Javier no era un hombre de apuestas, pero si lo hubiera sido, aquel martes de mayo en Madrid habría perdido hasta la camisa. Estaba sentado en una de esas sillas de metal de una terraza en la zona de Conde Duque, de esas que parecen diseñadas por un traumatólogo con ganas de facturar más a final de mes. Delante de él, una caña de cerveza que ya empezaba a sudar más que un opositor a notarías y un plato de altramuces que nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, se comería por voluntad propia si no fuera por el hambre atávica que despierta el hecho de que te dejen plantado.
Eran las ocho y veinte de la tarde. La cita era a las ocho. En el código no escrito de las relaciones modernas en la capital, veinte minutos es el margen de cortesía que separa el «bueno, habrá tenido problemas con la línea 2 del Metro» del «te están tomando el pelo de una forma legendaria». Javi miraba su teléfono móvil con una intensidad que, de haber tenido superpoderes, habría derretido el cristal templado. La pantalla seguía en negro. Ni un mensaje, ni una notificación de Instagram, ni siquiera un correo de spam ofreciéndole criptomonedas. Nada.
El ambiente en la terraza era el típico de un Madrid que empieza a oler a verano prematuro. Había un grupo de modernos hablando de un podcast sobre asesinos en serie tres mesas más allá, y un señor mayor con un perro que parecía tener más crisis existenciales que el propio Javi. Se sentía ridículo. Se sentía como el protagonista de una de esas películas en las que el público sabe desde el minuto uno que la chica no va a aparecer, pero el pobre infeliz se queda ahí, pidiendo otra ronda, aferrado a la esperanza como un náufrago a un tablón de madera con astillas.
Hacía exactamente tres meses que Javi y Bea habían empezado este «no sé qué» que los mantenía en un limbo emocional bastante agotador. Bea era de esas personas que entran en una habitación y parece que el aire se vuelve más interesante, pero también era de las que consideraban la puntualidad como una sugerencia amable de la ONU, algo que se puede ignorar sin remordimientos.
—¿Otra, jefe? —le preguntó el camarero, un tipo con un delantal manchado de lo que parecía ser salsa brava de la guerra de Cuba y una cara de haber visto demasiadas rupturas en directo.
—Ponme otra. Pero esta vez sin los altramuces, que creo que me están mirando con juicio —respondió Javi, intentando forzar una sonrisa que le salió más bien como una mueca de dolor gástrico.
Justo cuando el camarero se daba la vuelta, el teléfono vibró sobre la mesa de metal, produciendo un sonido estridente que hizo que Javi diera un respingo. Era un WhatsApp. El remitente: Bea. Javi respiró hondo. Quizá estaba a la vuelta de la esquina. Quizá se había quedado sin batería. Quizá un comando de ninjas la había interceptado en la calle Princesa y acababa de escapar heroicamente.
Abrió el mensaje.
«Javi, lo siento muchísimo de verdad, pero no voy a poder ir. Me ha surgido algo de última hora y me es imposible llegar. No me odies, porfa. Te escribo luego.»
El mundo no se detuvo, pero a Javi le pareció que el ruido de la ciudad bajaba un par de decibelios. Se quedó mirando la pantalla, analizando cada palabra como si fuera un manuscrito del Mar Muerto. «Me ha surgido algo». La frase más peligrosa del castellano moderno. Ese «algo» tan abstracto, tan maleable, tan convenientemente vago.
No era la primera vez. Ni la segunda. Era la cuarta vez en dos semanas que el destino, ese ente caprichoso, decidía conspirar contra sus planes. La primera fue una supuesta avería en la caldera que inundó su piso (Bea vivía en un tercero, pero según ella el agua subía hacia arriba por «presión osmótica» o alguna mandanga similar). La segunda fue un dolor de muelas repentino que requería un dentista de urgencia a las diez de la noche de un sábado. La tercera, un problema con su mejor amiga, que al parecer había tenido una crisis existencial porque su gato no la miraba con el mismo cariño de siempre.
Pero esta vez, algo en el estómago de Javi le dijo que la caldera estaba seca, las muelas estaban sanas y el gato era perfectamente feliz.
