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El ritual del clavo ardiendo

Parte 1: El ritual del clavo ardiendo

Javier no era un hombre de apuestas, pero si lo hubiera sido, aquel martes de mayo en Madrid habría perdido hasta la camisa. Estaba sentado en una de esas sillas de metal de una terraza en la zona de Conde Duque, de esas que parecen diseñadas por un traumatólogo con ganas de facturar más a final de mes. Delante de él, una caña de cerveza que ya empezaba a sudar más que un opositor a notarías y un plato de altramuces que nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, se comería por voluntad propia si no fuera por el hambre atávica que despierta el hecho de que te dejen plantado.

Eran las ocho y veinte de la tarde. La cita era a las ocho. En el código no escrito de las relaciones modernas en la capital, veinte minutos es el margen de cortesía que separa el «bueno, habrá tenido problemas con la línea 2 del Metro» del «te están tomando el pelo de una forma legendaria». Javi miraba su teléfono móvil con una intensidad que, de haber tenido superpoderes, habría derretido el cristal templado. La pantalla seguía en negro. Ni un mensaje, ni una notificación de Instagram, ni siquiera un correo de spam ofreciéndole criptomonedas. Nada.

El ambiente en la terraza era el típico de un Madrid que empieza a oler a verano prematuro. Había un grupo de modernos hablando de un podcast sobre asesinos en serie tres mesas más allá, y un señor mayor con un perro que parecía tener más crisis existenciales que el propio Javi. Se sentía ridículo. Se sentía como el protagonista de una de esas películas en las que el público sabe desde el minuto uno que la chica no va a aparecer, pero el pobre infeliz se queda ahí, pidiendo otra ronda, aferrado a la esperanza como un náufrago a un tablón de madera con astillas.

Hacía exactamente tres meses que Javi y Bea habían empezado este «no sé qué» que los mantenía en un limbo emocional bastante agotador. Bea era de esas personas que entran en una habitación y parece que el aire se vuelve más interesante, pero también era de las que consideraban la puntualidad como una sugerencia amable de la ONU, algo que se puede ignorar sin remordimientos.

—¿Otra, jefe? —le preguntó el camarero, un tipo con un delantal manchado de lo que parecía ser salsa brava de la guerra de Cuba y una cara de haber visto demasiadas rupturas en directo.

—Ponme otra. Pero esta vez sin los altramuces, que creo que me están mirando con juicio —respondió Javi, intentando forzar una sonrisa que le salió más bien como una mueca de dolor gástrico.

Justo cuando el camarero se daba la vuelta, el teléfono vibró sobre la mesa de metal, produciendo un sonido estridente que hizo que Javi diera un respingo. Era un WhatsApp. El remitente: Bea. Javi respiró hondo. Quizá estaba a la vuelta de la esquina. Quizá se había quedado sin batería. Quizá un comando de ninjas la había interceptado en la calle Princesa y acababa de escapar heroicamente.

Abrió el mensaje.

«Javi, lo siento muchísimo de verdad, pero no voy a poder ir. Me ha surgido algo de última hora y me es imposible llegar. No me odies, porfa. Te escribo luego.»

El mundo no se detuvo, pero a Javi le pareció que el ruido de la ciudad bajaba un par de decibelios. Se quedó mirando la pantalla, analizando cada palabra como si fuera un manuscrito del Mar Muerto. «Me ha surgido algo». La frase más peligrosa del castellano moderno. Ese «algo» tan abstracto, tan maleable, tan convenientemente vago.

No era la primera vez. Ni la segunda. Era la cuarta vez en dos semanas que el destino, ese ente caprichoso, decidía conspirar contra sus planes. La primera fue una supuesta avería en la caldera que inundó su piso (Bea vivía en un tercero, pero según ella el agua subía hacia arriba por «presión osmótica» o alguna mandanga similar). La segunda fue un dolor de muelas repentino que requería un dentista de urgencia a las diez de la noche de un sábado. La tercera, un problema con su mejor amiga, que al parecer había tenido una crisis existencial porque su gato no la miraba con el mismo cariño de siempre.

Pero esta vez, algo en el estómago de Javi le dijo que la caldera estaba seca, las muelas estaban sanas y el gato era perfectamente feliz.

Pagó la cuenta —diez euros por dos cañas y el desprecio del camarero— y empezó a caminar hacia la parada del Metro de San Bernardo. Su cabeza era una lavadora en modo centrifugado. «No me odies, porfa». Esa coletilla le reventaba. Era la forma cobarde de pasarle la pelota a él, de convertir su irresponsabilidad en un examen sobre su capacidad de perdón. Si se enfadaba, era un intenso. Si no decía nada, era un alfombrilla.

Decidió que no iba a volver a su casa a comerse los restos de una lasaña congelada mientras miraba una serie que ya había visto tres veces. Decidió que, por una vez, iba a seguir su instinto. Bea vivía cerca de Argüelles, en una calle estrecha que olía a detergente y a pan recién hecho de una tahona que resistía a la gentrificación. No es que fuera a espiarla —se decía a sí mismo mientras subía las escaleras mecánicas—, es que simplemente «pasaba por allí» de camino a… a ningún sitio en particular.

Madrid de noche tiene esa capacidad de hacerte sentir que cualquier estupidez que hagas está justificada por la iluminación de las farolas. Javi caminaba rápido, sorteando a los turistas que se quedaban hipnotizados mirando los escaparates de las tiendas de cómics. Llegó a la calle de Bea. Su portal era el número 14, uno de esos edificios de los años cincuenta con un portero automático que parecía la cabina de mandos de una nave espacial soviética.

Se detuvo en la esquina opuesta, oculto tras el toldo de una farmacia cerrada. Se sentía como un detective de serie negra de bajo presupuesto, de esos que mueren en el primer capítulo. ¿Qué esperaba ver? ¿A Bea saliendo con un amante de dos metros? ¿A Bea llorando por el «algo» repentino? ¿O simplemente la ventana de su salón con la luz encendida, indicando que estaba viendo Netflix tan tranquila mientras él se desintegraba en una terraza de Malasaña?

Pasaron diez minutos. Un tipo en patinete eléctrico casi se lo lleva por delante. Una señora sacó a pasear a un caniche que ladraba con una frecuencia que hería los tímpanos. Y entonces, ocurrió.

El portal del número 14 se abrió.

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