El aire acondicionado del restaurante “La Manduca Sibarita” soplaba con una insistencia casi personal, de esa que parece diseñada para que te pidas otra copa de vino solo para entrar en calor. Paco se ajustó la servilleta sobre las rodillas con el esmero de un cirujano preparándose para una intervención a corazón abierto. A su lado, Elena examinaba la carta con esa mirada analítica que reservaba normalmente para las facturas de la luz o para juzgar el estilismo de los invitados en las bodas de sus primos. Estaban en ese punto de la cena donde la tensión gástrica empieza a solaparse con la tensión emocional. Habían sobrevivido a un entrante de alcachofas confitadas que, según el camarero —un muchacho con barba de tres días y un tatuaje de un aguacate en el antebrazo—, habían sido “acariciadas por el fuego sagrado del carbón de encina”. A Paco, sinceramente, le habían parecido tres alcachofas normales, pero a precio de lingote de oro.
—Paco, no me mires así —dijo Elena sin levantar la vista del menú de postres—. Sé perfectamente lo que estás pensando. Estás calculando el espacio que te queda en el estómago como si fuera el maletero de un coche antes de irse de vacaciones a la playa.
—No es eso, Elena, de verdad. Es que me ha parecido que el risotto estaba un poco… escaso —replicó él, tratando de mantener un tono de dignidad herida—. Que hoy en día te cobran el grano de arroz a precio de azafrán iraní. He contado diecisiete granos. Diecisiete. Eso no es una cena, es un muestrario geológico.
Paco era un hombre de costumbres sólidas y apetitos contundentes. Para él, una cena fuera de casa era un evento social, sí, pero sobre todo era un contrato de suministro energético. La tendencia moderna de los platos minimalistas le producía una angustia existencial que solo se calmaba con la promesa de algo dulce al final del camino. Observó a Elena. Ella era lo opuesto: una mujer de picoteo, de saborear, de esas personas extrañas que son capaces de dejar un trozo de pizza en la caja porque “ya están llenas”. Paco no entendía ese concepto. Para él, “estar lleno” era un estado teórico que solo se alcanzaba cuando el botón del pantalón empezaba a pedir socorro por vía diplomática.
El restaurante era uno de esos sitios de moda en Madrid donde las mesas están tan juntas que terminas sabiendo más de la crisis de pareja de los de al lado que de tu propia vida. A su izquierda, una pareja de veinteañeros se hacía fotos con cada plato, ralentizando el ritmo de la cocina y, por ende, acelerando el metabolismo de Paco hacia niveles de irritabilidad peligrosos. El camarero volvió a aparecer, deslizándose por el parqué con la agilidad de un patinador artístico.
—¿Les ha gustado el risotto de boletus y esencia de bosque sombrío? —preguntó el joven, con esa sonrisa ensayada que sugiere que él mismo ha ido a recolectar los hongos al amanecer.
—Espectacular —mintió Elena con elegancia—. Una textura muy interesante.
Paco asintió con la cabeza, aunque por dentro pensaba que la única “esencia de bosque” que había sentido era la humedad de la cuenta que se les venía encima. Esperó a que el camarero se alejara un poco para lanzarse al ataque. El momento crucial de toda cena en pareja en España había llegado. Ese instante en el que se decide si la velada termina en armonía o en un conflicto de soberanía alimentaria.
—Oye, Elena… —comenzó él, suavizando la voz, usando ese tono que empleaba cuando quería convencerla de ver una película de acción en lugar de un drama de época—. Estaba mirando la sección de los “Finales Dulces”. Tienen un coulant de chocolate belga con helado de vainilla de Madagascar que tiene nombre y apellidos. Dicen que el chocolate fluye como lava fundida.
Elena cerró la carta y lo miró fijamente. Era una mirada que Paco conocía bien. Una mezcla de advertencia y curiosidad. Ella sabía que Paco no quería un postre; quería ese postre. Pero también sabía que, si pedían dos, ella no se terminaría el suyo y Paco acabaría comiéndose uno y medio, quejándose luego de la acidez y de que “la vida es un valle de lágrimas para el que tiene el metabolismo lento”.
—Paco, si pedimos postre, me voy a sentir como una pelota de tenis —dijo ella, aunque su resolución empezaba a flaquear—. Además, mañana tenemos la comida con mis padres y tu suegra no perdona el cocido. Si hoy nos pasamos, mañana no entro en el vestido.