Pagó la cuenta —diez euros por dos cañas y el desprecio del camarero— y empezó a caminar hacia la parada del Metro de San Bernardo. Su cabeza era una lavadora en modo centrifugado. «No me odies, porfa». Esa coletilla le reventaba. Era la forma cobarde de pasarle la pelota a él, de convertir su irresponsabilidad en un examen sobre su capacidad de perdón. Si se enfadaba, era un intenso. Si no decía nada, era un alfombrilla.
Decidió que no iba a volver a su casa a comerse los restos de una lasaña congelada mientras miraba una serie que ya había visto tres veces. Decidió que, por una vez, iba a seguir su instinto. Bea vivía cerca de Argüelles, en una calle estrecha que olía a detergente y a pan recién hecho de una tahona que resistía a la gentrificación. No es que fuera a espiarla —se decía a sí mismo mientras subía las escaleras mecánicas—, es que simplemente «pasaba por allí» de camino a… a ningún sitio en particular.
Madrid de noche tiene esa capacidad de hacerte sentir que cualquier estupidez que hagas está justificada por la iluminación de las farolas. Javi caminaba rápido, sorteando a los turistas que se quedaban hipnotizados mirando los escaparates de las tiendas de cómics. Llegó a la calle de Bea. Su portal era el número 14, uno de esos edificios de los años cincuenta con un portero automático que parecía la cabina de mandos de una nave espacial soviética.
Se detuvo en la esquina opuesta, oculto tras el toldo de una farmacia cerrada. Se sentía como un detective de serie negra de bajo presupuesto, de esos que mueren en el primer capítulo. ¿Qué esperaba ver? ¿A Bea saliendo con un amante de dos metros? ¿A Bea llorando por el «algo» repentino? ¿O simplemente la ventana de su salón con la luz encendida, indicando que estaba viendo Netflix tan tranquila mientras él se desintegraba en una terraza de Malasaña?
Pasaron diez minutos. Un tipo en patinete eléctrico casi se lo lleva por delante. Una señora sacó a pasear a un caniche que ladraba con una frecuencia que hería los tímpanos. Y entonces, ocurrió.
El portal del número 14 se abrió.
Bea salió a la calle. No llevaba el pijama de franela de alguien que ha tenido una emergencia doméstica. No llevaba la cara lavada de quien sufre un dolor de muelas. Llevaba ese vestido rojo que Javi le había dicho mil veces que le quedaba de escándalo, unos tacones que sonaban como martillazos contra el pavimento y una sonrisa que no cuadraba con alguien a quien le ha «surgido algo» grave.
Pero lo más importante no era cómo iba Bea. Lo más importante era quién la esperaba en la acera.
Era un hombre. Un tipo con una chaqueta de lino —quién lleva lino en mayo, por el amor de Dios—, el pelo perfectamente engominado hacia atrás y un reloj que brillaba bajo la luz de la farola como un faro de advertencia. El tipo le dio dos besos a Bea, de esos que duran un milisegundo más de lo que marca el protocolo de la amistad, y le abrió la puerta de un coche negro que estaba aparcado en doble fila, bloqueando medio carril bus.
Javi sintió un pinchazo en el pecho, justo al lado del esternón. No era celos, o al menos eso intentaba creer. Era la confirmación de que la realidad es mucho más aburrida y predecible que la ficción. El «algo» tenía piernas, usaba gomina y probablemente votaba en distritos donde el metro cuadrado cuesta lo que el riñón de un unicornio.
Se quedó allí, plantado como un poste de teléfono, viendo cómo el coche negro arrancaba y se perdía en el tráfico de la calle Alberto Aguilera. En ese momento, su teléfono volvió a vibrar. Un nuevo mensaje de Bea:
«¿Estás bien, Javi? Mañana te llamo y te cuento qué ha pasado. Un beso grande.»
Javi apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. «Un beso grande». La hipocresía condensada en tres palabras. Podría haberle contestado en ese momento. Podría haberle dicho: «Te he visto, Bea. He visto el ‘algo’ de lino y gomina». Pero no lo hizo. Guardó el móvil en el bolsillo de su cazadora vaquera y empezó a caminar hacia la Plaza de España.
Tenía un nudo en la garganta, pero también una extraña sensación de alivio. La incertidumbre es un monstruo que te devora por dentro, pero la verdad, por muy amarga que sea, es un suelo firme sobre el que puedes empezar a construir algo nuevo. O al menos, sobre el que puedes empezar a planear tu venganza emocional.
