La luz del sol de Madrid entraba por la persiana a medio bajar con una agresividad innecesaria para ser un martes. No era una luz poética, de esas que invitan a escribir versos o a salir a correr por el Retiro; era una luz chivata, de las que sacan a relucir las motas de polvo sobre el monitor y te recuerdan que llevas tres días sin fregar la taza del café. Paco estiró un brazo fuera del edredón, tanteando la mesilla de noche como quien busca un náufrago en mitad del océano, hasta que sus dedos tropezaron con el frío metal del móvil.
Las 8:52. La reunión de sincronización de “Growth & Strategy” —un nombre pomposo para decidir quién se encargaba de las facturas que nadie quería picar— empezaba a las 9:00 en punto.
—Me cago en la leche, Merche —murmuró Paco para sí mismo, aunque vivía solo con un cactus que ya mostraba signos de depresión severa.
Paco no era un hombre de mañanas. Era más bien un hombre de “tardes tardías” y “noches de autocontrol nulo frente a las plataformas de streaming”. Se incorporó con la agilidad de un saco de patatas y se quedó sentado al borde de la cama, contemplando el abismo de su propia existencia. El teletrabajo, ese invento que nos vendieron como la panacea de la conciliación, se había convertido para él en una especie de arresto domiciliario con derecho a Excel.
Se puso en pie y el suelo frío le dio la bienvenida. Fue entonces cuando cometió el primer error del día: mirarse al espejo del pasillo. Lo que vio no era un consultor senior de treinta y pocos años; era el náufrago de Tom Hanks tras tres años de dieta basada en cocos, pero con unas ojeras que llegaban hasta Despeñaperros.
—Bueno, Paco, prioridades —se dijo, rascándose la nuca—. La cara de persona es negociable, el café es obligatorio.
Se dirigió a la cocina. El uniforme oficial del teletrabajador medio en España se compone de capas geológicas. Paco vestía una camiseta de propaganda de una carrera popular de 2017 que, por alguna razón física inexplicable, se le había quedado estrecha de hombros y ancha de tripa. Pero lo importante, lo que definía su estado de ánimo, era lo que llevaba de cintura para abajo: unos calzoncillos de dibujos de Star Wars (un regalo de su tía que nunca se atrevió a tirar) y unos calcetines de lana gordos, uno de ellos con un agujero estratégico por el que asomaba el dedo gordo como un periscopio.
La cafetera italiana empezó a gorgotear con ese sonido que es, posiblemente, el único motivo por el cual la civilización occidental no ha colapsado todavía. Paco llenó su taza de “El mejor jefe del mundo” —irónico, teniendo en cuenta que se odiaba profundamente en ese preciso instante— y se sentó frente al ordenador.
Eran las 8:59. El ritual comenzó. Apartó con el codo un plato con restos de migas de pan tostado, recolocó el teclado y abrió la aplicación de videoconferencias. El nombre de su jefa, Beatriz, ya aparecía en la sala de espera. Beatriz era de esas personas que a las siete de la mañana ya han hecho yoga, han tomado un batido de espinacas y han enviado tres correos con el asunto: “¿Le damos una vuelta?”. Una psicópata, básicamente.
Paco ajustó la altura del portátil usando un ejemplar del Código Civil y un libro de recetas de cocina extremeña que jamás había abierto. El objetivo era que la cámara solo captara su rostro y el cuello de la camiseta, ocultando el caos de su escritorio y, por supuesto, su falta de pantalones.
Se peinó con los dedos, dándose unos toquecitos en las mejillas para recuperar algo de riego sanguíneo. En un alarde de profesionalidad, se echó por encima una camisa de lino azul que tenía colgada en el respaldo de la silla de la oficina, una prenda que él llamaba “el disfraz de ejecutivo”. No se la abrochó del todo, solo los tres botones centrales que quedaban dentro del encuadre.
—Listo —susurró—. Showroom por delante, almacén de saldos por detrás.
Hizo clic en “Unirse a la reunión”. El silencio inicial fue roto por el pitido de entrada. Ahí estaba la cuadrícula de caras. Beatriz, impecable, con un fondo de estantería blanca y una planta perfectamente hidratada. Carlos, el pelota de marketing, con auriculares de gamer y una sonrisa de anuncio de dentífrico. Y Marta, que siempre parecía estar conectada desde una cueva o un búnker en Albacete.
