DE LA GLORIA AL INFIERNO: 10 ACTORES Y SUS ADÌCCÌONES
A que no sabías que varias estrellas del cine de oro mexicano liaban con serios problemas de adicción y casi nadie estaba al tanto. La marihuana, la cocaína, los barbitúricos e incluso el pulque en exceso definieron la vida de algunos de los intérpretes más admirados de aquella época dorada. En este video voy a desvelarte quiénes fueron los actores con mayores problemas de adicción del cine de oro mexicano.
Todo ello con casos bien documentados y con anécdotas que realmente marcaron esa difícil etapa de sus vidas. Empecemos. En el caso de Germán Valdés, la marihuana era mucho más que un secreto a voces. Era casi una extensión de su propio personaje. Tintang no solo la consumía, sino que la integró por completo en su estilo de vida y en su particular filosofía.
De hecho, era bien sabido entre sus compañeros que antes de rodar cualquier tipo de escena, Germán seguía siempre el mismo ritual. se metía en su camerino, ponía algo de música y se liaba un cigarrillo que, desde luego, no era de tabaco precisamente. Él aseguraba que eso le permitía conectar de lleno con el viaje de cada personaje.
Durante el rodaje de calabacitas tiernas, la actriz Rosita Quintana fue testigo directo de uno de esos momentos. Al no dar con Germán, decidió buscarlo en su camerino. Lo encontró bailando completamente solo, con los ojos casi cerrados y cantando en inglés con su característico acento pachucón. le preguntó, “¿Qué haces aquí?” Poniendo una tono para la escena chaparrita.
Y no, no lo decía de broma. Tintán de verdad creía que la marihuana era lo que despertaba su creatividad. En una entrevista le preguntaron si no temía que eso fuera perjudicar su salud, a lo que él contestó entre carcajadas, “Mucho peor me hace la rutina.” Su consumo no era destructivo, pero sí muy habitual. Tan habitual que algunos técnicos del equipo de rodaje lo imitaban a escondidas.
Para mucha gente fue el primer actor mexicano que se atrevió a hablar abiertamente sobre el cannabis sin culpa, sin ningún miedo y sin pelos en la lengua. Y ahora, María Félix, la mujer que impuso una nueva definición de elegancia en el cine de oro, pero que tenía una fición que chocaba con su imagen de diva y refinada.
Resulta que era devota del pulque, esa bebida fermentada de agaba casi milagrosa. A diferencia de otros actores que escondían sus hábitos, María lo contaba sin ningún tipo de vergüenza. En más de una entrevista que concedió, llegó a soltar frases memorables como el pulque es parte del secreto de mi piel y también de mi carácter.

Durante su famosa boda con Jorge Negrete, exigió que se incluyera Pulk en el menú para sorpresa de los invitados que esperaban el típico champagne europeo. Para ella, aquella bebida era un símbolo de sus raíces, de su enorme fuerza y de su identidad. No era solo porque le gustara, se trataba de una elección personal con un enorme significado detrás.
Una vez la vieron en una pulquería del centro de Ciudad de México, vestida de manera impecable y elegantemente vestida, rodeada de curiosos que alucinaban al ver que la doña compartía mesa y bebía de unos jarros de barro llenos de pulque curado. A uno que le preguntó si aquello no era demasiado de pueblo para ella, María le respondió clavándole una mirada asesina.
Lo que es bueno para el pueblo también lo es para mí. Aunque no podemos considerarlo una adicción, su consumo de pulque sí era bastante frecuente y totalmente deliberado. Era parte de un ritual que ella consideraba clave para conservar su belleza, toda su energía y su más pura esencia mexicana. Vamos ahora con Pedro Armendaris, un actor de la época de oro al que todo el mundo adoraba.
Sin embargo, lo que muy poca gente sabía entonces es que su grave adicción a la cocaína fue su sombra durante parte de su carrera. Su presencia imponente en la pantalla contrastaba brutalmente con la enorme ansiedad que sentía lejos de las cámaras. Se rumorea que durante el rodaje de la perla, Pedro guardaba un pequeño frasco que contenía un polvo blanco en su camerino.