Entró en un bar de esos de toda la vida, de los que tienen serrín en el suelo y una cabeza de toro disecada que te mira con reproche. Pidió un whisky solo. Necesitaba quemar el sabor de los altramuces y la humillación.
—¿Problemas de faldas? —le preguntó el barman, un hombre que parecía haber nacido detrás de esa barra y que probablemente moriría allí, limpiando un vaso de tubo con un trapo de dudosa higiene.
—Problemas de gramática —respondió Javi tras dar un trago largo que le hizo toser—. He descubierto que el pronombre indefinido «algo» tiene nombres y apellidos.
El barman asintió, como si esa fuera la frase más profunda que hubiera escuchado en toda la semana.
—Eso pasa mucho en Madrid, chaval. Aquí las excusas vuelan más rápido que los alquileres. Tómate otra, que esta invita la casa por el disgusto.
Javi se quedó allí, bebiendo en silencio, mientras en su cabeza empezaba a fraguarse un plan. No iba a dejar que Bea se saliera con la suya tan fácilmente. Si ella quería jugar al gato y al ratón, él iba a aprender a maullar de una forma que ella no olvidaría jamás. Mañana, cuando ella llamara con su voz de «pobrecita de mí», él estaría preparado.
Porque en el gran teatro de la vida madrileña, Javi acababa de pasar de ser un extra sin frase a ser el director de la función. Y la función acababa de empezar.
Parte 2: El arte de la guerra (de mensajes)
La mañana siguiente en Madrid amaneció con esa luz amarillenta y pegajosa que vaticina un calor de justicia. Javi se despertó con la boca seca como un polvorón de Estepa y una determinación que solo da la resaca moderada y el orgullo herido. No había contestado al mensaje de Bea de la noche anterior. Había dejado el «check» azul —el arma más poderosa del siglo XXI— flotando en el vacío digital, como un cadáver en el espacio exterior.
A las diez y cuarto, mientras intentaba que su café soluble tuviera un sabor remotamente parecido al café real, el teléfono empezó a sonar. Era ella. Javi dejó que sonara. Uno, dos, tres, cuatro tonos… se cortó. Volvió a sonar inmediatamente. Bea no estaba acostumbrada a que Javi no estuviera disponible de inmediato. Javi solía responder antes incluso de que ella terminara de escribir, como un perro de Pávlov con acceso a fibra óptica.
A la tercera llamada, descolgó.
—¿Sí? —dijo Javi con una voz neutra, despojada de cualquier rastro de afecto o resentimiento. El tono de un funcionario de Hacienda informándote de una deuda.
—¡Javi! Menos mal, pensaba que te había pasado algo. Te he llamado tres veces —la voz de Bea sonaba vibrante, llena de esa falsa urgencia que tanto le gustaba usar.
—Estaba duchándome. ¿Qué pasa?
Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. Bea no esperaba esa sequedad. Normalmente, Javi habría empezado con un «¿Estás bien? ¿Qué pasó anoche? Cuéntame».
—Pues… nada, quería pedirte perdón otra vez por lo de ayer. De verdad, Javi, no sabes qué agobio. Tuve una movida familiar de última hora, mi hermano se metió en un lío con el coche y tuve que ir a recogerlo a la otra punta de Madrid, un drama. Estuve toda la noche de hospitales y papeleos. Estoy agotada.
Javi cerró los ojos y visualizó al «hermano» de lino y gomina, conduciendo su coche negro hacia un restaurante de tres tenedores. La capacidad de invención de Bea era casi admirable, si no fuera porque lo estaba tratando como a un idiota integral.
—Vaya, qué mala suerte —dijo Javi, arrastrando las palabras—. Un lío con el coche, ¿eh?
—Sí, un horror. Pero bueno, ya está todo solucionado. Oye, ¿estás enfadado? Te noto raro.
—¿Raro? No. Estoy perfectamente. Solo que tengo un día de perros en el curro y estoy un poco disperso.
—Ah, vale, me quedo más tranquila. Pues nada, para compensarte, ¿qué te parece si cenamos esta noche? Te invito yo. En el sitio ese que te gusta de sushi en Malasaña.
Javi sonrió para sus adentros. La táctica de la compensación inmediata. El manual clásico de quien sabe que ha metido la pata.
—Esta noche no puedo, Bea. He quedado con unos amigos del gimnasio para ver el fútbol.
—¿Desde cuándo vas tú al gimnasio, Javi? —la voz de Bea subió un octavo, mezclando sorpresa y sospecha.
