Parte 1: El Despertar del Caos
La mañana en aquel piso del madrileño barrio de Malasaña no había empezado precisamente con el pie derecho. El sol de junio, ese que ya empieza a castigar el asfalto antes de que abran las panaderías, se filtraba por las rendijas de la persiana desvencijada, dibujando rayas de cebra sobre la colcha de cuadros. Javi, que todavía arrastraba los restos de un sueño confuso en el que era perseguido por un calamar gigante con la cara de su jefe, se desperezó soltando un gruñido que sonó a motor de gasoil antiguo. A su lado, Elena ni siquiera se había movido, o eso creía él.
—Buenos días, cariño —murmuró Javi, todavía con la voz pastosa y los ojos pegados.
Hizo el amago de abrazarla, buscando ese calor reconfortante del primer contacto matutino, pero el brazo solo encontró aire. Abrió un ojo, luego el otro, y se encontró con que Elena estaba sentada en el borde de la cama, perfectamente erguida, como una estatua de mármol que acaba de recibir una mala noticia por burofax. El silencio no era el habitual silencio de “cinco minutos más”, era un silencio espeso, de los que se cortan con un cuchillo de sierra y te dejan la mano temblando.
—¿Elena? ¿Estás bien? —preguntó Javi, incorporándose sobre los codos.
Ella se giró lentamente. Tenía esa mirada que Javi conocía bien: la mirada de “estoy analizando hasta tu última molécula y ninguna me gusta”.
—¿Cómo me has llamado? —soltó ella. Su voz era un hilo de acero, fino pero capaz de seccionar un tronco.
Javi parpadeó, desconcertado. Su cerebro todavía estaba intentando procesar el concepto de “café” y no estaba para sutilezas semánticas.
—Cariño. Te he dicho “buenos días, cariño”. ¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro?
Elena soltó una carcajada seca, de esas que no tienen nada de gracia y que suelen preceder a una tormenta de granizo emocional. Se levantó de la cama, se puso la bata de seda y empezó a caminar por la habitación como un león enjaulado en el Zoo de Madrid.
—No, antes de eso. Justo antes de que yo abriera los ojos. Cuando te has dado la vuelta en sueños y me has dado ese codazo en la costilla que todavía me duele. Has susurrado algo.
Javi sintió un escalofrío que le recorrió la columna. El miedo es libre, y en ese momento, el suyo acababa de ganar un maratón. Intentó hacer memoria. ¿Qué había dicho? En su sueño del calamar, recordaba haber gritado algo sobre una factura de la luz, pero nada más.
—Pues no sé… estaría soñando. Estaba con lo del calamar y…
—Me has llamado Beatriz —sentenció ella, deteniéndose en seco frente al espejo del tocador.
El nombre cayó en la habitación como una bomba de racimo. Javi se quedó helado. Su mente, en un acto de autodefensa desesperado, empezó a buscar en su base de datos personal quién demonios era Beatriz. ¿Una ex? No, su única ex conflictiva se llamaba Vanesa. ¿Una compañera de trabajo? Había una Bea en contabilidad, pero era una señora de sesenta años que olía a alcanfor y siempre le regañaba por perder los tiques del parking.
—¿Beatriz? ¿Seguro? —titubeó Javi—. A ver, Elena, que igual has oído mal. “Bea-triz”… “Be-at-riz”… Suena un poco a “voy a por el matiz” o “me pica la nariz”. Estaría diciendo algo de que me picaba la nariz. Es el polen, este año la arizónica viene fortísima, lo han dicho en el Telediario.
Elena se cruzó de brazos, apoyando el peso en una pierna, en esa pose que en España significa “miente, que me estoy entreteniendo”.
—No me vengas con las alergias primaverales, Javier. Ha sido un “Beatriz” claro, nítido, con todas sus letras. Un “Beatriz” con mayúscula y con acento en la complicidad. Me has llamado por otro nombre. En mi propia cama. En nuestra casa. Mientras roncabas como un bendito después de haberte cenado tres tacos de cochinita pibil.
—Pero vamos a ver, que es un nombre de santo, de toda la vida —intentó bromear él, cometiendo el error táctico de su vida—. Igual estaba soñando con la Divina Comedia. Ya sabes que yo soy muy de Dante. Muy de literatura clásica a las siete de la mañana.
—Tú lo único que tienes de Dante es que nuestra relación se está convirtiendo en un infierno ahora mismo —replicó ella, saliendo de la habitación hacia la cocina.
Javi saltó de la cama como si el colchón quemara. Sabía que si la dejaba llegar a la cocina sola, el café se convertiría en un interrogatorio de la Gestapo. Se puso unos calzoncillos que no hacían juego con nada y salió disparado tras ella.
