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El resplandor del juicio final

Parte 1: El resplandor del juicio final

Eran las once y cuarenta y siete de la noche de un martes que no tenía nada de especial, uno de esos martes de mayo en los que el calor de Madrid empieza a pegarse a las sábanas pero todavía no justifica encender el aire acondicionado. Hugo estaba tirado en el sofá con la camiseta de publicidad de una carrera popular de 2018, una mancha de salsa brava en el pecho y el mando de la tele en una mano, mientras con la otra se rascaba la nuca con esa desidia propia de quien ha aceptado que su vida es una sucesión de correos electrónicos sin importancia y reuniones que podrían haber sido un suspiro.

A su lado, Santi, su compañero de piso desde hacía tres años y consultor experto en el noble arte de la procrastinación, devoraba un bol de cereales directamente de la caja. El televisor emitía un documental sobre la migración de los ñus en el Serengueti, pero ninguno de los dos prestaba atención. Estaban en ese trance hipnótico previo al sueño, donde el cerebro se pone en modo ahorro de energía.

De repente, el universo se quebró. No fue un estallido, ni un trueno, ni el grito de un vecino. Fue algo mucho más terrorífico: un vibrato seco y metálico sobre la mesa de cristal.

Tri-ri-rí.

Hugo no lo pensó. Fue un acto reflejo, una respuesta pavloviana perfeccionada por años de adicción digital. Alargó la mano, sus dedos rodearon el cristal frío del smartphone y, antes de que su lóbulo frontal pudiera enviar la señal de “peligro, aborta la misión”, pulsó el botón lateral. La pantalla se iluminó con la fuerza de mil soles, castigando sus retinas acostumbradas a la penumbra.

—Han escrito a las once y cuarenta y siete —dijo Hugo con la voz quebrada, como si acabara de presenciar un crimen.

Santi, que tenía una cuchara a medio camino entre el bol y la boca, se quedó congelado. Lentamente, dejó los cereales sobre la mesa, con el rostro ensombrecido por una gravedad propia de un funeral de Estado. Ni siquiera miró a Hugo; mantuvo los ojos fijos en la pantalla que brillaba en la oscuridad del salón como un uranio enriquecido.

—No abras —susurró Santi. Su tono era el de un veterano de guerra advirtiendo a un recluta que no pise una mina—. Hugo, te lo digo por tu bien. Si la tocas, si deslizas el dedo, si entras ahí, cruzas el Rubicón. Y no hay vuelta atrás desde el Rubicón, tío. Allí solo hay hojas de Excel y gente que usa la palabra “sinergia” sin ironía.

—Ya lo he visto —confesó Hugo. Su dedo índice temblaba.

Santi soltó un suspiro largo, un silbido de resignación que pareció vaciarle los pulmones. Se echó hacia atrás en el sofá, cruzando los brazos sobre el pecho, mirando a Hugo con una mezcla de lástima y reproche.

—Entonces ya eres rehén —sentenció—. Bienvenido a Guantánamo, versión fibra óptica. Ya no eres un ciudadano libre con derecho a ver documentales de ñus. Ahora eres una propiedad de la empresa, una extensión de la fibra de vidrio que llega hasta el router. Has visto el mensaje. Ellos saben que lo has visto. El tic azul es el grillete más sofisticado jamás inventado por el hombre.

Hugo miró el icono verde de WhatsApp. El numerito rojo “1” brillaba como el ojo de un cíclope hambriento. En la previsualización de la pantalla de bloqueo solo se leía el nombre del grupo: “EQUIPO DINÁMICO VENTAS – SOLUCIONES 360” y el inicio del mensaje de Paco, el jefe de departamento, un hombre cuya principal habilidad era enviar mensajes de voz de ocho minutos y llevar corbatas que pasaron de moda en el mundial de Naranjito.

El mensaje empezaba así: “Chicos, perdón por la hora, pero le he estado dando vueltas a lo de la presentación de mañana y se me ha ocurrido una idea revolucionaria…”

—”Idea revolucionaria” —repitió Hugo, leyendo en voz alta—. Cuando Paco dice “revolucionaria” suele significar que tenemos que cambiar todas las diapositivas de la presentación por fotos de gladiadores romanos porque leyó un artículo en LinkedIn sobre el liderazgo centurión.

—No entres —insistió Santi—. Si no entras, mañana puedes decir que te quedaste sin batería. Que dejaste el móvil en el coche. Que te fuiste a dormir a las diez porque tenías migraña. La ignorancia es tu escudo, Hugo. En el momento en que entres en ese chat, el sistema registra tu presencia. Paco te verá conectado. Verá que estás “escribiendo…”. Verá que eres un objetivo fácil que no sabe poner límites.

Hugo sentía el pulso en las sienes. Sabía que Santi tenía razón. Sabía que abrir ese mensaje era regalarle su descanso a una corporación que ni siquiera ponía café decente en la oficina. Pero había una fuerza superior, una curiosidad morbosa, un deseo masoquista de saber exactamente qué tan profundo era el pozo en el que estaba a punto de caer.

—Es que si no contesto, mañana Paco me va a mirar con esa cara de decepción que pone —dijo Hugo—. Esa cara de “no tienes la camiseta puesta”, de “no remas con nosotros”. Tú sabes cómo es. El “engagement”, Santi. El puto “engagement”.

Santi se levantó del sofá, caminó hasta la cocina y sacó una cerveza de la nevera. La abrió con un clic seco que sonó a sentencia.

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