—Desde ayer. He decidido que tengo que moverme un poco. Ya sabes, mente sana en cuerpo de «algo».
—¿Cuerpo de qué?
—Nada, un chiste interno. Oye, te tengo que dejar, que entra mi jefe por la puerta. Hablamos luego, ¿vale?
—Pero… Javi…
—Venga, un beso. Chao.
Colgó. Se sintió extrañamente poderoso. Había sido la primera vez en tres meses que él le decía «no» a un plan propuesto por ella. Se sentó en el sofá y miró el techo. Sabía que Bea no se quedaría de brazos cruzados. Ella necesitaba el control, necesitaba saber que él era su puerto seguro, el plan B siempre disponible cuando el plan A —el del coche negro— fallaba o simplemente estaba ocupado.
A lo largo del día, el teléfono de Javi fue un festival de notificaciones. Bea le envió un meme de un gatito triste. Javi respondió con un escueto «jaja». Bea le envió una foto de su comida (una ensalada muy instagrameable). Javi no respondió. Bea le preguntó si le pasaba algo. Javi respondió: «Todo bien. Currando a tope».
Hacia las siete de la tarde, Javi estaba en su casa terminando de prepararse. No había quedado con nadie del gimnasio. Su idea de ejercicio era subir las escaleras cuando el ascensor tardaba más de diez segundos. Pero tenía un plan diferente. Se puso sus mejores vaqueros, una camisa blanca que le hacía parecer más interesante de lo que era y sus zapatillas nuevas. Se miró al espejo.
—Hoy vas a jugar en campo contrario, Javi —se dijo a sí mismo.
Su destino era el «Gato Negro», un bar de copas cerca de Moncloa que sabía que era el refugio habitual de Bea y su círculo de amigas cuando querían «desconectar». Era un sitio ruidoso, lleno de gente que hablaba demasiado alto sobre másteres en dirección de empresas y viajes a Bali. Javi odiaba ese sitio, pero hoy era necesario.
Llegó sobre las diez. El bar estaba a reventar. El aire olía a una mezcla de ginebra premium y perfume caro. Se movió con cuidado entre la multitud, intentando no derramar la copa de nadie. Y allí estaba ella.
Bea estaba sentada en una mesa alta, rodeada de tres amigas que reían a mandíbula batiente. Pero no estaba sola con ellas. A su lado, con la mano apoyada casualmente en el respaldo de su silla, estaba el tipo del lino. Esta vez llevaba una camisa de rayas azules y blancas, pero la gomina seguía intacta, desafiando las leyes de la física y la humedad.
Javi se acercó lentamente. Su corazón latía con una fuerza inusitada, como si estuviera a punto de saltar en paracaídas sin haber comprobado si llevaba la mochila puesta. Se detuvo justo delante de la mesa.
—¡Hombre, Bea! Qué coincidencia —dijo Javi con una naturalidad que ni él mismo se creía.
Bea se quedó de piedra. El vaso de gin-tonic se le quedó a medio camino entre la mesa y la boca. Sus amigas se callaron de golpe, como si alguien hubiera pulsado el botón de silencio en el mando a distancia de la realidad.
—¿Javi? ¿Qué haces aquí? —acertó a decir ella, mientras sus ojos bailaban nerviosos entre Javi y el tipo de la gomina.
—He quedado con los del gimnasio, pero se han rajado a última hora. Así que he pensado en venir a tomarme una copa solo. No sabía que ibas a estar por aquí. ¿Qué tal tu hermano? ¿Se ha recuperado ya del susto del coche?
El silencio que siguió a esa pregunta fue tan denso que se habría podido cortar con un cuchillo de untar mantequilla. El tipo del lino miró a Bea, confundido.
—¿Tu hermano? —preguntó él—. Pensaba que tu hermano vivía en Australia.
Javi arqueó una ceja, disfrutando del momento como si fuera una cata de vinos de lujo.
—¡Ah! —exclamó Javi, fingiendo sorpresa—. Pues debe de haber vuelto para el accidente. ¿O quizá era otro hermano? Bea tiene una familia muy numerosa y llena de imprevistos, ¿verdad, Bea? Siempre surge «algo».
Bea estaba roja como un tomate de huerta. Intentó articular palabra, pero solo le salió un ruidito parecido al de una cafetera antigua.
