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El dilema del asfalto y la liturgia del hambre

Parte 1: El dilema del asfalto y la liturgia del hambre

Eran las siete de la tarde de un martes de esos que tienen vocación de lunes largo, un día grisáceo en el que Madrid —o cualquier ciudad que se precie de tener más ruido que árboles— parece pesar un poco más sobre los hombros. Alberto se desabrochó el primer botón de la camisa con la desgana de quien acaba de sobrevivir a una reunión de tres horas que podría haber sido un correo electrónico de dos líneas. A su lado, Borja, su compañero de fatigas, deudas y alguna que otra resaca épica, buscaba las llaves del coche en los bolsillos con una parsimonia casi insultante.

—¿Vamos al bar de siempre? —soltó Borja sin mirar, con esa naturalidad de quien propone respirar o parpadear.

Alberto se detuvo en seco frente a la puerta giratoria del edificio de oficinas, una estructura de cristal y acero que a esa hora escupía ejecutivos con la mirada vacía. La pregunta de Borja no era baladí. “El bar de siempre” era un concepto elástico, una categoría metafísica que en su universo particular se dividía en dos vertientes claramente diferenciadas. Estaba el bar de siempre por proximidad, ese sitio con luces LED, música chill-out a un volumen demasiado alto y camareros que llevaban delantal de cuero y te explicaban el origen orgánico del lúpulo mientras tú solo querías que te sirvieran algo frío antes de que te estallara la sien. Y luego estaba el otro.

—¿Al de siempre de verdad? —replicó Alberto, entornando los ojos—. ¿O al que te llama “jefe” nada más entrar por la puerta y te hace sentir que, a pesar de que tu jefe real te ha ninguneado toda la mañana, tú sigues teniendo un lugar en el escalafón social de este país?

Borja soltó una carcajada que resonó en el vestíbulo. Se conocían demasiado bien. Sabía que Alberto no buscaba un gin-tonic con bayas de enebro recolectadas por monjes ciegos en el Tíbet. Buscaba validación existencial a precio de caña bien tirada.

—Exacto —dijo Borja, señalando con el dedo como si acabara de descubrir la pólvora—. A ese. Al que tiene el suelo con restos de serrín —aunque ya no se use, pero queda el espíritu—, donde la servilleta de papel no limpia, sino que extiende la grasa con una eficiencia casi artística, y donde el camarero sabe que te has separado, que tu coche hace un ruido raro y que no soportas que te pongan la aceituna con hueso.

—Pues no se hable más —sentenció Alberto—. A mi terapia con aceitunas.

Caminaron tres calles, dejando atrás los locales de moda, esos que se llaman “The Corner” o “Green Life” y donde te cobran ocho euros por una cerveza artesana que sabe a mermelada de pimiento. Se adentraron en el barrio, donde las fachadas perdían el brillo del diseño y ganaban el carácter del tiempo. Allí, en una esquina que parecía resistirse a la gentrificación por puro orgullo castizo, estaba el “Bar Lolo”.

El rótulo de neón, al que le faltaba la ‘L’ final, parpadeaba con un ritmo cardiaco irregular. Era un lugar donde el tiempo se había detenido en algún momento de 1994 y no tenía ninguna intención de volver a ponerse en marcha. Al acercarse, el olor a fritura —ese perfume embriagador que mezcla calamares, bravas y la sabiduría acumulada de tres generaciones de freidoras— les dio la bienvenida antes de que cruzaran el umbral.

—Fíjate en el ecosistema, Borja —susurró Alberto antes de entrar—. Aquí no hay clientes, hay fieles. Mira a ese señor de la esquina, con la boina y el diario doblado. Lleva ahí desde que se inventó el cemento. No consume, habita.

—Y mira a Lolo —añadió Borja—. Ese hombre no sirve copas, imparte justicia divina tras la barra.

Entraron. El sonido de la máquina tragaperras, con su musiquilla hipnótica de selva amazónica y monedas cayendo, era la banda sonora oficial del local. No hubo necesidad de buscar mesa. En el Bar Lolo, las mesas te buscaban a ti, o mejor dicho, tú te integrabas en el paisaje. Nada más pisar el suelo de terrazo, una voz ronca, curtida en mil batallas contra el tabaco de los noventa y los gritos de los domingos de fútbol, tronó desde el fondo de la barra.

—¡Hombre, jefe! ¡Dichosos los ojos! ¿Qué pasa, que ya no nos quieres o qué?

Alberto sintió que un peso invisible se levantaba de sus hombros. Ese “jefe” era el bálsamo que su ego necesitaba. No importaba que su saldo bancario fuera discreto o que su puesto de trabajo fuera reemplazable por un algoritmo. En el Bar Lolo, Alberto era el jefe. Era el monarca absoluto de su taburete.

—Ya sabes cómo es esto, Lolo —respondió Alberto, acodándose en la barra con una familiaridad casi litúrgica—. El mundo exterior es una selva, pero aquí uno viene a que le pongan la corona.

Lolo, un hombre cuya edad era un misterio situado entre los cincuenta y los setecientos años, esbozó una sonrisa que era mitad complicidad y mitad picaresca. Con un movimiento de muñeca que habría envidiado un cirujano, agarró dos copas que brillaban bajo la luz fluorescente del local.

—Dos de las vuestras, ¿no? Frías como el corazón de una ex y con su espuma reglamentaria —dijo Lolo mientras el chorro de cerveza caía con la inclinación exacta, sin burbujas rebeldes, creando esa nube blanca y densa que es el sello de calidad de un bar de confianza.

—Y las aceitunas, Lolo. Que vengo con el espíritu seco —añadió Alberto.

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