Lucía siempre había creído que los domingos por la mañana tenían un aroma específico: una mezcla entre café recién hecho, sábanas limpias y ese silencio sepulcral que solo se rompe por el camión de la basura o algún vecino especialmente motivado con el bricolaje. Pero aquel domingo de mayo, el aire en su pequeño piso de Chamberí olía a algo mucho más amargo. Olía a traición pixelada.
Eran las diez y cuarto. Lucía, con un ojo todavía pegado y el otro intentando enfocar la pantalla de su móvil, hizo el gesto que ha condenado a media humanidad a la insatisfacción crónica: deslizar el dedo hacia abajo para refrescar el muro de Instagram. Entre un anuncio de freidoras de aire y la foto de un “brunch” estéticamente perfecto de una compañera de colegio a la que no veía desde la ESO, apareció ella. Marta.
Marta estaba radiante. Lucía tuvo que entrecerrar los ojos para procesar la imagen. Allí estaba su “mejor amiga”, posando frente al espejo de un baño que no era el suyo, con una luz sospechosamente favorecedora y, lo más importante, con el vestido.
No era un vestido cualquiera. Era el vestido de seda verde esmeralda que Lucía se había comprado en un arrebato de optimismo financiero en una boutique de la calle Jorge Juan hacía tres meses. Un diseño con una caída perfecta, un escote que Lucía llamaba “de riesgo controlado” y una espalda descubierta que gritaba “soy una mujer empoderada que no necesita sujetador”. El problema no era que el vestido le quedara bien a Marta —que, para joder más, le quedaba de escándalo—, sino que Lucía aún no lo había estrenado. Lo guardaba con el celo de un coleccionista de arte, esperando “la ocasión”.
— No puede ser —susurró Lucía, sintiendo cómo un calorcito ácido le subía por el esófago—. No me lo puedo creer. La madre que la parió.
Se sentó en la cama de golpe, ignorando el ligero mareo de la deshidratación post-sábado. Amplió la foto. Sí, era el suyo. Reconocía la pequeña imperfección en el dobladillo que solo ella conocía. Y ahí estaba la descripción de la foto, con ese tono de falsa modestia que Marta dominaba a la perfección: “A veces solo necesitas el color adecuado para brillar. ✨ #NochesMagicas #GreenVibes #SinFiltros”.
— ¿Sin filtros? ¡Lo que no tienes es vergüenza, tía! —le gritó Lucía a la pantalla, como si el algoritmo de Zuckerberg fuera a transmitirle el mensaje directamente al tímpano de Marta.
La indignación de Lucía no era solo materialista. Era una cuestión de principios. En el código no escrito de las amigas de Madrid, coger ropa sin preguntar es el equivalente diplomático a una declaración de guerra. Pero coger el vestido sagrado, el que todavía tenía la etiqueta escondida bajo la axila para que no se viera, eso era un crimen de lesa humanidad.
Lucía empezó a teclear. Borró. Volvió a teclear. No podía parecer una loca, pero tampoco una alfombra. Decidió llamar a Bea, la tercera en discordia del grupo, para confirmar que no estaba perdiendo el juicio.
— ¿Lo has visto? —fue lo primero que dijo Lucía en cuanto Bea descolgó. — Buenos días a ti también, Lu. ¿El qué he visto? ¿Lo de que han subido el precio del abono transporte otra vez? — ¡No, joder! El Instagram de Marta. — Ah… —Bea hizo una pausa dramática. Se escuchó el sonido de alguien removiendo un yogur—. Sí, lo he visto. Te iba a preguntar si se lo habías dejado tú o si es que ahora los regalan con el Pack Ahorro del Carrefour. — ¡Sabes perfectamente que es el mío! El de la boda de mi prima a la que al final no fui porque me dio un parraque de ansiedad. Está en mi armario… o debería estarlo. — Pues a ver, Lu, por la foto parece que está en una terraza de Malasaña bebiéndose un mojito con Marta dentro. Y te digo una cosa, le hace un culo… — ¡Bea! No me ayudes. ¿Cómo cojones ha entrado en mi casa? — Tienes que dejar de dar copias de tus llaves como si fueran flyers de una discoteca, cariño. Se la diste para que regara las plantas cuando te fuiste a aquel retiro de yoga que duró dos días porque dijiste que echabas de menos el gluten.
