Posted in

Noches Blancas en Ibiza: El Despertar del Ídolo ante el Horror

Parte I: El Despertar en el Infierno
El silencio en Es Cubells no es un silencio de paz; es un silencio de tumba, denso y cargado de una humedad salina que se pega a la piel como una condena. Marco Valente, el “Rayo de Oro” de la selección, el hombre cuyo rostro adornaba las vallas publicitarias de la Gran Vía y cuya bota derecha valía más que el producto interior bruto de una nación pequeña, abrió los ojos. Lo primero que sintió no fue la gloria, sino un martilleo rítmico tras las sienes, un eco de bajos electrónicos que aún retumbaban en su cráneo como restos de una batalla perdida.

Sus sábanas de seda de mil hilos estaban empapadas. No de sudor, ni de champán. Estaban frías.

Se incorporó con un gemido, su cuerpo atlético, cincelado por años de disciplina espartana, se sentía como si hubiera sido atropellado por un tren de mercancías. La luz del sol de Ibiza, ese blanco cegador que atrae a los buscadores de placer de todo el mundo, se filtraba por los ventanales automáticos de la villa “Espejismo”. Pero algo estaba mal. El aire olía a hierro. Un olor metálico, dulzón, que se filtraba por sus fosas nasales y le revolvía el estómago.

Marco caminó tambaleándose hacia la terraza que daba a la piscina infinita, esa joya arquitectónica que parecía fundirse con el azul turquesa del Mediterráneo. Pero hoy, el azul no existía.

En el fondo de la piscina, meciéndose suavemente con el movimiento de los filtros automáticos, flotaba una figura pálida. El agua, normalmente cristalina, se había teñido de un rosa pálido, casi poético, si no fuera por el horror que contenía. Marco se frotó los ojos, esperando que fuera una alucinación residual de las pastillas que alguien —no recordaba quién— le había pasado en la zona VIP de Pacha. Pero la figura seguía allí.

Era un cuerpo. Un torso humano, vestido con los restos de un vestido de diseñador desgarrado. Pero donde debería estar el rostro, donde deberían estar los ojos que ayer, quizás, le habían sonreído entre copas de Cristal, no había nada. Solo un muñón irregular, una ausencia absoluta de humanidad. El cuerpo no tenía cabeza.

El grito de Marco se ahogó en su garganta, convirtiéndose en una arcada violenta. Cayó de rodillas sobre el mármol italiano, vomitando bilis y remordimientos. Sus manos, las manos que habían firmado contratos de cien millones de euros, temblaban incontroladamente. Miró sus uñas. Había restos de algo oscuro bajo ellas.

—No… no, no, no —susurró, su voz una sombra rota de la que solía rugir ante ochenta mil personas en el Bernabéu—. Esto no está pasando.

Trató de recordar. Fragmentos de la noche anterior golpearon su mente como ráfagas de ametralladora: risas estridentes, el destello de los flashes, el sabor del vodka premium, el aroma de un perfume de jazmín, una mujer de pelo oscuro cuyo nombre se le escapaba, el rugido del motor de su Lamborghini regresando a la villa. Y luego, el vacío. Un agujero negro de seis horas que ahora se llenaba con la imagen de un cadáver flotando en su piscina.

El pánico, un animal frío y viscoso, trepó por su columna vertebral. Si la policía llegaba, su vida se terminaba. No solo su carrera; su existencia entera sería borrada por los tabloides, destripada en las redes sociales, juzgada por un mundo que ama elevar a los ídolos solo para verlos arder en la pira pública.

Justo en ese instante, el sonido de una cerradura electrónica rompió el silencio. Marco se sobresaltó, buscando desesperadamente algo con qué cubrirse, con qué ocultar el horror.

La puerta de vidrio se deslizó con una suavidad insultante. Hugo Belmonte, su representante, entró en la estancia. Hugo, un hombre de trajes a medida y ojos de tiburón, no parecía sorprendido. No gritó. No llamó a emergencias. Se limitó a ajustar sus gafas de sol y a mirar el cuerpo en la piscina con la misma frialdad con la que revisaba una cláusula de rescisión.

—Marco —dijo Hugo, su voz era un látigo de seda—. Tenemos un problema de relaciones públicas de dimensiones bíblicas. Y si no haces exactamente lo que te digo, este es el último día que ves el sol sin rejas de por medio.

El Peso de la Corona de Oro
Hugo Belmonte no era solo un agente; era un arquitecto de realidades. Había sacado a Marco de un suburbio deprimido y lo había convertido en una marca global. Pero lo que Marco estaba viendo ahora no era gestión de imagen; era la gestión de un abismo.

—Hugo… ayúdame. Yo no hice esto. No puedo haber hecho esto —sollozó Marco, agarrándose a las solapas del traje de su agente—. No recuerdo nada. Había mucha gente aquí… la fiesta se fue de las manos…

Hugo lo apartó con una firmeza que bordeaba el asco. Se acercó al borde de la piscina y contempló el cuerpo decapitado.

—No importa lo que recuerdes, Marco. Importa lo que parezca. Y ahora mismo, parece que el mejor delantero de Europa ha descuartizado a una mujer en su casa de vacaciones —Hugo se giró, su rostro era una máscara de piedra—. Los de seguridad están fuera. He limpiado la entrada, pero las cámaras de la villa… Marco, las cámaras muestran que entraste con ella a las 4:00 AM. Y nadie más salió de esta habitación.

—¿Quién es? —preguntó Marco, con la voz quebrada.

Read More