has aclarado. Menos mal que es todo “profesional”.
Marcos sonrió, pensando que quizá, solo quizá, había conseguido una pequeña vía de escape. Pero la sonrisa le duró lo que tarda un azucarillo en deshacerse en un café hirviendo.
—Entonces —continuó Lucía—, no te importará que ahora mismo, ya que estamos tan “profesionales”, llame a esa tal Valentina para presentarme. Como tu pareja y socia moral, me encantaría darle las gracias por confiar en tu “conexión creativa”. Seguramente estará encantada de hablar conmigo un domingo por la mañana sobre “lo de repetir en cuanto podáis”.
—¡No! —gritó Marcos, casi saltando sobre la mesa—. ¡Ni se te ocurra!
—¿Ah no? ¿Y por qué no? Si es trabajo, Marcos. A los clientes les encanta que sus consultores tengan una vida familiar estable. Da mucha confianza.
—Porque… porque es una mujer muy especial. Tiene… tiene fobia social. Sí, eso es. Valentina solo se comunica por mensajes cortos y muy específicos. Si la llamas, se asusta, cancela el contrato y me quedo sin la comisión. Y esa comisión, Lucía, esa comisión era para nuestro viaje a Islandia. ¿Quieres cargarate el viaje a Islandia por un ataque de celos injustificado?
Lucía lo miró en silencio durante al menos treinta segundos. Fue el medio minuto más largo de la vida de Marcos. Podía oír el latido de su propio corazón, los pasos de alguien caminando por el rellano y el sonido de una sirena de ambulancia a lo lejos, subiendo por la calle San Bernardo.
—Islandia —dijo ella al fin—. Qué bonito es Islandia. El frío, los volcanes, el hielo… Un sitio perfecto para alguien que tiene la cara de cemento armado como tú.
Lucía cogió el móvil de nuevo. No intentó desbloquearlo esta vez. Simplemente lo sostuvo entre los dedos, sopesándolo, como si estuviera decidiendo si estamparlo contra la pared o usarlo para algo más sutil.
—Sabes qué pasa, Marcos —dijo con una voz peligrosamente suave—, que lo que más me jode no es que me mientas. Lo que más me jode es que me mientas tan mal. “Valentina Hotel”. ¿De verdad no se te ocurrió nada mejor? ¿No podías haber puesto “Taller de Coches Manuel” o “Seguros La Mutua”? Tenías que poner algo que gritara “infidelidad de película de sobremesa de Antena 3”.
—¡Que no es una infidelidad! —protestó él, con los ojos casi llorosos—. Lucía, por favor, confía en mí. Te juro por lo más sagrado que todo esto tiene una explicación lógica que no tiene nada que ver con otra mujer.
—Ah, ¿sí? —ella se cruzó de brazos una vez más—. Pues soy toda oídos. Y más te vale que la explicación sea mejor que la de la mandarina y el sensor térmico, porque mi paciencia está ahora mismo al nivel de la batería de tu móvil: en un uno por ciento y bajando.
Marcos tomó aire. Miró a Lucía, miró el móvil, miró la cafetera ya fría. Sabía que estaba en el precipicio. Solo le quedaba una carta por jugar, una verdad a medias que quizá, solo quizá, le salvaría el pellejo, aunque le costaría el orgullo.
Parte 4: La atención al cliente demasiado personalizada
Marcos se sentó en una de las sillas de madera de la cocina, las que siempre cojeaban y que él nunca arreglaba. Se tapó la cara con las manos durante un segundo, inspiró profundamente y luego miró a Lucía con una expresión que mezclaba la derrota absoluta con una pizca de vergüenza genuina.
—Vale. Tienes razón. Lo de Valentina de la Torre es una milonga. No existe ninguna empresaria con fobia social ni ninguna cadena de hoteles en la sierra.
Lucía no dijo nada. Se limitó a arquear una ceja, esperando el golpe final.
—Pero tampoco es lo que tú crees —continuó él apresuradamente—. No hay ninguna mujer. Bueno, sí hay una Valentina, pero no es una persona real. O sea, sí es real, pero no… Ay, dios, qué difícil es esto.
—Marcos, suéltalo de una vez antes de que te tire el café frío por encima —amenazó ella.
—Es un juego, Lucía. Un juego de rol online. De esos de misterio y gestión de hoteles. Se llama “Valentina’s Grand Hotel”. Es una chorrada de aplicación donde tienes que gestionar un hotel de lujo, atender a los clientes, decorar las habitaciones… El mensaje de antes era una notificación automática del juego.
Lucía parpadeó. De todas las cosas que esperaba oír, esa estaba probablemente en el puesto número quinientos de su lista de sospechas.
—¿Un juego? ¿Me estás diciendo que has cambiado la contraseña del móvil, que me has mentido en la cara durante media hora y que casi me da un síncope… por un juego de decorar hoteles?
