PARTE 1: El despertar de la bestia mecánica
El silencio en el madrileño barrio de Chamberí no es nunca un silencio absoluto. Es una tregua armada, un paréntesis de apenas cuatro horas en el que los camiones de la basura dejan de rugir y los borrachos de última hora han terminado de confesar sus pecados a las farolas. Sergio lo sabía. Llevaba viviendo en ese cuarto exterior lo suficiente como para distinguir el sonido de una moto de reparto de una de policía solo por la frecuencia del traqueteo. Pero lo de aquel martes, a las ocho en punto de la mañana, no estaba en el manual de ruidos tolerables.
No fue un sonido progresivo. No empezó con un suave martilleo o el murmullo de unos operarios compartiendo un termo de café. Fue una invasión. Un estruendo seco, metálico y violento que pareció nacer directamente de la almohada de Sergio, atravesando el colchón, sus vértebras y alojándose finalmente en el centro exacto de su hipotálamo.
—¿Otra vez? —la voz de Elena emergió de debajo de un edredón que parecía una trinchera contra la realidad.
Sergio no respondió. Se quedó mirando al techo, donde una pequeña grieta parecía bailar al ritmo de la vibración. Sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño acumulada durante tres semanas de tortura acústica, seguían el rastro de la vibración. Sentía que el cerebro se le batía como una clara de huevo.
—Sergio, por lo que más quieras, dime que no es él —insistió Elena, asomando un ojo con la mirada de quien espera ver el fin del mundo por la ventana.
—¿Quién va a ser, Elena? ¿El espíritu de Bob Vila? ¿Un comando de las fuerzas especiales asaltando el bloque para rescatar a un rehén que solo come pladur? Es don Eusebio. El hombre que no duerme. El arquitecto del apocalipsis.
Sergio se incorporó, sintiendo el frío del suelo en los pies, pero el calor de la indignación en la cara. Se puso las pantuflas con un movimiento mecánico y caminó hacia la ventana. La calle estaba gris, con esa luz sucia de las ocho de la mañana que parece que no quiere terminar de encenderse. Al otro lado del patio de luces, el origen del mal: la ventana de don Eusebio, de la que salía una nube de polvo blanco que flotaba con una parsimonia insultante.
—¿Otra vez taladrando a las ocho? —preguntó Sergio, más para sí mismo que para Elena, aunque ella ya estaba sentada en el borde de la cama, frotándose las sienes.
—Dijo que hoy terminaba —murmuró ella con una voz cargada de una esperanza patética.
—Eso dijo ayer. Y el lunes pasado. Y el día que España ganó el Mundial, probablemente. Ese hombre vive en una línea temporal propia donde el concepto de “acabar” no existe. Es una entidad metafísica que necesita perforar el núcleo de la Tierra para sentirse realizado.
Sergio salió al pasillo. El pasillo de su casa se sentía como el corredor de una cárcel. Cada estallido del taladro hacía que las fotos de la pared —fotos de viajes felices donde el ruido no existía— temblaran peligrosamente. Se dirigió a la cocina. El ritual del café era sagrado, pero hoy se sentía como un acto de resistencia en medio de un bombardeo.
Puso la cafetera italiana en el fuego. El “clanc” del metal contra la rejilla fue eclipsado por un nuevo ataque del taladro de percusión. Esta vez fue más largo. “¡BRRRRRRRRRRRRR-RRRRRRRR!“. Sergio apretó los puños. Imaginó a don Eusebio, un hombre de setenta años con más energía que un reactor nuclear, sosteniendo esa máquina del demonio, con sus gafas de protección empañadas y una sonrisa de satisfacción por estar destruyendo la paz del vecindario.
—Dice que son cinco minutos —dijo Elena, apareciendo en la puerta de la cocina, envuelta en su bata de peluche, pareciendo un pequeño oso polar traumatizado.

Sergio se giró lentamente, con la cuchara de café en la mano como si fuera un puñal.
—¿Cinco minutos? —rio con una carcajada seca, casi maníaca—. Elena, amor mío, luz de mis días ensordecidos… Lleva tres semanas reformando cinco minutos. Si sumamos todos sus “cinco minutos”, ese hombre ha construido una pirámide en el 3ºB. Ha excavado el túnel de la Mancha en el rellano. Ha montado un búnker antiatómico debajo de su parqué de roble.
—A lo mejor es que ha tenido un problema con las tuberías —aventuró Elena, tratando de ser la voz de la razón, aunque su ojo izquierdo empezaba a parpadear por el estrés.
—¿Tuberías? Eso no son tuberías. Eso es odio puro convertido en rotación por minuto. Don Eusebio no reforma su casa, don Eusebio está buscando petróleo. O quizás el tesoro de los Templarios. Nadie necesita taladrar tanto para colgar un cuadro de un pato. Nadie.
La cafetera empezó a borbotear, pero el sonido, normalmente reconfortante, fue devorado por una nueva ráfaga de ruido. Esta vez no era el taladro largo y constante. Era un golpeteo rítmico. “Tac, tac, tac, tac”.