—¡Buenos días a todos! —exclamó Beatriz con una energía que resultaba ofensiva para un martes a esa hora—. Veo que ya estamos casi todos. Paco, te vemos muy oscuro, ¿no?
—Hola, Bea. Sí, es que tengo el sol de cara y he tenido que bajar la persiana para que no me deslumbre el brillo del éxito de este equipo —soltó Paco, sin inmutarse.
—Qué gracioso, Paco. Siempre con la puntilla —rio Beatriz, aunque sus ojos decían claramente que si pudiera, le mandaría un virus troyano al router—. Bueno, vamos a empezar. Hoy tenemos mucho que repasar. El informe trimestral está al caer y necesito que todos estemos al cien por cien. Por cierto, Paco, enciende la cámara de una vez, que sale tu avatar de la playa y me desconcentra.
Paco sintió un sudor frío recorriéndole la espalda. El avatar era una foto suya en Benidorm, con un mojito en la mano y una cara de felicidad que ahora mismo le parecía de otra vida.
—Es que… verás, Bea —empezó Paco, ganando tiempo—. Tengo un pequeño problema con el controlador de la webcam. Creo que Windows se ha actualizado y me está dando conflicto con el driver de la imagen. Ya sabes cómo es esto, la tecnología nos da la mano y luego nos pega la puñalada.
—Paco, no me cuentes milongas —intervino Carlos, con ese tono de “yo sé de ordenadores porque una vez instalé un antivirus”—. Dale a la flechita de al lado del icono de la cámara y selecciona la cámara integrada. Es imposible que falle.
—Ya lo he hecho, Carlos. Gracias por tu inestimable ayuda técnica, de verdad. Eres el Steve Jobs de Carabanchel —replicó Paco, apretando los dientes—. Pero es que no reacciona. Sale la luz verde, pero la pantalla se queda en negro. Debe ser el cable interno.
—Pues qué mala suerte —dijo Beatriz, arqueando una ceja—. Porque precisamente hoy quería que hiciéramos una dinámica de grupo mirando a cámara para conectar mejor. Siento que el teletrabajo nos está distanciando y quiero ver vuestras reacciones cuando os cuente los nuevos objetivos.
Paco miró hacia abajo. Sus piernas, pálidas como el mármol de una encimera de cocina, lucían orgullosas los calzoncillos de Darth Vader. En el suelo, un calcetín desparejado y una bolsa de patatas fritas vacía completaban el cuadro. Si encendía la cámara y, por un error de cálculo o un movimiento brusco, el ángulo fallaba, su carrera profesional terminaría antes de que pudiera decir “transformación digital”.
—Bea, te juro que lo estoy intentando —mintió Paco, mientras aporreaba el teclado al azar para que se oyeran ruidos de “estar arreglando cosas”—. Estoy aquí reiniciando el proceso. Dadme cinco minutos y vemos si arranca. Mientras tanto, si quieres, voy comentando mi parte del informe.
—No, no, Paco. Tómate tu tiempo. Pero quiero verte la cara. Especialmente cuando hablemos de tu bono de productividad.
La amenaza estaba lanzada. En el mundo de Beatriz, el contacto visual era proporcional al compromiso laboral. Paco sabía que estaba en un callejón sin salida. Tenía que conseguir unos pantalones, y los tenía que conseguir ya. El problema era que el armario estaba al otro lado de la habitación, y el cable de sus auriculares —unos de esos antiguos, con cable gordo porque no se fiaba del Bluetooth— era demasiado corto. Si se levantaba sin quitarse los cascos, el portátil volaría por los aires. Si se quitaba los cascos, Beatriz sospecharía del silencio.
—Paco, ¿sigues ahí? —preguntó la voz de Beatriz desde los auriculares—. Te has quedado mudo.
—Sí, sí. Es que estoy… buscando el destornillador pequeño. Creo que si aprieto el marco de la pantalla, el contacto vuelve.
Paco empezó a sudar de verdad. El café estaba haciendo efecto y la tensión de la situación no ayudaba. Miró a su alrededor buscando una solución desesperada. Había una manta en el sofá, a dos metros de distancia. Si conseguía engancharla con el pie, podría envolverse en ella como una toga romana y fingir que tenía frío.
—¡Ay! —exclamó de repente.