—Es que me da vergüenza, ¿vale? —dijo Marcos, poniéndose rojo como un tomate—. Mis amigos del fútbol están todo el día hablando de apuestas, de coches y de tías, y yo estoy ahí, en el sofá, preocupado por si las cortinas de la suite presidencial combinan con la alfombra persa. El otro día me pillaron mirando el móvil y les dije que estaba analizando criptomonedas. Me dio tanto palo que me vieran jugando a eso que puse la contraseña de seis dígitos para que nadie pudiera entrar y ver el icono del hotel con el corazón rosa.
Lucía se quedó callada. Luego, lentamente, empezó a procesar la información.
—¿Y el mensaje? —preguntó—. El de “lo de ayer fue increíble, tenemos que repetir”.
—Es el eslogan del juego cuando consigues una puntuación perfecta en una “noche de gala” —explicó Marcos con un hilo de voz—. Ayer estuve hasta las tres de la mañana jugando escondido en el baño para que no me vieras. Conseguí cinco estrellas en el evento de “Boda Real”. La notificación sale programada a las pocas horas para invitarte a volver a entrar. Lo de “repetir” se refiere a otro evento.
Lucía cogió el móvil, se lo puso a Marcos delante de la cara y esperó a que el reconocimiento facial (que sí funcionaba perfectamente a pesar de la supuesta “cicatriz”) desbloqueara el aparato. Marcos no se resistió.
Ella entró en el menú de aplicaciones. Y ahí estaba. Un icono con un edificio clásico, un cielo estrellado y una mujer rubia con un traje de chaqueta rosa sonriendo de forma inquietante. El título: “Valentina’s Grand Hotel”.
Lucía entró en la aplicación. Lo primero que vio fue un mensaje emergente: “¡Enhorabuena, Gerente Marcos! ¡La estancia de ayer fue increíble! Tus huéspedes quieren repetir. ¿Entramos a la recepción?”.
El silencio que siguió fue diferente. Ya no era un silencio de tensión y sospecha, sino un silencio cargado de una incredulidad casi cósmica. Lucía miró a Marcos. Marcos miró al suelo.
—Eres… —Lucía empezó a hablar, pero la risa le ganó la partida—. Eres el tío más tonto que ha parido madre, de verdad te lo digo.
La risa de Lucía estalló, una carcajada limpia que resonó por todo el piso. Se tuvo que apoyar en la encimera para no caerse.
—¡Me has tenido aquí montándome una película digna de Alfred Hitchcock! —gritó ella entre risas—. ¡Pensaba que tenías una amante en un hotel de la costa, o que te habías metido en una red de espionaje industrial! ¡Y resulta que eres el decorador de interiores de una muñeca virtual!
—¡Es que engancha mucho! —se defendió Marcos, aunque él también empezaba a sonreír por puro alivio—. Tienes que gestionar las quejas de los clientes, Lucía. Si no les pones las toallas de algodón egipcio, te bajan la puntuación. Es un estrés.
—”Atención al cliente demasiado personalizada”, desde luego… —dijo ella, secándose una lágrima de risa—. Marcos, por el amor de Dios, ponme el patrón de la “L” otra vez y déjate de ciberseguridad. No creo que los hackers rusos tengan mucho interés en robarte tus diamantes virtuales para comprar lámparas de araña.
Marcos suspiró, sintiendo que un peso de mil toneladas se le quitaba de encima. Cogió el móvil, cambió la contraseña de seis dígitos de vuelta al patrón de siempre y lo dejó sobre la mesa.
—¿Entonces no me dejas? —preguntó con timidez.
—No te dejo porque me haces falta para que me compres el cargador del chino —respondió ella, dándole un beso rápido en la mejilla—. Pero que sepas que me lo vas a pagar caro. Hoy cocinas tú, y nada de pasta con tomate. Quiero algo que merezca cinco estrellas en tu hotel de marras.
Marcos sonrió de verdad por primera vez en toda la mañana.
—Hecho. Pero Lucía…
—¿Qué?
—No se lo digas a los del fútbol, ¿vale? Me matarían.
—Tranquilo —dijo ella, guiñándole un ojo mientras salía de la cocina—. Tu secreto de “gerente de hotel” está a salvo conmigo. Pero como vuelva a ver una notificación de una tal Valentina, te juro que la que va a tener una “conexión creativa” con tu móvil va a ser la ventana del tercer piso.
Marcos se quedó solo en la cocina, sirviéndose por fin una taza del café ya tibio. Miró su móvil, vio el icono de Valentina y, con un suspiro de satisfacción, cerró la aplicación. Había sido una mañana intensa, pero al menos su imperio hotelero seguía intacto. Eso sí, la próxima vez que necesitara “seguridad”, simplemente apagaría el teléfono. O mejor aún, aprendería a cocinar algo que no fuera pasta.
¿Cómo crees que habría reaccionado Lucía si la explicación de Marcos hubiera sido real y “Valentina Hotel” no fuera un juego, sino un contacto de verdad?