—Javi, no es lo que parece… —empezó ella, usando la frase más manida de la historia de la infidelidad.
—No, si me parece perfecto —la interrumpió Javi con una sonrisa gélida—. Solo pasaba a saludarte. No quiero interrumpir vuestra… velada familiar. Por cierto, Bea, cancelaste otra vez ayer. Me lo dijiste por WhatsApp, ¿te acuerdas?
—Sí, claro que me acuerdo, pero es que…
—Surgió algo —completaron Javi y el tipo del lino al mismo tiempo.
El tipo del lino miró a Javi con una mezcla de curiosidad y desprecio.
—¿Y tú quién eres, chaval? —preguntó, intentando marcar territorio.
Javi le miró de arriba abajo. El tipo era más alto que él, probablemente ganaba tres veces más dinero y tenía unos dientes tan blancos que daban miedo. Pero Javi tenía la verdad de su parte, y eso, en aquel momento, era como llevar un tanque a una pelea de almohadas.
—Soy el que se queda esperando en las terrazas mientras tú paseas en coche negro —respondió Javi con una tranquilidad pasmosa—. Pero no te preocupes, creo que hoy el puesto de «próximo plantado» está vacante. Te lo cedo con mucho gusto.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta. Caminó hacia la salida con paso firme, sintiendo la mirada de Bea clavada en su nuca. Podía oír los susurros que empezaban a brotar en la mesa tras su marcha.
Al salir a la calle, el aire fresco de la noche madrileña le sentó como una bendición. Se sentía ligero, casi eufórico. Había sido una escena digna de una película de Almodóvar, pero sin los colores chillones ni el drama excesivo. Solo un tipo normal poniendo los puntos sobre las íes.
Pero la noche no había terminado. Mientras caminaba hacia la parada del autobús, su móvil vibró. Pensó que sería Bea, furiosa o suplicante. Pero no. Era un mensaje de un número desconocido.
«Eso ha sido brillante. Si necesitas un sitio donde la gente no cancele sus citas por hermanos inexistentes, estoy en el bar de enfrente. Soy la del vestido azul que estaba en la mesa de al lado.»
Javi se detuvo. Miró hacia atrás, hacia el bar de copas. Al otro lado de la calle había un local pequeño, con luces de neón tenues y música jazz filtrándose por la puerta. Miró su teléfono. Miró el local.
—Bueno —susurró para sí mismo—, parece que a mí también me acaba de surgir «algo».
Parte 3: El laberinto de las verdades a medias
Javi cruzó la calle con la sensación de quien está a punto de entrar en una dimensión desconocida. El local de enfrente se llamaba «La Cueva del Jazz», un nombre nada original pero que prometía un refugio contra la superficialidad del sitio que acababa de abandonar. Al entrar, el cambio de atmósfera fue radical. Ya no había perfumes caros ni gritos de «¡tío, qué fuerte!». Solo el murmullo bajo de las conversaciones y el saxo de Coltrane acariciando las paredes de ladrillo visto.
La buscó con la mirada. No fue difícil. En un rincón, sentada en un taburete de cuero desgastado, estaba una chica con un vestido azul oscuro y una melena castaña que le caía sobre los hombros. Tenía una copa de vino tinto en la mano y una sonrisa de esas que parecen saber algo que tú ignoras.
—¿Eres el del gimnasio imaginario? —preguntó ella cuando Javi se acercó.
Javi se rió, una risa auténtica, de las que no duelen.
—El mismo. Y tú debes de ser la espectadora de primera fila del desastre ferroviario de ahí enfrente.
—Soy Elena —dijo ella, tendiéndole la mano—. Y no fue un desastre, fue una ejecución pública. Muy limpia, por cierto. Me ha gustado mucho lo de «el puesto de próximo plantado está vacante». Muy poético.
—Gracias. Me salió del alma —Javi se sentó en el taburete de al lado—. Aunque ahora mismo mi alma se conformaría con una cerveza que no sepa a derrota.
Pidieron un par de rondas. Elena resultó ser arquitecta, fan de las películas de terror de los años ochenta y dueña de un sentido del humor que cortaba como un bisturí. Durante una hora, Javi se olvidó por completo de Bea, del tipo del lino y del dolor en el esternón. Estaba fluyendo, de verdad. Pero la realidad en Madrid tiene la mala costumbre de llamar a la puerta cuando menos te lo esperas.