—¿Qué pasa? —preguntó Marta, que hasta ahora no había dicho ni mu.
—Nada, nada. Que me he dado un golpe en el dedo con el borde de la mesa. Gajes del oficio —dijo Paco, mientras intentaba alcanzar la manta con el pie izquierdo sin mover el tronco superior.
Era como jugar al Twister, pero con el futuro laboral en juego. Su pierna izquierda se estiraba, buscando la suavidad del tejido sintético de la manta, mientras su cara mantenía una expresión de absoluta concentración profesional. En la pantalla, Carlos estaba compartiendo un gráfico de barras que no le importaba a nadie, lo cual le daba unos segundos de tregua.
—Como podéis ver en el eje X —decía Carlos con voz monótona—, el engagement ha subido un cuatro por ciento desde que cambiamos el tono de los correos automáticos…
“Venga, un poco más…”, pensaba Paco. Sus dedos del pie rozaron el borde de la manta. La enganchó con el dedo gordo —el que asomaba por el calcetín roto— y empezó a tirar de ella con la precisión de un cirujano. El problema era que la manta estaba debajo de una pila de revistas y un mando a distancia.
De repente, un ruido sordo. El mando cayó al suelo y rebotó.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Beatriz—. Paco, ¿estás tirando la casa abajo?
—No, no. Es… el gato. Se ha subido a la estantería y ha tirado un libro. Ya sabes cómo son los gatos, Bea. Muy territoriales.
—Paco, tú no tienes gato —sentenció Beatriz con una frialdad que helaba la sangre.
Paco se quedó congelado. Había olvidado ese pequeño detalle. Había mentido tanto sobre su vida personal en las reuniones de los lunes que ya no sabía qué personajes formaban parte de su lore doméstico.
—¡Es que lo he adoptado este fin de semana! —improvisó a la velocidad del rayo—. Se llama… Wifi. Porque me da conexión con el mundo animal. Es un gato callejero, un poco rebelde.
—Bueno, pues dile a Wifi que se esté quieto y enciende la cámara de una maldita vez —ordenó Beatriz—. Carlos ha terminado su exposición. Te toca a ti, Paco. Y quiero verte.
Paco tragó saliva. La manta estaba a mitad de camino. La camisa de lino le apretaba el cuello. La dignidad le pedía clemencia. Estaba a punto de pulsar el botón de la cámara y jugársela a cara o cruz, confiando en que el gran angular del portátil no fuera tan potente como para mostrar sus vergüenzas siderales.
Parte 2: El arte del equilibrismo textil
El pánico tiene una cualidad curiosa: agudiza los sentidos o te deja más tonto que un zapato. Paco estaba en el filo de ambas posibilidades. Con la manta ya a su alcance, la atrajo hacia sí con un movimiento de tobillo digno de un futbolista de primera división. La manta era de un color azul eléctrico, con restos de alguna mancha de pizza que prefería no identificar en ese momento.
—A ver, Paco, ¿qué pasa con esa cámara? —insistió Beatriz. Su imagen en la pantalla cruzaba los brazos, lo que en el lenguaje corporal de los jefes significa: “O lo haces ya o mañana estás en la oficina de forma presencial de 8 a 8”.
—¡Ya va, ya va! —exclamó Paco, envolviéndose las piernas con la manta por debajo de la mesa—. Es que he tenido que… soplar el conector. Como a los cartuchos de la Nintendo. Ya sabes, la técnica clásica.
Con un movimiento rápido, se aseguró de que la manta cubriera desde su cintura hasta los tobillos, aunque el resultado parecía más un pañal gigante que una prenda de vestir profesional. Se recolocó la camisa de lino, se estiró el cuello y, con el corazón martilleando contra las costillas, pulsó el icono de la cámara.
Click.
Su cara apareció en la cuadrícula. Al principio, la imagen estaba un poco desenfocada, lo que le dio un aire etéreo, casi místico. Luego, la lente se ajustó.
—¡Hombre! —exclamó Carlos—. Ahí tenemos al guerrero. Aunque pareces un poco pálido, Paco. ¿Te da el aire de vez en cuando o solo el de la fuente de alimentación?
—Es la luz, Carlos. La luz de mi despacho es muy técnica, muy de laboratorio —respondió Paco, forzando una sonrisa que parecía más una mueca de dolor—. Hola a todos. ¿Me veis bien?