—Pero si el chocolate es antioxidante, Elena. Es prácticamente medicina —argumentó Paco con una lógica aplastante que solo un hombre hambriento puede desplegar—. Además, el helado de vainilla ayuda a digerir. Lo leí en un artículo de una revista de salud en la sala de espera del dentista. O en un hilo de Twitter, no me acuerdo bien, pero el concepto es el mismo.
Paco hizo una pausa dramática. Sabía que tenía que jugar sus cartas con precisión. El silencio se prolongó mientras el murmullo del restaurante aumentaba. El olor a café recién hecho empezó a flotar en el ambiente, actuando como un canto de sirena para sus sentidos. La “Manduca Sibarita” no era un sitio para cobardes. Si no pedías postre ahora, te arrepentirías en el taxi de vuelta, rumiando tu hambre mientras pasas por delante de un kebab abierto.
—Venga, Elena. Solo uno. Por probarlo. Por el bien de nuestra cultura gastronómica —insistió Paco, dándole un toque patriótico al asunto—. No podemos dejar que ese chocolate belga se quede ahí solo, en la cocina, enfriándose. Sería un desperdicio de recursos internacionales.
Elena suspiró. Sabía que la batalla estaba perdida desde el momento en que Paco mencionó la palabra “lava”. Ella también tenía un punto débil por el dulce, aunque le gustaba fingir que tenía el control total sobre su páncreas. Se recolocó en la silla, miró de reojo el plato de la mesa vecina —donde un postre de dimensiones arquitectónicas acababa de aterrizar— y finalmente cedió.
—Está bien, Paco. Tú ganas. Pero solo uno.
Paco sintió una oleada de triunfo comparable a ganar una final de la Champions. Llamó al camarero con un gesto que pretendía ser casual pero que denotaba una urgencia casi vital. El muchacho del aguacate se acercó, libreta en mano.
—¿Desean algún postre o pasamos directamente al café? —preguntó el camarero.
Paco miró a Elena, esperando el visto bueno definitivo, el “nihil obstat” de la autoridad competente. Ella asintió levemente, como quien firma un armisticio tras una guerra de desgaste.
—Vamos a tomar el coulant de chocolate belga —dijo Paco con voz firme—. El de la lava.
—Excelente elección —aprobó el camarero—. ¿Dos cucharas, supongo?
Esa era la pregunta. La pregunta que definía amistades, matrimonios y herencias. Paco respiró hondo. Aquí empezaba el verdadero juego.
—Sí, dos cucharas —confirmó Paco, antes de lanzar la frase que cambiaría el rumbo de la conversación—. Pero, espera… Elena, ¿compartimos postre entonces?
PARTE 2
Elena enarcó una ceja. Esa pregunta, “¿compartimos postre?”, en boca de Paco, era como si un lobo le preguntara a una oveja si quería compartir el prado. Había una trampa oculta, un asterisco invisible que Paco siempre aplicaba a las leyes de la propiedad distributiva. En sus diez años de relación, Elena había aprendido que el concepto de “compartir” para Paco era extremadamente elástico. Para él, compartir un taxi significaba que ella pagaba y él elegía la música. Compartir las tareas de casa significaba que ella limpiaba y él “supervisaba” la calidad del aire.
—Sí, Paco. Hemos dicho que solo uno. Así que sí, compartimos —respondió ella con cautela, vigilando el movimiento de las manos de su marido.
El camarero se retiró, dejando tras de sí una estela de expectación. Paco, por su parte, empezó a tamborilear los dedos sobre la mesa. Estaba en su salsa. El momento de la negociación de las condiciones de uso del postre era para él casi tan placentero como el postre mismo. Era el arte de la diplomacia aplicado al azúcar.
—Vale, me parece justo —dijo Paco, adoptando un aire de generosidad magnánima—. Pero vamos a establecer unas reglas básicas, para que no haya malentendidos. Que luego dices que soy un ansias y que no te dejo probar nada.
—¿Reglas? —Elena se rió—. Paco, es un bizcocho con chocolate dentro, no el reparto de las tierras de la Corona de Aragón. Se mete la cuchara, se saca el trozo y se come. No tiene más misterio.
—Ahí es donde te equivocas, Elena. Ahí es donde reside tu ingenuidad —replicó Paco, señalándola con un dedo acusador—. El coulant es un ecosistema frágil. Tienes la estructura externa, que es el bizcocho esponjoso, y el núcleo interno, que es el magma de chocolate. Si no hay una estrategia clara, el colapso estructural es inminente. Si tú atacas el flanco norte sin aviso, puedes provocar una fuga de chocolate que desequilibre la relación helado-bizcocho.