Lucía cerró los ojos y se masajeó las sienes. Era verdad. Las plantas. Aquellas suculentas que Marta probablemente había dejado morir de sed mientras se probaba toda su colección de primavera-verano frente al espejo.
— Me voy para allá —sentenció Lucía. — ¿A casa de Marta? Tía, son las diez de la mañana. Va a estar con una resaca de campeonato. Déjalo para el café de la tarde. — No. La venganza es un plato que se sirve frío, pero el vestido se tiene que recuperar en caliente antes de que le eche un lamparón de vino tinto o, peor aún, lo meta en la lavadora a sesenta grados y me devuelva una camiseta para un Chihuahua.
Lucía se vistió a toda prisa, con lo primero que encontró: unos leggins que habían visto tiempos mejores y una sudadera de la universidad. No importaba su aspecto; ella iba en misión de rescate. Mientras bajaba las escaleras, ignorando el ascensor que siempre olía a tabaco rancio del vecino del tercero, su cerebro empezó a conectar puntos.
Marta siempre había sido un poco “liberal” con la propiedad privada. En la facultad, se “olvidaba” de devolver los subrayadores fluorescentes. Después fueron los libros. Luego, algún que otro par de pendientes “que pegaban mucho con sus botas”. Pero esto era otro nivel. ¿Por qué subir la foto? Eso era lo que más le escocía a Lucía. Era como marcar territorio. Como decir: “Lo que es tuyo, es mío, y además me queda mejor”.
Al salir a la calle, el sol de Madrid le pegó en la cara con esa intensidad que te recuerda que la primavera dura tres días antes de que el asfalto empiece a derretirse. Caminó hacia la parada del autobús, con el pulso a cien. De camino, volvió a mirar el móvil. El post de Marta ya tenía doscientos “likes”. Entre ellos, uno que le dolió especialmente: el de Javi, su novio.
Javi no solo le había dado a “me gusta”, sino que había comentado con un emoji de una flama. Una simple llamita de fuego. Lucía se detuvo en seco en mitad de la acera, obligando a un señor con un carlino a esquivarla bruscamente.
— ¿Una llama? —masculló—. Javi, ¿en serio? Tú no comentas mis fotos de paisajes ni aunque te paguen el abono del Real Madrid, ¿y a ella le pones una puta llama?
La ira de Lucía mutó. Ya no era solo una cuestión de etiqueta textil. Había algo en el ambiente que olía a chamusquina, y no precisamente por el emoji de Javi. Una punzada de duda, fina como una aguja, se le clavó en el estómago. Marta y Javi siempre se habían llevado bien. Demasiado bien. Javi decía que Marta era “un personaje”, que le hacía mucha gracia su forma de hablar. Lucía siempre lo había visto como algo inofensivo, la típica relación de “el novio de mi amiga es como mi hermano”. Pero ahora, viendo la foto del vestido verde y la llama de Javi, las piezas del puzzle empezaban a encajar de una forma que no le gustaba nada.
Llegó a la parada justo cuando el 61 cerraba las puertas. Golpeó el cristal, el conductor le lanzó una mirada de “hoy no es el día, muchacha”, y arrancó. Lucía soltó un improperio que habría hecho sonrojar a un estibador del puerto de Vigo y decidió ir andando. Necesitaba quemar adrenalina.
Cada paso que daba hacia el piso de Marta en la zona de Argüelles era un clavo más en el ataúd de su amistad. Recordaba todas las veces que Marta le había dicho: “Ay, tía, qué suerte tienes con Javi, es tan detallista”. O cuando Marta aparecía “por casualidad” en los bares donde ellos estaban tomando algo.
— No seas paranoica, Lucía —se decía a sí misma mientras cruzaba la calle Princesa—. Es solo un vestido. Marta es una descuidada, no una villana de telenovela turca.
Pero la semilla estaba plantada. Y en el fértil terreno de la inseguridad de Lucía, las semillas crecían más rápido que la espuma de una caña bien tirada.
Llegó al portal de Marta. Pulsó el telefonillo con la energía de quien está desactivando una bomba. — ¿Sí? —la voz de Marta sonó ronca, pastosa, definitivamente de alguien que se había acostado tarde. — Abre. Soy Lucía. — ¿Lu? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? — Que abras, Marta. Tenemos que hablar de moda. Y de propiedad privada.