La cocina era pequeña, una de esas joyas inmobiliarias donde si abres el horno no puedes abrir la nevera. Elena estaba peleándose con la cafetera italiana, metiendo el café con una violencia innecesaria. El ruido del metal contra el mármol sonaba a duelo de espadas.

—Elena, escúchame. Fue un error. Un lapsus. El cerebro hace cosas raras cuando duermes, mezcla conceptos, caras de gente que viste en el metro hace tres años, personajes de series de Netflix… —Javi se acercó con cautela, como quien intenta desactivar una mina anti-persona en pantuflas—. Fue un error sin importancia. No significa nada.
—Fue un error —repitió ella, dejando de presionar el café para mirarle fijamente—. Esa es la frase de manual, ¿verdad? “Fue un error”. Como el que se olvida de comprar el pan o el que aparca en carga y descarga. Pero llamar a tu pareja por otro nombre no es un error logístico, Javi. Los errores nacen del pensamiento.
Javi se quedó mudo. “Los errores nacen del pensamiento”. Aquello sonaba a frase de manual de autoayuda de gama alta o a sentencia de juez de la Audiencia Nacional.
—¿De dónde sacas eso? —preguntó él, rascándose la nuca—. Los errores nacen de que somos humanos y nos equivocamos. Yo anoche estaba cansado, me dolía la cabeza, ese calamar del sueño me tenía frito… Mi mente simplemente hizo un cortocircuito. No quise hacerlo, te lo juro por lo más sagrado, por la suscripción de la fibra óptica.
—No es cuestión de querer o no querer —continuó Elena, encendiendo el fuego con un clic seco—. El subconsciente no tiene filtros, Javi. El subconsciente es como ese borracho que dice la verdad en las bodas. Si ese nombre salió de tu boca, es porque estaba dando vueltas por tu cabeza. Las palabras no aparecen por generación espontánea. Beatriz está ahí, en algún rincón de tu lóbulo frontal, ocupando un espacio que se supone que es mío.
—¡Pero si no conozco a ninguna Beatriz! —exclamó él, levantando los brazos—. Bueno, a ver, conozco a Beatriz la de la panadería, que tiene bigote y me llama “niño”. Y a la infanta Beatriz, pero dudo que esté teniendo un affaire con la realeza en mis horas de sueño profundo. Es un nombre genérico. Es como llamar a alguien Paco o María. Es… es ruido blanco.
—Ruido blanco —murmuró ella, mientras el café empezaba a gorgotear con un sonido amenazante—. Qué poético. Beatriz es ruido blanco. Pues fíjate, que a mí ese ruido me suena a interferencia grave. Me suena a que mientras tú me abrazas, estás pensando en una “Bea” que a saber quién es, dónde vive y qué hace para que te acuerdes de ella a las seis de la mañana.
Javi se apoyó en la encimera, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos a la velocidad de un bólido de Fórmula 1. Sabía que Elena era de las que le daban vueltas a las cosas hasta que les sacaba punta por los dos lados, pero esto estaba escalando a niveles de crisis diplomática internacional.
—Mira, vamos a tomarnos el café tranquilos —propuso él con su mejor voz de negociador de rehenes—. Me ducho, se me despeja la neurona que me queda viva, y verás cómo luego nos reímos de esto. Es una tontería, de verdad. Una anécdota para contar en las cenas con amigos cuando queramos parecer una pareja con crisis existenciales interesantes.
Elena le sirvió una taza de café negro, sin azúcar, sin leche y casi sin esperanza. Se la puso delante con un golpe seco.
—Tómate el café, Javi. Pero no creas que esto se soluciona con una ducha. Porque mientras te enjabones, estaré pensando en por qué tu boca decidió que yo no era suficiente para ocupar todos tus sueños. Y sobre todo, estaré pensando en quién coño es Beatriz.
Javi dio un sorbo al café. Estaba hirviendo. Se quemó la lengua, pero no se quejó. El dolor físico era una bendición comparado con el lío mental en el que se acababa de meter sin comerlo ni beberlo. O mejor dicho, sin pensarlo. Porque según Elena, todo el problema era que, precisamente, lo había pensado demasiado.
Parte 2: El Desglose de la Sospecha
El desayuno transcurrió en un silencio que se podría haber embotellado y vendido como arma biológica. Javi miraba su tostada con la intensidad de un arqueólogo que acaba de encontrar un resto fenicio, evitando a toda costa cruzar la mirada con Elena. Ella, por su parte, leía el periódico en la tablet con una calma fingida, pasando las páginas con golpes secos del dedo índice que sonaban como bofetadas virtuales.