—Te vemos, te vemos —dijo Beatriz, escudriñando la pantalla—. ¿Por qué llevas esa manta por encima de los hombros?
Paco se dio cuenta del error. Al intentar envolverse las piernas, un trozo de la manta azul eléctrica había quedado colgando sobre su hombro derecho, rompiendo la estética de “ejecutivo de lino”.
—¿Esto? —dijo, dándose un toquecito en el hombro—. Es que… ha bajado la temperatura de golpe. Ya sabes cómo es Madrid, en un momento estás en el Caribe y al siguiente estás en Invernalia. No quería pillar un resfriado, que el informe trimestral no se escribe solo.
—Ya —dijo Beatriz, poco convencida—. Bueno, empieza con los datos del canal de ventas. Queremos ver si la inversión en redes sociales ha servido para algo más que para que tú veas vídeos de gatitos.
Paco abrió el documento compartido y empezó a hablar. Su voz sonaba profesional, segura, cargada de esos anglicismos que tanto le gustaban a Beatriz para ocultar que, en realidad, las ventas habían caído un dos por ciento. Usó palabras como “workflow”, “synergy”, “deep dive” y “leverage”. Era una actuación digna de un Oscar.
Sin embargo, el destino tenía otros planes.
A mitad de su explicación sobre el “customer journey”, un picor insoportable empezó a manifestarse en su nariz. No era un picor normal; era uno de esos estornudos que se gestan en las profundidades del alma y que, cuando salen, tienen la potencia de un motor de aviación. Paco intentó aguantar. Apretó los labios, arrugó la nariz y cerró los ojos con fuerza.
—Paco, ¿te encuentras bien? —preguntó Marta, cuya voz siempre tenía un tinte de preocupación hipocondríaca—. Te estás poniendo rojo.
—Sí… es solo… que me he emocionado con el crecimiento de los leads —balbuceó Paco.
Y entonces ocurrió.
—¡¡¡ATCHÍÍÍÍÍÍÍS!!!
El estornudo fue tan violento que Paco se propulsó hacia atrás. La silla, una de esas con ruedas que tiene vida propia, rodó medio metro sobre el parqué. Paco, en un acto reflejo, se agarró a la mesa para no desaparecer del encuadre, pero al hacerlo, la manta que envolvía sus piernas se enganchó en el reposabrazos de la silla.
El tirón fue seco. La manta se deslizó hacia abajo.
Paco se quedó petrificado. Sus manos seguían aferradas al borde de la mesa. Sus ojos miraban fijamente a la cámara con una expresión de terror absoluto. El encuadre, milagrosamente, se había mantenido a la altura del pecho, pero él sentía el aire frío del salón acariciando sus calzoncillos de Star Wars como nunca antes. Estaba en una posición de sentadilla isométrica, rezando para que la gravedad no hiciera de las suyas con la cámara del portátil.
—¡Vaya estornudo, Paco! —rio Carlos—. Si lo haces un poco más fuerte, te vas a vivir a la casa del vecino.
—Paco, ¿por qué te has quedado tan rígido? —preguntó Beatriz—. Vuelve a acercarte al micro, que no se te oye bien.
—Es que… me ha dado un tirón en la espalda —mintió Paco, con la voz temblorosa—. Me he quedado bloqueado. No me puedo mover. Es… una contractura súbita. Muy común en el teletrabajo, lo leí el otro día en un blog de ergonomía.
—Pobre Paco —dijo Marta—. Tienes que ponerte calor.
—¡No! ¡Calor no! —gritó Paco, pensando en lo que pasaría si intentaba levantarse para ir a por una manta eléctrica—. Digo… que prefiero el frío. El frío anestesia. Me quedaré así un rato, no os preocupéis. Puedo seguir hablando.
Paco intentó recuperar la compostura mientras seguía en esa posición semi-suspendida. Sus muslos empezaban a arder. El esfuerzo físico de mantener el tronco quieto mientras sus piernas temblaban bajo la mesa era comparable a una sesión intensiva de Crossfit.
—Como decía —continuó, con la respiración entrecortada—, los KPIs de conversión muestran una tendencia… ¡uf!… al alza.
—Paco, estás sudando —observó Beatriz—. Y tienes un color de cara que no me gusta nada. ¿Seguro que no quieres desconectar y que lo termine Carlos?
