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El Preludio del Caos

Parte 1: El Preludio del Caos

Elena se despertó aquel domingo con el sonido metálico de una persiana subiéndose en el vecindario y un presentimiento punzante en la boca del estómago. No era el hambre, ni la resaca de una noche de fiesta que ya no recordaba haber tenido en años; era algo mucho más visceral. Era el día de “La Visita”. En el calendario de la cocina, justo debajo del imán de la pizzería del barrio, el recuadro del domingo estaba marcado con una cruz roja y una palabra escrita con la caligrafía nerviosa de quien firma una sentencia de muerte: Palmira.

Palmira no era simplemente su suegra. Palmira era una fuerza de la naturaleza, un fenómeno meteorológico adverso que se desplazaba en un SEAT Ibiza plateado y que tenía la capacidad de detectar una mota de polvo a tres kilómetros de distancia.

—Carlos, despierta —susurró Elena, dándole un codazo a su marido, que roncaba plácidamente con la boca abierta, ajeno al apocalipsis doméstico que se avecinaba—. Carlos, que son las nueve. Tu madre llegará a las dos y todavía tengo que ir al mercado, limpiar los baños y… y Dios sabe qué más.

Carlos emitió un gruñido ininteligible, se tapó la cabeza con la sábana y balbuceó algo sobre el derecho al descanso dominical. Elena suspiró. Sabía que estaba sola en esta trinchera. Se levantó, se calzó las zapatillas de andar por casa —esas que Palmira siempre decía que “parecían de mendigo”— y se dirigió a la cocina. El plan de hoy era ambicioso: una sopa de marisco. No una sopa cualquiera, sino “la sopa”. Un caldo capaz de silenciar las críticas, una pócima mágica que, por una vez, hiciera que Palmira asintiera con la cabeza y dijera: “Oye, Elena, esto te ha quedado decente”.

La cocina de un piso de setenta metros cuadrados en el centro de Madrid no es el escenario ideal para una epopeya culinaria, pero Elena estaba decidida. Se vistió rápido, se hizo un moño improvisado que desafiaba las leyes de la gravedad y salió a la calle. Madrid en domingo tiene ese aire de calma tensa antes de que todo el mundo se lance a por el vermú.

En el mercado de abastos, la carnicera de siempre, la Mari, la vio llegar con cara de pocos amigos.

—¿Qué pasa, nena? ¿Hoy viene la capitana general? —preguntó Mari mientras troceaba unos huesos de jamón con una precisión quirúrgica.

—Peor, Mari. Hoy viene mi suegra —respondió Elena, rebuscando en su bolso la lista de ingredientes que había revisado tres veces—. Necesito las mejores gambas que tengas. Y las galeras. Y no me des esas que tienen mala cara, que Palmira es capaz de resucitarlas solo para que me den un bocado.

—Toma, llévate estas de Huelva, que han llegado esta mañana y todavía están pidiendo que las echen al arroz —dijo Mari, guiñándole un ojo—. Y ten paciencia, hija. Que las suegras son como el tiempo en Burgos: si no te gusta, espera cinco minutos que seguro que empeora.

Elena cargó con las bolsas, sintiendo que el peso de las gambas era insignificante comparado con el peso de la responsabilidad. De camino a casa, pasó por el Mercadona para comprar el resto. El pasillo de las especias fue su perdición. Se quedó mirando los botes de sal marina, sal fina, sal gorda, sal del Himalaya… ¿Cuál usaría Palmira? Palmira siempre decía que la sal era el alma de la comida, pero que Elena “tenía el alma desabrida”.

Al llegar a casa, el panorama no había mejorado. Carlos seguía en pijama, viendo un programa de reformas de casas en las que nadie vivía realmente, y el gato, “Puchero”, estaba intentando abrir la bolsa del pescado con las uñas.

—¡Carlos! ¡Suelta el mando y ayúdame con las bolsas! —gritó Elena desde el pasillo.

—Ya voy, ya voy… Joder, Elena, parece que viene el Rey a almorzar. Es mi madre, no un inspector de Sanidad.

—Para el caso es lo mismo, Carlos. Tu madre inspecciona hasta las juntas de los azulejos. El año pasado se trajo un pañuelo de hilo blanco para pasarlo por encima de la nevera. ¡De la nevera! ¿Quién limpia encima de la nevera cada semana?

—Ella lo hace —dijo Carlos con una sonrisa encogida, sabiendo que estaba pisando terreno pantanoso.

Elena no respondió. Se metió en la cocina, cerró la puerta y empezó el ritual. Primero, las cabezas de las gambas. El sonido del sofrito empezó a llenar la casa. Ese “chup-chup” que debería ser relajante, pero que para ella era la cuenta atrás de un temporizador. Peló las verduras con una rapidez que habría asustado a un chef con estrella Michelin. El olor a mar empezó a inundar el piso, mezclándose con el aroma a detergente de limón que Carlos, por fin, estaba usando para fregar el suelo del salón.

—¡Elena! ¡Me he quedado sin líquido de fregar! —gritó Carlos desde el otro lado de la casa.

—¡Usa el de reserva que está debajo del fregadero, detrás de los rollos de cocina! —contestó ella, sin dejar de remover el caldo.

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