Por supuesto, nadie se atrevía a preguntarle directamente, pero era más que evidente que su conducta cambiaba de forma radical entre las tomas. De repente su energía se disparaba, hablaba por los codos y luego al cabo de un rato, se tornaba increíblemente sombrío y distante. En una de esas, Emilio El indio Fernández, el director de la cinta, lo confrontó directamente.
Pedro, no necesitas esa basura para ser grande. Tú ya lo eres. Pero Armendaris, por toda respuesta, respondió con una sonrisa torcida. No lo hago para ser grande, lo hago para no derrumbarme. A pesar de su gran profesionalidad frente a la cámara, su círculo más cercano sabía que su peligrosa relación con la cocaína no era un ningún secreto, simplemente era un tema tabú del que nadie se atrevía a hablar.
Y aunque muchos lo recuerdan por sus papeles cómicos y tan entrañables, el gran Joaquín Pardabé guardaba un secreto muy oscuro, fumaba marihuana casi a diario. Y no lo hacía por pura rebeldía ni por seguir una moda, sino porque, tal y como él mismo confesaba, era la única manera de acallar los pensamientos que no podía controlar.
Durante el rodaje de El Paisano Jalil, por ejemplo, varios técnicos se dieron cuenta de que Joaquín abandonaba el plató cada dos o tres escenas, se dirigía hasta su coche, se encerraba allí unos minutos y al regresar tenía los ojos enrojecidos, pero estaba sonriente y mucho más relajado en su interpretación. En una entrevista muy personal que nunca se emitió, su amigo del alma, Carlos Orellana lo confesó todo.
Joaquín nos decía que el personaje no le salía si no lo dejábamos relajarse un poquito. Evidentemente todos sabíamos qué significaba eso. Y es que Pardabé no era un adicto según el manual, por así decirlo, pero sí había desarrollado una dependencia emocional muy fuerte a la marihuana, como una muleta para poder rendir bajo la presión, los horarios interminables y el asfixiante perfeccionismo que él mismo se autoimponía.
Lo más curioso es que en el México tan conservador de los años 40, nadie se atrevía a asociar al gran la relación de Joaquín con las drogas era tal que en los pasillos de los estudios su apodo era el paisano volado. Jorge Negrete, el famoso charro cantor, mantenía una imagen pública perfecta. Era disciplinado, elegante y un gran patriota.
Pero tras esa imagen intachable se escondía una relación silenciosa con la cocaína. No era un consumo constante, pero cuando sucedía lo hacía con fuerza. La historia cuenta que en una gira por Sudamérica en los años 40, Negrete probó la cocaína por primera vez. Fue una fiesta privada en Buenos Aires. Aparentemente se dio por presión social, por curiosidad y además, según contaron algunos testigos de aquella noche, Justo acababa de tener una pelea muy fuerte con su representante.
Desde ese día, en determinados rodajes, de repente aparecía con una actitud diferente, con una euforia que parecía casi artificial. Por ejemplo, en Ay, Jalisco, no te rajes. Hubo días enteros en los que grababa sus escenas a toda mecha y sin un solo error para luego desaparecer durante horas. Gloria Marín, que era su pareja en aquel momento, le llegó a decir a un maquillista en un momento de confianza.
Jorge piensa que lo controla todo, pero se está quemando por dentro. De hecho, en una ocasión particular fue Pedro Infante con quien Negrete siempre tuvo esa famosa rivalidad, quien lo encaró directamente tras bastidores en una ceremonia de premios y le soltó. Oye, Jorge, ¿a ti qué te alegra más? ¿La música o el polvo? La respuesta de Negrete fue el silencio, una carcajada y seguir andando.

La cocaína nunca definió su estilo de vida, pero sí fue su válvula de escape, sobre todo en esos momentos en que la tremenda presión de ser el gran ídolo nacional se le venía encima. Y sí, aunque suene increíble, el mismísimo Mario Moreno, el genio detrás del personaje de Cantinflas, pasó por una etapa donde consumía marihuana con bastante frecuencia.
