Posted in

Una niña sin comida para mañana. Una madre con fe ciega pero Messi apareció cuando nadie lo esperaba

Inflación histórica, caída del peso, gobierno acorralado, sin previsión de auxilio, pero nada de aquello tocaba tanto como el hambre golpeando dentro de casa. Ana había hecho una promesa hacía 4 meses. Vas a conocer a Messi, hija, aunque tenga que cruzar este país a pie. La niña sonrió en su momento. Ahora solo bajaba la cabeza tratando de ocultar el sonido del estómago.

Del otro lado del poblado, una radio vieja hacía eco de la voz de un narrador exaltado. Messi juega mañada en el interior. Partido benéfico. Entrada gratuita. Ana levantó los ojos. No era solo un partido, era una señal. Un último destello de esperanza. tomó una mochila rota, se ató el cabello y susurró, “Vamos hasta él, aunque tenga que cargarte en brazos, Mari, aunque vayamos con los pies en el barro.

” El viaje había comenzado, pero ni me imaginaba lo que esa madre estaba a punto de atravesar por un gesto que él aún no había hecho. Llovía fino cuando Ana y Mariana salieron de la villa. Los primeros pasos fueron silenciosos, interrumpidos apenas por el sonido de las sandalias hundiéndose en el barro. El camino de tierra, que llevaba la ruta principal estaba tomado por charcos y ramas caídas.

Mariana sostenía firme la mano de la madre con una mochila en la espalda donde llevaba apenas dos cosas: un tapiz pequeño hecho por Ana y un recorte viejo de diario con la foto de Messi levantando la copa. “¿Va a resultar, mamá?”, preguntó la niña tratando de disimular el frío. “Va a resultar, hija. Va a resultar porque él necesita saber que vos existís.

” De a poco, vecinos comenzaron a aparecer en las puertas. Una señora anciana corrió hasta ellas con una botella de agua y dos panes duros. Llévense esto, no puedo hacer más, pero que Dios las proteja. Aquella escena se volvió un pequeño cortejo. Gente sencilla, sin nada, ofreciendo lo poco que tenían. Un hombre ofreció llevarlas hasta la ruta en un tractor viejo. Ana dudó, pero aceptó.

Estaban a 400 km de la ciudad donde Messi jugaría. En el trayecto, el tractor se atoló en el barro. Tuvieron que bajar y empujar. Mariana se reía en medio del lodo. Ana también era la primera sonrisa de la niña en semanas. Ahí, cubiertas de barro hasta las rodillas, madre e hija descubrieron que estaban vivas y que a veces es en el barro donde nace la fe que mueve al mundo.

La ruta parecía un río de asfalto agrietado. El tractor quedó atrás atolado en algún punto de la memoria y Ana ahora caminaba con Mariana al borde del camino pidiendo a Ventón con el pulgar levantado y el alma hecha pedazos. El sol ya se escondía cuando un camión viejo paró soltando un ronquido fuerte que parecía biso. El chóer era un hombre de ojos hundidos, barba sin afeitar y camiseta manchada de grasa.

No preguntó nombres, solo dijo, “Suban, hasta Tucumán las llevo.” Mariana entró primero, encantada con los asientos rotos y el olor a aceite. Ana dudó. El instinto de madre frenaba el coraje, pero respiró hondo. Era eso o dormir a la intemperie. Subió. Durante el camino, el hombre escuchaba radio en volumen bajo.

Entre noticieros desalentadores, una frase interrumpió el silencio. Messi estará en Santiago para el partido solidario. Entrada libre para quien done alimentos. Ana miró a Mariana. Ellas no tenían comida ni para ellas, pero eso no importaba. ¿Van a ver a Messi?”, preguntó el chóer sin quitar los ojos del camino. Ana asintió. Entonces, quédense con esto.

Extendió una bolsa plástica con dos paquetes de arroz. Ana trató de rechazarlo. Él insistió. “Me dicen fantasma en las rutas. Nadie me nota.” Pero ustedes, ustedes todavía tienen brillo en los ojos. Bajaron en el cruce para Santiago del Estero. El camino desapareció en el horizonte como si nunca hubiera existido, pero la bolsa con arroz quedó.

Messi aún ni sabía, pero ya lo estaban buscando con hambre, fe y un pedazo de arroz. La ciudad de Santiago del Estero parecía gris, no por el color de los edificios, sino por la atmósfera pesada queernura sobre las calles. Ana y Mariana llegaron a la terminal de ómnibus a pie, con los pies cubiertos de barro seco, la mochila rota y la bolsa con arroz aún apretada entre los brazos. Mariana toscía.

El aire era seco y cargado de humo de las quemas recientes en el interior. La gente pasaba por ellas sin mirar. Nadie ofrecía ayuda ahí. Ahí cada uno cargaba con su propia batalla. Ana fue hasta la entrada del estadio donde se jugaría el partido al día siguiente. Había una fila creciente, voluntarios recolectando alimentos y distribuyendo números, pero la madre se trabó al escuchar.

Donación mínima, 3 kg por persona. Quien tenga menos va a la lista de espera. Dos paquetes, uno para cada una. Faltaba uno. La niña miró a la madre tratando de entender qué harían ahora. Ana cerró los ojos por un instante. Fue hasta uno de los voluntarios sosteniendo firme los paquetes. Esto es todo lo que tenemos. Todo en serio, ¿se puede aceptar? El voluntario, joven, miró las manos sucias de Ana, los ojos de Mariana y el tapiz enrollado pegado a la mochila. Silencio.

Después escribió algo en un papel y susurró. aparezcan mañana temprano, unas 2 horas antes de la apertura de portones. No prometo nada, pero Messi no es el único capaz de romper protocolos. Era poco, pero era más de lo que tenían el día anterior. Y a esa altura, hasta la sombra de la esperanza ya parecía un milagro.

Esa noche, Ana y Mariana durmieron recostadas al muro lateral del estadio, debajo de una marquesina estrecha, protegidas apenas por un pedazo de plástico que un cartonero había dejado atrás. La ciudad no era acogedora, pero el cielo estrellado parecía conspirar para que no se rindieran. Mariana estaba encogida con la cabeza sobre las piernas de la madre.

sostenía el tapiz como si fuera un amuleco, el mismo tapiz había hecho en los días en que faltaba todo menos las ganas de soñar. Era pequeño, pero lleno de detalles. En el centro, un número 10 bordado en hilo celeste. Alrededor, estrellas doradas y el dibujo de dos manos pequeñas sosteniendo una pelota. ¿Crees que le va a gustar? susurró Mariana con la voz baja casi sin sonido.

Ana acarició el cabello de la hija y respondió, “Creo que va a entender.” El tiempo pasó lento, como si el reloj tuviera miedo de avanzar. De vez en cuando alguien aparecía para tratar de colarse en la fila. Otros distribuían panfletos, algunos discutían. Pero Ana y Mariana se quedaban ahí, silenciosas, invisibles, como tantas otras.

Al amanecer, el voluntario del día anterior apareció, cargaba una carpeta y andaba apurado. Ana se levantó, se acomodó el cabello con la mano y gritó, “¡Joven!” Él la miró, reconoció el rostro cubierto de polvo y barro seco, se acercó con cautela. “¿Durmieron acá?” Ana asintió. Mariana despertaba de a poco todavía sonenta.

Read More