Eran las siete y tres minutos de la tarde. En Madrid, cuando el sol empieza a dar una tregua pero el asfalto sigue reteniendo ese calor pegajoso que te hace cuestionar cada una de tus decisiones vitales, quedarse esperando en una terraza es una forma sutil de tortura. Sergio miraba su reloj, un Casio que no mentía nunca, y luego miraba la silla vacía frente a él. La silla de Borja. Esa silla que, por derecho propio, debería tener ya una placa conmemorativa a nombre de “El Ausente”.
— No va a venir a las siete —se dijo Sergio en voz alta, ganándose la mirada de soslayo de un camarero que pasaba con una bandeja llena de cañas—. No va a venir ni a las siete, ni a las siete y diez, y si me descuido, celebramos aquí la Nochevieja.
Sergio desbloqueó el móvil. El grupo de WhatsApp, bautizado con el poco original pero honesto nombre de “Los de siempre (y Borja)”, estaba en silencio. Sus dedos volaron sobre el teclado con esa furia contenida de quien lleva diez años viviendo la misma película.
“¿Dónde cojones estás? Hemos quedado a las siete”, escribió. El doble check azul apareció casi al instante, como una burla. Borja estaba con el teléfono en la mano. Por supuesto que lo estaba.
La respuesta tardó treinta segundos en llegar, el tiempo justo para que Sergio viera el “Escribiendo…” aparecer y desaparecer, aumentando la tensión dramática.
“Ya, tío. Estoy saliendo”, rezaba el mensaje de Borja.
Sergio soltó una carcajada seca, de esas que suenan a derrota. “Saliendo” en el diccionario de Borja era un término tan elástico como un chicle de gasolinera. Podía significar que estaba cruzando el umbral de la puerta, o podía significar que acababa de salir de la ducha y estaba buscando un calcetín desparejado debajo del sofá mientras decidía si ponerse la camisa azul o la de cuadros que no se planchaba desde la boda de su primo.
— Mira que te lo dije —murmuró Sergio para sus adentros, mientras le daba un sorbo a una Coca-Cola que ya tenía más agua de los hielos derretidos que gas—. “Vives a 25 minutos, Borja”. Te lo dije hace media hora.
Porque esa era la gran tragedia. Borja no vivía en el portal de al lado. Vivía en la otra punta del barrio, cruzando tres avenidas principales, cinco semáforos que parecían configurados por su peor enemigo y una plaza donde aparcar era una misión digna de una película de Tom Cruise. Pero Borja, en su infinita fe en las leyes de la física cuántica, creía fervientemente que podía teletransportarse.
El teléfono vibró de nuevo.
“Exacto. Soy optimista, no puntual”, respondió Borja, acompañando el texto con un emoji de un astronauta. Como si la impuntualidad fuera una cualidad mística, una expansión de la conciencia y no una falta de respeto flagrante hacia el tiempo ajeno.
Sergio se recostó en la silla de metal, que ya empezaba a quemarle las lumbares. Recordó la primera vez que quedaron, allá por la universidad. Borja llegó cuarenta minutos tarde a un examen parcial y, cuando el profesor le recriminó la demora, él respondió con toda la naturalidad del mundo que “el despertador había decidido tomarse un año sabático”. Esa era la esencia de Borja: una mezcla de caradura ibérica y una incapacidad patológica para entender que el tiempo es una línea recta, no un bucle sugerido.
— Perdone, ¿va a pedir algo más el caballero? —preguntó el camarero, que ya empezaba a ver en Sergio a un okupa de terraza.
— Otra igual. Y traiga un cuenco de aceitunas. De esas que tienen hueso, para que me entretenga un rato buscando una razón para no bloquear a mi amigo de por vida —respondió Sergio con una sonrisa amarga.
El camarero asintió con esa solidaridad silenciosa que solo se encuentra entre los profesionales de la hostelería que han visto mil citas fallidas y mil reencuentros tardíos.