—¡No! ¡Por favor! —Paco sabía que si Carlos tomaba el mando, se llevaría todo el mérito de su trabajo de las últimas tres semanas—. Estoy perfectamente. Es la pasión por el trabajo. Me hierve la sangre.
En ese momento, el timbre de su casa sonó.
Ding-dong.
El sonido resonó en todo el piso y, por supuesto, fue captado por el micrófono de alta sensibilidad.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Beatriz, frunciendo el ceño.
—No… será un comercial —dijo Paco—. O alguien que se ha equivocado de timbre. Ni caso.
Ding-dong. Ding-dong. Ding-dong.
El timbre insistía con una urgencia casi maníaca.
—Paco, ve a abrir, que igual es algo importante —dijo Marta—. No podemos trabajar con ese ruido de fondo.
—No es nada, de verdad. Será el del Amazon, que siempre tiene prisa —aseguró Paco, mientras deseaba que la tierra se lo tragara.
—¡Paco, abre la puerta! —ordenó Beatriz—. Me pone nerviosa ese timbre. Ve un momento, te esperamos aquí. Pero no apagues la cámara, que no quiero que aproveches para irte a hacer un bocadillo.
El pánico alcanzó un nuevo nivel. Si se levantaba, toda su intimidad textil quedaría expuesta ante la cúpula directiva y sus compañeros. Darth Vader, los calcetines rotos y su piel de invierno serían el tema de conversación en todos los grupos de WhatsApp de la oficina durante la próxima década.
—Es que… no puedo levantarme, Bea. Ya te he dicho lo de la espalda. Estoy… pegado a la silla.
—Paco, no seas ridículo —dijo Carlos—. Si te has dado un tirón, lo mejor es que camines un poco. Anda, levántate, que te veamos cómo te mueves.
—¡Que no me levanto! —exclamó Paco, quizá con demasiada vehemencia.
El silencio que siguió fue denso. Los tres rostros en la pantalla le miraban con una mezcla de confusión y sospecha. Paco sentía que el sudor le bajaba por las sienes. El timbre volvió a sonar, esta vez acompañado de unos golpes en la puerta.
—¡Paco! ¡Soy la vecina, la del 3ºB! —se oyó una voz amortiguada pero perfectamente inteligible desde el pasillo—. ¡Que te estás dejando el grifo abierto y me está cayendo una catarata en la cocina! ¡Abre, por el amor de Dios!
La cara de Paco pasó del rojo al blanco ceniza. El grifo de la cocina. El café. Había llenado la cafetera y, en su estado de trance matutino, quizá no había cerrado bien el monomando. O peor, el fregadero estaba lleno de platos y el agua estaba rebosando.
—Paco… —dijo Beatriz con un tono de voz que vaticinaba tormenta—, ¿tienes una inundación?
—Parece que… sí —susurró Paco.
—¡Pues muévete! ¡Vas a destrozar el piso! —gritó Marta—. ¡Levántate ahora mismo!
Paco miró a la cámara. Miró la puerta. Miró hacia abajo. La situación era insostenible. Tenía que elegir entre su dignidad profesional y su fianza del alquiler.
—Vale… —dijo Paco—. Pero por favor… recordadme como el hombre eficiente que entregaba los informes a tiempo.
Paco puso las manos sobre la mesa, dispuesto a levantarse. Estaba a punto de realizar el “salto al vacío” más importante de su vida. Pero justo cuando iba a impulsarse, se dio cuenta de algo. El cable de los auriculares seguía puesto.
—¡Espera! —gritó, pero fue tarde.
Se levantó de golpe. El cable se tensó. El portátil, atraído por la fuerza del movimiento, se deslizó por la mesa como si tuviera patines. Paco intentó frenarlo con la mano, pero lo único que consiguió fue que la cámara rotara 180 grados en el eje vertical antes de que el equipo se estrellara contra el suelo.
El último frame que vieron Beatriz, Carlos y Marta antes de que la conexión se cortara fue una imagen en primer plano de un Darth Vader pixelado y un dedo gordo asomando por un calcetín de lana gris, todo ello rodeado por una nube de polvo y el sonido de una inundación inminente.