—¿Sabes qué es lo que más me fastidia? —soltó ella de repente, sin levantar la vista de una noticia sobre la cría del berberecho en Galicia.
—Dime —suspiró Javi, dejando caer los hombros. Ya sabía que la tregua del café era solo una ilusión óptica.
—Que me trates como si fuera una histérica de esas que salen en las comedias baratas. Como si “Beatriz” fuera un estornudo. Pero no, Javi. Los nombres tienen peso. Tienen historia. Tú no has dicho “esternocleidomastoideo” ni “metacrilato”. Has dicho un nombre de mujer. Y no cualquiera. Un nombre que suena a… a suavizante de ropa y a traición.
Javi se pasó la mano por la cara, estirándose la piel como si quisiera quitarse la máscara de sospechoso habitual.
—Elena, por favor. ¿Suavizante de ropa? Te estás montando una película que ni Almodóvar en sus mejores tiempos. No hay ninguna Beatriz. Si existiera, ¿no crees que tendría alguna pista? ¿Un mensaje en el móvil? ¿Un olor a perfume extraño? ¿Una tarjeta de visita escondida en el forro de la chaqueta?
—Oh, por favor, no seas tan básico —replicó ella, dejando la tablet sobre la mesa con un ruido sordo—. Hoy en día las infidelidades no huelen a Chanel número cinco. Son digitales. Son pensamientos latentes. Son fantasías que se escapan por la boca cuando el autocontrol se va de vacaciones al subconsciente.
—¡Que no es una fantasía! —insistió él, subiendo un poco el tono—. Que igual he oído el nombre en la radio antes de dormirme. O igual es por la serie esa que estamos viendo, la de los espías rusos. ¿No había una Beatriz en el capítulo de ayer?
—No. Había una Svetlana y una Tatiana. Ni rastro de ninguna Beatriz.
Javi se quedó atrapado en su propia mentira improvisada. Maldijo su mala memoria para los repartos de las series.
—Pues… pues sería de la temporada anterior. El caso es que te estás agarrando a un clavo ardiendo. Me llamas “Javier” cuando estás enfadada, y yo no te monto un pollo diciendo que me recuerdas a mi padre.
—No es lo mismo y lo sabes perfectamente —dijo ella, levantándose para recoger los platos—. Lo mío es una denominación oficial. Lo tuyo ha sido una invocación. Has invocado a otra mujer en nuestro santuario.
Elena empezó a fregar los platos con una energía renovada. El estropajo echaba humo. Javi decidió que lo mejor era alejarse de la zona de conflicto y se fue al baño. Mientras se afeitaba, se miró al espejo y se preguntó si realmente se estaba volviendo loco. ¿Y si Elena tenía razón? ¿Y si su cerebro le estaba ocultando información a sí mismo? Empezó a repasar mentalmente a todas las mujeres que conocía.
“Beatriz… Beatriz… Vamos, Javi, piensa”.
Había una Beatriz que trabajaba en la biblioteca de la universidad hace diez años. Tenía unas gafas de pasta y una mala leche legendaria. No, imposible. Luego estaba la prima de su cuñado, pero solo la veía en Navidad y lo único que recordaba de ella era que hacía unas croquetas de cocido aceptables. Tampoco.
—¡Javi! —gritó Elena desde el pasillo.
Él se pegó un tajo con la cuchilla en la barbilla. Un hilo de sangre roja y brillante empezó a bajar por su cuello.
—¡¿Qué?! —respondió él, tapándose la herida con un trozo de papel higiénico.
Elena apareció en el marco de la puerta. Tenía el móvil de Javi en la mano. A Javi se le paró el corazón. No es que tuviera nada que ocultar, pero en el móvil de cualquiera hay material suficiente para que un fiscal te pida cadena perpetua si lo saca de contexto.
—¿Por qué tienes un contacto que se llama “B. El de la moto”? —preguntó ella, enseñándole la pantalla.
Javi soltó un suspiro de alivio que casi apaga la luz del baño.
—Porque es Borja, el del taller. El que me arregló el embrague el mes pasado. Le puse “B. El de la moto” para no confundirlo con Borja el del gimnasio, que es un pesado y me quiere vender batidos de proteínas cada vez que me ve.
—¿Seguro que es Borja? —insistió ella, entrecerrando los ojos—. ¿No será “Beatriz, la de la moto”? Una mujer motera, rebelde, que usa cuero y te susurra cosas al oído mientras circuláis por la M-30…
—Elena, por el amor de Dios. Borja pesa cien kilos, tiene barba de tres días y huele a aceite de motor y a tabaco de liar. Si quieres le llamamos ahora mismo y le pides que te recite un poema, a ver si te suena a Beatriz.
