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Messi recordó una historia con Ronaldinho… y terminó llorando frente a todos

Las preguntas iban y venían con la monotonía de siempre, que si el equipo estaba preparado, que si la lesión de tal jugador afectaría la formación, que si los rivales eran complicados. Messi respondía con esa voz bajita que siempre había tenido. Esa voz que parecía pedir disculpas por existir, por ocupar espacio, por ser quien era.

Asentía. decía lo que se esperaba que dijera. Sonreía sin ganas cuando tocaba sonreír, pero entonces alguien mencionó a Ronaldinho fue una pregunta casual, casi tirada al aire sin intención. Un periodista joven, probablemente nuevo en el oficio, preguntó si Messi mantenía contacto con sus antiguos compañeros y mencionó varios nombres: Chavi, Iniesta, Puyol.

Y al final, casi como una ocurrencia tardía, dijo, “¿Y Ronaldinho?” “Claro, Ronaldinho fue importante para vos, ¿no?” El tiempo se detuvo. No de forma dramática, no con efectos especiales ni música de fondo. Te detuvo de la manera en que el tiempo se detiene cuando algo te golpea en el lugar exacto donde guardas tus heridas más viejas.

Messi parpadeó una vez, dos veces, como si acabara de despertar de un sueño o como si estuviera cayendo en uno. Su rostro, que había mantenido esa expresión neutra y profesional durante toda la conferencia, se transformó. Los músculos alrededor de su boca se tensaron. Esos ojos que habían visto la gloria más absoluta y la presión más brutal se llenaron de algo que no era ni una cosa ni la otra.

Era memoria, era dolor, era amor. Hubo un silencio, uno de esos silencios que pesan más que cualquier palabra, más que cualquier grito. Los periodistas intercambiaron miradas confundidas. Algunos dejaron de escribir, otros se inclinaron hacia delante, sintiendo instintivamente que algo estaba ocurriendo, algo que no estaba en el guion.

Las cámaras seguían rodando indiferentes, capturando cada segundo de lo que estaba a punto de convertirse en uno de los momentos más humanos en la historia del fútbol moderno. Messi bajó la vista hacia sus manos. Esas manos pequeñas, casi delicadas, que habían tocado tantos balones, que habían levantado tantos trofeos, que habían firmado tantos autógrafos.

Y de pronto, en ese instante, parecían las manos de un niño, vacías, temblorosas, incapaces de sostener el peso de lo que estaba sintiendo. Su respiración se hizo más lenta, más profunda. El pecho le subía y bajaba con un ritmo irregular, como si estuviera luchando contra algo invisible que le presionaba las costillas desde adentro.

Y entonces, sin previo aviso, sin ningún tipo de preparación ni advertencia, sus ojos se llenaron de agua. No eran lágrimas de tristeza común, de esas que se lloran por una derrota o por un mal día. Eran lágrimas que venían de un lugar muy hondo, de un tiempo que creía haber dejado atrás, pero que en realidad nunca lo había abandonado, de un recuerdo que había permanecido ahí agazapado, esperando el momento exacto para salir y recordarle que algunas deudas nunca se pagan porque son demasiado grandes, demasiado sagradas. Antes de seguir con

esta historia que te va a romper el corazón, quiero pedirte algo muy simple, algo que sale desde lo más profundo de mi alma. Si estás sintiendo lo mismo que yo mientras cuento esto, si ya sientes que algo se mueve dentro de ti, si sientes esa opresión en el pecho que te dice que esta no es una historia cualquiera, déjame un me gusta y suscríbete al canal, porque esta no es solo la historia de Messi, no es solo la historia de Ronaldinho, es la historia de todos los que alguna vez tuvimos a alguien que nos cambió la vida sin pedir

nada a cambio. Alguien que nos vio cuando éramos invisibles. alguien que creyó en nosotros cuando ni siquiera nosotros mismos creíamos. Ahora sí, con el corazón en la mano, volvamos a ese momento. Messi intentó hablar, abrió la boca, pero la voz no le salió. Se quedó ahí con los labios separados, buscando aire, buscando palabras que no llegaban.

Carraspeo, una vez, dos veces. Te llevó la mano a la garganta como si pudiera obligar a las palabras a salir por pura fuerza de voluntad. Los periodistas dejaron de escribir completamente. Algunos bajaron sus cámaras, otros se miraron entre ellos sin saber si deberían intervenir, si deberían parar todo esto, si era ético seguir grabando lo que claramente era un momento íntimo, privado, doloroso.

Pero las cámaras seguían rodando y Messi seguía ahí, atrapado en ese momento con la memoria golpeándolo con una fuerza brutal y tierna a la vez. Era Ronaldo, volviendo a él como un fantasma luminoso, como una presencia que nunca se fue del todo, que había permanecido ahí en cada partido, en cada gol, en cada noche solitaria, en cada momento de duda.

Y entonces, después de lo que parecieron horas, pero fueron apenas segundos, Messi comenzó a hablar. Su voz era un susurro roto. Cada palabra una lucha. Ustedes no entienden lo que fue él para mí, dijo. Y en esa frase había tanto dolor contenido que varios de los presentes sintieron un nudo en la garganta.

Messi miraba al vacío a un punto indefinido en la pared del fondo, como si pudiera ver a Ronaldinho parado ahí mismo, con esos pantalones caídos que siempre usaba, con esa sonrisa enorme que iluminaba estadios enteros, con esa forma de caminar que parecía un baile, despreocupada, libre, feliz. No entienden lo que significa tener 17 años, llegar a un lugar donde todos te ven como un niño, donde nadie cree realmente en vos, donde te sentís como un extraño en un planeta que no es el tuyo y que alguien como él, alguien que ya era el mejor del mundo, que ya lo

tenía todo, que no necesitaba de voz para nada, te mire a los ojos y te diga que vas a ser el mejor del mundo. La sala estaba en silencio absoluto. No se escuchaba ni un suspiro, ni el rose de un papel, ni el click de una cámara. Era como si todos los presentes hubieran dejado de respirar al mismo tiempo, como si el mundo entero se hubiera detenido para escuchar lo que Messi tenía que decir.

Messi cerró los ojos y cuando lo cerró, el recuerdo lo atravesó como un relámpago, como una corriente eléctrica que le recorrió la columna vertebral y lo transportó en el tiempo de regreso a esos días que parecían tan lejanos, pero que en realidad estaban ahí frescos, vivos, sangrando todavía. Era el año 2004. Barcelona era una ciudad que Messi todavía no terminaba de entender.

Las calles le parecían un laberinto. El idioma era una barrera que lo hacía sentir mudo la mayor parte del tiempo. Extrañaba Rosario con una intensidad que a veces lo despertaba en medio de la noche, sudando, con el corazón acelerado, con ganas de hacer las maletas y volver a casa, a lo conocido, a lo seguro.

Acababa de llegar al primer equipo del Barcelona después de años en las inferiores, después de las hormonas de crecimiento, después de las dudas, después de tantas veces en las que su familia casi se rinde y vuelve a Argentina. Era pequeño, incluso para los estándares de un futbolista. Era tímido, tan tímido que apenas levantaba la vista del suelo cuando caminaba por el vestuario.

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