—Ahora martillea —anunció Sergio—. Ha pasado de la fase de perforación a la fase de ensamblaje de la Estrella de la Muerte.
—Voy a subir —dijo Elena de repente, con un arranque de valentía que duró exactamente tres segundos, hasta que un golpe especialmente fuerte hizo que un imán de la nevera se cayera al suelo.
—No —la detuvo Sergio—. Subir no sirve de nada. Don Eusebio te recibe con una sonrisa, te ofrece un caramelo de menta con pelusas del bolsillo y te explica, con la calma de un monje tibetano, que “ya casi está”, que “solo es un agujerito para el cable del router”. Y luego, cuando cierras la puerta, saca la excavadora hidráulica que tiene escondida en el armario empotrado.
Sergio sirvió el café. Sus manos temblaban ligeramente. No era la cafeína, era la vibración residual que parecía haberse instalado en su sistema nervioso. Se sentaron a la mesa de la cocina. El silencio que siguió al cese momentáneo del taladro fue casi más inquietante que el ruido mismo. Era un silencio denso, cargado de la promesa de que la próxima descarga sería peor.
—¿Crees que los demás vecinos no dicen nada? —preguntó Elena, soplando su taza.
—¿Los demás? ¿Te refieres a doña Puri, que está más sorda que una tapia y cree que el ruido son “los ángeles mudándose”? ¿O a los del 2ºA, que son estudiantes y no se despiertan ni aunque les caiga el techo encima porque viven en un coma etílico permanente? Estamos solos, Elena. Tú, yo y el manitas psicópata del piso de arriba.
—Ayer me lo encontré en el portal —comentó ella, mirando al vacío—. Llevaba una bolsa de Leroy Merlin tan grande que casi no cabía en el ascensor. Me sonrió y me dijo: “Buenos días, vecina, hoy ya termino con lo gordo”.
Sergio soltó una carcajada amarga.
—”Lo gordo”. Esa es la frase preferida de los terroristas domésticos. Lo gordo es lo que nos está haciendo en la salud mental. Me gustaría saber qué es “lo fino” para él. ¿Pulir diamantes con una radial a las tres de la mañana? ¿Lijar las paredes con un motor de avión?
De repente, el ruido cambió. Ya no era metal contra piedra. Era algo más sutil pero igualmente irritante. Un sonido de arrastre. Algo pesado, muy pesado, siendo desplazado por todo el pasillo de arriba. “Sssssshhhhhhh-CRAAACK”.
—¿Qué molesta más? —preguntó Sergio, dejando la taza sobre la mesa con una solemnidad que rozaba lo trágico—. Dime, Elena, tú que eres una experta en sufrir en silencio. ¿Qué es peor: el taladro, los tacones de la vecina del cuarto o el arrastre de muebles infinito de don Eusebio?
Elena se quedó pensativa. El ruido de arrastre continuaba, como si el vecino estuviera jugando al curling con armarios de roble macizo.
—El taladro es una agresión directa —analizó ella con voz pausada—. Es como un puñetazo en la oreja. Pero el arrastre de muebles… el arrastre tiene algo psicológico. Te hace preguntarte: ¿por qué mueve eso ahora? ¿A dónde lo lleva? ¿Por qué no lo levanta? Es el sonido de la desidia, Sergio. Es el sonido de alguien que ha decidido que las leyes de la física y de la convivencia no se aplican a su persona.
—Yo voto por el taladro —insistió Sergio—. El taladro es el alfa y el omega. Es el heraldo del insomnio. El taladro te dice: “Sé que estás ahí, sé que intentas descansar, y me importa un bledo”.
En ese momento, como si don Eusebio los estuviera escuchando a través de las rejillas de ventilación, el taladro volvió a rugir con una intensidad renovada. Pero esta vez no venía del techo. Venía de la pared colindante.
—No puede ser —susurró Sergio, poniéndose de pie—. Se está moviendo. Ha terminado con el salón. Ahora está atacando el dormitorio.
—Pero si en nuestro dormitorio no hay nada que taladrar del otro lado, solo está el pasillo común —dijo Elena, palideciendo.
—Eso crees tú. Para don Eusebio, una pared lisa es un lienzo en blanco. Un insulto a su creatividad.
Sergio salió disparado hacia el dormitorio. Elena lo siguió. Al llegar, se quedaron petrificados. El sonido era ensordecedor. La pared que daba al pasillo vibraba visiblemente. Un pequeño chorro de polvo de yeso empezó a salir de una junta cerca del techo.
—¡Está atravesando la pared! —gritó Sergio por encima del ruido—. ¡Va a aparecer aquí como en “El Resplandor”, pero en vez de un hacha va a sacar una broca del doce!
—¡Haz algo! —gritó Elena, tapándose los oídos.
Sergio se acercó a la pared. Estaba caliente al tacto. Cerró el puño y, con toda la fuerza de su frustración acumulada, propinó tres golpes secos contra el tabique.