El zumbido del portal sonó como un pistoletazo de salida. Lucía subió las escaleras de dos en dos. No iba a esperar al ascensor. Tenía un discurso preparado sobre la confianza, los límites y el hecho de que la seda salvaje no se presta sin un contrato firmado ante notario. Pero en el fondo, lo que más quería ver no era el vestido, sino la cara de Marta cuando le preguntara por la dichosa llamita de Javi.
Parte 2: El careo y la mancha de la discordia
Cuando Marta abrió la puerta, Lucía estuvo a punto de soltar una carcajada, si no fuera porque estaba demasiado ocupada intentando mantener su pose de indignación absoluta. Marta llevaba puesto un pijama de Mickey Mouse descolorido, el pelo revuelto en un moño que desafiaba las leyes de la gravedad y unas ojeras que contaban historias de gintonics mal gestionados. No parecía una mujer que acabara de dar un golpe de estado estético en las redes sociales.
— Tía, ¿qué horas son estas? —dijo Marta, echándose a un lado para dejarla pasar—. Casi me da un infarto con el timbre. He pensado que era la policía por lo de la música de anoche.
Lucía entró en el salón como una inspectora de hacienda en medio de una auditoría. El piso de Marta era el caos personificado: cajas de pizza, un zapato solitario en mitad del pasillo y, colgado de la lámpara del techo por razones que Lucía no quería ni imaginar, un collar de flores de plástico.
— Me importa un bledo la policía, Marta —soltó Lucía, plantándose en el centro de la alfombra—. ¿Dónde está? — ¿El qué? ¿El café? Me quedan cápsulas de esas de marca blanca que saben a cartón mojado, si quieres… — No te hagas la tonta. El vestido. Mi vestido verde esmeralda. El que has subido a Instagram hace una hora como si fueras la heredera de Inditex.
Marta se quedó estática un segundo. Sus ojos, todavía hinchados por el sueño, parpadearon lentamente. Luego, soltó una risita nerviosa que a Lucía le sentó como una patada en el hígado.
— Ah, ¿eso? Ay, Lu, no te pongas así. Me lo encontré el otro día cuando fui a regar tus potos. Estaba ahí, en el armario, muerto de risa. Parecía que me estaba pidiendo auxilio. “Marta, sácame de aquí, que esta tía no me saca ni a la vuelta de la esquina”, me decía. — ¿Me estás vacilando? —Lucía dio un paso hacia ella—. Es un vestido de trescientos euros, Marta. Tres-cien-tos. Y es para una ocasión especial. ¡No lo he estrenado ni yo! — Pero si tú nunca lo usabas —replicó Marta, recuperando parte de su chulería habitual mientras se dirigía a la cocina—. Lo tienes ahí colgado desde febrero. La ropa es como los perros, si no los sacas a pasear se deprimen. Yo le he dado una noche de gloria. Deberías darme las gracias. El post tiene más éxito que tus fotos de pies en la playa.
Lucía sintió que le empezaba a temblar un párpado. — ¿Darte las gracias? ¿Por entrar en mi casa, robarme —sí, robarme, porque no me lo has pedido— y restregármelo por la cara en internet? ¿Y encima etiquetarte en una terraza donde yo ni siquiera he estado? — No te lo he restregado, Lu. Es que me veía divina. ¿Has visto cómo me resalta el color de los ojos? Hasta Javi me ha dicho que estaba muy guapa.
Ahí estaba. El nombre prohibido. El detonador. Lucía apretó los puños.
— ¿Javi? ¿Habéis hablado? — Bueno, puso un comentario en la foto, ¿no lo has visto? Y luego me mandó un WhatsApp preguntándome que por dónde andaba, porque le sonaba la terraza. Nada del otro mundo. Somos amigos, ¿no?
Lucía sintió que el suelo de Argüelles se volvía inestable. “¿Le mandó un WhatsApp?”. A ella Javi le había dicho que anoche se iba a quedar en casa viendo un documental sobre la Segunda Guerra Mundial porque estaba cansado.
— ¿A qué hora te escribió Javi? —preguntó Lucía, intentando que su voz no sonara como la de una psicópata de película de sobremesa. — Yo qué sé, Lu. A la una o las dos. Estábamos en El Tigre, aquello era un jaleo. ¿Me vas a hacer un interrogatorio ahora? Parece que me estás pidiendo el registro de llamadas. ¡Oye! ¿A dónde vas?