Mientras esperaba la segunda ronda, Sergio se puso a observar a la gente. Una pareja de turistas peleándose con un mapa de papel (¿quién usa mapas de papel en 2026?), un señor mayor paseando a un galgo que parecía tener más prisa por llegar a casa que Borja por llegar al bar, y un grupo de chavales hablando a gritos sobre criptomonedas. Todos ellos tenían algo en común: se estaban moviendo. Estaban en algún punto de su trayectoria. Borja, en cambio, era un estado de ánimo.
A las siete y cuarto, Sergio volvió a la carga.
“Borja, en serio. Si no has cogido el coche ya, me piro. Me he terminado la bebida y el camarero me mira como si fuera a pedirle matrimonio”.
“Que sí, pesado. Estoy en el garaje. El coche no arrancaba a la primera. Ya sabes cómo es el trasto este, tiene personalidad propia. En diez minutos estoy ahí. Pídeme una caña bien fría, que hoy invito yo”.
Sergio resopló. “Hoy invito yo”. Esa era la frase trampa. La zanahoria delante del burro. Borja sabía perfectamente que, con la promesa de una invitación, compraba otros quince minutos de margen. Era un negociador implacable del tiempo.
El problema es que Borja no era malo. No llegaba tarde por maldad, ni por superioridad. Era, simplemente, un optimista antropológico. Estaba convencido de que los semáforos se pondrían en verde al verle llegar, de que encontraría un hueco para aparcar justo en la puerta del local y de que el tiempo, ese concepto tan rígido para el resto de los mortales, se doblaría ante su presencia.
— Optimista, dice —gruñó Sergio, tirando un hueso de aceituna al cenicero—. Lo que eres es un peligro público para la salud mental de los que te queremos.
Miró de nuevo el chat. Borja no había vuelto a escribir. Probablemente estaba peleándose con el GPS o, conociéndole, se habría parado a saludar a un vecino en el rellano para contarle su última aventura en Tinder. La vida de Borja era una sucesión de paréntesis que nunca se cerraban, y Sergio era el punto final que siempre terminaba desplazándose.
La luz empezaba a cambiar, tornándose de un naranja intenso a un violeta suave que anunciaba la llegada de la noche. La terraza se iba llenando. Mesas de cuatro que pasaban a ser de seis, risas que subían de volumen y el sonido constante de los vasos chocando. Sergio se sentía como una isla de soledad en medio de un océano de puntualidad social.
— Diez minutos —leyó en la pantalla—. Diez minutos de Borja son, según la escala de conversión universal, unos veinticinco reales.
Sacó un libro de la mochila. Siempre llevaba uno cuando quedaba con Borja. Era su kit de supervivencia. Si no fuera por la literatura rusa y los ensayos sobre la historia del pan, Sergio habría perdido la cordura hace años esperando en diversas esquinas de la geografía española. Se puso a leer, pero la frase de Borja seguía dándole vueltas en la cabeza: “Soy optimista, no puntual”.
¿En qué momento la falta de puntualidad se convirtió en un rasgo de la personalidad aceptable? ¿Cuándo dejamos de decir “perdona, soy un desastre” para empezar a decir “es que mi ritmo vital es diferente”? Sergio imaginaba a Borja como un chamán del retraso, alguien que vive en un presente continuo donde el reloj es solo un adorno de pared.
A las siete y treinta y cinco, el teléfono de Sergio vibró sobre la mesa metálica, produciendo un sonido estridente que le hizo saltar. Era una llamada.
— ¿Dime? —contestó con tono de pocos amigos.
— ¡Sergio! No te lo vas a creer —la voz de Borja sonaba jadeante, como si acabara de correr un maratón o de subir tres escalones muy rápido—. Estoy aquí al lado, de verdad. Pero ha pasado una cosa increíble.
— ¿Qué ha pasado ahora, Borja? ¿Te ha abducido un ovni? ¿Has tenido que ayudar a una anciana a cruzar la Gran Vía siete veces?
— No, no, en serio. Había un camión de mudanzas bloqueando la salida de mi calle. Estaba ahí, plantado, con un sofá a medio bajar. He tenido que esperar a que el operario terminara de discutir con un taxista. Pero ya he salido. Estoy en el semáforo de la gasolinera. ¡Lo veo! ¡Veo el bar desde aquí!