—¡DON EUSEBIO! —aulló—. ¡POR EL AMOR DE DIOS, PARE YA!
El ruido se detuvo en seco. Se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de la respiración agitada de Sergio y el leve tintineo de los pendientes de Elena, que seguían vibrando por la inercia. Pasaron diez segundos. Quince. Veinte.
Entonces, desde el otro lado de la pared, se oyó una voz amortiguada, pero perfectamente clara. Una voz de anciano amable, ligeramente sorprendida.
—¿Hola? ¿Es usted, Sergio? Nada, no se preocupe, ¡que ya son solo cinco minutos! ¡Solo estoy pasando el cable de la antena, que no me llega bien la señal de la 2!
Sergio miró a Elena. Elena miró a Sergio. El polvo de yeso seguía flotando en el aire, iluminado por un rayo de sol traicionero.
—¿Lo ves? —susurró Sergio con los ojos desorbitados—. Lo que yo decía. Ese hombre vive en una línea temporal propia. Sus cinco minutos son mis tres semanas. Sus “ya casi está” son mis próximos diez años de terapia.
Y, sin previo aviso, el taladro volvió a arrancar, esta vez con una nota más aguda, más triunfal, más eterna.
PARTE 2: El rellano de los lamentos
La decisión estaba tomada. Sergio no podía seguir así. Si permitía que el “cable de la antena” de don Eusebio siguiera su curso, terminaría con un agujero en el salón por el que vería las noticias de las tres en el televisor del vecino. Se puso unos vaqueros, una camiseta que decía “Keep Calm and Carry On” (una ironía cruel dadas las circunstancias) y salió al rellano.
El pasillo del edificio olía a lo que huelen todos los edificios de vecinos de clase media en España: una mezcla de sofrito de ajo, producto de limpieza de pino barato y el rastro de la basura que alguien había sacado cinco minutos tarde. Pero hoy, por encima de todo, olía a polvo de obra. A ese polvo fino, grisáceo, que se mete en los pulmones y te hace sentir que estás visitando las excavaciones de Pompeya.
Sergio caminó los tres metros que separaban su puerta de la de don Eusebio. El corazón le latía a un ritmo que nada tenía que envidiar al taladro. Iba a ser firme. Iba a ser civilizado, pero contundente. “Mire, don Eusebio”, ensayó mentalmente, “comprendo su entusiasmo por el bricolaje, pero la Convención de Ginebra prohíbe explícitamente el uso de percutores industriales antes de la tercera taza de café”.
Llamó al timbre. “Ding-dong”.
Nadie respondió. El taladro seguía sonando dentro, lo que significaba que el vecino no oía nada que no fuera la destrucción de su propio hogar. Sergio llamó de nuevo, esta vez con más fuerza. Y otra vez. Al final, empezó a aporrear la madera de la puerta.
El ruido cesó de golpe. Se oyó el clic de varios cerrojos. Don Eusebio no era un hombre descuidado con la seguridad. Cuando la puerta se abrió, Sergio se encontró ante una visión que lo desarmó por completo.
Don Eusebio era pequeño, de pelo blanco y muy fino, y llevaba puesto un mono azul de trabajo que le quedaba tres tallas grande, remangado hasta los codos. En la frente llevaba unas gafas de protección llenas de serrín y, en la mano derecha, un taladro que parecía un arma de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto. Pero lo que más descolocó a Sergio fue su sonrisa. Era una sonrisa de niño en la mañana de Reyes.
—¡Hombre, Sergio! ¡Qué alegría! —exclamó el anciano, limpiándose una mano llena de polvo en el mono antes de ofrecérsela—. Estaba ahora mismo pensando en usted. ¿Ha visto qué maravilla de broca? De punta de diamante, oiga. Traspasa el hormigón como si fuera mantequilla de Soria.
Sergio se quedó con la mano en el aire, procesando el entusiasmo del hombre.
—Don Eusebio… —empezó Sergio, tratando de recuperar su tono de indignación—. Son las ocho y veinte de la mañana.
—¡Cierto! ¡El tiempo vuela cuando uno está entretenido! —don Eusebio miró su reloj de pulsera, uno de esos Casio antiguos que sobreviven a todo—. Es que, verá, me he puesto con lo del cable y, ya sabe cómo es esto, te lías, te lías… y cuando te das cuenta, ya has levantado medio rodapié.
—No es solo el rodapié, don Eusebio. Es que lleva tres semanas. Tres semanas de taladro, martillo y arrastre de cosas. Mi mujer está a punto de pedir el divorcio… de este edificio. Yo sueño con vibraciones. El perro de la vecina de enfrente ya no ladra, solo aúlla en fa sostenido siguiendo el ritmo de su percusión.
Don Eusebio puso una cara de consternación tan genuina que Sergio se sintió, por un microsegundo, como un monstruo que le estuviera robando la ilusión a un jubilado.
