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El rastro del delito líquido

Parte 1: El rastro del delito líquido

El termómetro de la farmacia de la esquina marcaba treinta y ocho grados a las siete de la tarde, una cifra que en Madrid se siente como si alguien te estuviera dando masajes en los pulmones con un secador de pelo industrial. Elena subía las escaleras de su bloque en Chamberí con el paso de quien viene de una guerra de hojas de Excel y reuniones que podrían haber sido un correo electrónico. El portal olía a lo de siempre: una mezcla de humedad antigua, cera de muebles y el guiso de la vecina del segundo, que parecía empeñada en cocinar legumbres incluso cuando el asfalto se derretía.

Al abrir la puerta del piso, lo primero que la recibió no fue el frescor del aire acondicionado —que Alberto siempre olvidaba encender hasta que ella estaba a punto de cruzar el umbral— sino un silencio denso, de esos que tienen textura. Alberto estaba sentado en el sofá, extrañamente erguido, con la mirada fija en una televisión apagada. Parecía un extra de una película de espías al que le han dicho que actúe con naturalidad y acaba pareciendo un robot con un cortocircuito.

—Hola —dijo ella, soltando las llaves en el cuenco de la entrada con un estruendo que a él le hizo dar un pequeño respingo.

—¡Hombre, Elena! Qué pronto. O qué tarde. No sé, he perdido la noción del tiempo con este calor. Es inhumano, ¿verdad? He leído que es la ola de calor más larga desde los ochenta. O desde que se inventaron los termómetros. No me hagas mucho caso. ¿Qué tal el trabajo? ¿Muchos planos? ¿Mucha gente pidiendo cosas imposibles?

Elena no respondió de inmediato. Se quitó los zapatos de tacón, sintiendo el alivio del parqué frío bajo sus pies, y avanzó hacia el salón. Fue entonces cuando lo vio. Sobre la mesa de centro, esa mesa de madera recuperada que les había costado un riñón y parte del otro en una tienda de diseño de Malasaña, no había una, sino dos copas de vino.

Eran las copas “de las buenas”. Las de cristal fino, las que Elena solo sacaba cuando venía alguien a quien realmente quería impresionar o cuando celebraban algo importante. Las copas estaban vacías, salvo por un resto mínimo de un líquido granate que ya empezaba a oxidarse, dejando ese cerco pegajoso tan característico del Ribera del Duero.

—¿Vino? —preguntó ella, señalando la mesa con un gesto vago de la barbilla.

Alberto se levantó del sofá como si el cojín tuviera muelles. Se pasó una mano por el pelo, alborotándose más de lo habitual.

—Ah, eso. Sí. Bueno, es que… —hizo una pausa dramática, buscando las palabras en el techo— vino un amigo.

—¿Un amigo? —Elena arqueó una ceja. Conocía perfectamente el inventario de amigos de Alberto. Estaba Nacho, que solo bebía cerveza artesana y hablaba de lúpulos como si fueran sus propios hijos; estaba Javi, que era abstemio desde el “incidente” de la Nochevieja de 2019; y estaba Carlos, que jamás subiría a un cuarto sin ascensor solo para tomarse una copa de vino a media tarde.

—Sí, un amigo. Pasaba por aquí, ¿sabes? Se le rompió el coche… bueno, no el coche, la moto. Se le recalentó la moto justo en la puerta. Y claro, no le iba a dejar ahí tirado con este solazo. Sería de mala persona. Y tú sabes que yo, ante todo, soy un hombre hospitalario. Es mi gran defecto, supongo. La generosidad extrema.

Elena se acercó un paso más a la mesa. La disposición de las copas era curiosa. No estaban enfrentadas, como en una charla formal, sino ligeramente ladeadas, como si quienes se sentaron allí hubieran estado compartiendo confidencias o mirando algo juntos en el portátil. El ambiente del salón todavía conservaba un rastro de perfume. No era el olor a sudor y gasolina que solía traer Carlos, ni el aroma a tabaco de liar de Nacho. Era algo sutil, floral, con un toque de vainilla.

—¿Y qué amigo era? —insistió ella, cruzándose de brazos—. Porque no recuerdo a nadie de tu círculo que sepa distinguir un tinto de verano de un reserva, y mucho menos que use estas copas. Sabes perfectamente que si se rompe una, nos quedamos con el juego cojo y me da un parraque.

—Era… era… —Alberto tragó saliva. Se notaba que su cerebro estaba trabajando a tres mil revoluciones por minuto, intentando encajar las piezas de un puzle que no tenía esquinas—. ¡Borja! Sí, Borja, el del máster. ¿Te acuerdas de Borja? Aquel que se fue a vivir a Londres y volvió porque echaba de menos el jamón y la luz del sol. Ha vuelto. Está aquí de visita y me llamó de repente. “Alberto, tío, estoy en tu calle, mi moto parece una cafetera hirviendo, ¿tienes algo frío?”. Y claro, yo miré en la nevera y solo había ese vino que abrimos el sábado. No le iba a dar agua del grifo, Elena, que Borja ahora es muy de club social y cosas de esas en Londres.

Elena caminó alrededor de la mesa, como un tiburón rodeando a una presa que ya sabe que no tiene escapatoria. Se fijó en la botella, que estaba sobre el aparador. Estaba casi vacía. Habían bajado más de media botella en lo que parecía haber sido una visita “rápida” por una avería mecánica.

—Borja. El que se hizo un injerto capilar en Turquía y no para de subir fotos a Instagram enseñando el flequillo —dijo ella con un tono que no presagiaba nada bueno—. Curioso que no me hayas dicho nada de que estaba en Madrid.

—¡Si es que ha sido todo muy loco! —exclamó Alberto, ganando confianza con su propia mentira—. Me ha contado unas historias de Londres… parece que aquello es la jungla. Y la moto, pobrecilla, hacía un ruido que parecía que iba a estallar. Le he dicho: “Borja, descansa, tómate una copa, que el vino asienta el alma”. Y oye, nos hemos liado a hablar de los viejos tiempos, de los exámenes de economía, de cuando nos saltábamos las clases para irnos al Retiro… y se nos ha pasado el tiempo volando. Se acaba de ir hace diez minutos. Si hubieras llegado un poco antes, te lo cruzas en el portal.

Elena se inclinó sobre la mesa. Su mirada, afilada como un bisturí, se posó en el borde de una de las copas. No era la copa de Alberto. Él siempre dejaba la marca de sus dedos en el cristal porque agarraba el recipiente por el cáliz, a pesar de las mil veces que ella le había dicho que se agarraba por el tallo para no calentar el vino. La otra copa, sin embargo, estaba impoluta. Excepto por un detalle.

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