No era ningún secreto para su círculo más íntimo de amigos, pero sí para el público que lo adoraba y lo consideraba un verdadero símbolo de humildad y buena moral. Pero lo más curioso del caso es que Mario no fumaba para pasárselo bien ni por encajar. Sus allegados cuentan que lo hacía para poder relajarse tras jornadas de trabajo agotadoras y más que nada para poder combatir el terrible insomnio que lo atormentó durante muchísimos años.
En palabras de uno de sus asistentes de la época, don Mario solía decir que las ideas no me dejan pegar ojo. Entonces encendía uno de esos cigarrillos tan suyos y de inmediato se ponía a escribir o a dibujar los planos técnicos de sus películas. Durante el rodaje de la cinta, el Siete Machos, se ausentó sin más de una escena fundamental.
Toda la producción se detuvo durante más de 2 horas. A su regreso, su actitud era serena, incluso más amable de lo acostumbrado. El camarógrafo principal le comentó por lo bajo a otro de los técnicos. Ya se fumó su porrito. Ahora seguro que la escena sale la primera. Su consumo jamás fue escandaloso ni autodestructivo, aunque sí fue bastante constante en algunas épocas de su vida.
Mario Moreno sabía perfectamente lo que hacía, lo tenía bajo control, pero a la vez también necesitaba y eso en el fondo era lo que resultaba verdaderamente preocupante. Detrás de su reconocida elegancia y esa estampa de galán serio que lo definió en la pantalla grande, Ramon Gay luchaba con una adicción que cada vez era más y más difícil de controlar, su dependencia de la cocaína.
Aunque él jamás lo reconoció en público, sus más allegados aseguran que aquel hábito empezó a crecer justo en la etapa en que comenzó a participar en películas de terror y de ciencia ficción, géneros que le exigían un desgaste tanto físico como emocional inmensamente superior al de los dramas románticos que solía protagonizar.
El verdadero punto de quiebre llegó durante el rodaje de la película El vampiro, donde se veía obligado a estar horas bajo capas de maquillaje, insoportables luces incandescentes y con atuendos pesadísimos. El cansancio era realmente extremo y los llamados a escenas se podían alargar hasta muy altas horas de la madrugada.
Y fue en ese ambiente tan exigente donde, según relataron miembros del equipo, un productor le ofreció una ayudita para poder seguir el ritmo, una línea de cocaína. Desde ese preciso instante, aquello se convirtió en una amuleta indispensable durante toda su vida profesional. Su colega Abel Salazar, con quien compartió pantalla en varias películas, siempre lo recordó con mucho cariño, pero también con una enorme preocupación.
Años más tarde, durante una charla en confianza, llegó a revelar. Ramón era un completo caballero hasta que la situación lo sobrepasaba. Entonces se tornaba paranoico, se ponía agresivo, empezaba a sudar muchísimo y no había forma de hablarle. A medida que su consumo fue iba en aumento, los episodios de irritabilidad y sus cambios de humor se hicieron cada vez más habituales.
Durante la filmación de la momi azteca contra el robot humano, un joven camarógrafo que no tenía ni idea de la situación se le acercó con mucho, mucho entusiasmo para pedirle una fotografía juntos. Gay reaccionó de una manera explosiva, lo empujó bruscamente y se puso a gritar que lo dejaran tranquilo de una vez. La escena dejó a todo el equipo de rodaje helado y vieron cómo desaparecía minutos después en el baño, donde acostumbraba a refugiarse con su característico estuche de cuero y un pequeño espejo.
De allí salía con los ojos completamente vidriosos y con la nariz visiblemente enrojecida. A pesar de que siempre proyectaba una imagen muy sobre y distinguida frente a las cámaras, aquellos que trabajaban con él a diario sabían perfectamente que esa fachada comenzaba a romperse. Su dependencia ya no era un rumor, se había convertido en una realidad innegable.