Parte 3: El naufragio del hombre-oficina
El silencio que siguió al estrépito del portátil contra el suelo fue, paradójicamente, lo más ruidoso que Paco había escuchado en su vida. Era el silencio del desastre absoluto. Durante unos segundos, se quedó allí de pie, en medio del salón, con los auriculares colgando de una sola oreja y la camisa de lino medio desabrochada, pareciendo un extra de una película de catástrofes que se había equivocado de vestuario.
—¡PACO! ¡ABRE YA! —el grito de la vecina volvió a sacarlo de su estupor.
Paco reaccionó. Se olvidó de la cámara, de Beatriz y de los KPIs. Corrió hacia la cocina, chapoteando en un dedo de agua que ya cubría el pasillo. Efectivamente, el grifo estaba a toda potencia, golpeando un táper de plástico que hacía que el agua saltara hacia fuera del fregadero como una fuente decorativa de una plaza de pueblo, pero con menos gracia y más moho.
Cerró el grifo con un giro violento. El silencio volvió, roto solo por el goteo rítmico que caía sobre el suelo laminado.
—Mierda, mierda, mierda… —repetía Paco como un mantra.
Fue a la puerta y la abrió. Allí estaba la señora Angustias, una mujer de unos setenta años que siempre vestía una bata de flores y que tenía el superpoder de saber qué estabas cocinando antes de que tú mismo lo decidieras.
—¡Hijo de mi vida! —exclamó Angustias, mirando los pies de Paco—. ¿Pero qué haces así? ¿Y ese agua? ¡Tengo la lámpara del salón que parece una regadera!
—Lo siento, Angustias. Ha sido un accidente laboral —dijo Paco, intentando cubrirse los calzoncillos con las manos, en un gesto de pudor tardío e inútil.
—¿Accidente laboral? ¿Pero tú en qué trabajas, en un parque acuático? —Angustias entró en el piso sin pedir permiso—. Trae la fregona, anda, que si esperamos a que tú te muevas, acabamos en el portal nadando.
Mientras la vecina empezaba a organizar el rescate del parqué, Paco se dirigió al salón. Su portátil yacía en el suelo con la pantalla rota en una esquina, pero —y esto era lo que le daba verdadero terror— la lucecita verde de la cámara seguía encendida.
Se acercó gateando, con cuidado de no ser visto, y asomó un ojo por el borde de la mesa. La reunión seguía abierta. Podía oír las voces de sus compañeros.
—…ha sido un calcetín, te lo digo yo —decía la voz de Carlos, que sonaba sospechosamente alegre—. Un calcetín con un tomate como una casa de grande. Y los calzoncillos… ¿eran de Star Wars?
—No me lo puedo creer —decía Marta—. El pobre Paco. Estaba haciendo un esfuerzo por parecer profesional y resulta que por debajo era… bueno, era eso.
—Eso no es lo peor —intervino Beatriz, y su tono de voz era el de alguien que está redactando un finiquito mentalmente—. Lo peor es que me ha mentido descaradamente sobre el gato, sobre la espalda y sobre la cámara. La falta de honestidad es algo que no tolero en mi equipo.
Paco sintió una punzada en el estómago. Sabía que Beatriz era estricta, pero escucharla hablar así, como si él ya no estuviera presente (lo cual técnicamente era cierto, aunque seguía escuchando), le dolió más que el golpe del portátil.
—A ver, Bea, tampoco es para tanto —dijo Marta, saliendo en su defensa—. Todos estamos un poco así. Yo ayer hice la reunión de presupuestos con el pantalón del pijama de Hello Kitty.
—Ya, Marta, pero tú no fingiste un ataque de ciática ni te inventaste un gato llamado Wifi —replicó Beatriz—. Hay niveles de cutrez, y Paco ha batido el récord de España.
Paco decidió que ya estaba bien de ser el espectador de su propio funeral. Se puso de pie (esta vez con pantalones, que había cogido rápidamente del tendedero de la terraza, unos vaqueros que estaban húmedos pero que servían al propósito) y se sentó frente al portátil dañado. Recogió el equipo del suelo, lo puso sobre la mesa y ajustó la pantalla. La imagen estaba llena de rayas de colores por el golpe, pero se le distinguía.
—Hola de nuevo —dijo Paco, con una voz cargada de una dignidad que no sabía de dónde sacaba.
La cuadrícula de la reunión se quedó en silencio. Beatriz frunció los labios. Carlos intentó disimular una risa que terminó en un ataque de tos.