Sergio miró hacia la esquina. La gasolinera estaba a tres manzanas largas. Y, conociendo el tráfico de esa zona a estas horas, el semáforo de la gasolinera era el equivalente al Triángulo de las Bermudas para los conductores con prisa.
— Borja, te doy cinco minutos. Si a las ocho menos cuarto no estás sentado aquí con una cerveza en la mano, me levanto, pago mis dos rondas y me voy a casa a ver un documental sobre la migración del ñu. Por lo menos ellos llegan a su destino a tiempo.
— ¡Qué exagerado eres, de verdad! Si es que te pones de un humor… Venga, pide la caña. Te juro que estoy aparcando.
Aparcando. Esa era la palabra prohibida. En Madrid, “aparcando” podía significar desde “estoy dando vueltas buscando un sitio” hasta “estoy considerando seriamente abandonar el coche en mitad de la calzada y prenderle fuego”. Sergio sabía que el contador de los diez minutos acababa de resetearse.
Parte 2: La odisea del aparcamiento y el arte de la excusa creativa
La segunda caña de Sergio ya no estaba fría. Tenía esa temperatura ambiente que te recuerda que la vida es un valle de lágrimas y que la amistad es, en ocasiones, una carga pesada. Eran las siete y cincuenta y dos. El sol se había ocultado definitivamente tras los edificios de ladrillo visto, y las farolas empezaban a parpadear con esa luz amarillenta que hace que todo el mundo parezca un extra en una película de suspense de serie B.
— ¿Aparcando, eh? —masculló Sergio, mirando intensamente hacia la calle por donde debería aparecer el coche de Borja.
De repente, un estruendo de cláxones rompió la relativa calma de la terraza. Sergio se asomó. Un Citroën C3 de color indefinido (entre gris sucio y azul desesperación) estaba intentando una maniobra que desafiaba las leyes de la geometría en un hueco donde apenas cabría un patinete eléctrico. Al volante, se distinguía la silueta gesticulante de Borja.
El espectáculo era digno de un documental de National Geographic sobre el cortejo de los pavos reales, pero en versión motorizada. Borja metía la marcha atrás, el coche subía media rueda al bordillo, se detenía bruscamente ante el grito de un peatón, y volvía a salir. Sergio lo veía todo desde su barrera privilegiada, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba la compasión con el deseo de lanzar el cuenco de las aceitunas.
Finalmente, tras lo que parecieron tres eras geológicas, Borja apagó el motor. Pero no salió del coche inmediatamente. Sergio lo veía a través del parabrisas: estaba mirando el móvil. Seguramente respondiendo a otro grupo de WhatsApp para explicar por qué iba a llegar tarde a su siguiente cita. Porque esa era otra: Borja siempre encadenaba retrasos. Era un efecto dominó de impuntualidad que afectaba a toda la ciudad.
A las ocho y seis minutos, Borja emergió del vehículo. Venía con esa sonrisa de “aquí no ha pasado nada” que solo tienen los políticos después de una debacle electoral y los amigos que llegan una hora tarde. Se sacudía la camiseta de algodón, se ajustaba las gafas y caminaba hacia la terraza con un paso ligero, casi saltarín, como si fuera él quien hubiera estado esperando.
— ¡Hombre, Sergio! ¡Qué alegría verte, de verdad! —exclamó Borja al llegar, extendiendo los brazos como si fuera a abrazar a todo el barrio—. Menuda odisea, tío. No te lo puedes ni imaginar. Lo del camión de mudanzas ha sido solo el principio. Luego, en la calle de abajo, un tío con un patinete se ha caído justo delante de mí. He tenido que parar para ver si estaba bien, ¿sabes? Por civismo.
Sergio no se movió. Ni siquiera le devolvió la sonrisa. Se limitó a señalar el reloj.
— Una hora y seis minutos, Borja. Una hora y seis minutos de mi vida que se han ido al limbo. He leído cuatro capítulos de un libro sobre la Revolución Francesa. Para cuando llegues tú a la siguiente quedada, ya habrán decapitado a María Antonieta otra vez.
Borja se sentó con un suspiro de alivio, ignorando el tono gélido de su amigo. Agarró la caña que Sergio le había pedido (y que ya no tenía espuma) y le dio un trago largo.