Ella le devolvió el móvil con un gesto de desdén.
—Podrías haberle cambiado el nombre para despistar. Es el truco más viejo del mundo. Guardar a la amante como “Talleres Pepe” o “Seguros Mapfre”.
—¡Que no tengo ninguna amante! —gritó Javi, ya desesperado—. Que me levanto a las siete, trabajo ocho horas delante de un ordenador, voy al súper, vuelvo a casa, saco la basura y veo series contigo hasta que me quedo frito. ¿De dónde voy a sacar tiempo para una Beatriz motera? ¿De mis horas de sueño? ¡Ah, claro, por eso la llamo en sueños, porque es el único momento en que nos vemos! ¡Es mi novia onírica!
—No te hagas el gracioso, que no te sale —cortó ella—. El hecho es que me has llamado por otro nombre. Y eso significa que en algún lugar de tu cabeza, yo he dejado de ser la protagonista. Te has vuelto perezoso, Javi. Te has acomodado tanto que ya ni te molestas en recordar con quién estás durmiendo.
Javi se miró al espejo. El trocito de papel higiénico en su barbilla ya estaba empapado en sangre. Se sentía como un boxeador sonado contra las cuerdas, recibiendo ganchos de izquierda y de derecha de una oponente que no necesitaba guantes.
—¿Perezoso? —repitió él—. Elena, te traigo el desayuno a la cama los domingos. Te escucho cuando me cuentas los dramas de tu oficina durante dos horas seguidas. Te acompaño a ver exposiciones de arte contemporáneo que consisten en un montón de arena y un zapato viejo. ¿Eso es ser perezoso?
—Eso es mantenimiento de rutina —replicó ella sin inmutarse—. Pero el subconsciente es el que hace la auditoría real. Y tu auditoría ha dado un resultado negativo: Beatriz.
Javi se lavó la cara, intentando mantener la calma. Sabía que esta discusión no iba de un nombre. Iba de todas esas pequeñas grietas que se van formando en una relación con el paso del tiempo, esas que uno tapa con un poco de masilla y pintura, pero que siguen ahí debajo. El nombre equivocado solo había sido el terremoto que había hecho saltar el yeso.
—Mira —dijo Javi, saliendo del baño ya vestido para ir a trabajar—. Me voy a la oficina. Necesito aire. Y tú necesitas… no sé, dejar de ver conspiraciones donde solo hay un cruce de cables mental. Esta tarde hablamos más tranquilos.
—Vete, vete —dijo Elena, cruzándose de brazos en el salón—. Vete a buscar a tu Beatriz. Dile que le manda recuerdos la “otra”.
—¡Que no hay ninguna Beatriz! —bramó él antes de cerrar la puerta con un golpe que hizo vibrar el cuadro del perro jugando al póker que tenían en el pasillo.
Mientras bajaba las escaleras, Javi sentía que la cabeza le iba a estallar. ¿Cómo era posible que una sola palabra hubiera dinamitado su mañana de aquella manera? Caminó hacia el metro con el paso acelerado, esquivando a los vecinos y a los turistas que ya empezaban a poblar las calles. En el vagón del metro, apretujado entre un señor que leía el Marca y una chica que escuchaba reggaetón a todo volumen, Javi cerró los ojos.
“Beatriz… ¿quién coño eres, Beatriz?”.
De repente, una imagen le vino a la mente. Una imagen de hace años. Una cara borrosa, una risa en un bar de copas, una noche de verano en un pueblo de la costa. ¿Se llamaba Beatriz? No, se llamaba Belén. O quizá… ¿Bárbara? Sacudió la cabeza para espantar el pensamiento. Estaba empezando a dudar de sus propios recuerdos. Estaba entrando en el juego de Elena, y eso era lo más peligroso que podía hacer.
Al llegar a la oficina, se sentó frente a su ordenador. Tenía cincuenta correos sin leer, un informe de ventas que entregar antes del mediodía y una reunión por Skype con la delegación de Barcelona. Pero solo podía pensar en una cosa. Abrió el buscador de Google y, con los dedos temblorosos, escribió: “Lapsus linguae nombres pareja causas”.
Los resultados no fueron alentadores. “Tu pareja te llama por otro nombre: ¿señal de infidelidad o simple error?”. “El subconsciente delata lo que el corazón oculta”. Javi cerró la pestaña rápidamente cuando vio que su jefe pasaba por detrás.
—¿Todo bien, Javi? —preguntó el jefe, un hombre que se peinaba con tres pelos largos de un lado a otro para tapar la calva—. Te veo un poco pálido.
