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El ritual del café frío y la esperanza vana

Parte 1: El ritual del café frío y la esperanza vana

Eran las siete y tres minutos de la tarde. En Madrid, cuando el sol empieza a dar una tregua pero el asfalto sigue reteniendo ese calor pegajoso que te hace cuestionar cada una de tus decisiones vitales, quedarse esperando en una terraza es una forma sutil de tortura. Sergio miraba su reloj, un Casio que no mentía nunca, y luego miraba la silla vacía frente a él. La silla de Borja. Esa silla que, por derecho propio, debería tener ya una placa conmemorativa a nombre de “El Ausente”.

— No va a venir a las siete —se dijo Sergio en voz alta, ganándose la mirada de soslayo de un camarero que pasaba con una bandeja llena de cañas—. No va a venir ni a las siete, ni a las siete y diez, y si me descuido, celebramos aquí la Nochevieja.

Sergio desbloqueó el móvil. El grupo de WhatsApp, bautizado con el poco original pero honesto nombre de “Los de siempre (y Borja)”, estaba en silencio. Sus dedos volaron sobre el teclado con esa furia contenida de quien lleva diez años viviendo la misma película.

“¿Dónde cojones estás? Hemos quedado a las siete”, escribió. El doble check azul apareció casi al instante, como una burla. Borja estaba con el teléfono en la mano. Por supuesto que lo estaba.

La respuesta tardó treinta segundos en llegar, el tiempo justo para que Sergio viera el “Escribiendo…” aparecer y desaparecer, aumentando la tensión dramática.

“Ya, tío. Estoy saliendo”, rezaba el mensaje de Borja.

Sergio soltó una carcajada seca, de esas que suenan a derrota. “Saliendo” en el diccionario de Borja era un término tan elástico como un chicle de gasolinera. Podía significar que estaba cruzando el umbral de la puerta, o podía significar que acababa de salir de la ducha y estaba buscando un calcetín desparejado debajo del sofá mientras decidía si ponerse la camisa azul o la de cuadros que no se planchaba desde la boda de su primo.

— Mira que te lo dije —murmuró Sergio para sus adentros, mientras le daba un sorbo a una Coca-Cola que ya tenía más agua de los hielos derretidos que gas—. “Vives a 25 minutos, Borja”. Te lo dije hace media hora.

Porque esa era la gran tragedia. Borja no vivía en el portal de al lado. Vivía en la otra punta del barrio, cruzando tres avenidas principales, cinco semáforos que parecían configurados por su peor enemigo y una plaza donde aparcar era una misión digna de una película de Tom Cruise. Pero Borja, en su infinita fe en las leyes de la física cuántica, creía fervientemente que podía teletransportarse.

El teléfono vibró de nuevo.

“Exacto. Soy optimista, no puntual”, respondió Borja, acompañando el texto con un emoji de un astronauta. Como si la impuntualidad fuera una cualidad mística, una expansión de la conciencia y no una falta de respeto flagrante hacia el tiempo ajeno.

Sergio se recostó en la silla de metal, que ya empezaba a quemarle las lumbares. Recordó la primera vez que quedaron, allá por la universidad. Borja llegó cuarenta minutos tarde a un examen parcial y, cuando el profesor le recriminó la demora, él respondió con toda la naturalidad del mundo que “el despertador había decidido tomarse un año sabático”. Esa era la esencia de Borja: una mezcla de caradura ibérica y una incapacidad patológica para entender que el tiempo es una línea recta, no un bucle sugerido.

— Perdone, ¿va a pedir algo más el caballero? —preguntó el camarero, que ya empezaba a ver en Sergio a un okupa de terraza.

— Otra igual. Y traiga un cuenco de aceitunas. De esas que tienen hueso, para que me entretenga un rato buscando una razón para no bloquear a mi amigo de por vida —respondió Sergio con una sonrisa amarga.

El camarero asintió con esa solidaridad silenciosa que solo se encuentra entre los profesionales de la hostelería que han visto mil citas fallidas y mil reencuentros tardíos.

Mientras esperaba la segunda ronda, Sergio se puso a observar a la gente. Una pareja de turistas peleándose con un mapa de papel (¿quién usa mapas de papel en 2026?), un señor mayor paseando a un galgo que parecía tener más prisa por llegar a casa que Borja por llegar al bar, y un grupo de chavales hablando a gritos sobre criptomonedas. Todos ellos tenían algo en común: se estaban moviendo. Estaban en algún punto de su trayectoria. Borja, en cambio, era un estado de ánimo.

A las siete y cuarto, Sergio volvió a la carga.

“Borja, en serio. Si no has cogido el coche ya, me piro. Me he terminado la bebida y el camarero me mira como si fuera a pedirle matrimonio”.

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