Lucía no respondió. Había visto el vestido. Estaba tirado encima de una silla, hecho un guiñapo, mezclado con una chaqueta de cuero y un fular. Se acercó y lo levantó con la punta de los dedos, como si fuera una prueba forense.
— Está… arrugado. Marta, está hecho un asco. — Se plancha y ya está, mujer. No seas dramática. — ¿Y esto? —Lucía señaló una pequeña mancha oscura, del tamaño de una moneda de dos euros, justo en el pecho—. ¿Esto es lo que yo creo que es? — ¿Qué es? —Marta se acercó, entornando los ojos—. Ah, eso… Pues igual cayó una gota de salsa brava. O de tinto de verano. Pero sale con un poco de Fairy, te lo juro por mi madre.
Lucía dejó caer el vestido sobre la silla. El silencio que siguió fue denso, de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra. La mancha de salsa brava era el menor de sus problemas, aunque en cualquier otra circunstancia habría sido motivo de ruptura diplomática. Lo que le martilleaba la cabeza era la imagen de Javi escribiendo a Marta a las dos de la mañana mientras ella dormía pensando que su novio estaba aprendiendo cosas sobre la Batalla de Stalingrado.
— Marta —dijo Lucía, con una calma que daba más miedo que sus gritos—, dime la verdad. ¿Viste a Javi anoche? — ¿Qué? No. Te he dicho que me escribió. — Porque Javi me dijo que se quedaba en casa. Y da la casualidad de que tú sales con mi vestido, él te comenta con una llamita y luego te escribe por privado. — Ay, Lucía, por favor. Ahora va a resultar que no puedo hablar con tu novio. Que nos conocemos de hace diez años, tía. Estás siendo súper insegura. Es un vestido. Te lo lavo en seco, te lo devuelvo y aquí no ha pasado nada.
Marta intentó ponerle una mano en el hombro, ese gesto de “venga, no te rayes” que siempre usaba para desactivar sus meteduras de pata. Pero Lucía se apartó bruscamente.
— No es el vestido, Marta. Bueno, sí es el vestido, porque eres una jeta de cuidado. Pero es que me huelo algo raro. Tú nunca usas ese tono conmigo. Estás a la defensiva. — ¡La que ha entrado aquí como un GEO eres tú! —gritó Marta, perdiendo finalmente la paciencia—. ¡Que solo es un trapo verde, por Dios! Si tantas ganas tenías de usarlo, haber salido anoche con nosotros en vez de quedarte en casa viendo series de época.
Lucía se quedó de piedra. — ¿Con nosotros? ¿Quiénes somos “nosotros”? Marta se tapó la boca con la mano, un gesto demasiado teatral para ser instintivo. Sus ojos se abrieron como platos. — “Nosotros”… el grupo. Bea, Dani, la gente… — Bea estaba en su casa comiéndose un yogur de bífidus cuando la he llamado hace media hora —dijo Lucía, acercándose a Marta hasta que sus narices casi se tocaban—. Dani está en una despedida de soltero en Logroño. Así que repito: ¿quiénes somos “nosotros”?
El ambiente en el salón cambió. El olor a resaca y café barato fue sustituido por el olor metálico del miedo. Marta dio un paso atrás, tropezando con el zapato solitario.
— Te estás montando una película, Lucía. De verdad. Estás fatal de lo tuyo. — Enséñame el móvil —exigió Lucía. — ¿Qué? ¡Ni de coña! Eso es privado. — Si no tienes nada que ocultar, enséñame la conversación con Javi de anoche. Solo quiero ver a qué hora dejó de interesarse por los tanques alemanes para interesarse por tu vestido.
Marta se cruzó de brazos, intentando recuperar una dignidad que con el pijama de Mickey Mouse era difícil de sostener. — No te voy a enseñar nada. Esto es surrealista. Me voy a la ducha. Cuando se te pase la tontería, me avisas. Ah, y llévate el vestido, que total, con esa cara de vinagre que tienes no te va a lucir nada.
Marta se dio la vuelta hacia el pasillo, pero Lucía fue más rápida. Le bloqueó el paso. Estaba temblando, pero no de miedo, sino de una rabia pura que llevaba años cocinándose a fuego lento, alimentada por cada pequeño desplante, cada “olvido” y cada vez que Marta la había hecho sentir como el personaje secundario de su propia vida.