Elena lo miraba entre fascinada y horrorizada. A veces olvidaba que Paco podía convertir cualquier situación cotidiana en un tratado de ingeniería civil. El restaurante seguía bullendo a su alrededor. El ruido de los platos y las risas de otras mesas formaban un telón de fondo para lo que ella sospechaba que iba a ser una de las maniobras más audaces de Paco.
—A ver, ilustre pensador, ¿cuál es tu propuesta? —preguntó Elena, cruzándose de brazos.
—Es muy sencillo. Una propuesta de consenso. Una propuesta que mira por tu salud, por tu línea y por mi bienestar emocional —Paco se inclinó hacia adelante, bajando el tono como si estuviera revelando un secreto de Estado—. Lo hacemos así: una cucharada tú… y el resto yo.
El silencio que siguió a esa frase fue tan denso que casi se podía cortar con el cuchillo de la carne que todavía estaba sobre la mesa. Elena parpadeó, procesando la oferta. No era una oferta de paz; era una declaración de hegemonía.
—Perdona, ¿qué has dicho? —preguntó Elena, convencida de haber oído mal por culpa de la música jazz ambiental.
—Lo que has oído, cariñín —repitió Paco con una sonrisa inocente que no llegaba a ocultar el brillo de codicia en sus ojos—. Una cucharada tú, para que te quites el gusanillo, para que sientas ese sabor belga en tu paladar, para que puedas decir que has pecado pero sin las consecuencias calóricas. Y el resto me lo gestiono yo, que para eso tengo más superficie corporal que quemar. Es un plan sin fisuras.
—Paco, eso no es compartir —dijo Elena, recuperando el habla—. Eso es… eso es anunciar. Estás anunciando el postre como si fuera un tráiler de una película. “Próximamente en los mejores cines: el postre que se va a comer Paco”.
—¡No seas exagerada! —protestó él—. Una cucharada de ese coulant es como un abrazo al alma. Es intensa. Es poderosa. Con una cucharada bien cargada, de esas que llevan un poco de bizcocho, un chorro de chocolate y una pizca de helado de vainilla, tienes suficiente para ser feliz durante media hora. Más de eso, para una mujer de tu constitución, es gula. Yo, en cambio, estoy sacrificando mi salud cardiovascular por el bien común.
—¿El bien común? —Elena empezó a reírse, pero con esa risa que indica que la paciencia se está agotando—. El bien común es que nos lo comamos a medias. Cincuenta por ciento. Partimos el bizcocho por el eje de simetría y cada uno gestiona su territorio.
—¡Jamás! —exclamó Paco, quizás un poco más alto de lo socialmente aceptable en un local de ese nivel—. Partir el coulant por la mitad es un sacrilegio. Es como dividir el átomo. Vas a provocar una explosión de chocolate que manchará el mantel y, lo que es peor, arruinará la experiencia estética. El coulant debe permanecer íntegro hasta que la primera cuchara rompa el sello. Y esa cuchara, te lo digo de corazón, debería ser la tuya. La primera. La de honor.
Elena se quedó mirando a su marido, tratando de descifrar si hablaba en serio o si era simplemente otra de sus elaboradas bromas para conseguir lo que quería. El problema era que Paco siempre hablaba en serio cuando había comida de por medio. Para él, un filete no era carne, era un compromiso; y un postre no era un dulce, era una declaración de principios.
—Eres increíble, Paco —dijo ella, negando con la cabeza—. Tienes la cara más dura que el turrón de Alicante en enero. Me ofreces una cucharada como si fuera un favor, como si me estuvieras salvando de la perdición eterna por el azúcar.
—Exacto. Soy tu protector gastronómico —asintió Paco, dándose un golpecito en el pecho—. Piénsalo. Tú te llevas la gloria del primer bocado, ese que es todo sorpresa y deleite, y yo me quedo con el trabajo sucio de terminar la faena, de lidiar con el empalagamiento final, de rebañar el plato con la cuchara haciendo ese ruido metálico que tanto te molesta. Me estoy inmolando por ti.
En ese momento, el camarero reapareció portando una bandeja negra. Sobre ella, el objeto de la disputa. El coulant de chocolate belga reposaba en el centro de un plato blanco inmenso, decorado con unas líneas de sirope de frambuesa y una bola de helado que parecía una perla perfecta. El aroma llegó antes que el plato: un olor penetrante a cacao de alta calidad que hizo que las glándulas salivales de Paco entraran en modo de emergencia.