—Vaya, Paco. Has vuelto —dijo Beatriz—. Veo que has encontrado unos pantalones por el camino. O una cámara que funciona.
—He encontrado las dos cosas —dijo Paco, mirando fijamente al objetivo—. Mirad, voy a ser sincero. Sí, estaba en calzoncillos. Sí, tengo un calcetín roto. Y no, no tengo un gato que se llama Wifi. Lo que tengo es un piso inundado, un portátil que cuesta mil euros roto y una vergüenza que no me cabe en el pecho.
Paco hizo una pausa. Los demás escuchaban.
—Pero también os digo una cosa —continuó—. He entregado todos los informes a tiempo. He aguantado reuniones de tres horas escuchando a Carlos hablar de métricas de vanidad mientras mi espalda se quedaba rígida por no moverme. He intentado mantener la fachada de profesionalidad en un mundo que, sinceramente, es un caos. El teletrabajo no es “trabajar desde casa”, es “vivir en la oficina”. Y a veces, en la oficina, uno quiere estar cómodo.
—Paco, eso no justifica que me mientas a la cara —dijo Beatriz, aunque su tono se había suavizado un poco.
—Lo sé. Y lo siento. Mentí porque me daba apuro que vierais que mi vida fuera de este encuadre de 15 pulgadas es un desastre. Pensé que si veíais el caos, pensaríais que mi trabajo también era un caos. Pero el trabajo está hecho. Y está bien hecho.
Marta asintió con la cabeza. Carlos miró hacia otro lado, quizás recordando que él también tenía una montaña de ropa sucia justo detrás de su fondo virtual de “oficina moderna”.
—Bueno —dijo Beatriz, suspirando—. No voy a decir que esto no va a tener consecuencias, porque las mentiras me revientan. Pero… reconozco que el detalle de Darth Vader ha sido un giro de guion que no me esperaba.
—Eran de la edición especial, Bea —añadió Paco, intentando meter un poco de humor para rebajar la tensión—. Un respeto.
—Mañana te quiero en la oficina, Paco —sentenció Beatriz—. Presencial. Con pantalones. Y con calcetines que no tengan ventilación propia. Vamos a revisar esos datos cara a cara.
—Allí estaré. De hecho, será un placer salir de estas cuatro paredes.
Paco cerró la sesión de la reunión. Se dejó caer en la silla y suspiró profundamente. El silencio de la casa ahora era real. Se giró y vio a la señora Angustias, que le miraba desde la puerta de la cocina con una fregona en la mano y una expresión de absoluta incomprensión.
—¿Has terminado ya de hablar con la tele, Paquito? —preguntó la vecina.
—Sí, Angustias. He terminado.
—Pues venga, ayúdame con esto, que el agua no se va a recoger sola con tus palabras raras en inglés. Y por el amor de Dios, cómprate unos calzoncillos nuevos, que esos tienen más años que el hilo negro.
Paco se rió. Por primera vez en toda la mañana, se rió de verdad. Se quitó la camisa de lino, que ahora tenía una mancha de café que no había visto antes, y se puso a fregar el suelo junto a la señora Angustias. Mientras pasaba la fregona, pensó que, al final, la realidad siempre acaba ganando la partida a la ficción del teletrabajo.
Parte 4: La cruda realidad del asfalto
El miércoles por la mañana, Paco se despertó antes de que sonara el despertador. Había algo en el aire, una mezcla de alivio y ansiedad. No tenía que pelearse con la conexión Wi-Fi ni con el ángulo de la cámara. Tenía que enfrentarse a algo mucho más antiguo y terrorífico: el Metro de Madrid en hora punta.
Se vistió con una meticulosidad casi obsesiva. Eligió un pantalón chino azul marino (perfectamente planchado), una camisa blanca impecable y, sobre todo, unos calcetines nuevos, negros, sin un solo hilo suelto. Se miró al espejo y se reconoció. Era el Paco “de antes”, el que no tenía que inventarse gatos ni fingir contracturas.
Al salir de casa, se cruzó con la señora Angustias en el rellano.
—¡Huy, qué guapo vas! —le gritó ella, mientras sacaba la bolsa de la basura—. Así da gusto, y no como ayer, que parecías un náufrago de película de tarde.