El teléfono de Javi, que había dejado sobre la barra, empezó a iluminarse como una feria de pueblo. Eran mensajes de Bea. Muchos.
«Javi, ¿cómo has podido hacerme esto delante de mis amigos?» «Eres un inmaduro.» «Lo de ayer tuvo una explicación, pero no me dejaste ni hablar.» «¿Quién es esa con la que te he visto entrar en el bar de enfrente?»
Javi leyó los mensajes de reojo. Elena lo notó.
—La dueña de las excusas no se rinde, ¿verdad? —comentó ella, dando un sorbo a su vino.
—Parece que no. Tiene una habilidad especial para darle la vuelta a la tortilla y hacerme sentir culpable por haber sido engañado. Es un talento, supongo.
—Es un clásico —dijo Elena—. En esta ciudad todo el mundo está buscando algo mejor, algo más brillante, algo más divertido. Y mientras lo buscan, mantienen lo que tienen «en reserva» por si acaso. Tú eras la reserva, Javi. Y a nadie le gusta perder su red de seguridad.
Javi se quedó pensativo. «La reserva». Era una descripción cruel pero exacta. Bea lo quería allí, disponible para los martes aburridos o los domingos de resaca, mientras los viernes y sábados los dedicaba a explorar opciones con más gomina en el pelo.
—¿Sabes qué es lo que más me jode? —dijo Javi—. Que siempre decía «surgió algo». Ni siquiera se molestaba en inventar una mentira elaborada. Era como si yo no mereciera ni el esfuerzo de una ficción decente.
—Es que el «algo» es cómodo —explicó Elena—. Es una puerta abierta. Si te dice que se ha muerto su abuela, solo puede usar esa excusa un par de veces por abuela. Pero «algo»… «algo» es infinito. «Algo» puede ser un atasco, una crisis existencial o un tipo con un coche negro esperándola en el portal.
De repente, la puerta de «La Cueva del Jazz» se abrió con un estrépito que rompió la magia del momento. Era Bea.
Venia sola, con la cara desencajada y el vestido rojo un poco arrugado. Se detuvo en medio del local, parpadeando para acostumbrar la vista a la penumbra. Cuando vio a Javi con Elena, su expresión pasó del desconcierto a la furia pura. Se acercó a la barra con el paso decidido de quien va a declarar una guerra nuclear.
—¿Ah, sí? ¿O sea que esto era lo que tenías planeado? —espetó Bea, ignorando por completo a Elena—. ¿Vienes aquí a humillarme y luego te vas con la primera que encuentras para darme celos? Qué bajo has caído, Javi.
Javi suspiró. Sentía un cansancio infinito. Ya no le divertía la situación.
—Bea, vete a casa —dijo con calma—. O vuelve al bar de enfrente con… ¿cómo se llamaba? ¿El hermano australiano o el del accidente de coche?
—Se llama Ricardo, y es un contacto de trabajo —dijo ella, aunque su voz vaciló un instante.
—Un contacto de trabajo que te da dos besos que duran una eternidad y te lleva en un Mercedes —apostilló Javi—. Mira, Bea, déjalo ya. Cancelaste otra vez ayer. Y antes de ayer. Y la semana pasada. Siempre «surgió algo». Y ese algo siempre tiene nombre. Ayer se llamaba Ricardo, el sábado pasado probablemente se llamaba Sergio y el anterior vete tú a saber.
Las amigas de Bea, que la habían seguido discretamente, se asomaron por la puerta, observando la escena con una mezcla de morbo y preocupación. El barman de «La Cueva del Jazz» ya estaba preparado con el teléfono en la mano por si la cosa pasaba a mayores.
—No tienes derecho a hablarme así —dijo Bea, empezando a sollozar—. Solo estaba intentando hacer networking, es importante para mi carrera… y tú eres tan inseguro que te montas películas.
Elena, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino con una voz suave pero firme.
—Perdona que me meta, pero el «networking» no suele incluir cancelar citas con tu pareja en el último minuto mediante mentiras piadosas sobre hermanos en apuros. Eso tiene otro nombre. Se llama falta de respeto.
Bea miró a Elena como si fuera un insecto especialmente desagradable.
—¿Y tú quién eres? ¿Su abogada? ¿Su nueva mejor amiga de hace media hora?
—Soy alguien que sabe que, cuando alguien te interesa de verdad, el tiempo surge, no se pierde —respondió Elena—. Las excusas son para los que no quieren estar, pero no saben cómo irse.
