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Santa Rosa: La Isla del AMAZONAS que Enfrenta a COLOMBIA y PERÚ

 Para el mundo, la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil es una curiosidad geográfica, pero para la gente que vive aquí es simplemente casa. Aquí las fronteras son líneas imaginarias que se cruzan docenas de veces al día sin pensar. En Leticia, la vibrante capital del Amazonas colombiano, la vida fluye al ritmo del río y en medio de ese río, como una hija nacida de sus corrientes, se encuentra la isla de Santa Rosa, oficialmente por más de un siglo administrada por Perú, pero en la práctica un corazón que late con sangre de ambos países. Ana Sofía,

una joven maestra de historia en un colegio de Leticia, conoce bien esta realidad. Cada mañana desde el balcón de su escuela ve la isla de Santa Rosa. Para sus estudiantes es el lugar donde viven sus amigos, donde van a comer pescado fresco los fines de semana. “Profe, le preguntó un niño una vez, si cruzo a la isla en la canoa de mi papá, estoy en otro país.” Ana Sofía sonrió.

“¿Estás en casa de tus vecinos?” “Que es casi lo mismo.” Respondió. Esa era la verdad simple y poderosa de la frontera, una verdad de lazos familiares, de comercio diario, de amistades que ignoraban los escudos nacionales. Al otro lado del agua, en la propia isla de Santa Rosa, Mateo, un pescador de 45 años, comenzaba su día.

 Su familia había vivido en esa isla durante cuatro generaciones. Su abuelo le había enseñado a leer las corrientes del río y su padre le había enseñado a navegar sus misterios. Se sentía peruano, por supuesto. Su cédula lo decía y hablaba con el acento suave de la selva peruana. Pero su vida estaba intrínsecamente ligada a Colombia.

 Su mejor pescado lo vendía en el mercado de Leticia. Su hija mayor estudiaba en un colegio colombiano. Sus mejores amigos de la infancia eran de Leticia. Para él, el río no era una barrera, era una avenida que lo conectaba con el mundo. Durante décadas esta simbiosis había funcionado. La gente de Santa Rosa usaba soles peruanos y pesos colombianos.

 Hablaban español con acentos mezclados. Celebraban las fiestas de independencia de ambos países. Eran, en esencia una comunidad amazónica, una nación del río, mucho antes que colombianos o peruanos. Pero a principios de agosto de 2025, un rumor comenzó a serpentear por las orillas del río, tan sigiloso como una anaconda.

 Unos abogados en Lima, a miles de kilómetros de distancia, habían aprobado una nueva ley de demarcación territorial, una ley que, según decían, reafirmaba la soberanía peruana sobre Santa Rosa. Al principio nadie le prestó mucha atención. Eran cosas de políticos, lejos de su realidad, hasta que una mañana el teléfono de Ana Sofía en Leticia sonó.

 Era su abuelo, Sebastián, de 92 años. Sebastián era la memoria viva de la región. Era uno de los pocos que aún recordaba la guerra colombuana de 1932. Un conflicto sangriento que comenzó precisamente por el control de Leticia. Sofía, ¿escuchaste al presidente?”, le dijo con una voz cargada de una preocupación que ella no le oía desde hacía años.

 Ana Sofía abrió su computador. La cuenta de Twitter del presidente Gustavo Petro ardía. Acusaba a Perú de una anexión ilegal de Santa Rosa de violar el protocolo de Río de Janeiro de 1934, el tratado que había puesto fin a aquella guerra. Petro argumentaba que según el tratado la frontera era el Talweg, la parte más profunda del río y que la isla, con los cambios naturales del cauce, ahora estaba claramente del lado colombiano.

 En Lima la respuesta fue inmediata y tajante. El Ministerio de Relaciones Exteriores peruano calificó las declaraciones de Petro como un malentendido basado en realidades geográficas e históricas inexistentes, afirmando que la soberanía peruana sobre la isla era centenaria e indiscutible. Para los diplomáticos era un complejo debate legal, pero para la gente del río era el primer temblor de un terremoto.

Mateo en su canoa escuchó la noticia en una radio de pilas. Miró hacia Leticia, la ciudad que era parte de su vida, y por primera vez sintió una extraña inquietud. Ana Sofía en su clase miró a sus alumnos, niños con amigos y familiares en la isla, y se preguntó cómo les explicaría que una línea invisible en el agua, dibujada por hombres muertos hace casi un siglo, de repente amenazaba con separarlos.

 El río, que siempre los había unido, comenzaba a sentirse como un abismo. La declaración del presidente Petro no fue solo un tweet, fue una piedra lanzada en el centro de un río dormido. Las ondas de choque no tardaron en llegar a las orillas de Leticia y Santa Rosa, alterando la frágil ecología de la convivencia. Lo que durante días había sido un murmullo de preocupación, comenzó a convertirse en una conversación incómoda y a veces hostil.

Mateo fue uno de los primeros en sentirlo. Como cada viernes, cargó su canoa con el mejor pescado del día y cruzó el río hacia el mercado de Leticia. Durante 20 años había amarrado su canoa en el mismo muelle y había vendido su mercancía a los mismos clientes, que lo saludaban por su nombre. Pero ese viernes fue diferente.

En el muelle, dos jóvenes oficiales de la Armada Colombiana lo detuvieron. Le pidieron sus documentos con una formalidad fría que nunca antes había experimentado. ¿De dónde viene, señor?, Drenia preguntó uno. De la isla como siempre, respondió Mateo confundido. La isla de Santa Rosa, Perú, recalcó el oficial subrayando la última palabra.

 Le revisaron la carga, le hicieron preguntas sobre sus permisos, un papeleo que nunca antes le habían exigido con tanto rigor. Mateo sintió las miradas de los otros comerciantes. Algunos amigos de toda la vida desviaban la vista incómodos. Por primera vez en su vida, en el lugar que consideraba su segunda casa, se sintió como un extranjero, como un sospechoso.

 Mientras tanto, en la clase de Ana Sofía, la lección de historia había sido secuestrada por el presente. “Profe, ¿es verdad que vamos a ir a la guerra con Perú?”, preguntó una de sus alumnas, cuya mejor amiga vivía en la isla. Ana Sofía intentó explicarles la complejidad de los tratados. La naturaleza cambiante del río, el principio del Talweg.

 Pero, ¿cómo explicarle a un niño de 12 años que la geografía y la historia podían convertir a su mejor amiga en una adversaria? Esa tarde visitó a su abuelo Sebastián. lo encontró en su mecedora, mirando el río con una nostalgia dolorosa. “El río tiene memoria, Sofía”, le dijo el anciano.

 “Y los hombres tienen muy poca. Esto ya lo viví.” Y entonces, por primera vez, Sebastián le contó a su nieta la historia completa de la guerra de 1932. Le habló no de las batallas y los héroes de los libros, sino del miedo, de la paranoia, de cómo vecinos que habían compartido el pan y la sal de la noche a la mañana se convirtieron en enemigos.

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