—Sí, sí, todo bien, Luis. Es solo que no he dormido muy allá.
—Ah, ya te entiendo. Mi mujer también está con el tema del aire acondicionado. Que si lo pongas, que si lo quites… Al final uno no descansa. Por cierto, ¿has terminado lo de la cuenta de Beatriz?
Javi se quedó petrificado. El mundo se detuvo. Los ventiladores del techo parecieron dejar de girar.
—¿La cuenta de… de quién? —preguntó con un hilo de voz.
—De Beatriz. La nueva clienta de la agencia de publicidad. La de los zumos ecológicos. Te pasé el dossier ayer por la tarde, justo antes de irnos. ¿No lo viste?
Javi sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Ahí estaba. La explicación. La prueba de su inocencia. La redención hecha zumo ecológico. El nombre había estado ahí todo el tiempo, flotando en su cerebro, depositado por su jefe en las últimas horas de la jornada anterior.
—¡Claro! ¡Beatriz! —exclamó Javi, casi saltando de la silla—. ¡Los zumos! ¡Por supuesto!
El jefe le miró como si Javi se hubiera vuelto loco de repente.
—Bueno, pues a ver si tenemos el borrador para la reunión de las dos. No te emociones tanto, que solo son zumos, no es que hayamos ganado la cuenta de Coca-Cola.
Javi no le escuchaba. Sacó el móvil y empezó a escribir un mensaje a Elena a la velocidad del rayo. Tenía que decírselo. Tenía que demostrarle que su subconsciente era un profesional impecable que incluso dormido estaba pensando en la rentabilidad de la empresa. Pero justo cuando iba a darle a “enviar”, se detuvo.
¿Sería suficiente? Conociendo a Elena, igual le decía que su obsesión por el trabajo era tal que ya prefería a sus clientes antes que a ella. O peor aún, que había usado la excusa de la clienta para camuflar a la Beatriz real.
Javi borró el mensaje. Tenía que ser más inteligente. Tenía que llevar pruebas. Tenía que llevar el dossier de los zumos ecológicos como si fuera el Santo Grial.
Parte 3: La Estrategia del Contraataque
La mañana en la oficina fue un suplicio de horas que se estiraban como chicle. Javi no podía concentrarse en los gráficos de barras ni en las tablas dinámicas. Cada vez que leía el nombre “Beatriz” en el dossier de los zumos, sentía un tic nervioso en el párpado izquierdo. La clienta en cuestión, una tal Beatriz Sandoval, aparecía en la foto de perfil del proyecto como una mujer de mediana edad, con una sonrisa profesional y un collar de perlas que gritaba “empresa familiar con éxito”. No era, desde luego, la motera rebelde que Elena se había imaginado.
“Tengo que jugar bien mis cartas”, pensó Javi mientras devoraba un sándwich de máquina que sabía a cartón húmedo.
Sabía que Elena no se conformaría con una explicación sencilla. En su mente, el conflicto ya había adquirido dimensiones épicas. Tenía que presentar la evidencia de una manera que no pareciera una excusa barata fabricada a última hora.
A las dos de la tarde, durante la reunión, Javi estuvo más brillante que nunca. Habló de “posicionamiento de marca”, de “target emocional” y de “fidelización de la clienta Beatriz”. Cada vez que pronunciaba su nombre, lo hacía con una entonación tan profesional y aséptica que esperaba que, por algún tipo de telepatía cuántica, Elena sintiera que el nombre Beatriz era sinónimo de aburrimiento laboral y no de pasión clandestina.
Cuando por fin terminó la jornada, Javi salió de la oficina cargado con una carpeta llena de documentos y un par de muestras de los dichosos zumos (uno de manzana y kale que tenía un color verde radiactivo bastante sospechoso). Caminó hacia casa con la determinación de un soldado que vuelve del frente con un tratado de paz firmado.
Al entrar en el piso, se encontró con un escenario que no esperaba. Elena no estaba gritando, ni llorando, ni haciendo las maletas. Estaba sentada en el sofá, con una copa de vino tinto en la mano y viendo un documental sobre crímenes reales en la televisión.
—Hola —dijo él, cerrando la puerta con cuidado.
—Hola —respondió ella sin apartar la vista de la pantalla, donde un forense explicaba cómo identificar restos óseos en un pantano.
—Traigo noticias. Y zumos.
Elena arqueó una ceja, pero no dijo nada. Javi se acercó al sofá y dejó la carpeta sobre la mesa de centro, justo encima de una revista de decoración.
—He descubierto quién es Beatriz —anunció, dándole un toque dramático a la frase.