—¡Ay, qué me dice! —exclamó el anciano—. Si yo lo que quiero es dejarlo todo bien para cuando venga mi nieta de Alemania. Quiero ponerle una toma de televisión en su cuarto para que vea sus canales alemanes, que allí dicen que son muy modernos. Solo son cinco minutitos más, Sergio, de verdad. Un par de boquetes para las grapas y ya guardo la máquina. Palabra de caballero.
—Don Eusebio —Sergio suspiró, cerrando los ojos—, esos “cinco minutos” nos los conocemos todos. Los dijo usted cuando cambió la bañera por el plato de ducha. Los dijo cuando decidió que el pasillo necesitaba un falso techo de escayola. Los dijo cuando instaló aquel aire acondicionado que suena como un helicóptero Apache aterrizando en el patio.
—Exagerado, que es usted un exagerado —rio don Eusebio, dándole una palmadita en el hombro que dejó una huella de polvo blanco en la camiseta de Sergio—. Los jóvenes de hoy no tenéis aguante. En mis tiempos se hacían las casas a mano y nadie se quejaba. Pero no se preocupe, vecino. Para compensar las molestias, le voy a decir a mi mujer, a Paquita, que le suba luego un plato de sus croquetas. De las de jamón. De las que se deshacen en la boca.
Sergio se quedó bloqueado. Las croquetas de Paquita eran leyenda en la comunidad. Eran la moneda de cambio con la que el matrimonio compraba el silencio y el perdón de los vecinos desde 1985. Eran croquetas diplomáticas.
—No… no se trata de las croquetas —intentó decir Sergio, aunque su estómago, traicionero, dio un vuelco al recordar el sabor del bechamel de Paquita—. Se trata de que necesitamos descansar. Trabajo desde casa, don Eusebio. Ayer, en una reunión por Zoom, mi jefe me preguntó si vivía en una cantera.
—¡Una cantera! ¡Qué gracia tiene su jefe! —don Eusebio se recolocó las gafas—. Venga, Sergio, no sea gruñón. Vaya a tomarse otro café y, para cuando termine, yo ya habré guardado los bártulos. ¡Cinco minutos!
Y sin darle tiempo a replicar, el anciano cerró la puerta con una agilidad sorprendente. Tres segundos después, el “BRRRRRRRRRRR” del taladro de diamante volvió a rasgar el aire con una violencia renovada.
Sergio se quedó mirando la madera de la puerta, derrotado. En ese momento, la puerta del 3ºC se abrió una rendija y apareció el rostro pálido de Marcos, un chico que trabajaba de noche como programador y que parecía que no había visto la luz del sol desde el estreno de la primera de Matrix.
—¿Ha caído ya? —preguntó Marcos con voz de ultratumba.
—¿Quién? ¿Don Eusebio? —respondió Sergio—. No. Es inmortal. Y tiene croquetas.
—Maldita sea —susurró Marcos—. Las croquetas son su escudo social. Nadie denuncia a alguien que hace esas croquetas. Es un vacío legal en el Código Penal.
—¿Tú también lo oyes, no? —preguntó Sergio por puro masoquismo.
—¿Que si lo oigo? Sergio, yo trabajo con auriculares de cancelación de ruido, de esos que usan los pilotos de Fórmula 1, y aun así siento cómo se me descolocan los empastes cada vez que le da al percutor. El otro día, la vibración fue tan fuerte que se me abrió una pestaña de Google Chrome sola. El ordenador cree que hay un terremoto.
—Dice que son cinco minutos —dijo Sergio, imitando el tono de don Eusebio.
—Ese hombre vive en una línea temporal propia —sentenció Marcos, coincidiendo palabra por palabra con el análisis de Elena—. En su universo, el Big Bang duró tres segundos y una reforma integral dura una tarde. Lo peor no es el taladro, tío. Lo peor es lo que viene después.
—¿Qué viene después? —preguntó Sergio con miedo.
—Los tacones.
Sergio frunció el ceño.
—¿Los tacones? ¿Paquita usa tacones en casa?
—No, Paquita no. La nieta. La que viene de Alemania. Ha llegado esta mañana, la he visto bajar del taxi mientras yo subía de la farmacia. Trae unas botas de esas de plataforma que suenan como si un caballo percherón estuviera ensayando para un musical de Broadway. Entre el abuelo con el taladro y la nieta con las plataformas, estamos acabados.
Sergio sintió que el mundo se volvía un lugar un poco más oscuro. Regresó a su casa, arrastrando los pies. Elena lo esperaba en el salón, con los brazos cruzados y una expresión que indicaba que ya había aceptado su destino.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—Cinco minutos —respondió él, dejándose caer en el sofá—. Y croquetas.
—¡Maldición! —exclamó Elena—. Sabe jugar sus cartas.
—Pero hay novedades —añadió Sergio con tono lúgubre—. Ha llegado la nieta. La de Alemania. Y según Marcos, calza calzado de construcción civil. Prepárate, Elena. El taladro era solo el acto de apertura. Ahora empieza el festival de la percusión rítmica.