— ¡Uf! Qué buena. Está un poco del tiempo, pero entra sola. Escucha, Sergio, no seas así. Que soy optimista, ya te lo he dicho. Yo pensaba de verdad que a las siete estaba aquí. Mi plan era perfecto: me duchaba en cinco minutos, me vestía en tres, y el tráfico me iba a respetar. Lo que pasa es que el universo conspira, tío. El universo me tiene manía.
— El universo no te tiene manía, Borja. Lo que te pasa es que no sabes sumar —replicó Sergio, dejando el libro sobre la mesa con un golpe seco—. Si vives a 25 minutos y sales de tu casa a las siete y cinco, es físicamente imposible que llegues a las siete. No es optimismo, es una negación de la realidad digna de estudio clínico.
— Pero es que si cuento con que voy a tardar 25 minutos, me deprimo antes de salir —argumentó Borja, gesticulando con una mano mientras con la otra robaba una aceituna—. La vida hay que vivirla con la ilusión de que todo va a ir rodado. Si salgo pensando que voy a pillar atasco, que no voy a encontrar sitio y que me vas a echar la bronca, pues me quedo en la cama. El optimismo es lo que mueve el mundo, Sergio. Los puntuales sois unos ansiosos. Vivís en el futuro, sufriendo por lo que va a pasar a las siete. Yo vivo en el ahora.
Sergio se frotó las sienes. El argumento de Borja era tan absurdo que casi tenía sentido en una dimensión paralela.
— No es ansiedad, Borja. Se llama respeto. Quedamos a una hora para que nuestras vidas coincidan en un punto del espacio-tiempo. Si tú llegas una hora tarde, me estás robando mi tiempo. Es un hurto, un hurto temporal.
— ¡Qué profundo te pones con una caña, por Dios! —se rió Borja—. No te he robado nada, te he regalado tiempo para leer. ¿Ves? Si yo hubiera llegado a las siete, no habrías avanzado con ese libro tan gordo. Te he hecho un favor intelectual.
— No me vengas con esas —Sergio intentó mantener la cara de póker, pero la desfachatez de Borja siempre acababa por desarmarle un poco—. La próxima vez voy a quedar contigo a las seis para que llegues a las siete.
— No servirá de nada —sentenció Borja con la sabiduría de quien conoce sus propios defectos mejor que nadie—. Mi cerebro sabe que me has engañado. Si me dices a las seis, mi subconsciente dirá: “Ah, Sergio me ha dado margen”, y saldré a las seis y media. El resultado será el mismo. Soy un sistema autorregulado de retraso.
El camarero volvió a aparecer. Miró a Borja con una mezcla de curiosidad y cansancio.
— ¿Otra ronda? —preguntó.
— Sí, pero tráigalas volando, que mi amigo tiene el cronómetro en marcha —dijo Borja con un guiño.
Sergio suspiró y se relajó en la silla. Sabía que la batalla estaba perdida. Con Borja, no se trataba de ganar, sino de sobrevivir al proceso.
— Cuéntame lo del tío del patinete —dijo finalmente Sergio, cediendo—. ¿De verdad se ha caído o es otra de tus licencias poéticas para justificar que te has quedado mirando un escaparate de calcetines?
Borja se inclinó hacia delante, con los ojos brillando. Era un narrador nato, una cualidad que solía usar para mitigar sus culpas.
— ¡Te lo juro por mi madre! El tío iba con un patinete eléctrico de esos que parecen una nave espacial. Llevaba unos cascos gigantes, iba haciendo eses y, de repente, ¡catapúm! Se come un bordillo y sale volando como un Superman low cost. Me he tenido que bajar para ver si estaba entero. El tío se levanta, se sacude el polvo y me dice: “Tranquilo, es que estaba probando la gravedad”. ¡Te lo juro! En este barrio la gente está fatal de la cabeza.
Sergio no pudo evitar sonreír. Borja tenía ese don. Convertía una espera exasperante en una anécdota de barra de bar. Pero el fondo del asunto seguía ahí, flotando como el aceite en el agua. La impuntualidad de Borja no era un incidente aislado, era una filosofía de vida que empezaba a pasar factura.