Llegó a haber días en que no podía memorizar sus líneas, otros en que estaba irritable sin motivo alguno y algunos en los que simplemente se esfumaba durante horas sin dar la más mínima explicación. La cocaína lo estuvo acompañando como una sombra sigilosa durante bastantes años de su vida, afectando gravemente su carácter, sus relaciones laborales y, por supuesto, su salud física.
Y aunque nunca llegó a protagonizar, aparte de los escándalos públicos, su deterioro era más que evidente para quienes robaron con él sus últimas películas. Carrera. Luis Aguilar, el inolvidable gallo giro. En la pantalla era la viva imagen del macho mexicano, del macho encantador, valiente y carismático, siempre sonriente, con un porte de charro imponente y una voz que verdaderamente conquistaba multitudes.
Pero detrás de esa imagen alegre y gallarda se ocultaba una tristeza que no desaparecía, una sensación de vacío que no le dejaba en paz, ni siquiera en la cima de su carrera. Sus amigos más íntimos solían contar que Luis simplemente no soportaba la soledad. En cuanto se apagaban los focos o bajaba de un escenario, se sumía en periodos de aislamiento con un ánimo muy sombrío que contrastaba por completo con su energía habitual.
Fue justo durante uno de esos bajones cuando, según cuentan, alguien de su propio entorno le ofreció un cigarrillo de marihuana, asegurándole que eso le ayudaría a relajarse un poco y a despejar la cabeza. Luis aceptó sin pensárselo dos veces y sí, aquella primera calada terminó convirtiéndose en una costumbre nocturna. A partir de entonces, Aguilar comenzó un ritual silencioso.
Se servía una copa de tequila, un cigarrillo de marihuana y dejaba que la música ranchera sonara suavemente de fondo. A veces lo encontraban llorando a solas sin un motivo aparente. En otras ocasiones se ponía a escribir letras de canciones muy melancólicas que guardaba solo para él. No es por vicio”, acostumbraba a decir mientras encendía otro cigarrillo.
“Es para que no se me nuble la cabeza.” Antonio Aguilar, con quien coincidió en varios rodajes y también en giras, lo comentó años después, durante una entrevista privada. Luis era una auténtica joya sobre el escenario, pero cuando se bajaba de él estaba librando una batalla invisible. El gallo cantaba así, pero también sangraba en silencio por dentro.
Durante la filmación de ATM a toda máquina, una de sus cintas más recordadas. El equipo tuvo que afrontar bastantes retrasos porque él no aparecía en el plató. Lo encontraban en su coche recostado con la mirada completamente perdida y una sonrisa de calma que chocaba con la rojez de sus ojos. Pero nadie decía nada.
Era como si hubiera un pacto de silencio, un respeto tácito hacia su dolor, una forma de negar entre todos algo que era totalmente evidente. Su relación con la marihuana nunca fue escandalosa ni caótica, pero sí muy constante. No era una adicción fuera de control, pero sí un claro escape, una forma de anestesiar esas emociones que no sabía cómo gestionar.
cuentan que se convirtió en su refugio secreto, su válvula de escape frente a la fama, la presión constante y esa profunda tristeza a la que nunca se atrevió a ponerle nombre. Pasamos a Arturo de Córdoba, conocido por su porte serio, su dicción impecable y sus papeles tan dramáticos. Escondía un hábito mucho menos glamuroso que el de sus personajes en pantalla, su consumo habitual de cocaína.
Una práctica que con los años se hizo indispensable para poder mantenerse activo, concentrado y funcional. En las exigentes jornadas de rodaje del cine mexicano de entonces, detrás de su traje, siempre bien planchado, y esa voz tan grave, se escondía un hombre tenso, obsesionado con cada detalle y que vivía bajo la presión constante del miedo a perder su estatus y quedarse obsoleto.
Su consumo no era para nada esporádico, formaba parte de una rutina silenciosa que comenzaba desde muy temprano y se repetía constantemente a lo largo del día. Durante el rodaje de la película La otra, varios integrantes del equipo técnico comenzaron a notar un patrón. Arturo se ausentaba por breves momentos, siempre con cara de ansiedad y las manos inquietas y una energía que casi rayaba en lo agresivo.
