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¿Le robaron el Mundial? El crimen de los Cachirules que destruyó a Hugo Sánchez

 Lo que hicieron fue simple en su mecánica y monstruoso en sus consecuencias. La Federación Mexicana de Fútbol inscribió a jugadores que superaban el límite de edad permitido en el torneo juvenil de la CONCACAF de jugadores que tenían 19 o 20 años fueron [música] registrados como si tuvieran 16 o 17.

 Se falsificaron actas de nacimiento, se alteraron documentos [música] oficiales, se mintió a la FIFA, a la Concacaf y al mundo entero con una desfachatez que solo puede explicarse por una combinación de arrogancia. absoluta y desprecio total por las consecuencias. ¿Por qué lo hicieron? Porque querían ganar. Así de simple y así de patético.

 Querían que la selección [música] juvenil de México ganara un torneo regional que en el gran esquema del fútbol mundial no significaba prácticamente nada. Un torneo que nadie fuera de Centroamérica y el Caribe [música] iba a recordar un mes después de que terminara. Un trofeo que cabía en una repisa y que no valía ni una milésima parte de lo que México iba a perder [música] cuando la verdad saliera a la luz.

 Y la verdad salió a la luz, como siempre sale. La FIFA investigó, [música] descubrió las irregularidades, confirmó que los documentos habían sido falsificados y dictó [música] una sentencia que cayó sobre el fútbol mexicano como un meteorito sobre una ciudad dormida. Mexica [música] quedó excluida de toda competición internacional durante 2 años, 2 años, 24 [música] meses, 730 días sin poder participar en ningún torneo organizado por la FIFA ni por la CONCACAF, sin eliminatorias mundialistas, sin torneos juveniles, sin amistosos internacionales oficiales, sin

nada. Y lo más importante de todo, sin la Copa del Mundo de Italia 1900, la [música] noticia destruyó al país, no solo a los aficionados al fútbol, a todo el país. [música] Porque en México el fútbol no es un deporte, es una religión. Es la única cosa que une a 120 millones de personas que no se ponen de acuerdo en absolutamente nada más.

 Y la Copa del Mundo es la celebración máxima de esa religión. Es el momento en que todo México se detiene, respira junto y sueña junto durante un mes cada 4 años. Y ese sueño les fue robado. No por un rival más fuerte, no por una derrota en el campo, no por falta de talento ni de preparación.

 fue robado por la codicia y la estupidez de un grupo de burócratas del fútbol que decidieron hacer trampa en un torneo que no importaba y que con esa trampa destruyeron la oportunidad de competir en el torneo que importaba más que ningún otro. La rabia fue total, las protestas fueron masivas, los responsables [música] directos fueron señalados públicamente, pero las consecuencias reales para los culpables fueron mínimas.

 Algunos perdieron sus puestos, otros fueron reubicados discretamente en otras posiciones dentro del sistema. Nadie fue a la cárcel, nadie pagó una multa significativa, nadie fue verdaderamente castigado. Los que sí fueron castigados fueron los inocentes, los jugadores de la selección mayor que no tenían absolutamente nada que ver con el fraude juvenil, los hombres que habían dedicado su vida al fútbol [música] y que merecían representar a su país en la Copa del Mundo.

 Y entre todos esos inocentes había uno cuyo castigo [música] fue más cruel que el de cualquier otro, un hombre que en ese momento era el mejor delantero del mundo, [música] Hugo Sánchez. Para entender la magnitud de lo que le robaron a Hugo Sánchez, necesitas entender exactamente quién era Hugo en el momento en que cayó la sentencia de la FIFA.

 En la temporada [música] 19890, Hugo marcó 38 goles en la Liga Española. 38. Todos de un solo toque, todos con esa precisión milimétrica que hacía que los porteros de la liga más competitiva de Europa parecieran aficionados. [música] ganó su cuarto pichichi consecutivo, 4 años seguidos siendo el máximo goleador de España, algo que nadie había logrado antes.

 Hugo no era simplemente [música] un buen jugador, era una fuerza de la naturaleza, teniendo la mejor racha goleadora que un delantero [música] latinoamericano había tenido jamás en Europa. Cada semana marcaba, cada partido era una exhibición, cada gol era una obra de arte que hacía que el Bernabéu se pusiera de pie como un solo organismo de 90,000 personas.

 [música] Y mientras Hugo volaba en Madrid, en México, un grupo de burócratas había decidido que él no iba a tener la oportunidad de volar en la Copa del Mundo. La ironía era tan brutal que parecía diseñada por un guionista sádico. El mejor delantero del mundo no podía jugar el torneo más importante del mundo porque unos directivos [música] habían falsificado actas de nacimiento de adolescentes en un torneo juvenil que a nadie le importaba.

 Hugo se enteró de la sanción por los medios. Nadie de la federación lo llamó personalmente. Nadie tuvo la decencia de hablar con el hombre que iba a perder más que nadie por una decisión en la que no había tenido ninguna participación. Se enteró por la televisión como cualquier aficionado. Y lo que sintió en ese momento fue algo que describió años después con una honestidad que helaba la sangre.

 Sentí que me habían matado, no físicamente, algo peor. Sentí que me habían robado la parte más importante de mi vida deportiva. [música] La Copa del Mundo de 1990 iba a ser mi momento. Estaba en la mejor forma de mi vida. Marcaba goles que no había marcado nunca y unos señores que no sabían ni patear un balón decidieron que yo no merecía estar ahí.

[música] Hugo tenía 31 años cuando se dictó la sentencia. La edad perfecta para un delantero de élite, lo suficientemente joven para tener toda la potencia física, lo suficientemente experimentado para tener la inteligencia que solo dan los años en la cima absoluta, en el punto exacto donde juventud y madurez se cruzan para crear al jugador perfecto.

 Italia Nisenso 90 iba a ser su escenario. El mundo iba a ver al mexicano que dominaba [música] España enfrentarse a los mejores del planeta. Los porteros que Hugo humillaba cada semana iban a tener que enfrentarlo con sus selecciones y Hugo iba a demostrar que un hombre de Ciudad de México podía competir contra cualquiera. Pero nada de eso pasó porque mientras Hugo marcaba 38 goles [música] en México unos hombres sin rostro habían falsificado documentos para ganar un torneo que nadie recuerda y el precio de esa trampa lo pagó quien [música] nunca

necesitó hacer trampa para ganar nada. Hugo vio Italia 1990 por televisión, solo [música] en su casa de Madrid, viendo como otros jugadores, muchos inferiores a él, competían en el escenario [música] que debería haber sido suyo. Vio a Roger Milla, de 38 años, convertirse en héroe de Camerún. Vio a Shizi marcar gol tras gol para Italia.

 vio a Maradona arrastrar a una Argentina mediocre [música] hasta la final con pura voluntad. Y con cada gol que veía, con cada momento [música] mágico, algo dentro de Hugo se endurecía, se oscurecía, se convertía en una rabia fría que nunca lo abandonaría porque Hugo sabía algo que nadie podía negarle, que si hubiera estado ahí habría hecho cosas que el mundo no habría olvidado jamás.

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