Bea se quedó sin palabras. Miró a Javi, buscando ese brillo de adoración que siempre encontraba en sus ojos, ese perdón fácil que siempre le otorgaba. Pero no encontró nada. Solo vio a un tipo que se había cansado de esperar.
—Siempre «algo» tiene nombre, Bea —repitió Javi, cerrando el círculo—. Y hoy ese «algo» soy yo decidiendo que ya no formo parte de tu lista de espera.
Bea dio media vuelta y salió del bar, seguida por sus amigas, que cuchicheaban entre ellas como un nido de avispas. El portazo de salida retumbó en todo el local.
Se hizo el silencio. Javi se pasó una mano por la cara, sintiendo cómo el peso de los últimos meses se evaporaba por fin.
—Ha sido intenso —dijo Elena, rompiendo el hielo.
—Demasiado —respondió Javi—. Siento que te hayas visto envuelta en este drama de serie de sobremesa.
—No te disculpes. Ha sido lo más emocionante que me ha pasado en un martes en Madrid desde que vi a un tipo intentar subir un piano por un balcón en la calle Pez.
Javi sonrió. Miró su copa de cerveza. Ya no sabía a derrota. Sabía a libertad.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo? —preguntó Javi—. Que mañana es miércoles. Y los miércoles solíamos ir al cine. Probablemente me habría enviado un mensaje a las siete diciendo que le había surgido un problema con la declaración de la renta o que se le había roto una uña de forma dramática.
—Bueno —dijo Elena, levantando su copa de vino—, pues celebremos que mañana es miércoles y no tienes que ir al cine con nadie que tenga problemas tributarios o de manicura.
Brindaron. La noche seguía fuera, con su ruido y su caos, con sus miles de personas inventando excusas para no enfrentarse a la verdad. Pero allí dentro, en «La Cueva del Jazz», las cosas se habían vuelto, por fin, muy sencillas.
Sin embargo, en el fondo de su mente, Javi recordaba el cierre de su propio guion interno. Había algo que todavía no había terminado de encajar. Las excusas tienen dueño, sí. Pero los dueños también tienen sus propias debilidades. Y la de Bea era que no sabía perder.
Parte 4: Las excusas tienen dueño
Pasaron tres días. Madrid se había sumergido en una ola de calor asfixiante que hacía que el asfalto blandeara bajo los pies. Javi no había vuelto a saber nada de Bea, y sinceramente, lo prefería así. Había estado hablando con Elena por mensajes, pero de una forma pausada, sin las urgencias ni las ansiedades de su relación anterior.
Sin embargo, el viernes por la tarde, cuando Javi salía de trabajar de su oficina en Nuevos Ministerios, se encontró con una sorpresa desagradable. Aparcado justo en la puerta, en el mismo coche negro que ya conocía de sobra, estaba Ricardo. El tipo del lino.
Esta vez no llevaba lino, sino un traje de tres piezas que debía de costar lo mismo que el coche de Javi. Estaba apoyado en el capó, fumando un cigarrillo electrónico con aire impaciente. Al ver a Javi, se enderezó.
—Tenemos que hablar, chaval —dijo Ricardo. Su tono ya no era desafiante, sino más bien… ¿cansado?
Javi suspiró. ¿Es que esto no se iba a acabar nunca?
—Mira, si vienes a defender el honor de Bea, te has equivocado de siglo y de persona —dijo Javi mientras buscaba sus llaves en la mochila.
—No vengo a defender nada —Ricardo soltó una nube de vapor con olor a fresa—. Vengo a darte las gracias. Y a pedirte consejo, supongo.
Javi se detuvo en seco. Eso no se lo esperaba.
—¿Consejo? ¿A mí?
—Anoche —empezó Ricardo, mirando al suelo—, Bea me canceló una cena. Me dijo que le había «surgido algo». Algo con una amiga que estaba teniendo un ataque de pánico. Luego vi en sus historias de Instagram, en un descuido de esos que tiene ella, que estaba en una fiesta en un ático de la Castellana. Con un tal Sergio.
Javi no pudo evitar soltar una carcajada. Una carcajada sonora, de esas que hacen que la gente que pasa por la calle se gire a mirar.