Los técnicos y asistentes recordaban que siempre llevaba consigo un tubito metálico lleno de un polvo blanco que usaba con rapidez y mucha discreción. Después de cada descanso, volví al rodaje con un brillo muy raro en la mirada, la voz mucho más firme y los gestos más enérgicos, pero también con una notable irritabilidad que lo volvía una persona difícil de tratar.
En una ocasión fue el propio Joaquín Pardabé quien lo confrontó, molesto por sus continuas ausencias y sus cambios de humor repentinos, y le dijo sin andarse con rodeos, “Arturo, esto no puede seguir así. Te vas a destrozar antes de tiempo. Pero de Córdoba se limitó a mirarlo en silencio, como una frialdad pasmosa, y se encogió de hombros.
Jamás negó nada, pero tampoco se defendió. La mayoría de sus compañeros sospechaban que aquella adicción estaba ligada a una lucha interna profunda, el miedo atroz a no estar a la altura, el pánico a que alguien más joven y con más chispa le arrebatara su puesto entre los grandes galanes de la época. Arturo nunca hablaba de esto, pero se le notaba en los gestos.
en su perfeccionismo casi enfermizo y en esos momentos de total soledad dentro del set. Aunque jamás llegó a reconocer en público su problema, la gente de su círculo más cercano lo sabía de sobra. La cocaína no era ninguna excusa ni ningún juego. Era simplemente su forma de sobrevivir a la imagen que él mismo se había construido y de la que le era imposible escapar.
David Silva, conocido por tener una voz tan profunda, su mirada penetrante y esa presencia magnética que le hizo destacar en infinidad de películas de la época dorada del cine, arrastró durante años una sombra que casi nadie conocía. Su fuerte adicción a la cocaína fue una lucha silenciosa que terminó por moldear su carácter tanto dentro como fuera de los rodajes.
Al parecer, Silva comenzó a consumir cocaína como una manera de poder lidiar con la inmensa presión de los papeles protagonistas. Aunque en la pantalla parecía un hombre seguro, decidido y con todo bajo control, detrás de cámaras se encontraba un hombre profundamente inseguro que temía constantemente no poder cumplir con las enormes expectativas.
Las drogas al principio fueron simplemente una ayuda ocasional para aguantar despierto y poder rendir en las intensas jornadas de grabación, pero que lentamente se transformó en un hábito que ya no pudo detener. Durante la filmación de la cucaracha, varios técnicos notaron que David iba a su camerino con mucha frecuencia y con bastante prisa, siempre con una pequeña cajita metálica en la mano.
Y cuando salía, su mirada era completamente distinta. Tenía los ojos vidriosos, el rostro tenso y con las manos inquietas. A veces parecía estar eufórico y otras caían en una especie de estado hipnótico, como desconectado del mundo real que lo rodeaba. Algunos actores llegaron a evitar los ensayos con él en esos momentos por lo impredecible de su comportamiento.
En una ocasión, el actor Pedro Armendaris, muy preocupado por todo, decidió enfrentarse a él en privado. Le dijo con firmeza, “David, tienes que parar. Esto te va a destruir. Silva lo escuchó en absoluto silencio. Asintió como si comprendiera la gravedad, pero aquella charla no tuvo ninguna consecuencia. Jamás buscó ayuda.
Nunca reconoció tener un problema. En el mundo del espectáculo, su adicción se transformó rápidamente en un secreto a voces. No decía nadie en público, pero lo sabían todos. Directores, actores, técnicos. Unos pocos intentaron ayudarlo, otros simplemente tomaron distancia. Aunque su profesionalismo sellé impecable en muchos rodajes, estaba claro que algo dentro de él se estaba rompiendo.
David Silva nunca habló de forma abierta de esta etapa. En las entrevistas solía mantener una imagen sobria y muy reservada, pero para la gente que lo conoció de cerca, su lucha contra la cocaína fue un capítulo especialmente difícil, silencioso y doloroso, que le acompañó durante los años más intensos de su carrera.