— Borja, fuera de bromas. La semana que viene es la cena de cumpleaños de Elena. Si llegas tarde a esa, te mata. Y no es una metáfora. Elena no es como yo; ella tiene una lista de personas a las que ejecutaría si tuviera inmunidad diplomática, y tú estás en el número uno.
— Lo sé, lo sé —dijo Borja, de repente más serio—. Con Elena no se juega. Ella es de las que llegan diez minutos antes para intimidar. Pero te prometo que para el sábado que viene tengo un plan. Voy a poner tres alarmas. Una en el móvil, otra en el despertador de la mesilla y otra en el microondas. Para que el pitido me obligue a salir de la cocina.
— No te creo —dijo Sergio—. Pero bueno, por el bien de tu integridad física, espero que esta vez tu optimismo no te traicione.
— Que no, tío. Confía en mí. He cambiado. Soy un Borja nuevo. Un Borja 2.0. Versión puntual.
Sergio miró su reloj. Eran las ocho y veinte. La noche acababa de empezar y, a pesar de todo, se alegraba de que su amigo hubiera llegado. Aunque fuera con el horario de otra zona horaria.
Parte 3: El simulacro del sábado y el colapso del plan maestro
El sábado del cumpleaños de Elena llegó con esa atmósfera de gran evento que solo tienen las cenas donde sabes que alguien la va a liar. Sergio, que ya se conocía el percal, decidió aplicar una estrategia de guerra psicológica. A las seis de la tarde, empezó a bombardear a Borja con mensajes de “pre-aviso”.
“Quedan tres horas. ¿Tienes ya la ropa elegida?”, envió Sergio mientras se anudaba los zapatos.
“Sergio, por el amor de Dios, estoy merendando. No me agobies que me entra ansiedad y me bloqueo”, respondió Borja diez minutos después.
“La ansiedad es lo que nos da Elena a los demás cuando tú no apareces. Recuerda: Restaurante ‘El Caserío’, 21:00 horas. Ni un minuto más. Elena ha dicho que a las 21:05 se pide la comida, estés o no”.
La tarde transcurrió en una tensa calma. Sergio llegó al restaurante a las nueve menos cinco, con esa puntualidad británica que se gasta uno cuando quiere dar ejemplo (o cuando tiene miedo a la cumpleañera). Elena ya estaba allí, sentada en la cabecera de una mesa larga, revisando su reloj con la precisión de un cirujano.
— Falta el de siempre —dijo Elena a modo de saludo, señalando con la barbilla el sitio vacío a la derecha de Sergio—. He hecho una apuesta con mi novio. Él dice que llega a las nueve y cuarto. Yo digo que a las nueve y media no ha pasado de la Plaza Mayor.
— Yo he intentado motivarlo —se justificó Sergio, sentándose—. Le he mandado recordatorios cada hora. Dice que tiene tres alarmas puestas.
— Las alarmas para Borja son como las sugerencias de actualización del Windows: les da a ‘recordar más tarde’ hasta que el sistema colapsa —sentenció Elena con una mueca.
A las nueve en punto, el resto del grupo ya estaba sentado. La mesa era un hervidero de conversaciones sobre el trabajo, las vacaciones y la última serie de moda, pero había un runrún constante sobre la silla vacía. Era el elefante en la habitación, o más bien, el elefante que seguía en su casa.
Nueve y diez. El camarero se acercó.
— ¿Quieren ir pidiendo las bebidas? —preguntó amablemente.
— Traiga vino para todos menos para el invisible —dijo Elena—. Al invisible le traeremos un café cuando llegue, para ver si se despierta de una vez.
Sergio sacó el móvil por debajo de la mesa. Tenía un mensaje de Borja de hacía dos minutos.
“Tío, no me lo vas a creer. Estaba ya en el coche, te lo juro por lo que más quieras. Pero me he dado cuenta de que me he dejado el regalo de Elena encima de la mesa del comedor. He tenido que subir a por él”.