El camarero dejó el plato en el centro exacto de la mesa, colocó las dos cucharillas con una simetría militar y se retiró con una venia. El coulant parecía vibrar ligeramente, como si estuviera vivo. Una pequeña grieta en la parte superior dejaba ver un atisbo del chocolate fundido que esperaba en su interior.
—Ahí lo tienes —susurró Paco, con los ojos fijos en el bizcocho—. La joya de la corona. La lava de chocolate. Ahora dime, Elena, ¿vas a romper este momento con una discusión sobre porcentajes o vas a aceptar tu cucharada de gloria?
Elena miró el postre y luego miró a Paco. La situación era ridícula, pero en el micromundo de su matrimonio, este era un duelo de titanes.
PARTE 3
Elena cogió su cucharilla con una parsimonia deliberada. La sostuvo entre los dedos como si fuera un florete de esgrima. Sabía que Paco estaba conteniendo la respiración, observando cada uno de sus movimientos como un halcón que vigila a una presa. La tensión cómica en la mesa era tan palpable que incluso la pareja de veinteañeros de al lado había dejado de hacerse selfies para observar el desenlace del drama.
—Así que una cucharada y el resto tú, ¿eh? —repitió Elena, con una sonrisa que a Paco no le gustó nada. Tenía un matiz de “preparate para lo que viene”.
—Ese es el pacto, Elena. El pacto de los caballeros —dijo Paco, relamiéndose—. Una cucharada generosa, por supuesto. No soy un tirano. Puedes cargarla bien. Puedes coger un poco de ese helado que se está empezando a derretir por el calor del bizcocho. Mira cómo resbala… es poesía pura.
Paco ya se veía con el resto del postre. En su mente, ya estaba saboreando el contraste entre el bizcocho caliente y la crema fría. Ya estaba visualizando cómo iba a limpiar el plato hasta que el blanco de la porcelana volviera a brillar como si acabara de salir de la fábrica. Pero Elena no era una principiante en este juego.
—Vale, Paco. Acepto —dijo ella de repente.
Paco soltó un suspiro de alivio que casi apaga la vela decorativa de la mesa. Estaba a punto de decir algo triunfal cuando Elena continuó.
—Pero yo elijo qué cucharada me como.
—Por supuesto, faltaría más —concedió Paco, haciendo un gesto de invitación con la mano—. La primera, como hemos dicho. Adelante, el honor es tuyo.
Elena acercó la cucharilla al coulant. Pero en lugar de atacar el borde, o de pinchar suavemente la superficie para dejar que el chocolate fluyera, hizo algo que Paco no esperaba. Empezó a rodear el postre con la cuchara, estudiando los ángulos, buscando el punto de máxima densidad. Paco empezó a ponerse nervioso.
—Eh… Elena, tampoco hace falta que hagas un estudio topográfico del bizcocho. Es un postre, no el mapa del tesoro. Coge un trozo y ya está.
—Shhh —le mandó callar ella—. Estoy concentrándome. Has dicho que una cucharada es suficiente para ser feliz, y yo quiero asegurar mi felicidad a largo plazo.
De repente, Elena hundió la cuchara. Pero no lo hizo de forma vertical. Lo hizo de forma horizontal, desde la base, realizando una maniobra de excavación profunda que atravesó todo el diámetro del bizcocho. Con un giro de muñeca experto, extrajo una cantidad de alimento que desafiaba las leyes de la física y de la capacidad de la cucharilla. Era una montaña de bizcocho que sostenía en su cúspide casi todo el helado de vainilla, y que chorreaba chocolate fundido por los cuatro costados. Era, técnicamente, una sola cucharada, pero en la práctica representaba aproximadamente el cuarenta por ciento del volumen total del postre.
Paco se quedó con la boca abierta. Literalmente. Una gota de sudor frío le recorrió la sien.
—¡Oye! ¡Eso es trampa! —exclamó, tratando de mantener la voz baja pero fallando estrepitosamente—. ¡Esa cuchara tiene más carga que un camión de mudanzas! Has desmantelado la estructura basal. ¡Has provocado un derrumbe!
Elena, con una calma insultante, se metió la cucharada en la boca. Cerró los ojos y saboreó el chocolate con una lentitud que a Paco le pareció una tortura medieval. Disfrutó del contraste de temperaturas, de la textura del bizcocho y de la dulzura de la vainilla. Cuando finalmente tragó, emitió un suspiro de satisfacción plena.
