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CHRISTIAN “CHUCHO” BENÍTEZ : LA ASQUEROSA VERDAD DETRÁS DE SU MUERT3-L

CHRISTIAN “CHUCHO” BENÍTEZ : LA ASQUEROSA VERDAD DETRÁS DE SU MUERT3

El delantero más temido de México, campeón con el América. 16 millones de dólares. Horas después, muerto en una asquerosa camilla de Doja con solo 27 años, agonizando en un idioma que nadie quería entender. 11 años después, su hijo soltó la verdad. A mi papá lo mataron y sé quién estuvo esa noche en el hospital.

 Lo que pasó esa madrugada en Doja no fue un accidente. Hay una grabación que ocultaron durante 20 años. Hay exámenes médicos que jamás aparecieron. Y hay una persona que entró al hospital esa noche y que hoy vive como si nada hubiera pasado. Su esposa entendió que llevaban semanas siguiéndolo. Para entender por qué Cristian Benítez murió a los 27 años, hay que regresar 20 años atrás a una casa pequeña de Quito, a un padre futbolista que cargaba un secreto y a una herida que el Chucho llevó toda la vida sin contársela a nadie. Mucho antes

de su muerte en Doja, del contrato millonario y de los tres títulos en México, hubo un niño descalso en el patio de una casa pobre, persiguiendo una pelota de plástico hasta que oscurecía. Ese niño se llamaba Cristian Rogelio Benítez. Nació un primero de mayo, día del trabajador. Y desde el día en que su mamá lo cargó en brazos, el padre no estuvo ahí.

 El padre era futbolista, andaba siempre en una cancha. Llegaba tarde, se iba temprano, se perdía los cumpleaños. Adentro de esa casa, el papá no era figura, era una silla vacía a la hora de la cena, Cristian creció mirando dos cosas, la pelota gastada en el patio y la cara cansada de su mamá cuando se hacía de noche y el papá todavía no había vuelto.

Pero lo peor no es eso. Lo peor es lo que ese niño aprendió a los 6 años sin que nadie se lo explicara. Aprendió que el fútbol da y quita. Aprendió que un goleador puede dormir en la misma cama que una mujer que cuenta monedas para la leche. Aprendió que el aplauso del estadio nunca llega hasta la cocina y aprendió algo más, algo que iba a marcar cada decisión de su vida hasta esa madrugada en Qatar. 27 años después.

Aprendió que él tenía que ser distinto, que no iba a dejar a su mamá esperando como su papá la había dejado esperar, que iba a sacarla de esa casa, que iba a hacer del fútbol, no un sueño, sino una obligación. A los 7 años pateaba una pelota de plástico en una calle de tierra. Los vecinos decían que era rapidísimo, que tenía gol en los pies, que iba a ser mejor que el papá.

Cristian no contestaba. Solo seguía pateando hasta que oscurecía, hasta que su mamá lo llamaba a comer. Cristian no contestaba y él entraba con la pelota debajo del brazo y le decía una sola cosa, siempre la misma, antes de sentarse a la mesa. Algún día, mamá, algún día. A los 14 años, Cristian dejó de ser un chamaco con una pelota de plástico.

 Le ofrecieron entrar a las divisiones inferiores de un club grande. Many, su mamá no quería. Lloró. Le dijo que era muy chico, que primero la escuela, pero el muchacho ya había decidido. La pelota no se la quitó nadie. La promesa que se había hecho de niño tampoco. Entrenaba dos veces al día. iba en autobús a las 5 de la mañana, regresaba a las 9 de la noche.

La mamá lo veía llegar con las piernas temblando y la cara pálida de hambre y le servía sopa caliente sin decir nada. Sabía que decirle algo lo iba a lastimar porque ese niño no estaba jugando. Ese niño estaba pagando una deuda que él solo se había puesto. A los 18 años debutó en primera división. A los 19 metió su primer gol como profesional.

 A los 20 ya tenía nombre en su país. Lo llamaban a la selección. Hablaban de él en la radio. Van van. A los 19 le hicieron entrevistas en televisión, pero a Cristian no le importaba la fama, le importaba una sola cosa, que su mamá ya no contara monedas para la leche. Y por eso cuando llegó la primera oferta del extranjero, no lo pensó.

 México, Santos Laguna, año 2007, 21 años recién cumplidos. maleta vieja, dos pares de zapatos, la foto de su mamá en la cartera. Subió al avión sin saber que ese país en el que aterrizaría esa tarde iba a convertirlo en un ídolo y sin saber tampoco que ese país iba a ser el último que lo vería con vida. Pero lo peor no es eso.

 Lo peor es que en ese vuelo, sentado junto a la ventanilla, mirando las nubes, Cristian Benítez ya cargaba una sombra que nadie había visto. Una sombra que llevaba dentro del pecho desde que nació y que ningún médico había detectado. una sombra que iba a esperar pacientemente 6 años mientras el muchacho se hacía campeón, mientras se casaba, mientras tenía dos hijos gemelos, mientras compraba la casa que le había prometido a su mamá.

 Una sombra que se iba a despertar en una camilla de Doja y que no iba a esperar más. Lo recibió Torreón, la comarca lagunera, tierra de algodón, de calor seco, de afición que respira fútbol como respira polvo. Santos Laguna era un equipo respetado, los guerreros y necesitaba un goleador. El primer entrenamiento, los compañeros mexicanos lo vieron correr y se quedaron callados.

El segundo entrenamiento, el técnico le dijo a la directiva que ese muchacho ecuatoriano no era una apuesta, era una bomba. Tres meses después debutó, metió gol en su primer partido, metió gol en el segundo, metió gol en el tercero. La afición de Santos lo adoptó como propio antes de que terminara su primer torneo.

Le pusieron camisetas con su nombre. Le gritaban su apodo desde la tribuna. Chucho, Chucho, Chucho. Y Cristian desde la cancha levantaba el dedo y miraba al cielo, pero no era al cielo, era a una mujer mayor en una casa pobre de Quito que estaba viendo el partido por televisión y que estaba llorando. En el Clausura 2008, Cristian Benítez fue nombrado el mejor jugador del torneo.

Tenía 22 años y por primera vez en su vida tenía dinero de verdad. Lo primero que hizo fue mandar a comprar la casa. A su mamá le llegó la llamada un martes. Cristian le dijo con voz tranquila que ya no tenía que volver a contar monedas, que ya estaba todo, que firmara los papeles, que la casa era de ella.

 Del otro lado del teléfono, la mujer no pudo hablar, solo lloró. Y Cristian en un departamento alquilado en Torreón también lloró, pero no le dijo. Esperó a que ella colgara y entonces sí, solo se sentó en el piso y se cubrió la cara con las dos manos. Esa fue la primera vez que pagó la deuda. No fue la última.

 Y aquí es donde la historia empieza a torcerse, porque cuando un muchacho de 22 años cumple su primera gran promesa, lo que pasa después no es paz. Lo que pasa después es vértigo. Empieza a aparecer dinero que él no sabe administrar. Empiezan a aparecer personas que él no había visto nunca. Empiezan a aparecer ofertas que parecen demasiado buenas.

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