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El Gran Incendio de las Cebollas

Parte 1: El Gran Incendio de las Cebollas

Eran las ocho y media de una tarde de mayo en Madrid, de esas en las que el calor ya empieza a avisar de que el verano va a ser una tortura china, pero todavía te permite llevar una camisa de lino sin parecer que acabas de salir de una piscina de vapor. Javi estaba en la cocina, batallando contra una cebolla que parecía tenerle rencor personal. No era una cebolla cualquiera; era la cebolla que, según él, iba a definir el éxito de la cena con Berto y Clara. Javi es de ese tipo de tíos que no pueden simplemente cocinar; tienen que ejecutar una coreografía gastronómica digna de una estrella Michelin, aunque luego lo que acabe en el plato sea un arroz con cosas que sospechosamente sabe a avecrem.

— Javi, de verdad, que no hace falta que la piques tanto. Que Berto se come hasta las piedras, no va a notar si el sofrito tiene trozos de medio centímetro —dijo Elena desde el pasillo, mientras intentaba pelearse con una sandalia que se negaba a abrocharse.

Elena, por el contrario, es la personificación de la practicidad madrileña. Si algo se puede hacer en cinco minutos, ¿para qué dedicarle veinte? Ella vive la vida a zancadas, mientras Javi se detiene a analizar si la zancada ha sido estéticamente correcta o si el ángulo del tobillo comunica inseguridad emocional.

— No es por Berto, Elena. Es por el concepto. El sofrito es la base de la civilización occidental. Si el sofrito falla, el resto de la noche es una mentira —respondió Javi, sin levantar la vista del cuchillo, con esa intensidad de cirujano que suele preceder a sus mayores desastres.

— El concepto, dice… Lo que eres es un intenso, Javi. Un intenso de manual. Por cierto, ¿has visto mis llaves?

Ahí estaba. El detonante. La chispa que, en una relación de cinco años, puede convertir una tarde de mayo en el escenario de la Tercera Guerra Mundial. Javi dejó el cuchillo sobre la tabla con una parsimonia que a Elena le puso los pelos de punta.

— ¿Las llaves? ¿Te refieres a las llaves que te dije ayer que dejaras en el cuenco de la entrada para que no volviéramos a pasar por este rito de iniciación chamánica cada vez que salimos de casa?

Elena suspiró. Un suspiro largo, de esos que llevan implícitos todos los reproches acumulados desde 2019.

— No empecemos con el cuenco del budismo zen, Javi. Simplemente no están. He mirado en el bolso, en la chaqueta de ayer y en el cajón de los trastos. No están.

— Quizás si no vivieras en un estado de entropía constante, las llaves tendrían una ubicación física estable en este universo —sentenció él, dándose la vuelta y cruzándose de brazos.

— ¿Entropía? ¿Ahora me hablas en términos de termodinámica para decirme que soy una desordenada? —Elena entró en la cocina, con la sandalia a medio abrochar, cojeando ligeramente—. Mira, Javi, estoy cansada. He tenido un día de perros en la oficina, mi jefe me ha pedido tres informes para ayer y lo último que necesito es un seminario sobre el orden de las cosas impartido por un tío que tarda cuarenta minutos en picar una cebolla.

— No es la cebolla, Elena. Es la actitud. Es esa forma de ir por la vida ignorando los sistemas que hemos acordado para que esto funcione. Porque si yo no cuido el sofrito y tú no cuidas las llaves, ¿qué nos queda? ¿El caos? ¿Vivir como animales?

— ¡Que son unas putas llaves, Javi! —gritó Elena, perdiendo ya el poco filtro que le quedaba—. Y no, no hemos “acordado” ningún sistema. Tú dictaste que el cuenco era el eje del mal y yo simplemente paso de tus neurosis.

— ¡Ah, genial! Ahora mis neurosis. Cuando te recordé que el coche necesitaba aceite y pasaste de mí hasta que se encendió la luz roja, ¿también era mi neurosis? ¿O era mi “visión profética”?

El tono de Javi subió dos octavas. El ambiente en la pequeña cocina se volvió denso, casi sólido. Se podía cortar con el mismo cuchillo con el que él pretendía salvar la civilización a través de la cebolla. Elena lo miró fijamente. No era una mirada de odio, era algo peor: era una mirada de agotamiento absoluto. De esas que dicen “no me compensa seguir con este intercambio de frases hechas”.

— ¿Sabes qué? No voy a hacer esto. No hoy —dijo Elena con una calma gélida que Javi conocía muy bien y que, por alguna razón, le irritaba mucho más que los gritos.

— ¿No vas a hacer qué? ¿Hablar? ¿Resolver el conflicto como adultos que pagan una hipoteca? —desafió él.

— No voy a quedarme aquí a que me desmitifiques la vida porque no encuentro las llaves. Me voy.

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