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El Despertar del Caos

Parte 1: El Despertar del Caos

La mañana en aquel piso del madrileño barrio de Malasaña no había empezado precisamente con el pie derecho. El sol de junio, ese que ya empieza a castigar el asfalto antes de que abran las panaderías, se filtraba por las rendijas de la persiana desvencijada, dibujando rayas de cebra sobre la colcha de cuadros. Javi, que todavía arrastraba los restos de un sueño confuso en el que era perseguido por un calamar gigante con la cara de su jefe, se desperezó soltando un gruñido que sonó a motor de gasoil antiguo. A su lado, Elena ni siquiera se había movido, o eso creía él.

—Buenos días, cariño —murmuró Javi, todavía con la voz pastosa y los ojos pegados.

Hizo el amago de abrazarla, buscando ese calor reconfortante del primer contacto matutino, pero el brazo solo encontró aire. Abrió un ojo, luego el otro, y se encontró con que Elena estaba sentada en el borde de la cama, perfectamente erguida, como una estatua de mármol que acaba de recibir una mala noticia por burofax. El silencio no era el habitual silencio de “cinco minutos más”, era un silencio espeso, de los que se cortan con un cuchillo de sierra y te dejan la mano temblando.

—¿Elena? ¿Estás bien? —preguntó Javi, incorporándose sobre los codos.

Ella se giró lentamente. Tenía esa mirada que Javi conocía bien: la mirada de “estoy analizando hasta tu última molécula y ninguna me gusta”.

—¿Cómo me has llamado? —soltó ella. Su voz era un hilo de acero, fino pero capaz de seccionar un tronco.

Javi parpadeó, desconcertado. Su cerebro todavía estaba intentando procesar el concepto de “café” y no estaba para sutilezas semánticas.

—Cariño. Te he dicho “buenos días, cariño”. ¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro?

Elena soltó una carcajada seca, de esas que no tienen nada de gracia y que suelen preceder a una tormenta de granizo emocional. Se levantó de la cama, se puso la bata de seda y empezó a caminar por la habitación como un león enjaulado en el Zoo de Madrid.

—No, antes de eso. Justo antes de que yo abriera los ojos. Cuando te has dado la vuelta en sueños y me has dado ese codazo en la costilla que todavía me duele. Has susurrado algo.

Javi sintió un escalofrío que le recorrió la columna. El miedo es libre, y en ese momento, el suyo acababa de ganar un maratón. Intentó hacer memoria. ¿Qué había dicho? En su sueño del calamar, recordaba haber gritado algo sobre una factura de la luz, pero nada más.

—Pues no sé… estaría soñando. Estaba con lo del calamar y…

—Me has llamado Beatriz —sentenció ella, deteniéndose en seco frente al espejo del tocador.

El nombre cayó en la habitación como una bomba de racimo. Javi se quedó helado. Su mente, en un acto de autodefensa desesperado, empezó a buscar en su base de datos personal quién demonios era Beatriz. ¿Una ex? No, su única ex conflictiva se llamaba Vanesa. ¿Una compañera de trabajo? Había una Bea en contabilidad, pero era una señora de sesenta años que olía a alcanfor y siempre le regañaba por perder los tiques del parking.

—¿Beatriz? ¿Seguro? —titubeó Javi—. A ver, Elena, que igual has oído mal. “Bea-triz”… “Be-at-riz”… Suena un poco a “voy a por el matiz” o “me pica la nariz”. Estaría diciendo algo de que me picaba la nariz. Es el polen, este año la arizónica viene fortísima, lo han dicho en el Telediario.

Elena se cruzó de brazos, apoyando el peso en una pierna, en esa pose que en España significa “miente, que me estoy entreteniendo”.

—No me vengas con las alergias primaverales, Javier. Ha sido un “Beatriz” claro, nítido, con todas sus letras. Un “Beatriz” con mayúscula y con acento en la complicidad. Me has llamado por otro nombre. En mi propia cama. En nuestra casa. Mientras roncabas como un bendito después de haberte cenado tres tacos de cochinita pibil.

—Pero vamos a ver, que es un nombre de santo, de toda la vida —intentó bromear él, cometiendo el error táctico de su vida—. Igual estaba soñando con la Divina Comedia. Ya sabes que yo soy muy de Dante. Muy de literatura clásica a las siete de la mañana.

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