En ese instante, sobre sus cabezas, cesó el ruido del taladro. Hubo un silencio de oro de apenas cinco segundos. Y entonces, empezó: “¡CLOC! ¡CLOC! ¡CLOC! ¡CLOC!“.
Era un sonido rítmico, pesado, implacable. No era el arrastre de muebles, era el caminar decidido de alguien que parecía pesar trescientos kilos o, en su defecto, llevar unos zapatos con suela de granito. El sonido recorría el pasillo de arriba de punta a punta, volvía, se detenía un momento, y luego seguía: “¡CLOC! ¡CLOC! ¡CLOC!“.
—¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Elena, mirando al techo con horror.
—Es el futuro —dijo Sergio—. Es la invasión alemana.
—Pero ¿por qué camina tanto? —se desesperó Elena—. ¿Qué está haciendo? ¿Dando vueltas en círculos para medir el radio de la habitación? ¿Entrenando para una marcha militar?
—No lo sé —dijo Sergio, tapándose la cara con un cojín—. Pero ahora entiendo la pregunta existencial que me hacía hace un rato. Ya no es una hipótesis. Ahora es una realidad. ¿Qué molesta más, Elena? ¿El taladro que te perfora el tímpano, los tacones que te martillean la paciencia o los muebles que arrastra el abuelo para que la nieta tenga espacio para desfilar?
—No quiero elegir —sollozó Elena—. Solo quiero irme a vivir a una cueva. Una cueva sin vecinos. Una cueva donde el único ruido sea el de las estalactitas goteando.
—Don Eusebio taladraría las estalactitas para ponerles luces LED —sentenció Sergio.
PARTE 3: La sinfonía del desquicie
A las dos de la tarde, la situación en el piso de Sergio y Elena no era una convivencia, era una zona de guerra psicológica. El taladro de don Eusebio había dado paso a una fase más “creativa”. Ahora, el anciano alternaba ráfagas cortas de lijadora eléctrica con golpes secos de martillo. Y por encima de todo eso, el metrónomo infernal de la nieta y sus tacones.
“¡CLOC! ¡CLOC! ¡BRRRR! ¡TAC! ¡CLOC!“.
Era una sinfonía dodecafónica que habría vuelto loco a Stravinsky. Sergio intentaba concentrarse en un informe de ventas para su empresa, pero cada vez que escribía una cifra, un golpe del piso de arriba le hacía saltar la mano y terminar poniendo tres ceros de más.
—Elena, no puedo más —dijo Sergio, apareciendo en el comedor.
Elena estaba intentando leer un libro, pero llevaba puestos los cascos de la PlayStation de Sergio, conectados a nada, solo para amortiguar el sonido.
—He llegado a una conclusión —dijo ella, quitándose los cascos con gesto solemne—. No es que don Eusebio viva en otra línea temporal. Es que nos odia. A todos. Es una venganza orquestada.
—¿Venganza por qué? Si siempre le hemos dado los buenos días y le ayudamos a subir el carro de la compra cuando se le rompió la rueda.
—No lo sé. Tal vez es un agente del caos. ¿Has oído eso? —Elena señaló al techo.
El sonido del arrastre de muebles había vuelto. Pero esta vez era diferente. No era un armario deslizándose. Era como si estuvieran moviendo sacos de arena. “Sssshhhhh-pum. Sssshhhhh-pum”.
—Están fortificando la posición —teorizó Sergio—. Están preparándose para el asalto final.
De repente, sonó el timbre de su casa. Sergio y Elena se miraron con sospecha. ¿Sería don Eusebio con las croquetas de la paz? ¿O sería la policía llamando por las quejas que Sergio estuvo a punto de poner (pero no puso por miedo a quedarse sin bechamel)?
Sergio abrió la puerta. No era don Eusebio. Era doña Puri, la vecina del 4ºA, una mujer que rozaba los ochenta años y que tenía la asombrosa capacidad de enterarse de todo a pesar de estar, técnicamente, medio sorda.
—¡Hola, Sergio, hijo! —exclamó doña Puri, entrando en la casa sin esperar invitación—. ¿Habéis oído el jaleo? ¡Qué alegría, eh! ¡Don Eusebio por fin está terminando el cuarto de la niña!
Sergio parpadeó, incrédulo.
—¿Alegría, doña Puri? Llevamos tres semanas sin poder dormir una siesta decente. Mi gato se ha mudado al lavadero y no quiere salir porque cree que el techo se va a desplomar.
—¡Ay, qué exagerado eres! —doña Puri le dio un manotazo juguetón en el brazo—. Si es un hombre muy hacendoso. Y la nieta… ¡qué chica más alta! Viene de Hamburgo, ¿sabes? Dice que allí los suelos son de moqueta y por eso aquí no se acostumbra al parqué y va dando esos taconazos. La pobre está encantada de estar en España.
—Nosotros también estamos encantados de que esté aquí, doña Puri —dijo Elena, acercándose—, pero ¿podría decirle a su abuelo que los cinco minutos ya han durado veintiún días?