—Gracias, Angustias. Hoy vuelvo a la civilización —respondió Paco con una sonrisa.
El trayecto en metro fue el habitual: empujones, olor a café de máquina y gente mirando sus móviles con cara de no haber dormido lo suficiente. Sin embargo, Paco lo disfrutaba. Había algo reconfortante en el anonimato de la multitud, en no tener que ser el centro de atención de una cuadrícula de Zoom.
Cuando llegó a la oficina, el ambiente era extraño. Al entrar en el área de su equipo, el silencio se apoderó del pasillo. Carlos fue el primero en levantar la vista.
—¡Atención todos! —exclamó, poniéndose de pie—. ¡Que viene el Lord Sith! ¡Paso al caballero de la Fuerza!
Unas cuantas risas resonaron en la sala. Paco no se inmutó. Caminó directo hacia su mesa, dejó el maletín y se sentó.
—Hola, Carlos. Veo que hoy también has venido a trabajar o solo a hacer de animador sociocultural —dijo Paco, con un tono tranquilo que desarmó al otro.
Marta se acercó con dos cafés en la mano. Le tendió uno a Paco.
—Toma, te lo has ganado. Menudo numerito el de ayer. Aunque te diré una cosa: nos hiciste la tarde. Después de que te desconectaras, Beatriz se estuvo riendo diez minutos. Hacía meses que no la veía así.
—¿En serio? —Paco bebió un sorbo de café. Sabía a gloria comparado con el de su cafetera inundada.
—Sí. Creo que al final le recordó que todos somos humanos. Que esto de estar encerrados en casa fingiendo que somos robots de la productividad es un poco absurdo.
En ese momento, la puerta del despacho de Beatriz se abrió. Ella salió con unos papeles en la mano, se detuvo frente a la mesa de Paco y le miró de arriba abajo.
—Pantalones —dijo Beatriz, señalando sus piernas.
—Pantalones —confirmó Paco.
—Calcetines sin agujeros —añadió ella.
—De estreno, Bea.
—Bien. Pasa a mi despacho. Tenemos que hablar de esos números… y de tu futuro como guionista de ficción, porque lo del gato Wifi tiene potencial.
Paco entró en el despacho. La reunión fue seria, pero hubo una humanidad que antes no existía. Hablaron de los objetivos, sí, pero también de cómo gestionar mejor el teletrabajo para que nadie tuviera que esconderse detrás de una cámara apagada por vergüenza.
Al final de la jornada, mientras Paco recogía sus cosas para irse, se quedó mirando su puesto de trabajo físico. No había restos de comida, no había mantas, no había cables de auriculares enredados.
—¿Paco? —le llamó Beatriz desde la puerta.
—¿Sí?
—Mañana puedes quedarte en casa si quieres. Pero con una condición.
—Dime.
—Enciende la cámara. Me da igual si estás en pijama, si tienes la cama sin hacer o si el gato Wifi decide pasearse por el teclado. Pero sé tú mismo. Es mucho más fácil trabajar con personas que con avatares de Benidorm.
Paco asintió.
—Trato hecho, Bea. Pero aviso: mis pijamas de invierno son todavía más polémicos que los calzoncillos de Star Wars.
—Me arriesgaré —rio ella.
Paco salió del edificio y respiró el aire de la tarde. El teletrabajo, con sus luces y sus sombras, sus cámaras encendidas y sus pantalones olvidados, era solo una parte de la nueva realidad. Lo importante no era el encuadre, sino lo que pasaba fuera de él.
Mientras caminaba hacia el metro, sacó el móvil y escribió un mensaje en el grupo de WhatsApp del equipo:
“Mañana reunión a las 9:00. Cámara encendida. El que venga más conjuntado paga las cañas del viernes.”
La respuesta de Carlos fue inmediata: una foto de una pajarita con luces LED. Paco sonrió. Al final, el caos de cintura para abajo no era un problema de profesionalidad, sino una señal de que, a pesar de las pantallas, seguíamos siendo deliciosamente humanos.
¿Cámara encendida en teletrabajo? Sí, siempre que nos atrevamos a reírnos de lo que hay al otro lado de la lente. Innecesaria, si lo que buscamos es una perfección que no existe. Pero, sobre todo, inevitable para recordar que, detrás de cada Excel, hay alguien intentando que el grifo de la vida no le inunde el salón.