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El despertar de la bestia doméstica

Parte 1: El despertar de la bestia doméstica

La luz del sol de Madrid entraba por la persiana a medio bajar con una agresividad innecesaria para ser un martes. No era una luz poética, de esas que invitan a escribir versos o a salir a correr por el Retiro; era una luz chivata, de las que sacan a relucir las motas de polvo sobre el monitor y te recuerdan que llevas tres días sin fregar la taza del café. Paco estiró un brazo fuera del edredón, tanteando la mesilla de noche como quien busca un náufrago en mitad del océano, hasta que sus dedos tropezaron con el frío metal del móvil.

Las 8:52. La reunión de sincronización de “Growth & Strategy” —un nombre pomposo para decidir quién se encargaba de las facturas que nadie quería picar— empezaba a las 9:00 en punto.

—Me cago en la leche, Merche —murmuró Paco para sí mismo, aunque vivía solo con un cactus que ya mostraba signos de depresión severa.

Paco no era un hombre de mañanas. Era más bien un hombre de “tardes tardías” y “noches de autocontrol nulo frente a las plataformas de streaming”. Se incorporó con la agilidad de un saco de patatas y se quedó sentado al borde de la cama, contemplando el abismo de su propia existencia. El teletrabajo, ese invento que nos vendieron como la panacea de la conciliación, se había convertido para él en una especie de arresto domiciliario con derecho a Excel.

Se puso en pie y el suelo frío le dio la bienvenida. Fue entonces cuando cometió el primer error del día: mirarse al espejo del pasillo. Lo que vio no era un consultor senior de treinta y pocos años; era el náufrago de Tom Hanks tras tres años de dieta basada en cocos, pero con unas ojeras que llegaban hasta Despeñaperros.

—Bueno, Paco, prioridades —se dijo, rascándose la nuca—. La cara de persona es negociable, el café es obligatorio.

Se dirigió a la cocina. El uniforme oficial del teletrabajador medio en España se compone de capas geológicas. Paco vestía una camiseta de propaganda de una carrera popular de 2017 que, por alguna razón física inexplicable, se le había quedado estrecha de hombros y ancha de tripa. Pero lo importante, lo que definía su estado de ánimo, era lo que llevaba de cintura para abajo: unos calzoncillos de dibujos de Star Wars (un regalo de su tía que nunca se atrevió a tirar) y unos calcetines de lana gordos, uno de ellos con un agujero estratégico por el que asomaba el dedo gordo como un periscopio.

La cafetera italiana empezó a gorgotear con ese sonido que es, posiblemente, el único motivo por el cual la civilización occidental no ha colapsado todavía. Paco llenó su taza de “El mejor jefe del mundo” —irónico, teniendo en cuenta que se odiaba profundamente en ese preciso instante— y se sentó frente al ordenador.

Eran las 8:59. El ritual comenzó. Apartó con el codo un plato con restos de migas de pan tostado, recolocó el teclado y abrió la aplicación de videoconferencias. El nombre de su jefa, Beatriz, ya aparecía en la sala de espera. Beatriz era de esas personas que a las siete de la mañana ya han hecho yoga, han tomado un batido de espinacas y han enviado tres correos con el asunto: “¿Le damos una vuelta?”. Una psicópata, básicamente.

Paco ajustó la altura del portátil usando un ejemplar del Código Civil y un libro de recetas de cocina extremeña que jamás había abierto. El objetivo era que la cámara solo captara su rostro y el cuello de la camiseta, ocultando el caos de su escritorio y, por supuesto, su falta de pantalones.

Se peinó con los dedos, dándose unos toquecitos en las mejillas para recuperar algo de riego sanguíneo. En un alarde de profesionalidad, se echó por encima una camisa de lino azul que tenía colgada en el respaldo de la silla de la oficina, una prenda que él llamaba “el disfraz de ejecutivo”. No se la abrochó del todo, solo los tres botones centrales que quedaban dentro del encuadre.

—Listo —susurró—. Showroom por delante, almacén de saldos por detrás.

Hizo clic en “Unirse a la reunión”. El silencio inicial fue roto por el pitido de entrada. Ahí estaba la cuadrícula de caras. Beatriz, impecable, con un fondo de estantería blanca y una planta perfectamente hidratada. Carlos, el pelota de marketing, con auriculares de gamer y una sonrisa de anuncio de dentífrico. Y Marta, que siempre parecía estar conectada desde una cueva o un búnker en Albacete.

—¡Buenos días a todos! —exclamó Beatriz con una energía que resultaba ofensiva para un martes a esa hora—. Veo que ya estamos casi todos. Paco, te vemos muy oscuro, ¿no?

—Hola, Bea. Sí, es que tengo el sol de cara y he tenido que bajar la persiana para que no me deslumbre el brillo del éxito de este equipo —soltó Paco, sin inmutarse.

—Qué gracioso, Paco. Siempre con la puntilla —rio Beatriz, aunque sus ojos decían claramente que si pudiera, le mandaría un virus troyano al router—. Bueno, vamos a empezar. Hoy tenemos mucho que repasar. El informe trimestral está al caer y necesito que todos estemos al cien por cien. Por cierto, Paco, enciende la cámara de una vez, que sale tu avatar de la playa y me desconcentra.

Paco sintió un sudor frío recorriéndole la espalda. El avatar era una foto suya en Benidorm, con un mojito en la mano y una cara de felicidad que ahora mismo le parecía de otra vida.

—Es que… verás, Bea —empezó Paco, ganando tiempo—. Tengo un pequeño problema con el controlador de la webcam. Creo que Windows se ha actualizado y me está dando conflicto con el driver de la imagen. Ya sabes cómo es esto, la tecnología nos da la mano y luego nos pega la puñalada.

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