—Tenías razón, Paco —dijo ella, limpiándose una mínima mancha de chocolate de la comisura de los labios con la servilleta—. Con una cucharada es suficiente. Estoy llena de felicidad. Todo tuyo.
Paco miró el plato. Lo que quedaba del coulant era un paisaje desolado. La estructura se había inclinado hacia un lado, el chocolate se desparramaba sin orden ni concierto por el plato y el helado había desaparecido casi por completo, salvo por una pequeña mancha blanca que agonizaba sobre la frambuesa. Era como si un terremoto hubiera pasado por el centro del postre y solo hubiera dejado los escombros.
—Esto… esto es un sabotaje —balbuceó Paco, cogiendo su cucharilla con mano temblorosa—. Me has dejado los restos del naufragio. Has aplicado la política de tierra quemada al chocolate belga.
—No te quejes, Paco. Es lo que tú pediste —le recordó Elena, apoyando la barbilla en la mano y mirándolo con una expresión de triunfo angelical—. “Una cucharada tú y el resto yo”. Esas fueron tus palabras exactas. Yo he cumplido mi parte del trato. Ahora te toca a ti disfrutar del “resto”. Que aproveche, campeón.
Paco empezó a comer, pero la victoria le sabía amarga. Bueno, le sabía a chocolate de primera calidad, pero su orgullo estaba herido. Cada vez que hundía la cuchara en lo que quedaba del bizcocho, sentía que Elena le había ganado la partida en su propio terreno. Ella lo observaba con una sonrisita, disfrutando no del postre, sino del espectáculo de ver a Paco lidiar con las consecuencias de su propia astucia.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Paco entre bocado y bocado—. Que el chocolate está buenísimo. Pero me falta el equilibrio. Me has robado la vainilla, Elena. Me has dejado sin el contrapunto lácteo. Es como escuchar una orquesta donde han despedido al de los timbales. Suena bien, pero le falta fuerza.
—Ah, la vida es dura, Paco —replicó ella—. A veces se gana y a veces se aprende que no se puede ser tan listo con quien duerme en tu misma cama.
Paco terminó lo que quedaba en tres segundos. Rebañó el plato con una saña casi profesional, asegurándose de que no quedara ni una molécula de cacao. Pero el sentimiento de vacío persistía. Se recostó en la silla, dejó la cucharilla sobre el mantel con un chasquido metálico y miró a su mujer.
—Eso no es compartir, Elena —sentenció él, retomando la frase del guion de su vida—. Eso es anunciar. Me has anunciado que el postre existía y luego me has dejado con los créditos finales.
Elena se echó a reír, una risa clara que llamó la atención de las mesas cercanas. La tensión cómica había estallado y ahora solo quedaba la relajación post-batalla.
—Venga, Paco, no me pongas esa cara de perro apaleado. Que te has comido el sesenta por ciento del postre.
—¡Pero sin helado! —insistió él—. ¡Un coulant sin helado es como un jardín sin flores, como un verano sin playa, como un Madrid sin atascos! Pierde su esencia.
Se quedaron un momento en silencio, mirando el plato vacío que ahora servía de testimonio mudo de su eterna disputa alimentaria. Paco suspiró hondamente.
—¿Sabes qué he sacado en limpio de todo esto? —preguntó Paco, poniéndose serio de repente.
—¿Que la avaricia rompe el saco? —aventuró Elena.
—No. He llegado a una conclusión mucho más profunda.
PARTE 4
Paco se inclinó hacia adelante, cruzando las manos sobre la mesa con el aire de un filósofo que acaba de descubrir la cuadratura del círculo. Elena lo conocía demasiado bien como para saber que lo que venía a continuación era la “reflexión final”, esa teoría que Paco construía para intentar salir siempre con la cabeza alta de cualquier situación ridícula.
—Dime, Aristóteles del azúcar —dijo ella con una sonrisa—, ¿cuál es esa gran conclusión?
—He llegado a la conclusión de que la pregunta “¿Compartimos postre?” es la mayor mentira de la civilización occidental —declaró Paco con solemnidad—. Es un oxímoron. Es como decir “fuego helado” o “inteligencia militar”. ¿Compartir postre? ¿De verdad eso existe?
Elena se quedó pensativa un segundo, permitiéndole a Paco desarrollar su tesis.