— No te vas a ninguna parte. Me vas a decir qué hacías anoche con mi vestido y con mi novio.
Parte 3: La verdad entre costuras
El pasillo del piso de Marta se sentía de repente tan estrecho como un callejón sin salida. Marta suspiró, un suspiro largo y cargado de ese victimismo que tan bien sabía manejar. Se apoyó en la pared, mirando al techo como si buscara una señal divina que la sacara de aquel aprieto.
— Mira, Lucía —empezó a decir con voz pausada, la voz que usas con un niño que está a punto de tener una rabieta en el supermercado—, Javi apareció por la terraza. Fue una coincidencia. Madrid es un pañuelo, tía, ¿qué quieres que haga? ¿Que salga corriendo si lo veo? — ¿Una coincidencia? ¿En una terraza de Malasaña a la una de la mañana? Él vive en Prosperidad, Marta. No le pilla de paso para ir a la cocina. — Pues yo qué sé, le apetecería un aire. El caso es que estuvimos charlando. De ti, sobre todo. Que si estabas un poco agobiada con el curro, que si te vendría bien salir más… Estaba preocupado por ti, Lu. Y yo, como buena amiga, le escuché.
Lucía sintió que se le escapaba una carcajada amarga. — ¿Le escuchaste? ¿Mientras llevabas puesto MI vestido? ¿El que usas para “brillar”? Joder, Marta, es que ni siquiera te esfuerzas en que la mentira tenga sentido. ¿Por qué no me llamó a mí si estaba tan preocupado? ¿Por qué no me dijo que salía? — Porque sabía que te ibas a poner así. Como te estás poniendo ahora. Eres una controladora, tía. Javi se siente asfixiado y viene a mí porque yo no le juzgo.
Esa frase fue como un puñetazo en el plexo solar. “Viene a mí porque yo no le juzgo”. El manual clásico de la “amiga” que se dedica a recoger los escombros de una relación para construir su propio castillo. Lucía notó cómo las lágrimas empezaban a nublarle la vista, pero se las tragó. No iba a darle el gusto de verla llorar. No en ese pasillo mugriento.
— Así que… —Lucía bajó la voz, lo cual siempre era señal de peligro inminente— el vestido no lo cogiste porque “estaba muerto de risa”. Lo cogiste porque sabías que ibas a verle. Porque querías que te viera con algo que es mío. Es una especie de fetiche raro lo tuyo, ¿no? No te basta con el novio, también quieres la piel.
Marta palideció. El golpe había dado en el blanco. — No digas gilipolleces, Lucía. — ¿Son gilipolleces? —Lucía dio un paso más, invadiendo su espacio personal—. Entonces, explícame por qué en la foto de Instagram, si te fijas bien en el reflejo del cristal que hay detrás de ti… se ve un brazo. Un brazo con un reloj muy concreto. Un Casio plateado que yo misma le regalé a Javi por nuestro aniversario.
Marta abrió la boca para hablar, pero no salió nada. Se hizo un silencio denso. El reloj de la cocina de Marta, un trasto de plástico que siempre iba cinco minutos tarde, hacía un tic-tac que retumbaba como un tambor de guerra.
— Fue un accidente —soltó Marta de repente. La frase salió de su boca de forma mecánica, casi cómica—. Lo del beso fue un accidente.
Lucía sintió que el mundo se detenía. Había ido allí por un vestido arrugado y una mancha de salsa brava, y se acababa de encontrar con el naufragio total de su vida sentimental. — ¿Un beso? —repitió Lucía, con la voz quebrada—. ¿He dicho yo algo de un beso, Marta?
Marta se dio cuenta del error. Se tapó la boca, pero ya era tarde. Había soltado el lastre antes de tiempo. — No… yo… o sea, no fue un beso de esos. Fue un… un roce. De la emoción. Estábamos hablando de lo mucho que te queremos y, yo qué sé, hubo un momento de confusión. El alcohol, Lu. Tú sabes que el tinto de verano de esa terraza engaña mucho.
