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SHEIBAUM DETIENE A NORMA PIÑA! APLICABA ESTRATEGIA DE CALDERÓN EN MEXICO…

 No es un secreto, es una estrategia. Se ejecuta con precisión quirúrgica y siempre en sectores clave, petróleo, telecomunicaciones, energía, rubros donde se juega no solo el dinero, sino la soberanía. Los engranajes de esta estructura no descansan. son discretos, pero constantes. Mientras el país se sacude por crisis sociales, por violencia, por pobreza, una élite blindada teje acuerdos en silencio.

 No aparecen en portadas, no rinden cuentas, no pisan tribunales, pero deciden y deciden mucho. Los tecnócratas tienen apellidos largos y carreras brillantes. Se presentan como expertos, especialistas, neutrales. Pero detrás de ese discurso técnico se ocultan decisiones políticas con olor a dinero extranjero. Cuando un gobierno moderniza, en realidad privatiza, cuando reformula el marco regulatorio, entrega llaves a intereses que no rinden tributo a esta nación.

 Y la historia no termina con la firma de un decreto. El ciclo apenas comienza. Quien hoy impulsa una exención fiscal, mañana será premiado con un cargo en Madrid, en Houston, en Londres. Así se paga la lealtad. Así se garantizan las complicidades. Es una red y esa red no se rompe fácil.

 Las instituciones no son ajenas. Algunos jueces se convierten en notarios de estos pactos. Legalizan lo que es a todas luces un fraude institucional. Le dan forma de sentencia a lo que no es más que una maniobra financiera. Con lenguaje jurídico blindan privilegios. Pero, ¿quién denuncia? ¿Quién pone el dedo sobre la llaga? Pocos. Muy pocos.

 Porque al hacerlo se arriesga todo, reputación, carrera, incluso la seguridad. En este juego, el silencio vale más que la verdad y los que hablan desaparecen de la escena pública o son descalificados como populistas, ignorantes, peligrosos. Esta lógica de puertas giratorias, donde el poder político abre paso al beneficio privado, ha sido normalizada.

 Ya nadie se escandaliza, ya nadie pregunta, pero hoy un nuevo caso rompe la rutina. Una figura que se suponía garante de la justicia aparece vinculada a un perdón fiscal multimillonario. Y no se trata de cualquier cifra. Más de 4,000 millones de pesos estaban por evaporarse en un solo acto administrativo.

 ¿Quién da la orden? ¿Quién se beneficia? ¿Quién protege a quién? Las preguntas son muchas y las respuestas por ahora son indicios. Pero los indicios hablan fuerte y todos apuntan hacia la misma dirección. El viejo esquema familiar sigue vivo, disfrazado de legalidad, operando con la frialdad de una multinacional.

 Esta vez, el epicentro del escándalo no está en Los Pinos ni en una paraestatal, está en el corazón del poder judicial. Y si todo esto se confirma, no estaríamos ante un simple caso de corrupción. Estaríamos ante la confirmación de que la justicia también puede ser un negocio de alto nivel y con sello español.

 No era un error, no era omisión, era una jugada planeada, meticulosa, silenciosa. Norma Piña, presidenta de la Suprema Corte, no improvisaba. sabía perfectamente lo que hacía y lo que se jugaba, porque perdonar una deuda de más de 4,000 millones de pesos no es un favor menor, es una puerta dorada hacia Europa. Es una inversión política a largo plazo y el escenario estaba listo.

 La empresa beneficiada no era una desconocida. Movistar, filial de la multinacional española Telefónica, con fuerte presencia en América Latina, estaba al centro de la escena. El argumento, un supuesto quebranto fiscal derivado de una fusión empresarial. La solución, una deducción monstruosa que eliminaría por arte de magia todo el adeudo, el beneficio inmediato para la empresa y potencialmente millonario para quien facilitara la operación.

 Pero esta vez no se trataba solo de una maniobra financiera, era un plan judicial, un golpe quirúrgico desde el máximo tribunal del país. Piña no actuaba sola. A su lado, el ministro Javier Leines Potiseek, pieza clave en la operación. Juntos redactaron un proyecto de sentencia que transformaba una deuda fiscal legítima en una ficción legal, un documento que de aprobarse habría puesto punto final a la exigencia de pago y habría activado un protocolo no escrito, el protocolo del retiro dorado, porque ese es el verdadero premio, un cargo en

un consejo directivo, una consultoría con cifras de seis ceros, una oficina con vista al mar en Madrid. Las recompensas no llegan por azar, llegan por los favores bien hechos y nadie puede negar que este habría sido un favor monumental. Norma Piña sabía que no habría consecuencias inmediatas. El escándalo mediático podía gestionarse.

Bastaba con envolver la decisión en lenguaje técnico, hablar de derechos adquiridos, principios de legalidad, eficacia tributaria, palabras vacías que ocultan la verdadera intención. entregar a una transnacional lo que pertenece al herario mexicano. Movistar no necesitaba el perdón, tenía capacidad de pago, tenía ingresos, tenía estructura, pero lo pidió y lo pidió porque sabía que había oídos dispuestos, porque sabía que el momento era perfecto, porque sabía que el poder, cuando se corrompe se vuelve cómplice. Y Piña escuchó y Piña

actuó no con gritos, no con decretos, con la elegancia de quien mueve fichas desde la cima del tablero, redactó, revisó, impulsó, no para servir a la ley, sino para servir al interés privado, con una frialdad que espanta, con una convicción que incomoda. Y el resto de la corte, silencio, algunos por miedo, otros por cálculo.

 La costumbre de cubrirse entre pares, de protegerse mutuamente, sigue viva. Nadie acusa a otro ministro. Nadie se atreve a cuestionar la presidencia porque saben que el sistema no perdona a los que rompen el pacto. Pero esta vez algo salió mal, alguien no se presentó, alguien rompió el guion y el plan que parecía perfecto comenzó a desmoronarse.

La ausencia de una ministra cambió el curso de los acontecimientos. La estrategia que llevaba meses cocinándose comenzó a arder y Piña lo sabía. Sintió el golpe, sintió el vacío del quórum que no se alcanzó. Sintió como el futuro cómodo que había proyectado en tierras españolas comenzaba a esfumarse entre las paredes de un tribunal que por un instante volvió a parecer justo.

 Pero la historia no termina ahí porque en los pasillos aún se conspira, porque hay ministros que no se rinden, porque el dinero es terco y los intereses son muchos. Lo que Norma Piña intentó no fue un simple proyecto de sentencia, fue una declaración de lealtad a un sistema que premia a los que saben obedecer. ¿Podrá ese sistema sobrevivir al escándalo? ¿Podrá ocultar lo que ya es evidente? ¿O será este el inicio de una fractura que llegue hasta el último eslabón del poder judicial? Silencio absoluto en la corte.

Todos sentados, todos listos. El proyecto estaba en la mesa. Se necesitaban tres votos, solo tres, y todo estaría consumado. El perdón fiscal para Movistar quedaría sellado con la firma de la máxima autoridad judicial del país. Pero entonces no llegó. Una silla quedó vacía, una ausencia cambió todo.

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