Ella se giró lentamente, mirándole con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
—¿Ah, sí? ¿Ha confesado ella o has tenido que usar el polígrafo?
—Es una clienta, Elena. Una clienta nueva que entró ayer por la tarde, justo antes de salir de la oficina. Estuve leyendo su expediente hasta las ocho. Se llama Beatriz Sandoval. Es la dueña de una empresa de zumos ecológicos. Por eso tenía el nombre grabado en el cerebro. No era una fantasía, era estrés laboral. Mi subconsciente no estaba pecando, estaba trabajando horas extras sin cobrar.
Javi abrió la carpeta y le mostró la foto de la mujer del collar de perlas. Elena la miró durante unos segundos, analizando cada detalle de la imagen como si buscara un mensaje oculto en el código de barras de los zumos.
—Vaya —dijo ella finalmente—. Así que Beatriz es una señora que hace zumos de espinacas.
—Exacto. Una señora muy seria y muy poco sugerente. ¿Ves? Te dije que era un error nacido del pensamiento, pero de un pensamiento productivo.
Javi se sentó a su lado, sintiéndose victorioso. Esperaba un abrazo, una disculpa, o al menos un “bueno, vale, te creo”. Pero Elena se quedó pensativa, dando un sorbo a su vino.
—Eso solo confirma mi teoría —dijo ella de repente.
—¿Qué? ¿Qué teoría? —Javi sintió que la victoria se le escurría entre los dedos.
—Que los errores nacen del pensamiento —repitió ella con parsimonia—. Si el nombre de esa mujer estaba en tu cabeza hasta el punto de que lo gritaste en sueños, es porque le das más importancia a tu trabajo y a esa Beatriz de los zumos que a tu propia pareja. Estás tan absorbido por tu carrera que hasta en el descanso más profundo, ella tiene prioridad sobre mí.
Javi se quedó con la boca abierta. Era el “movimiento de judo” definitivo: usar la propia fuerza del adversario para derribarlo.
—Elena, por favor… ¡Es mi trabajo! Si no me aprendo los nombres de los clientes, nos despiden y no podemos pagar el alquiler de este piso tan bonito donde me montas estos pollos por nada.
—No es por nada, Javi. Es por lo que representa. Que me llames por otro nombre, aunque sea el de una clienta de zumos, significa que hay un desplazamiento. He dejado de ser tu centro. Ahora tu centro es la facturación del tercer trimestre y las perlas de la señora Sandoval.
—Pero si te acabo de demostrar que no hay otra mujer… —balbuceó él.
—Físicamente no. Pero psicológicamente, Beatriz Sandoval ha dormido con nosotros esta noche. Y eso, querido, es una forma de infidelidad corporativa.
Javi se levantó del sofá, frustrado. Empezó a dar vueltas por el salón, gesticulando de forma errática.
—¡Es increíble! ¡No hay forma de ganar contigo! Si hubiera sido una amante, me matas. Como es una clienta, me acusas de abandono emocional por culpa del capitalismo. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me lobotomice y solo guarde tu nombre en la memoria? “Elena, Elena, Elena”, y si alguien me pregunta la hora, le digo “son las Elena y media”. ¿Eso te dejaría tranquila?
—No exageres —dijo ella, aunque por primera vez se le escapó una pequeña sonrisa—. Solo digo que la mente revela secretos. Y tu secreto es que estás estresado, distante y que necesitas unas vacaciones. Conmigo. No con la de los zumos.
Javi se detuvo y la miró. Vio esa chispa en sus ojos que indicaba que la tormenta estaba pasando, pero que el precio de la paz iba a ser alto.
—Vacaciones —repitió él—. ¿Eso es lo que quieres?
—Es lo que necesitamos. Para que cuando cierres los ojos, lo único que veas sea el mar… y a mí. Sin dossiers, sin clientes y sin nombres de desconocidas flotando por el ambiente.
—Vale. De acuerdo. Vacaciones —claudicó Javi—. ¿Dónde quieres ir? Pero por favor, que sea un sitio donde no vendan zumos ecológicos.
Elena se levantó y se acercó a él, rodeándole el cuello con los brazos. El olor de su perfume, el de siempre, volvió a llenar el espacio que antes ocupaba la tensión.
—Había pensado en la costa. Algún sitio tranquilo. Por cierto, Javi…
—¿Dime?
—La señora de los zumos… ¿me has dicho que se llamaba Beatriz Sandoval, no?
—Sí, eso pone en el dossier. ¿Por qué?
Elena le miró fijamente a los ojos, con una intensidad que volvió a ponerle los pelos de punta.
—Porque en la carpeta que has traído, el nombre que pone en letras grandes es “Zumos Natura: Proyecto de expansión de María García”.