— “Un accidente” —susurró Lucía—. Como cuando se te cae el móvil al váter o cuando te equivocas de salida en la M-30. ¿Me estás diciendo que tu boca aterrizó accidentalmente en la de mi novio mientras llevabas puesto mi vestido favorito? — ¡Estábamos vulnerables! —exclamó Marta, intentando ahora la táctica de la desesperación—. Él se siente solo y yo… yo siempre he estado a tu sombra, Lucía. Siempre eres la lista, la que tiene el piso mono, la que tiene el novio perfecto. Yo solo quería sentirme como tú por una noche. Por eso cogí el vestido. Me miré al espejo y por primera vez no vi a la “amiga desastre” de Marta. Vi a alguien que merecía que le pusieran una llamita en Instagram.
Lucía la miraba con una mezcla de asco y fascinación. Era como observar un accidente de tráfico a cámara lenta: horroroso, pero no podías apartar la vista. — ¿Te sientes sola? —preguntó Lucía—. Pues prepárate, porque ahora vas a saber lo que es la soledad de verdad.
Lucía se dio la vuelta, caminó hacia el salón y agarró el vestido verde esmeralda. Lo apretó contra su pecho. La seda, que antes le parecía el tejido más noble del mundo, ahora le daba dentera. Le recordaba al tacto de una serpiente.
— ¿Qué vas a hacer? —preguntó Marta desde el pasillo, con un hilo de voz—. Lu, tía, no me dejes así. Hablemos. Podemos ir a tomarnos algo y lo arreglamos. Una amistad de años no se puede tirar por un vestido y un pico tonto.
Lucía se giró hacia ella. Su rostro ya no mostraba rabia. Solo una fatiga infinita. Una claridad absoluta que solo te da el desengaño total. — Tienes razón, Marta. Tampoco usabas a mi novio… hasta ahora. Lo tenías ahí, “muerto de risa”, y decidiste sacarlo a pasear. Como el vestido. Como si fueran cosas que puedes tomar prestadas porque a ti te hacen falta más que a mí.
— Fue un error, Lu. De verdad. ¡Javi me llamó a mí! Él empezó. — Me da igual quién empezó —cortó Lucía—. Lo que me importa es quién termina esto. Y lo termino yo.
Lucía sacó su móvil. Sus dedos volaron sobre la pantalla con una precisión quirúrgica. Marta la observaba, confundida. — ¿Qué haces? ¿Estás llamando a Javi? No lo hagas, que ahora estará durmiendo y va a ser peor…
— No estoy llamando a nadie —dijo Lucía sin levantar la vista.
En la pantalla de Lucía, el perfil de Marta apareció ante sus ojos. 1.200 seguidores, fotos de postureo, mucha felicidad de filtro. Lucía buscó el botón de “Seguir”. Pulsó. “Dejar de seguir”. Luego, fue a los ajustes. Bloquear. “Bloquear a Marta y a todas las cuentas nuevas que pueda crear”. Repitió el proceso con Javi. Sin llamadas, sin mensajes de despedida de tres párrafos, sin dramas de WhatsApp que se alargan hasta el amanecer. Silencio administrativo.
— Perfecto —dijo Lucía, guardándose el móvil en el bolsillo de la sudadera—. Entonces, accidentalmente, dejarás de ser mi amiga.
Parte 4: Amistad eliminada correctamente
Marta se quedó plantada en mitad del salón, procesando las palabras de Lucía. Hubo un intento de réplica, una última bala de cinismo que intentó disparar. — ¿Me vas a bloquear? ¿En serio? Qué infantil eres, Lucía. ¡Que tenemos treinta años, no estamos en el instituto!
Lucía caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo frente al espejo del recibidor donde Marta seguramente se había hecho la foto la noche anterior. Se miró a sí misma: el pelo despeinado, la cara lavada, la sudadera vieja. Y luego miró el vestido que llevaba hecho una bola bajo el brazo.
— Tienes razón, Marta —dijo Lucía con una sonrisa gélida—. Tenemos treinta años. Y a los treinta años uno ya no tiene tiempo para perderlo con gente que te roba la ropa y la dignidad mientras te sonríe a la cara. Te puedes quedar con la llamita de Javi. Te puedes quedar con la terraza de Malasaña. Yo me quedo con el vestido.
— ¡Pero si está manchado! —gritó Marta, ya con lágrimas reales asomando por sus ojos—. ¡Te he dicho que tiene salsa brava!
Lucía abrió la puerta del piso. El aire del descansillo olía a lejía y a la comida que alguien ya estaba preparando. — La salsa brava sale con un buen lavado, Marta. La mierda de persona, no. Esa se queda impregnada para siempre.