—Eso es porque no habéis visto lo que está haciendo —dijo doña Puri con un brillo de conspiración en los ojos—. Me ha dejado asomarme. ¡Ha tirado el tabique del vestidor! Dice que la niña necesita espacio para sus vestidos, que son muchos. Ha montado un vestidor modular que ha comprado por piezas. Por eso arrastra tanto mueble, porque no le encajan las baldas.
Sergio se llevó las manos a la cabeza.
—¿Tirar un tabique? ¿A golpe de martillo y taladro de bricolaje? ¡Eso es una locura estructural! ¡Va a hundir el edificio!
—¡Qué va! —rio doña Puri—. Si don Eusebio fue aparejador en los años sesenta. Él sabe dónde golpea. Bueno, más o menos. A veces se le va la mano y le da a una tubería, pero él mismo la arregla con un poco de cinta americana y mucha fe.
Doña Puri se despidió con la misma rapidez con la que había entrado, dejándoles un aroma a laca de pelo y una noticia devastadora: la reforma no era cosmética, era estructural.
—¿Has oído eso, Elena? —dijo Sergio, cerrando la puerta con cuidado, como si la madera pudiera romperse—. Aparejador de los años sesenta. Cinta americana. Vestidor modular. Estamos viviendo debajo de un episodio de “Manos a la obra” dirigido por David Lynch.
—Lo de los tacones ahora tiene sentido —dijo Elena, sentándose en la mesa—. Si ha tirado el tabique, el sonido ya no tiene nada que lo frene. El techo de nuestro salón es ahora mismo una caja de resonancia gigante. Cada paso de la alemana es un redoble de tambor en nuestro cerebro.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —preguntó Sergio con voz melancólica—. Que ha ganado. Ha ganado el debate. El taladro molesta, sí. Es irritante. Los muebles molestan, son pesados. Pero los tacones… los tacones son una tortura china. Es esa irregularidad. No sabes cuándo va a dar el siguiente paso. Estás ahí, esperando… y de repente, ¡CLOC! Justo cuando creías que se había sentado. Es un suspense insoportable.
Pasaron las horas. La tarde cayó sobre Madrid y las luces de los edificios empezaron a encenderse. En el piso de arriba, la actividad no disminuía. Parecía que don Eusebio había tomado una bebida energética o que la nieta de Hamburgo estaba practicando una coreografía de claqué para su Instagram.
—Sergio, voy a subir —dijo Elena con una determinación gélida—. Me da igual la diplomacia. Me da igual el bechamel. Voy a decirle que, o para ya, o llamo a los municipales, al Seprona y al Vaticano si hace falta.
—Voy contigo —dijo Sergio—. No te dejaré sola ante el peligro del percutor.
Subieron las escaleras. El sonido se hacía más nítido, más físico. Al llegar al rellano del tercero, vieron que la puerta de don Eusebio estaba entreabierta para que saliera el polvo. Dentro se veía una actividad frenética. Don Eusebio estaba subido a una escalera, peleándose con un listón de madera, mientras una chica rubia, efectivamente muy alta y con unas plataformas que daban miedo, caminaba de un lado a otro con una cinta métrica.
“¡CLOC! ¡CLOC! ¡CLOC!“.
—¡Don Eusebio! —gritó Elena desde el umbral.
El anciano bajó de la escalera con la agilidad de un gato de escayola.
—¡Ah, mis vecinos favoritos! ¡Pasad, pasad! Perdonad el desorden, es que Gretchen es muy perfeccionista y dice que el estante de los zapatos tiene que estar nivelado al milímetro. Gretchen, saluda a los vecinos, que son los que sufren mis “cinco minutitos”.
Gretchen sonrió. Era una chica encantadora, con unos ojos azules que pedían perdón de antemano.
—Hola —dijo en un español con un fuerte acento alemán—. Siento mucho el ruido. Es que estos zapatos… en mi país, suelos blandos. Aquí, suelos duros. Suenan mucho, ¿verdad?
Sergio, que iba preparado para la guerra, se sintió de repente desinflado. La cortesía es el arma más letal contra la ira española.
—Bueno, Gretchen… sí, suenan un poco —dijo Sergio, tratando de mantener el tipo—. Y el taladro de tu abuelo también.
—¡Es que mi abuelo es un artista! —dijo ella, señalando la pared donde, efectivamente, el anciano había montado una estructura de madera que parecía la sección de zapatería de un Corte Inglés—. Dice que en cinco minutos pone la última balda y ya terminamos por hoy.
—Don Eusebio —intervino Elena—, nos ha dicho doña Puri que ha tirado un tabique. ¿Tiene permiso de obra para eso?
Don Eusebio le guiñó un ojo, un gesto que en España puede significar desde “todo está bajo control” hasta “estoy cometiendo una ilegalidad flagrante pero no pasa nada”.
—Permisos… —dijo él con un desdén cariñoso—. En este edificio yo puse los primeros ladrillos con mis manos cuando los constructores se quedaron sin presupuesto en el 64. Conozco cada viga como si fuera mi propia espalda. Ese tabique era de paja, mujer. Sobraba. ¡Mirad qué amplitud tiene ahora el cuarto!