Sergio sintió un escalofrío. El regalo. Borja siempre dejaba el regalo para el final, o lo olvidaba, o lo compraba de camino en una gasolinera (una vez le regaló a un amigo un ambientador de pino y un paquete de donetes porque “era lo más auténtico que había encontrado”).
“¿A qué distancia estás de tu casa ahora mismo?”, preguntó Sergio con los dedos temblorosos.
“A ver… he aparcado en doble fila, he subido los cuatro pisos porque el ascensor no funcionaba, he cogido el regalo y ahora estoy bajando. Pero me he encontrado a la vecina del tercero, la que tiene 90 años, y se le había caído la bolsa de la compra. ¡No podía dejarla ahí tirada, Sergio! Soy un caballero”.
Sergio cerró los ojos y apoyó la frente en la mano libre. La vecina de 90 años. Era el comodín perfecto. Nadie puede enfadarse con alguien que ayuda a una anciana, pero con Borja, la caridad siempre coincidía con su propia incompetencia logística.
— ¿Qué te ha dicho? —preguntó Elena, que lo observaba con ojos de halcón.
— Que… que ha tenido un problema con el regalo. Pero que ya viene. Está bajando al coche.
— Bajando al coche a las nueve y cuarto —calculó Elena en voz alta—. Vive a quince minutos sin tráfico. Hoy es sábado noche. El centro está cortado por una carrera popular o una manifestación de gente que odia los despertadores. Borja no llega antes de las diez.
La profecía de Elena se cumplió con una exactitud aterradora. A las nueve y cuarenta y cinco, cuando ya habían servido los entrantes y el grupo estaba dando cuenta de unas croquetas de jamón espectaculares, la puerta del restaurante se abrió de par en par.
Borja entró como si acabara de ganar la Champions League. Venía sudado, con la camisa un poco fuera del pantalón y un paquete mal envuelto bajo el brazo. Se detuvo ante la mesa, recuperando el aliento, y puso una mano sobre el hombro de Elena.
— ¡Felicidades, cumpleañera! Siento el retraso, pero ha sido una noche… épica. He salvado a una anciana de una muerte segura por inanición de fruta y he burlado tres controles de policía que buscaban a alguien que se parecía mucho a mí, pero más guapo.
Elena lo miró de arriba abajo. No se rió. No le devolvió el abrazo. Se limitó a señalar su plato vacío.
— Te has perdido las croquetas, Borja. Y los calamares. Y mi paciencia. Siéntate y pide algo rápido, porque en veinte minutos nos traen los segundos y no voy a esperar a que te decidas entre el solomillo o el bacalao.
Borja se sentó al lado de Sergio, que le lanzó una mirada que habría fundido el acero.
— ¿El regalo de la vecina? —susurró Sergio.
— El regalo era para Elena, la vecina fue un extra de la vida —respondió Borja en voz baja, mientras ojeaba la carta a la velocidad de la luz—. Oye, ¿qué tal están las croquetas? ¿Han sobrado?
— Se han extinguido, como tu credibilidad —dijo Sergio.
La cena continuó, pero el ambiente para Borja era un poco hostil. Cada vez que intentaba contar una de sus historias, alguien le recordaba la hora. “Eso es casi tan increíble como que llegaras a tiempo”, decía uno. “Seguro que tardaste tanto en vivir eso como en aparcar”, decía otro. La impuntualidad se había convertido en el tema central de la noche, eclipsando incluso el cumpleaños de Elena.
Fue entonces cuando surgió el debate. Aprovechando que Borja estaba ocupado devorando un entrecot que había llegado cuando los demás ya estaban con el postre, Javi, otro de los amigos, lanzó la pregunta al aire:
— A ver, sinceramente, ¿la impuntualidad se tolera o cansa? Porque todos nos reímos con las movidas de Borja, pero hay días que te entran ganas de quedar con él en el 2027 para ver si así llega a las cañas de la semana que viene.
Borja levantó la vista, con un trozo de carne a medio masticar.
— ¡Eh! Que estoy aquí presente. Y os digo una cosa: mi impuntualidad es una forma de filtrar a los amigos de verdad. Los que me esperan son los que me quieren. Los que se van… bueno, esos no estaban preparados para mi ritmo vital.