Javi sintió un sudor frío. Miró la carpeta sobre la mesa. Efectivamente, en la portada ponía “María García”. El nombre de Beatriz Sandoval estaba en una nota adhesiva pequeña, en una esquina, referida a una consultora externa.
—Ah… esto… —Javi empezó a sudar—. Es que… Beatriz es la jefa de María. O… o María es el nombre de la empresa pero la dueña es Beatriz…
—La mente revela secretos, Javi —susurró ella al oído, antes de soltarlo y caminar hacia la cocina—. Y parece que tu mente tiene una agenda mucho más apretada de lo que me cuentas.
Javi se quedó solo en el salón, mirando la carpeta. ¿Cómo se había podido equivocar tanto? ¿De dónde había salido el nombre de Beatriz si la clienta principal era María? Empezó a hojear los papeles frenéticamente. Beatriz… Beatriz… ¡No aparecía por ninguna parte!
Fue entonces cuando lo recordó.
Parte 4: La Revelación Final
Javi se quedó petrificado en medio del salón, con la carpeta de “Zumos Natura” temblando en sus manos. El silencio que venía de la cocina, donde Elena estaba abriendo una bolsa de patatas fritas con una parsimonia aterradora, era el preludio de un apocalipsis doméstico.
—¡Javi! —gritó ella desde la cocina—. ¿Quieres patatas o vas a seguir ahí fuera intentando inventarte una biografía para esa tal Beatriz que no aparece en tus papeles?
Javi no respondió. Su cerebro, en un último esfuerzo de supervivencia, acababa de conectar dos cables que habían estado sueltos durante años. No era el trabajo. No era la radio. No era una serie de espías rusos.
—¡Ya lo tengo! —exclamó él, entrando en la cocina como si hubiera descubierto la vacuna contra la estupidez humana—. ¡Ya sé quién es Beatriz! ¡Y no me lo vas a creer!
Elena, que estaba volcando las patatas en un bol, le miró con una ceja tan levantada que casi se le pierde en el flequillo.
—A ver, ilumíname. ¿Es un espíritu que te posee por las noches? ¿Tu ángel de la guarda que ha decidido ponerse un nombre de los años cincuenta?
—Es tu madre, Elena.
El silencio que siguió a esa frase fue tan absoluto que se podía oír el zumbido de la nevera a tres kilómetros de distancia. Elena se quedó con una patata a medio camino de la boca.
—¿Perdona? —dijo ella, con una voz que bajó tres octavas—. Mi madre se llama Carmen. De toda la vida. A menos que me lleves ocultando algo muy grave sobre mis orígenes durante los últimos cinco años.
—No, no, tu madre no. ¡Mi suegra! O sea, tu madre para el mundo, pero para su familia… ¡Su segundo nombre es Beatriz! ¡Carmen Beatriz! Me lo dijiste tú el mes pasado, cuando estuvimos rellenando aquellos papeles para el seguro de decesos de tu tía abuela. Me reí porque dije que “Beatriz” no le pegaba nada porque ella es muy… bueno, muy Carmen.
Elena se quedó congelada. Empezó a parpadear rápidamente, como un ordenador intentando procesar una actualización corrupta.
—Mi madre… Carmen Beatriz… —murmuró ella.
—¡Sí! Y anoche, justo antes de dormir, me enviaste un WhatsApp diciendo que teníamos que ir a comer a su casa este domingo. Me quedé con el runrún de la visita, del nombre raro que nunca usa, y de que me habías dicho que ella estaba “muy pesada con el tema de la limpieza del jardín”. Mi subconsciente mezcló el agobio de la suegra con el nombre que me hizo gracia y… ¡pum! Solté el Beatriz.
Javi se sentía como si acabara de ganar el Premio Nobel de la Paz y la Champions League en el mismo día. La explicación era perfecta. Era real. Y lo mejor de todo: era culpa de ella por querer ir a comer con su madre.
Elena dejó el bol de patatas sobre la encimera. Se pasó la mano por la cara, soltando un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
—Carmen Beatriz —repitió, casi para sí misma—. Es verdad. Se lo puso mi abuela por una tía de Cuenca que tenía tierras. Dios mío, Javi… ¿Me estás diciendo que me has montado este drama matutino porque estabas soñando con mi madre?
—No estaba soñando con ella en plan romántico, ¡por Dios! Estaba soñando que me perseguía para que podara los geranios, probablemente. La mente revela secretos, Elena, y el secreto es que tu madre me impone respeto hasta cuando duermo.