Sergio miró el salón de don Eusebio. Era cierto. Había ganado espacio, pero a costa de la cordura del resto del bloque. En el suelo, vio la famosa bolsa de Leroy Merlin. Estaba llena de herramientas que Sergio no sabía ni que existían.
—Bueno —dijo Sergio, dándose cuenta de que la batalla estaba perdida por el factor humano—, solo pedimos un poco de tregua. Esta noche queremos dormir. ¿Se acabaron los cinco minutos por hoy?
—¡Prometido! —dijo don Eusebio, bajando de la escalera y dejando el taladro en el suelo con un golpe seco—. En cuanto Gretchen se quite los zapatos y yo recoja el polvo, nos ponemos con las croquetas. Os bajaré una docena, ¡recién hechas!
—¿Una docena? —preguntó Sergio, sintiendo cómo su voluntad se disolvía como un azucarillo en café caliente.
—Una docena y media, por las molestias del tabique —negoció don Eusebio con la astucia de un tratante de ganado.
Bajaron a su casa en silencio. Elena no dijo nada hasta que cerró la puerta.
—Hemos claudicado —dijo ella.
—Hemos claudicado por dieciocho croquetas —corrigió Sergio—. Pero piénsalo así: al menos ya sabemos que no habrá más taladros esta noche.
—Eso espero —dijo Elena—. Porque si oigo un solo “cloc” más, no respondo de mis actos.
PARTE 4: El veredicto final
La noche cayó finalmente sobre Chamberí con una promesa de paz. Sergio y Elena cenaron las croquetas de Paquita en un silencio que se sentía casi extraño. Las croquetas eran, efectivamente, celestiales. Crujientes por fuera, con una bechamel que parecía una caricia al alma y trozos de jamón del bueno, del que te hace olvidar que te han perforado el techo por la mañana.
—Están buenas, ¿eh? —dijo Sergio, masticando con una expresión de beatitud.
—Son un soborno delicioso —admitió Elena—. Casi vale la pena el dolor de cabeza. Casi.
Terminaron de cenar y se instalaron en el sofá para ver una película. Por primera vez en tres semanas, el piso de arriba estaba mudo. No había ráfagas de percusión, no había arrastre de muebles, no había pasos militares alemanes. Era el paraíso.
—¿Ves? —dijo Sergio, acomodándose bajo una manta—. Al final, don Eusebio es un hombre de palabra. Sus cinco minutos han terminado.
—No cantes victoria todavía —advirtió Elena—. Con ese hombre nunca se sabe. Es como un volcán inactivo: parece que no pasa nada, pero bajo la superficie se está fraguando el próximo armario empotrado.
A mitad de la película, cuando el protagonista estaba a punto de confesar su amor en una escena cargada de tensión dramática y, sobre todo, de un silencio absoluto, ocurrió.
“¡SCRREEEEEEEEEEEEECH!”.
Fue un sonido largo, agudo, como el de un metal oxidado frotando contra otro metal oxidado. Sergio y Elena se quedaron petrificados. El sonido no venía de arriba. Venía del dormitorio.
—No me digas que… —empezó Elena.
Fueron al dormitorio. Allí, en la pared que don Eusebio había estado taladrando por la mañana, algo se movía. No era un fantasma. Era una punta metálica, una broca de unos veinte centímetros, que asomaba a través del yeso y giraba lentamente, ensanchando un agujero justo encima de su cabecero de la cama.
—¡ESTÁ ATRAVESANDO LA PARED OTRA VEZ! —gritó Sergio, que ya no sabía si reír o llorar.
—¡Pero si dijo que había terminado!
Sergio pegó la oreja a la pared (a una distancia segura de la broca giratoria). Se oía la voz de don Eusebio, amortiguada pero entusiasta, y la de Gretchen.
—¡Ya casi está, Gretchen! ¡Te dije que esta pared era más blanda que la otra! ¡En cinco minutos paso el cable y ya puedes ver la televisión alemana desde la cama!
Sergio no pudo más. Salió de la habitación, fue al pasillo de su casa, agarró un martillo que tenía en la caja de herramientas de “emergencias domésticas” y empezó a golpear rítmicamente el tubo de la calefacción, que en esos edificios antiguos transmitía el sonido a todo el bloque.
“¡TANG! ¡TANG! ¡TANG!”.
—¡DON EUSEBIO! —gritó con una fuerza que le desgarró la garganta—. ¡EL CABLE! ¡EL TABIQUE! ¡LAS CROQUETAS! ¡ESTÁ EN MI DORMITORIO!
El taladro se detuvo. Hubo un silencio sepulcral. Unos segundos después, se oyó un pequeño golpe en la pared, como si alguien estuviera tocando a la puerta.
