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El despertar de la bestia mecánica

PARTE 1: El despertar de la bestia mecánica

El silencio en el madrileño barrio de Chamberí no es nunca un silencio absoluto. Es una tregua armada, un paréntesis de apenas cuatro horas en el que los camiones de la basura dejan de rugir y los borrachos de última hora han terminado de confesar sus pecados a las farolas. Sergio lo sabía. Llevaba viviendo en ese cuarto exterior lo suficiente como para distinguir el sonido de una moto de reparto de una de policía solo por la frecuencia del traqueteo. Pero lo de aquel martes, a las ocho en punto de la mañana, no estaba en el manual de ruidos tolerables.

No fue un sonido progresivo. No empezó con un suave martilleo o el murmullo de unos operarios compartiendo un termo de café. Fue una invasión. Un estruendo seco, metálico y violento que pareció nacer directamente de la almohada de Sergio, atravesando el colchón, sus vértebras y alojándose finalmente en el centro exacto de su hipotálamo.

—¿Otra vez? —la voz de Elena emergió de debajo de un edredón que parecía una trinchera contra la realidad.

Sergio no respondió. Se quedó mirando al techo, donde una pequeña grieta parecía bailar al ritmo de la vibración. Sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño acumulada durante tres semanas de tortura acústica, seguían el rastro de la vibración. Sentía que el cerebro se le batía como una clara de huevo.

—Sergio, por lo que más quieras, dime que no es él —insistió Elena, asomando un ojo con la mirada de quien espera ver el fin del mundo por la ventana.

—¿Quién va a ser, Elena? ¿El espíritu de Bob Vila? ¿Un comando de las fuerzas especiales asaltando el bloque para rescatar a un rehén que solo come pladur? Es don Eusebio. El hombre que no duerme. El arquitecto del apocalipsis.

Sergio se incorporó, sintiendo el frío del suelo en los pies, pero el calor de la indignación en la cara. Se puso las pantuflas con un movimiento mecánico y caminó hacia la ventana. La calle estaba gris, con esa luz sucia de las ocho de la mañana que parece que no quiere terminar de encenderse. Al otro lado del patio de luces, el origen del mal: la ventana de don Eusebio, de la que salía una nube de polvo blanco que flotaba con una parsimonia insultante.

—¿Otra vez taladrando a las ocho? —preguntó Sergio, más para sí mismo que para Elena, aunque ella ya estaba sentada en el borde de la cama, frotándose las sienes.

—Dijo que hoy terminaba —murmuró ella con una voz cargada de una esperanza patética.

—Eso dijo ayer. Y el lunes pasado. Y el día que España ganó el Mundial, probablemente. Ese hombre vive en una línea temporal propia donde el concepto de “acabar” no existe. Es una entidad metafísica que necesita perforar el núcleo de la Tierra para sentirse realizado.

Sergio salió al pasillo. El pasillo de su casa se sentía como el corredor de una cárcel. Cada estallido del taladro hacía que las fotos de la pared —fotos de viajes felices donde el ruido no existía— temblaran peligrosamente. Se dirigió a la cocina. El ritual del café era sagrado, pero hoy se sentía como un acto de resistencia en medio de un bombardeo.

Puso la cafetera italiana en el fuego. El “clanc” del metal contra la rejilla fue eclipsado por un nuevo ataque del taladro de percusión. Esta vez fue más largo. “¡BRRRRRRRRRRRRR-RRRRRRRR!“. Sergio apretó los puños. Imaginó a don Eusebio, un hombre de setenta años con más energía que un reactor nuclear, sosteniendo esa máquina del demonio, con sus gafas de protección empañadas y una sonrisa de satisfacción por estar destruyendo la paz del vecindario.

—Dice que son cinco minutos —dijo Elena, apareciendo en la puerta de la cocina, envuelta en su bata de peluche, pareciendo un pequeño oso polar traumatizado.

Sergio se giró lentamente, con la cuchara de café en la mano como si fuera un puñal.

—¿Cinco minutos? —rio con una carcajada seca, casi maníaca—. Elena, amor mío, luz de mis días ensordecidos… Lleva tres semanas reformando cinco minutos. Si sumamos todos sus “cinco minutos”, ese hombre ha construido una pirámide en el 3ºB. Ha excavado el túnel de la Mancha en el rellano. Ha montado un búnker antiatómico debajo de su parqué de roble.

—A lo mejor es que ha tenido un problema con las tuberías —aventuró Elena, tratando de ser la voz de la razón, aunque su ojo izquierdo empezaba a parpadear por el estrés.

—¿Tuberías? Eso no son tuberías. Eso es odio puro convertido en rotación por minuto. Don Eusebio no reforma su casa, don Eusebio está buscando petróleo. O quizás el tesoro de los Templarios. Nadie necesita taladrar tanto para colgar un cuadro de un pato. Nadie.

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