— Tu ritmo vital es un insulto a la rotación de la Tierra —replicó Elena, ya un poco más relajada tras dos copas de vino—. El problema no es que te queramos más o menos, Borja. El problema es que tu “optimismo” nos obliga a los demás a reorganizar nuestras vidas. Es una forma de egoísmo, aunque no sea consciente.
Sergio asintió.
— Exacto. Yo hoy he llegado antes para que no te sintieras solo si llegabas puntual, lo cual es ridículo sabiendo que eres tú. Al final, los puntuales acabamos siendo esclavos de vuestro caos. ¿Se tolera? Sí, porque te conocemos. ¿Cansa? Como una maratón con botas de plomo.
Borja dejó los cubiertos y miró a su alrededor. Por un momento, pareció que iba a decir algo profundo, algo que cambiaría su imagen de bala perdida del cronómetro.
— Tenéis razón —dijo con una sinceridad inusual—. Soy un desastre. Pero pensadlo así: si yo fuera puntual, ¿de qué hablaríais la mitad del tiempo? Soy el pegamento social que os permite quejaros de algo común. Soy un bien público.
— Eres un caradura de manual —concluyó Elena, aunque esta vez con una sonrisa—. Anda, abre el regalo, a ver si la espera ha merecido la pena.
Borja entregó el paquete. Elena lo abrió con cuidado. Era un libro de fotografía antigua de Madrid, de una edición limitada que ella andaba buscando hacía meses. Un regalo pensado, buscado con cariño y difícil de encontrar.
— Lo conseguí en una librería de viejo que cerraba hoy a las ocho —explicó Borja tímidamente—. Por eso iba tan justo. Quería que fuera este y no otro.
Hubo un silencio en la mesa. Sergio miró a Borja y luego a Elena. El cabrón lo había vuelto a hacer. Había compensado su falta de tiempo con un exceso de corazón. Pero, como bien sabía Sergio, esa era solo una tregua en una guerra que nunca terminaría.
Parte 4: El veredicto final en la barra de un bar de madrugada
La cena terminó tarde, como no podía ser de otra manera. Eran las dos de la mañana cuando el grupo se disolvió entre abrazos, promesas de “escribid cuando lleguéis” y el frío repentino de la noche madrileña. Pero Sergio y Borja, los supervivientes natos, decidieron que la noche necesitaba un epílogo. Terminaron en un bar de esos que no tienen nombre en la puerta, donde el suelo está pegajoso y la música es lo suficientemente baja como para permitir una disección filosófica de la existencia.
Se apoyaron en la barra, frente a dos gin-tonics que brillaban bajo los tubos fluorescentes.
— Al final le ha gustado el regalo, ¿eh? —dijo Borja, con ese tono de victoria que tanto irritaba a Sergio—. Admítelo, mi retraso de hoy tenía una causa noble.
— No cuela, Borja —respondió Sergio, removiendo el hielo con la pajita—. Podrías haber comprado el libro ayer. O la semana pasada. O haber salido de casa media hora antes para ir a la librería y luego llegar al restaurante a su hora. No confundas la causa con la mala gestión.
Borja suspiró y miró su reflejo en el espejo turbio detrás de las botellas de licor.
— ¿Sabes qué pasa, Sergio? Que creo que tengo una percepción del tiempo distorsionada de fábrica. Cuando me dicen “quedamos en diez minutos”, mi cerebro visualiza un espacio infinito de posibilidades. Pienso que me da tiempo a hacer la cama, poner una lavadora, leer el Marca y ducharme. Y luego, de repente, la realidad me golpea en la cara. El tiempo no es elástico, aunque yo me empeñe en estirarlo como si fuera plastilina.
— Eso es lo que te decía Elena —añadió Sergio—. Tu optimismo es una venda en los ojos. Pero volviendo a la pregunta de antes… ¿tú crees que la gente te aguanta por el regalo o por quién eres?
Borja se quedó pensativo.
— Creo que me aguantan porque, en el fondo, todo el mundo envidia un poco mi falta de prisa. Vivís todos corriendo, estresados por llegar a un sitio para luego tener prisa por iros al siguiente. Yo, cuando llego, estoy. Estoy al cien por cien. No miro el reloj para ver cuándo me tengo que ir, porque ya voy tarde a lo siguiente de todas formas. He aceptado mi destino.