Armando Silvestre, famoso por su versatilidad y por interpretar desde charros hasta los peores villanos, mantuvo en secreto durante años una costumbre que pocos imaginaban, su consumo frecuente de marihuana. Aunque nunca lo reconoció en público durante las entrevistas, tiempo después sí confesó en círculos más íntimos que fumaba para poder sobrellevar el insomnio, la ansiedad y el ritmo extenuante del mundo del espectáculo.
Silvestre era un actor muy comprometido con su trabajo, pero a la vez era consciente del gran desgaste emocional que implicaban las giras, los rodajes y esa presión constante de tener que mantenerse siempre vigenta. La marihuana, según él mismo decía en confianza, era su verdadera válvula de escape, un remedio silencioso con el que calmaba la mente y podía dormir unas pocas horas antes de tener que volver a la carrera.
Durante el rodaje de la Valentina, distintos miembros del elenco comenzaron a notar ciertos comportamientos bastante extraños. Armando tenía lapsos de distracción, la mirada perdida y una especie de serenidad inusual, incluso en momentos de mucha tensión. Muchos lo atribuían al cansancio acumulado, pero los más cercanos sabían que se escapaba a menudo a los jardines del estudio.
Allí fumaba en completo silencio, intentando no llamar la atención. En una ocasión, su compañero de reparto, José Elías Moreno, decidió ir a hablar con él directamente. Armando, ¿no crees que ya deberías bajarle un poco? Esto te está afectando mucho más de lo que tú crees. Silvestre, sin alterarse, se limitó a responder con una sonrisa tranquila.
No es para siempre, solo es para aguantar el trajín. Lo cierto es que su consumo nunca le provocó escándalos públicos ni afectó de forma notoria su desempeño profesional, pero sí que fue una constante en su vida privada. A lo largo de los años mantuvo ese hábito como una especie de refugio, una forma de sobrellevar las exigencias del mundillo sin terminar por romperse por dentro, aunque con el tiempo sí que logró distanciarse de esa rutina.
La marihuana fue durante muchos años una compañera silenciosa en su trayecto artístico, estando presente en los camerinos, en los hoteles y en las madrugadas interminables que llegaban tras las largas jornadas de filmación. Andrés Soler, uno de los grandes secundarios del cine de oro, llevaba una doble vida que estaba totalmente marcada por su dependencia a la cocaína.
un secreto que muy pocos supieron en su momento. Su consumo comenzó casi como una simple curiosidad para poder sobrellevar el estrés y la fatiga de las interminables jornadas de filmación. Sin embargo, lentamente se convirtió en un hábito que terminó dominándolo. Compañeros de rodaje contaron que Andrés siempre llevaba una pequeña caja con un polvo blanco que guardaba celosamente y que usaba en los momentos de máxima presión.
Durante el rodaje de Vuelvendos García, un camarógrafo recordó que Andrés desaparecía por largos periodos. y luego regresaba con los ojos vidriosos y una sonrisa nerviosa. En una ocasión, su hermano Julián Soler tuvo una seria discusión con él para que buscara ayuda profesional, pero Andrés se negó asegurando que solo necesitaba aguantar en pie para poder trabajar.
Su adicción se convirtió en una sombra silenciosa que marcó su vida, aunque siempre mantuvo una fachada profesional delante de las cámaras. Y ahora, Jorge Mistral, conocido por su gran porte elegante y su voz profunda, enfrentaba en secreto una dura batalla contra la adicción a los barbitúricos, sustancias que comenzó a usar para calmar la ansiedad y el insomnio que lo atormentaban en sus años de mayor éxito.
De hecho, se cuenta que Mistral llevaba siempre consigo sus pastillas para dormir, las cuales se volvieron una rutina diaria. no podía descansar sin ellas y con el tiempo su consumo se volvió una necesidad para poder enfrentar los intensos rodajes y las presiones del medio artístico. Durante la firmación de víctimas del pecado, varios de sus compañeros notaron que Jorge parecía desconectado, se movía con lentitud y tenía los ojos vidriosos.