Lucía bajó las escaleras con paso firme. Cada peldaño que descendía se sentía como si se quitara un kilo de encima. Al llegar a la calle, el sol seguía brillando con la misma intensidad, pero el aire ya no le quemaba los pulmones. Se sentó en un banco de la Plaza de los Pintores y sacó el vestido.
Lo extendió sobre sus rodillas. Era cierto, estaba arrugado y tenía esa mancha rojiza justo encima del corazón. Pero seguía siendo seda. Seguía siendo verde esmeralda. Miró hacia la papelera que tenía al lado. Por un momento, pensó en tirarlo. Sería el gesto poético definitivo: deshacerse del objeto que había desencadenado la tragedia.
Pero luego recapacitó. “Ni de coña”, pensó. “Este vestido me ha costado un riñón y medio y, después de lo de hoy, me lo voy a poner hasta para ir a comprar el pan”.
Sacó de nuevo el móvil. Abrió la aplicación de Instagram una última vez. No para mirar el perfil de Marta, que ya era historia, sino para subir una historia propia. No hizo una foto. Simplemente escribió un texto negro sobre fondo blanco, con una tipografía limpia y sin emojis de llamas.
“Hay manchas que no se ven, pero que huelen a kilómetros. Limpieza de armario completada. Nueva temporada, nueva vida.”
Le dio a publicar y sintió un pequeño clic en su interior. Un clic de satisfacción pura, de esa que no te dan los “likes” ni los comentarios de compromiso. Era la sensación de haber tomado el control.
De camino a su casa, pasó por una tintorería de esas de toda la vida, de las que tienen un cartel que dice “Especialistas en manchas difíciles desde 1974”. Entró y puso el vestido sobre el mostrador. El hombre que la atendió, un señor con gafas de cerca y manos que parecían haber tocado todos los tejidos del mundo, examinó la prenda.
— Uf, seda salvaje —dijo el hombre, silbando bajito—. Y esto… ¿es salsa brava? Menudo pecado, jovencita. — ¿Se puede quitar, don Paco? —preguntó Lucía, leyendo el nombre en su placa. — Se puede, se puede. Llevará tiempo y un producto especial que traigo de Francia, pero para el viernes la tiene usted como nueva. Como si nunca hubiera pasado nada.
Lucía sonrió. — Pues adelante. Déjelo impecable. Quiero que brille.
Salió de la tintorería y caminó hacia Chamberí. Por el camino, su móvil vibró. Era Javi. Probablemente se acababa de despertar y había visto que no podía ver sus historias o que su perfil había desaparecido para él. Lucía ni siquiera miró el mensaje. Simplemente deslizó el dedo hacia la izquierda y pulsó “Eliminar conversación”.
— Amistad eliminada correctamente —susurró para sí misma, imitando la voz de un sistema operativo—. Y novio en proceso de desinstalación.
Aquella tarde, Lucía no se quedó en casa viendo series. Llamó a Bea. — Oye, Bea. ¿Sigues queriendo ir a ese sitio de sushi que abrieron en Ponzano? — ¿Lu? Pero si me habías dicho que estabas de bajón y que ibas a ir a casa de Marta a montar un cristo. — El cristo ya está montado, bendecido y clausurado. Me apetece sushi. Y me apetece celebrar. — ¿Celebrar el qué? ¿Que te han arruinado el vestido? — No —dijo Lucía, cruzando la calle con una energía que no sentía desde hacía meses—. Celebrar que, a veces, para que el armario cierre bien, hay que tirar mucha ropa vieja que ya no te queda.
Mientras caminaba, Lucía se dio cuenta de que no necesitaba el vestido verde para brillar. Pero, joder, el viernes, cuando lo recogiera de la tintorería, iba a estar espectacular. Y esta vez, no habría fotos, ni llamas, ni accidentes. Solo ella, caminando por Madrid, sabiendo que algunas pérdidas son, en realidad, la mayor de las ganancias.
En su móvil, una notificación final apareció antes de que ella decidiera ponerlo en modo “No molestar”: Configuración actualizada. Lucía guardó el teléfono en el bolso y se perdió entre la multitud de la calle Fuencarral, con la cabeza alta y el paso ligero, dejando atrás los filtros, las traiciones y la salsa brava.