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El aire acondicionado del restaurante “La Manduca Sibarita” soplaba con una insistencia casi personal

PARTE 1

El aire acondicionado del restaurante “La Manduca Sibarita” soplaba con una insistencia casi personal, de esa que parece diseñada para que te pidas otra copa de vino solo para entrar en calor. Paco se ajustó la servilleta sobre las rodillas con el esmero de un cirujano preparándose para una intervención a corazón abierto. A su lado, Elena examinaba la carta con esa mirada analítica que reservaba normalmente para las facturas de la luz o para juzgar el estilismo de los invitados en las bodas de sus primos. Estaban en ese punto de la cena donde la tensión gástrica empieza a solaparse con la tensión emocional. Habían sobrevivido a un entrante de alcachofas confitadas que, según el camarero —un muchacho con barba de tres días y un tatuaje de un aguacate en el antebrazo—, habían sido “acariciadas por el fuego sagrado del carbón de encina”. A Paco, sinceramente, le habían parecido tres alcachofas normales, pero a precio de lingote de oro.

—Paco, no me mires así —dijo Elena sin levantar la vista del menú de postres—. Sé perfectamente lo que estás pensando. Estás calculando el espacio que te queda en el estómago como si fuera el maletero de un coche antes de irse de vacaciones a la playa.

—No es eso, Elena, de verdad. Es que me ha parecido que el risotto estaba un poco… escaso —replicó él, tratando de mantener un tono de dignidad herida—. Que hoy en día te cobran el grano de arroz a precio de azafrán iraní. He contado diecisiete granos. Diecisiete. Eso no es una cena, es un muestrario geológico.

Paco era un hombre de costumbres sólidas y apetitos contundentes. Para él, una cena fuera de casa era un evento social, sí, pero sobre todo era un contrato de suministro energético. La tendencia moderna de los platos minimalistas le producía una angustia existencial que solo se calmaba con la promesa de algo dulce al final del camino. Observó a Elena. Ella era lo opuesto: una mujer de picoteo, de saborear, de esas personas extrañas que son capaces de dejar un trozo de pizza en la caja porque “ya están llenas”. Paco no entendía ese concepto. Para él, “estar lleno” era un estado teórico que solo se alcanzaba cuando el botón del pantalón empezaba a pedir socorro por vía diplomática.

El restaurante era uno de esos sitios de moda en Madrid donde las mesas están tan juntas que terminas sabiendo más de la crisis de pareja de los de al lado que de tu propia vida. A su izquierda, una pareja de veinteañeros se hacía fotos con cada plato, ralentizando el ritmo de la cocina y, por ende, acelerando el metabolismo de Paco hacia niveles de irritabilidad peligrosos. El camarero volvió a aparecer, deslizándose por el parqué con la agilidad de un patinador artístico.

—¿Les ha gustado el risotto de boletus y esencia de bosque sombrío? —preguntó el joven, con esa sonrisa ensayada que sugiere que él mismo ha ido a recolectar los hongos al amanecer.

—Espectacular —mintió Elena con elegancia—. Una textura muy interesante.

Paco asintió con la cabeza, aunque por dentro pensaba que la única “esencia de bosque” que había sentido era la humedad de la cuenta que se les venía encima. Esperó a que el camarero se alejara un poco para lanzarse al ataque. El momento crucial de toda cena en pareja en España había llegado. Ese instante en el que se decide si la velada termina en armonía o en un conflicto de soberanía alimentaria.

—Oye, Elena… —comenzó él, suavizando la voz, usando ese tono que empleaba cuando quería convencerla de ver una película de acción en lugar de un drama de época—. Estaba mirando la sección de los “Finales Dulces”. Tienen un coulant de chocolate belga con helado de vainilla de Madagascar que tiene nombre y apellidos. Dicen que el chocolate fluye como lava fundida.

Elena cerró la carta y lo miró fijamente. Era una mirada que Paco conocía bien. Una mezcla de advertencia y curiosidad. Ella sabía que Paco no quería un postre; quería ese postre. Pero también sabía que, si pedían dos, ella no se terminaría el suyo y Paco acabaría comiéndose uno y medio, quejándose luego de la acidez y de que “la vida es un valle de lágrimas para el que tiene el metabolismo lento”.

—Paco, si pedimos postre, me voy a sentir como una pelota de tenis —dijo ella, aunque su resolución empezaba a flaquear—. Además, mañana tenemos la comida con mis padres y tu suegra no perdona el cocido. Si hoy nos pasamos, mañana no entro en el vestido.

—Pero si el chocolate es antioxidante, Elena. Es prácticamente medicina —argumentó Paco con una lógica aplastante que solo un hombre hambriento puede desplegar—. Además, el helado de vainilla ayuda a digerir. Lo leí en un artículo de una revista de salud en la sala de espera del dentista. O en un hilo de Twitter, no me acuerdo bien, pero el concepto es el mismo.

Paco hizo una pausa dramática. Sabía que tenía que jugar sus cartas con precisión. El silencio se prolongó mientras el murmullo del restaurante aumentaba. El olor a café recién hecho empezó a flotar en el ambiente, actuando como un canto de sirena para sus sentidos. La “Manduca Sibarita” no era un sitio para cobardes. Si no pedías postre ahora, te arrepentirías en el taxi de vuelta, rumiando tu hambre mientras pasas por delante de un kebab abierto.

—Venga, Elena. Solo uno. Por probarlo. Por el bien de nuestra cultura gastronómica —insistió Paco, dándole un toque patriótico al asunto—. No podemos dejar que ese chocolate belga se quede ahí solo, en la cocina, enfriándose. Sería un desperdicio de recursos internacionales.

Elena suspiró. Sabía que la batalla estaba perdida desde el momento en que Paco mencionó la palabra “lava”. Ella también tenía un punto débil por el dulce, aunque le gustaba fingir que tenía el control total sobre su páncreas. Se recolocó en la silla, miró de reojo el plato de la mesa vecina —donde un postre de dimensiones arquitectónicas acababa de aterrizar— y finalmente cedió.

—Está bien, Paco. Tú ganas. Pero solo uno.

Paco sintió una oleada de triunfo comparable a ganar una final de la Champions. Llamó al camarero con un gesto que pretendía ser casual pero que denotaba una urgencia casi vital. El muchacho del aguacate se acercó, libreta en mano.

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