—¡Sergio! —exclamó Javi—. El clásico. Sergio es el de los sábados por la noche, Ricardo. Vas mejorando, a ti te ha tocado el jueves. Yo solía ser el de los martes y domingos de bajón.
Ricardo se pasó una mano por el pelo engominado, deshaciendo un poco el peinado perfecto.
—Es una artista, ¿verdad? —preguntó el tipo del coche negro—. Te hace sentir que eres el único, que esas cancelaciones son gajes del oficio, que tiene una vida complicadísima… Y tú te lo tragas porque, joder, es Bea.
—Sí, es Bea —asintió Javi—. Tiene esa capacidad de hacerte creer que su caos es una forma de arte y que tú eres el comisario de la exposición. Pero al final te das cuenta de que la galería está vacía y que ella solo está cobrando la entrada.
Se quedaron un momento en silencio, dos hombres unidos por la misma humillación, bajo el sol implacable de Madrid. Era una situación absurda, casi cómica.
—¿Qué hiciste tú? —preguntó Ricardo—. El otro día en el bar… te vi muy seguro de ti mismo.
—Me cansé de ser un figurante en su película —respondió Javi—. Me di cuenta de que las excusas no son eventos fortuitos, como la lluvia o un atasco. Las excusas son una elección. Ella elige mentir porque es más fácil que ser honesta. Y cuando te das cuenta de que las excusas tienen dueño, de que ese «algo» es una decisión consciente, dejas de tomártelo como algo personal y empiezas a verlo como lo que es: una patología.
Ricardo asintió lentamente. Tiró el cigarrillo electrónico al asiento del copiloto.
—Creo que voy a vender el coche —dijo de repente—. Me lo compré porque a ella le gustaba. Decía que le daba «estatus» cuando íbamos a los sitios.
—Vende el coche, quítate la gomina y búscate a alguien que sepa qué día de la semana es sin tener que consultar su agenda de engaños —le aconsejó Javi con una palmada en el hombro—. Te sentirás mucho mejor.
Ricardo esbozó una sonrisa amarga, subió al Mercedes y arrancó. Javi lo vio alejarse, perdiéndose en el flujo del tráfico madrileño. Se sintió extrañamente en paz con el mundo. Incluso con Ricardo. Al final, todos somos víctimas de nuestras propias ganas de creer en lo increíble.
Javi empezó a caminar hacia el Metro. Su teléfono vibró. Esta vez no sintió ninguna ansiedad. Sabía quién era.
Era Elena.
«He visto que hay un cine de verano en la Bombilla. Ponen una de Carpenter. No me ha surgido nada, mi familia está perfectamente y no tengo ningún contacto de trabajo en coches negros. ¿Te hace?»
Javi sonrió mientras bajaba las escaleras de la estación. Empezó a escribir la respuesta.
«Me hace. Pero con una condición: si por un milagro de la naturaleza te surge ‘algo’, que sea un ataque de Godzilla o una invasión alienígena. Nada de hermanos en apuros.»
«Hecho. A las nueve en la entrada. No acepto excusas», respondió ella casi al instante.
Javi guardó el móvil. Al entrar en el vagón, vio a una pareja discutiendo en voz baja. El chico estaba mirando su teléfono con cara de desesperación.
—Es que me ha dicho que no puede venir porque tiene que ayudar a su tía con una mudanza sorpresa —le decía el chico a un amigo.
Javi no pudo evitarlo. Se acercó un poco y, antes de bajar en su parada, le susurró al oído:
—Cuidado, chaval. Las mudanzas sorpresa suelen tener nombre y apellidos. Y probablemente conducen un coche mejor que el tuyo.
El chico se quedó mirándolo como si estuviera loco, pero Javi ya estaba saliendo por las puertas del vagón, silbando una melodía de jazz.
Madrid seguía siendo la misma ciudad de siempre, llena de gente que llega tarde, de «algos» repentinos y de citas canceladas. Pero para Javi, el guion había cambiado para siempre. Había aprendido la lección más importante de todas: que en el juego del amor y las mentiras, el que se queda esperando no es el que pierde. El que pierde es el que tiene que vivir inventando dueños para sus excusas, sin darse cuenta de que, al final, se acaba quedando solo en un teatro vacío, esperando a que alguien se crea su última mentira.
Y Javi ya no estaba para funciones de segunda. Él ya había encontrado su propio estreno.
Las excusas tienen dueño. Y Javi, por fin, se había despedido del suyo.