— Es una teoría interesante —concedió Sergio—, pero falla en un punto clave: el que espera sufre. Mientras tú vives en tu “presente continuo” de felicidad y caos, yo estoy en la puerta de un cine, o en una mesa de restaurante, sintiéndome como un idiota. La impuntualidad no es un estilo de vida, Borja, es un goteo constante sobre la paciencia ajena. Y el agua acaba rompiendo la piedra.
— ¿Me estás diciendo que estás a punto de romper, Sergio? —preguntó Borja con una pizca de preocupación genuina.
Sergio miró a su amigo. A pesar de los años de esperas en gasolineras, de las mentiras piadosas sobre el tráfico y de las mil y una excusas creativas, ahí estaban. Borja era el tipo que le había ayudado en tres mudanzas (llegando tarde, pero cargando las cajas más pesadas), el que le escuchó durante horas cuando se quedó en el paro y el que siempre sabía cómo sacarle una carcajada en el momento más inoportuno.
— No, no voy a romper. Pero porque soy un santo —sentenció Sergio—. Pero te aseguro que la impuntualidad cansa. Mucho. Es como esa canción que te gusta pero que ponen en todas partes hasta que la aborreces. Se tolera porque hay un fondo de cariño, pero no deberías confiarte. Algún día quedarás con alguien, llegarás tarde y esa persona ya no estará allí. Y no habrá regalo de librería de viejo que lo arregle.
Borja asintió lentamente. Por primera vez en toda la noche, no tenía una respuesta ingeniosa preparada.
— Lo intentaré, Sergio. De verdad. La próxima vez que quedemos, voy a ser el primero en llegar. Voy a estar allí antes que el camarero abra el cierre.
— No te pido tanto —se rió Sergio—. Con que llegues cuando los hielos de mi bebida aún sean sólidos, me conformo.
Pagaron la cuenta y salieron a la calle. Madrid ya dormía a medias, con los camiones de la basura haciendo su ronda nocturna y los ecos de la fiesta desvaneciéndose en los callejones.
— Bueno, pues nos vemos el martes para el partido, ¿no? —dijo Borja, buscando las llaves del coche en sus bolsillos.
— Sí. El partido empieza a las nueve. Así que, para ti, el partido empieza a las ocho y cuarto. ¿Entendido?
— Entendido, jefe. ¡A las ocho y cuarto como un clavo!
Sergio vio a Borja subir a su coche y alejarse por la avenida vacía. Se quedó un momento allí parado, disfrutando del silencio de la ciudad. Sabía perfectamente lo que iba a pasar el martes. A las nueve y diez, recibiría un mensaje diciendo: “Tío, no te lo vas a creer, pero me he quedado encerrado en el ascensor con un repartidor de pizza y estamos debatiendo sobre el sentido de la vida. Llego en cinco minutos”.
Y Sergio, como siempre, suspiraría, pediría otra caña y abriría su libro. Porque, al final del día, la impuntualidad se tolera cuando el que llega tarde es alguien que hace que la espera, de alguna forma extraña y retorcida, merezca la pena. Aunque solo sea por la historia que traerá consigo.
La impuntualidad agota los nervios, es cierto, pero en un mundo obsesionado con la productividad y el cronometraje del alma, personajes como Borja nos recuerdan que el tiempo es, después de todo, una construcción humana. Una construcción que él, con su optimismo incorregible, se dedica a demoler un poquito cada día, solo para ver qué pasa entre los escombros de los minutos perdidos.
Sergio empezó a caminar hacia su casa, sonriendo para sus adentros.
— Optimista, no puntual… —susurró—. Qué cabrón.
Y mientras subía la cuesta de su calle, se dio cuenta de que él también tenía un poco de culpa. Porque mientras hubiera alguien dispuesto a esperar, siempre habría alguien dispuesto a llegar tarde. La puntualidad es un contrato de dos, y Sergio, muy a su pesar, ya había firmado la prórroga de por vida con su mejor amigo.