—¿Sergio? ¿Es usted otra vez? —la voz de don Eusebio sonaba genuinamente apenada—. ¡Ay, caramba! ¿Me he pasado de largo? Es que esta broca nueva tiene una potencia que no calculo bien. ¡No se preocupe, que ahora mismo retiro la máquina y mañana le tapo el agujero con un poco de aguaplast! ¡Cinco minutos y lo dejo como nuevo!
Sergio se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo del pasillo. Elena se sentó a su lado. Se miraron. La situación había cruzado la frontera de lo molesto para entrar en el terreno de lo absurdo.
—¿Qué molesta más, Sergio? —preguntó Elena con una voz desprovista de toda emoción, como si estuviera en trance.
Sergio se lo pensó. Repasó mentalmente las tres semanas de asedio.
—El taladro es el ataque al cuerpo —empezó a decir, enumerando con los dedos—. Es la agresión física, la vibración que te descoloca el esqueleto. Es insoportable porque no puedes ignorarlo. Te obliga a estar presente en tu propio sufrimiento.
—Cierto —asintió Elena—. Pero los tacones… los tacones son el ataque a la mente. Es la tortura de la gota de agua. “Cloc… cloc…”. Te genera una ansiedad expectante. Te pasas el día esperando el siguiente paso, incapaz de concentrarte en nada más que en la trayectoria de Gretchen por su nuevo vestidor modular.
—Y el arrastre de muebles —añadió Sergio— es el ataque al espíritu. Es la sensación de que el mundo es inestable, de que nada está en su sitio, de que tu techo es el suelo de alguien que no para de reorganizar el universo.
—Entonces, ¿cuál es el veredicto? —preguntó ella.
Sergio miró el agujero que asomaba por la puerta del dormitorio, por donde ahora colgaba un pequeño trozo de cable coaxial, moviéndose como la cola de una rata metálica.
—Lo que más molesta no es el taladro, ni los tacones, ni los muebles —sentenció Sergio—. Lo que más molesta es la esperanza.
—¿La esperanza?
—Sí. La esperanza de que, cuando don Eusebio dice “cinco minutos”, sea verdad. Esa pequeña luz al final del túnel que te hace aguantar un poco más, que te impide llamar a la policía a las ocho y cinco porque piensas: “bueno, si solo son cinco minutos, no voy a ser un mal vecino”. Es la esperanza la que nos mata, Elena. Porque don Eusebio no vive en una línea temporal propia. Vive en un bucle infinito donde siempre faltan cinco minutos para terminar.
Elena se apoyó en su hombro.
—Mañana va a venir con el aguaplast —dijo ella—. Y para poner el aguaplast necesitará una espátula. Y para limpiar la zona tal vez use una aspiradora industrial. Y luego dirá que, ya que está puesto, va a pintar toda la habitación de la niña.
—Y Gretchen querrá probar cómo quedan sus zapatos de tacón sobre la pintura nueva para ver si resbala —completó Sergio.
Se quedaron así, sentados en el suelo de su pasillo, en medio de la noche madrileña. Arriba, se oyó un último sonido: el clic de un interruptor y el susurro de Gretchen dando las buenas noches en alemán.
Paz. Por fin.
Pero entonces, justo cuando Sergio iba a cerrar los ojos para intentar dormir en el sofá (porque el dormitorio ahora era una extensión del 3ºB), se oyó un pequeño ruido desde el patio de luces. Un ruido metálico, rítmico, persistente.
“¡Clanc! ¡Clanc! ¡Clanc!”.
Era don Eusebio. Estaba en su cocina, probablemente lavando las herramientas o preparando algo para el día siguiente. Y mientras lo hacía, silbaba una melodía alegre, una copla antigua que resonaba por todo el hueco de la escalera.
Sergio sonrió con una amargura que ya era casi afecto. No se puede odiar a una fuerza de la naturaleza. Don Eusebio era el mar, era el viento, era la erosión de las montañas. Era el hombre que, en un mundo de obsolescencia programada y cosas hechas a medias, todavía creía que una reforma podía durar toda una vida, cinco minutos a la vez.
—¿Sergio? —susurró Elena.
—¿Qué?
—¿Crees que le quedarán más croquetas mañana?
—Espero que sí, Elena. Espero que sí. Porque el agujero de la pared es bastante grande y creo que vamos a necesitar, al menos, dos docenas para perdonarle la de mañana.
Se quedaron dormidos allí mismo, en el sofá, abrazados ante la incertidumbre del nuevo día. Sabían que a las ocho en punto, el mundo volvería a vibrar. Sabían que la broca de diamante volvería a girar. Pero también sabían que, en algún lugar del 3ºB, un anciano con un mono azul y una nieta alemana estaban construyendo algo que, aunque ruidoso y absurdo, era lo más parecido a una vida activa que habían visto nunca.
Y al final, entre el taladro, los tacones y el arrastre de muebles, lo que quedaba era eso: la caótica, ruidosa y profundamente española aventura de compartir un bloque de pisos. Con sus croquetas, sus cinco minutos eternos y su bendita, insoportable y necesaria falta de silencio.