Elena empezó a reírse. Primero fue una risita nerviosa, de esas que salen por la nariz, pero pronto se convirtió en una carcajada limpia que inundó la cocina. Se apoyó en la nevera, tapándose la cara con las manos.
—Eres un idiota, Javi. Un idiota integral. Me has tenido toda la mañana pensando que tenías una doble vida con una motera o con una empresaria de zumos, y resulta que el “otro nombre” era el segundo nombre de mi madre, la que hace ganchillo viendo el Pasapalabra.
Javi se acercó a ella y la abrazó, esta vez de verdad, sintiendo que el peso del mundo se levantaba de sus hombros.
—Te lo dije. Fue un error. Un error tonto nacido de un pensamiento sobre una comida de domingo que preferiría evitar. ¿Me perdonas?
Elena se separó un poco, mirándole con ojos brillantes pero con una última pizca de esa ironía que la caracterizaba.
—Te perdono lo del nombre. Pero que sepas que ahora, cada vez que mi madre te pida que le ayudes con algo, te voy a llamar “Beatriz” yo a ti. Para que no se te olvide.
—Acepto el trato —rio Javi—. Pero por favor, vamos a pedir una pizza. No quiero saber nada de zumos ecológicos, ni de dossiers, ni de Carmen Beatriz hasta mañana por lo menos.
—Hecho. Pero la pido yo. No vaya a ser que te equivoques y pidas una con ingredientes que solo le gusten a “la otra”.
Se quedaron ahí, en la cocina, mientras la luz del atardecer madrileño empezaba a teñir las paredes de naranja. La tensión se había disuelto como un azucarillo en un café demasiado caliente. Javi se dio cuenta de que, en el fondo, Elena tenía razón: la mente revela secretos. Pero a veces, esos secretos no son grandes traiciones ni pasiones ocultas, sino simplemente las pequeñas grietas de la cotidianidad, los miedos absurdos a las comidas familiares y la increíble capacidad que tenemos los seres humanos para complicarnos la existencia por una sola palabra dicha a destiempo.
Mientras Elena buscaba el número de la pizzería en el móvil, Javi miró por la ventana. Malasaña seguía ahí fuera, ruidosa y caótica. Pensó en cuántas parejas estarían en ese mismo momento discutiendo por un mensaje mal interpretado, por un “like” en Instagram o por un nombre susurrado entre sueños.
—Oye, Javi —dijo Elena sin levantar la vista del móvil—. ¿Qué pizza quieres? ¿La de cuatro quesos o la “Especial de la Casa”?
—La que quieras, cariño. Mientras no lleve piña… o espinacas de las de Beatriz Sandoval.
—Admitamos una cosa —dijo ella, guardando el móvil después de hacer el pedido—. Lo de la clienta de los zumos ha sido un intento de defensa muy pobre. Casi me convences de que eras un adicto al trabajo para tapar que simplemente te habías hecho un lío con el nombre de mi madre.
—Oye, que lo de los zumos era verdad, ¡el dossier está ahí! —se defendió él, señalando la carpeta—. Simplemente mi cerebro eligió el nombre más exótico que encontró en la base de datos de “nombres que no son Elena”.
—Ya, ya… La mente revela secretos, Javi. Y el tuyo es que, bajo esa capa de hombre moderno y seguro de sí mismo, hay un tipo que le tiene pánico a que su suegra le obligue a repetir postre.
—Culpable —dijo él, levantando las manos.
Cenaron la pizza sentados en el suelo del salón, viendo una película mala de los ochenta y riéndose de lo absurdo de su propia mañana. La crisis de “Beatriz” pasó a formar parte del folclore de su relación, una de esas historias que se cuentan entre risas cuando ya ha pasado el peligro.
Sin embargo, antes de quedarse dormido esa noche, Javi sintió un pequeño escalofrío. Se aseguró de cerrar bien la boca y de no pensar en nada que no fuera estrictamente “Elena”. Porque sabía que, en la oscuridad del dormitorio, el subconsciente no descansa, y nunca se sabe qué nombre extraño puede estar esperando a la vuelta de un sueño para volver a poner su mundo del revés.
—Buenas noches, Elena —susurró con cuidado, enfatizando cada sílaba.
—Buenas noches, Javi… o Beatriz, o como quieras llamarte hoy —respondió ella con un bostezo, dándose la vuelta.
Javi sonrió en la oscuridad. La tormenta había pasado, pero la lección estaba clara: en el amor, como en el lenguaje, un solo error puede ser el principio de una gran historia o el final de una tranquilidad muy trabajada. Y él, por si acaso, decidió que a partir de ahora, su suegra pasaría a llamarse simplemente “la madre de Elena” hasta en sus pensamientos más profundos.