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El resplandor delatora

Parte 1: El resplandor delatora

La penumbra del dormitorio no era absoluta. Se filtraba, por debajo de la persiana mal encajada, ese naranja mortecino de las farolas de Madrid que parece empeñado en recordar que la ciudad nunca se calla del todo. Pero dentro de la habitación, el silencio era denso, de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra. Mateo estaba tumbado boca arriba, con la vista clavada en el gotelé del techo, ese relieve jurásico que solo sobrevive en los pisos de alquiler del barrio de Arganzuela. En su pecho, el móvil pesaba como si fuera un bloque de hormigón.

Llevaba exactamente veintisiete minutos debatiéndose entre dejar el aparato en la mesilla o cometer el error que sabía que iba a cometer. Al final, como siempre, ganó la pulsión masoquista. Desbloqueó la pantalla y el brillo, configurado al máximo por puro descuido, le quemó las retinas. Parpadeó con fuerza, soltó un improperio en voz baja y entró en la aplicación. No buscaba mensajes nuevos. Buscaba una confirmación. Una prueba de cargo.

Allí estaba. Debajo del nombre de Elena, como una sentencia judicial escrita en letra pequeña: «en línea».

—No me jodas, Elena. Las tres y cuarto —susurró Mateo para sí mismo.

Su voz sonó extraña en el vacío de la alcoba. No es que él fuera un santo de la puntualidad nocturna, pero ver ese rótulo digital era como recibir un pinchazo de adrenalina directamente en el ventrículo izquierdo. Se incorporó sobre los codos, sintiendo el crujido de las sábanas de algodón barato. ¿Con quién narices se habla a las tres de la mañana un martes? A esa hora solo hablan los panaderos, los que tienen guardia en el Ramón y Cajal o los que están tramando algo que no cabe en un horario de oficina.

Mateo empezó a construir el rascacielos de la paranoia, planta por planta. Primero pensó en el trabajo, pero Elena odiaba su oficina más que las palomas de la Plaza Mayor. Luego pensó en sus amigas, pero Lucía y Bea eran de las que a las once ya estaban con la mascarilla de pepino puesta. La opción C, la que picaba como el salfumán, era la que se negaba a admitir.

—¿Y si me ha silenciado? —se preguntó.

Esa era la gran tragedia moderna. El silencio digital no es ausencia de sonido, es ausencia de píxeles. Hacía apenas dos horas, él le había enviado un vídeo de un Golden Retriever intentando comerse una rodaja de limón, un clásico infalible para sacar una sonrisa. Ella no solo no se había reído, sino que ni siquiera había aparecido el doble check azul. Y ahora, de repente, la pantalla decía que estaba ahí, presente, activa, interactuando con el resto del universo menos con él.

Mateo se levantó de la cama con el sigilo de un ninja con lumbago. Caminó descalzo por el pasillo, esquivando la baldosa que siempre crujía frente al baño, y llegó a la cocina. Se sirvió un vaso de agua del grifo, ese agua de Madrid de la que tanto presumen los madrileños como si la hubieran filtrado ellos mismos con sus propias manos, y se quedó mirando el vacío de la nevera, que vibraba con un zumbido depresivo.

«¿Le escribo? No, si le escribo parezco un psicópata. ¿No le escribo? Si no le escribo, me va a dar un parraque aquí mismo entre el Nesquik y las galletas María».

El dilema era universal, pero en su cabeza se sentía como una tragedia griega ambientada en un bloque de protección oficial. Volvió al cuarto, se sentó en el borde de la cama y volvió a mirar. Seguía «en línea». Aquella etiqueta parecía burlarse de él, parpadeando invisiblemente. Mateo sentía que el espacio entre ellos, esos escasos cinco kilómetros que separaban su piso del de ella, se estaban convirtiendo en una fosa transatlántica.

—Venga, Mateo, sé digno. Deja el puto móvil. Mañana tienes que estar en la gestoría a las ocho y vas a tener cara de haber salido de un after en la Ruta del Bacalao.

Pero la dignidad es un lujo que uno no puede permitirse cuando el insomnio se mezcla con el despecho. Se imaginó a Elena sentada en su sofá, con esa sudadera gris gigante que siempre le robaba, riéndose de algún chiste interno con un tal «Carlos del gimnasio» o «Javi el de marketing». La rabia le subió por el esófago. No era celos, se decía a sí mismo para autoconvencerse, era una cuestión de protocolo básico de pareja. Si uno no duerme, se comparte la desgracia. Es el contrato no escrito del amor en los tiempos de la fibra óptica.

Finalmente, el dedo índice de Mateo, poseído por una voluntad propia y suicida, pulsó el cuadro de texto. El cursor parpadeaba, desafiante. Escribió: «¿Qué haces despierta?». Borró. Demasiado inquisitivo. Escribió: «Vaya horas, ¿no?». Borró. Demasiado pasivo-agresivo. Al final, optó por la vía directa, la que abre boquetes en las relaciones:

—Estabas en línea a las 3.

Pulsó enviar. El sonido del mensaje saliendo —ese «swish» metálico— retumbó en la habitación como un disparo. Al instante, el «en línea» desapareció. Elena se había desconectado. Mateo sintió un sudor frío. Había roto el hechizo de la observación silenciosa para entrar en el terreno de la confrontación directa. Ahora ya no había vuelta atrás. Se tumbó de nuevo, con el móvil pegado a la oreja, esperando la réplica.

Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.

El silencio de la calle se rompió por el paso de un camión de la basura, ese estruendo hidráulico que parece el parto de un transformador eléctrico. Mateo contaba los segundos por los latidos de su propia sien. De repente, la pantalla se iluminó. Un mensaje. Corto. Seco. Como un bofetón de realidad.

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