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 BOMBAZO: la boda que casi ARREBATÓ el trono a JUAN CARLOS — lo que Carmen confesó al Vaticano 

 BOMBAZO: la boda que casi ARREBATÓ el trono a JUAN CARLOS — lo que Carmen confesó al Vaticano 

El 8 de marzo de 1972, una joven de 20 años caminó hacia el altar del Palacio del Pardo. El vestido era el último que Valenciaga firmaría antes de morir. La tiara que llevaba podía ser de cristal pintado y el hombre que la esperaba al fondo no estaba allí por ella, estaba allí por lo que ella representaba. España lo llamó boda del año.

 Ninguno de los dos lo llamó amor. La última imagen que cambia el significado de todo no es la de una boda, es la de una sala de tribunal eclesiástico. Corría el año 1986. Carmen Martínez Bordiu tenía 35 años. Estaba sentada ante los jueces del tribunal de la Rota. el organismo de la Iglesia Católica competente para declarar nulos los matrimonios en [música] España.

Llevaba 4 años separada del padre de sus hijos. Llevaba 2 años casada con otro hombre, un anticuario francés llamado Janmarie Rossi. Y frente a esos jueces dijo algo que nadie en España esperaba escuchar de la nieta mayor de Francisco Franco, que no estaba suficientemente madura cuando se casó, que no comprendía la envergadura de lo que firmaba.

14 años después [música] de aquel vestido de Valenciaga. 14 años después de Francisco Franco, avanzando por el pasillo de la capilla del Pardo con su uniforme de gala del brazo de su nieta ante [música] Grace Kelly, sentada entre los invitados, 14 años después [música] de que Televisión Española retransmitiera aquella ceremonia como si fuera un acto de estado, porque en cierta medida lo era.

 La sentencia del Rota declara el matrimonio nulo, inexistente en sustancia, como si todo aquello nunca hubiera ocurrido. Lo que esos expedientes no resuelven ni entonces ni ahora, es lo que convierte esta historia en algo más que un divorcio de famosos. ¿Qué fue exactamente lo que se celebró aquel 8 de marzo en la capilla de el Pardo? un matrimonio político disfrazado de enlace romántico, un acuerdo tácito entre familias que nunca se pronunció en voz alta o simplemente dos personas que se equivocaron de razón para estar

juntas en el momento más equivocado posible bajo la mirada de todo el país. Hay una versión que Alfonso de Borbón y Dampieg sostuvo hasta el final de su vida. Hay otra que Carmen fue construyendo despacio en entrevistas dispersas a lo largo de décadas. Y hay una tercera que los historiadores han ido ensamblando a partir de archivos, memorias publicadas y declaraciones de quienes transitaron los pasillos del Pardo durante aquellos años del tardofranquismo.

Las tres versiones no coinciden casi en nada. Lo que sí está claro es esto. Aquella mañana en la capilla del Palacio del Pardo se celebraban dos bodas distintas al mismo tiempo. Una la veía España entera, la otra no la veía nadie. Y para entender cómo acabó todo, hay que volver al principio y entender por qué empezó.

En enero de 1969, Francisco Franco hizo algo que llevaba décadas aplazando. Nombró sucesor. El elegido era Juan Carlos de Borbón, príncipe de 31 años, nieto del último rey de España. La decisión fue pública, protocolaria y aparentemente definitiva. Pero Franco también hizo algo más casi simultáneamente que pasó con menor fanfarria.

 Destinó a Alfonso de Borbón y Dampier como embajador de España en Suecia. Alfonso tenía 33 años. Era nieto de Alfonso XI por línea directa y llevaba años dejando claro en declaraciones a medios europeos que él también tenía credenciales para reclamar la corona. Hay tres condiciones, había dicho ante una televisión francesa poco antes. Tener sangre real, tener 30 años y ser español. Evidentemente las cumplo todas.

[música] Mandarlo a Estocolmo fue, en el lenguaje del régimen un gesto de reconocimiento diplomático. En cualquier otro idioma fue una manera de sacarlo del tablero. Fue en Estocolmo, donde Alfonso conoció a Carmen Martínez Bordiu, la nieta mayor del dictador. Tenía 19 años cuando se vieron por primera vez en una fiesta.

Hubo otros encuentros entre cuatro y seis, según distintas fuentes, antes de que la petición de mano quedara formalizada en diciembre de 1971. Cuando Televisión Española retransmitió la boda en marzo del año siguiente, lo que el país vio fue una composición poderosa y perfectamente enmarcada. La nieta del hombre que gobernaba España, caminando del brazo de ese mismo hombre, su abuelo con su uniforme de gala más aparatoso, vestida con la última creación que Valenciaga firmaría antes de morir.

El diseñador había cerrado su maisón años atrás. Para Carmen, aceptó. murió dos semanas después de la boda entre los 1000 invitados de la capilla del Pardo, Grace Kelly y el príncipe rainiero de Mónaco, los reyes de Grecia y Melda Marcos. Y sentados entre todos ellos, Juan Carlos y Sofía, los príncipes de España, observando la ceremonia.

El nodo, el noticiario oficial del régimen, lo anunció con su voz de costumbre. El palacio de El Pardo se vistió de gran gala para celebrar el enlace matrimonial de la señorita María del Carmen Martínez Bordiu Franco con su alteza real, Alfonso de Borbón Dampier. Alteza real. Ese tratamiento y la disputa que llevaba aparejada ya era entonces una guerra que muy pocos estaban dispuestos a nombrar abiertamente.

Hola. Y lecturas dedicaron portadas. La prensa habló de cuento de hadas. La madre del novio, Emanuela de Dampier, veía en su hijo al futuro heredero. Carmen Polo, la abuela de la novia, soñaba en voz alta con ver a su nieta favorita coronada reina. Y en los pasillos del régimen, en los despachos de la Falange, determinados sectores empezaban a mover piezas para que Franco reconsiderase.

España consumió la ceremonia. Lo que ocurría dentro de esa ceremonia era otra cosa completamente distinta. Para entender por qué aquella pareja pareció durante años algo que podía funcionar, hay que entender a cada uno de sus miembros por separado, no como personajes de una obra política, como personas con razones propias en un momento específico de sus vidas.

Carmen Martínez Bordiu tenía 20 [música] años cuando se casó. Había crecido en el Pardo bajo una vigilancia que ella misma describió en sus memorias como propia de otra época. No era solo que hubiera normas, era que cada hombre que se le acercaba era evaluado. Cada salida registrada, cada decisión que pudiera afectar la reputación de la familia Franco pasaba por un filtro que lo permeaba todo.

Ser la nieta mayor del dictador no era una condición que se pudiera aparcar al salir de casa. Lo que Carmen buscaba en aquel matrimonio, según ella misma admitió en distintas entrevistas a lo largo de los años, era concreto y sin romanticismo. Salir, convertirse en señora casada, en adulta reconocida, en alguien que pudiera tomar sus propias decisiones sin que eso generara un escándalo doméstico.

En sus memorias escribiría que no vivió la boda como el cuento de hadas que la gente describía, que la decisión del vestido fue lo más implicada que estuvo en los preparativos, que eligió a Valenciaga porque era el mejor. Ella podía pagarlo y él no pudo negarse. Era una chica de 20 años que quería vivir su propia vida y el matrimonio era la única salida que su mundo le ofrecía en aquel momento.

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