En una ocasión, el indio Fernández lo confrontó con preocupación. Jorge, no puedes seguir así. Esto te está consumiendo por dentro. Pero Mistral solo respondió con voz cansada, “Si no me tomo esto, no duermo ni un solo minuto.” Su adicción fue un secreto muy bien guardado, una sombra que poco a poco fue minando su salud mientras luchaba por mantener su imagen y su profesionalismo frente a la cámara.
Pedro Infante, el icono indiscutible del cine de oro. Además de su ya conocida relación con la marihuana, tuvo una lucha abierta contra el alcohol que marcó distintas etapas de su vida. Su fama y su éxito trajeron consigo una vida social intensa y noches interminables de fiesta donde el tequila era siempre el protagonista.
Detrás de esa sonrisa carismática, Pedro enfrentaba una batalla constante contra el alcohol que en más de una ocasión afectó sus relaciones personales y profesionales. En una reunión con varios colegas fue visto por Jorge Negrete consumiendo más copas de las que debía. Jorge intentó detenerlo con palabras firmes.
Pedro, ya bájale, que así no vas a llegar muy lejos. Pero Pedro respondió con la típica ironía que lo caracterizaba. El que no bebe en esta vida se pierde la fiesta. Aunque el alcohol fue parte de su vida social y profesional, es cierto que nunca perdió su carisma en pantalla, pero detrás del telón, la batalla con la bebida era una realidad mucho más compleja y silenciosa.
Stanislao Schilinski, famoso por su papel cómico y su estilo desenfadado, tenía un lado muy oculto que muy pocos conocían. su consumo habitual de marihuana, una práctica que utilizaba como vía de escape frente a la presión del éxito, las giras agotadoras y la exigencia de estar siempre metido en su personaje. Aunque en pantalla parecía tenerlo todo absolutamente bajo control, en la vida real le costaba mantener ese ritmo constante de simpatía.
Se dice que su relación con la marihuana comenzó de una forma casual, pero pronto se volvió parte indispensable de su rutina diaria. La usaba para calmar los nervios, combatir el cansancio mental y, sobre todo, para silenciar la ansiedad que lo rondaba siempre tras bambalinas. Durante la filmación de Ahí está el detalle, algunos compañeros lo vieron varias veces salir del set con una sonrisa algo nerviosa, la mirada un poco perdida y un pequeño paquete que guardaba celosamente entre sus pertenencias.
Fumaba siempre lejos de las cámaras, en patios traseros o dentro de su automóvil, en lo que él mismo llamaba su zona segura. En una ocasión, Mario Moreno Cantinflas, con quien mantenía una profunda amistad, lo confrontó con cariño, pero también con seriedad. Stanislao, no todo es chiste y risas. Tienes que cuidarte, carnal.
A lo que Shilinski le respondió con su típico tono burlón. Si no me doy mi pausa sagrada, me vuelvo loco y entonces sí que se acaba la función. Aunque su consumo no era nada escandaloso, sí que era constante y deliberado. Algunos técnicos que lo veían siempre de buen humor después de sus escapadas comenzaron a referirse a él en secreto como el chamán, una especie de brujo relajado que siempre tenía una sonrisa, incluso cuando las cosas en el set iban realmente mal.
A pesar de su apariencia ligera, la marihuana fue mucho más que un pasatiempo para él. Fue una especie de escudo emocional, un recurso silencioso para poder enfrentar la presión de ser el eterno cómico en un medio que rara vez le permitía mostrar su otra cara. Detrás del brillo del cine de oro también existieron sombras, adicciones ocultas, hábitos mallados y escapes silenciosos que muchas veces fueron el precio de la fama, la presión y el ritmo implacable de una industria que no perdonaba debilidades.
Estos actores nos hicieron reír, llorar y soñar, pero al final también fueron humanos con cargas que el público jamás llegó a imaginar.