—Piénsalo bien —continuó él—. El postre no es como una ración de bravas o una ensaladilla rusa. Las bravas están diseñadas para la colectividad. Son unidades discretas. Tú coges una, yo cojo otra, y si al final queda una huérfana en el plato, nos peleamos cortésmente por ella hasta que alguien cede. Pero el postre… el postre es una experiencia unitaria. Es un viaje personal. Intentar compartir un postre es como intentar compartir un sueño o un dolor de muelas. No se puede fraccionar sin que pierda su alma.
—O sea, que según tu teoría, cada uno debería pedirse el suyo y dejarse de tonterías —resumió Elena.
—Exactamente. La frase “¿compartimos postre?” no es una invitación a la generosidad, es un eufemismo para decir: “Tengo un conflicto moral entre mis ganas de comer azúcar y mi deseo de no engordar, y quiero que tú seas el cómplice de mi delito”. Pero en el fondo, ambos sabemos que uno de los dos va a terminar sintiéndose estafado. O tú, porque yo me como más de lo que te toca, o yo, porque tú me haces la “maniobra de la excavadora” y me dejas sin helado.
Paco hizo un gesto hacia el plato vacío, como si estuviera señalando una escena del crimen.
—Al final, compartir postre solo sirve para generar resentimiento. Existe el concepto de “compartir”, sí, pero no se aplica al azúcar. En el momento en que hay chocolate de por medio, el ser humano vuelve a su estado primitivo de cazador-recolector. No hay pareja, no hay amor, no hay hipotecas comunes… solo hay una cuchara y un objetivo.
Elena no pudo evitar darle la razón en parte. Cada vez que salían a cenar con amigos y alguien decía aquello de “pedimos tres postres para los seis y así probamos un poco de todo”, siempre acababa igual: una batalla campal de cucharillas chocando entre sí, personas calculando con el ojo si el de al lado ha cogido un trozo más grande de tarta de queso, y la inevitable sensación de que te has quedado con las ganas de más.
—Puede que tengas razón, Paco —admitió Elena, llamando al camarero para pedir la cuenta—. Quizás compartir postre es un mito urbano. Un invento de los nutricionistas para que comamos menos o de los restauradores para que nos quedemos con hambre y volvamos pronto.
—Es una utopía irrealizable —concluyó Paco, sacando la cartera—. El postre es la última frontera de la individualidad. La próxima vez, Elena, no preguntes. Si quieres postre, pídete uno. Y yo me pediré otro. Y si quieres probar el mío, lo haremos bajo un tratado internacional firmado ante notario, con cuotas de intercambio claramente definidas.
—Me parece justo —rió ella—. Pero entonces no te quejes cuando me pida la tarta de la abuela y no te dé ni las migas.
—Acepto el riesgo. Es un precio pequeño por la paz mental.
El camarero llegó con la cuenta. Paco pagó con esa mezcla de resignación y alivio que siente cualquiera que acaba de dejar una suma considerable de dinero por unas alcachofas acariciadas por el fuego y un coulant víctima de un sabotaje. Se levantaron de la mesa y caminaron hacia la salida del restaurante.
La noche madrileña los recibió con un aire fresco que sabía a libertad y a ciudad despierta. Mientras caminaban hacia el coche, Paco guardaba un silencio inusual. Elena lo miró de reojo. Sabía que su cerebro seguía trabajando.
—¿En qué piensas ahora? —preguntó ella.
—En que hay una pastelería abierta en la esquina que hace unas palmeras de chocolate que son legendarias —respondió Paco con una chispa de picardía en los ojos—. Y he pensado que podríamos comprar una.
—¿Una para compartir? —preguntó Elena con ironía.
Paco se detuvo en seco y la miró con una seriedad absoluta, aunque sus labios traicionaban una pequeña sonrisa.
—No, Elena. No hemos aprendido nada. Compraremos dos. Una para ti y otra para mí. Porque el amor está muy bien para pagar el alquiler y decidir el color de las cortinas, pero cuando el chocolate entra por la puerta, la solidaridad salta por la ventana.
Elena le dio un empujón cariñoso en el hombro y siguieron caminando. Al final, después de años juntos, habían llegado a la conclusión de que el secreto de un matrimonio feliz no era compartirlo todo, sino saber exactamente qué cosas era mejor disfrutar por separado. Y el postre, definitivamente, encabezaba esa lista.
Porque, como bien había dicho Paco, ¿compartir postre de verdad existe? Posiblemente no. Es solo una leyenda que nos contamos los adultos para sentirnos mejores personas, mientras, en el fondo de nuestro corazón, deseamos que la otra persona se llene rápido para poder quedarnos con todo el chocolate. Y aceptarlo, al fin y al cabo, era la forma más honesta de quererse.