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La revolución que BOLÍVAR no terminó — ¿la está terminando PETRO?

En el centro del campo de batalla se encuentra un hombre, Gustavo Petro, un exguerrillero que se convirtió en presidente y que afirma que su misión no es gobernar, sino terminar la revolución que Bolívar dejó inconclusa. Para entender al hombre y la tormenta que ha desatado, primero debemos regresar a ese puente y profanar el silencio de la historia oficial.

Sintamos el frío de ese amanecer, el miedo, el hambre. Los hombres que lucharon allí no eran soldados profesionales, eran campesinos, llaneros, indígenas, negros, mestizos. Muchos iban descalzos. Su única armadura era la promesa de una vida diferente. La fe ciega en un líder, Bolívar, que los había arrastrado a través del infierno helado de los Andes.

Ganaron, contra todo pronóstico. Ganaron. En unas pocas horas, el poder del imperio más grande del mundo se hizo añicos en este rincón de América. La euforia fue total, pero duró lo que dura un trueno en medio de la tormenta. Porque una vez que el enemigo común desapareció, los vencedores se miraron a los ojos y descubrieron que no estaban de acuerdo en lo más fundamental.

¿Qué era la libertad? ¿Para quién era la patria? Y la respuesta fue brutal. La libertad fue para los que ya eran dueños de todo, los terratenientes, los comerciantes, la élite criolla que rápidamente reemplazó a la española. Se quedaron con la tierra, con el poder, con las leyes. Para los hombres descalzos que pusieron los muertos, la vida siguió igual.

La independencia no les dio tierra, no les dio igualdad, no les devolvió la dignidad, les trajo una nueva bandera bajo la cual seguir siendo pobres. Esa traición fue el pecado original y el castigo aún no termina. Una herida que nunca ha dejado de sangrar. De ella brotaron nuestras guerras civiles, nuestras masacres, el narcotráfico, las guerrillas, los paramilitares.

Cada capítulo de nuestra violencia es un síntoma de esa enfermedad original. Y Gustavo Petro, con toda su compleja y controvertida historia es la encarnación de ese síntoma. Su pasado en el M19, su discurso de cambio radical, su constante apelación a un pueblo traicionado, no es más que el eco de aquel primer grito de desilusión.

Él no se presenta como un político, se ve como un cirujano decidido a extirpar el tumor que llevamos desde 1819. Pero sus oponentes lo ven como un Mesías peligroso, un profeta del caos que que en su intento de sanar la herida podría terminar matando al paciente. La batalla por la Colombia del futuro se libra hoy y sus raíces están hundidas en la tierra sagrada y traicionada de Boyacá.

El sueño de Bolívar era tan vasto como la geografía que quería unir la gran Colombia, un coloso que se extendería desde el Orinoco hasta el Pacífico, una sola nación fuerte y respetada, capaz de hablarle de tú a tú a las potencias de Europa y a sus vecinos del norte. Era una visión nacida en la fiebre de la victoria, un ideal romántico forjado en el calor de la batalla.

Pero los sueños de los visionarios a menudo se estrellan contra la roca dura de la ambición humana. Apenas se secó la tinta de las actas de independencia, comenzó la conspiración, no de los españoles derrotados, sino de los propios patriotas. Los generales que habían combatido juntos en el campo de batalla se convirtieron en rivales acérrimos en los salones del poder.

Cada región, cada ciudad, cada caudillo con un pequeño ejército a su mando, empezó a tirar de la nueva y frágil república hacia su propio interés. La unidad que Bolívar predicaba desde Bogotá era vista como una nueva forma de tiranía por las élites de Caracas, de Quito, de Cartagena. Querían la independencia de España, sí, pero también querían la independencia de cualquier poder central que les impidiera manejar sus feudos a su antojo.

El gran conflicto se personificó en dos hombres, Bolívar y Santander, el libertador y el hombre de las leyes, el soñador y el pragmático. Bolívar quería un poder ejecutivo fuerte, capaz de mantener unida a la fuerza, a la nación desintegrada. Santander, en cambio, defendía un orden constitucional, un gobierno de leyes que en la práctica protegía los intereses de la nueva oligarquía bogotana.

No eran buenos contra malos, eran dos visiones de país, ambas legítimas, pero irreconciliables. Y en medio de su pulso, la gran Colombia se partió en pedazos. Fue el primer gran fracaso, la primera gran desilusión. Lo que siguió fue un siglo de caos. El país se bautizó a sí mismo con sangre en una interminable sucesión de guerras civiles.

Los nombres de los partidos cambiaban, liberales y conservadores, pero la lógica era la misma. Dos élites luchando por el control del Estado, utilizando a las masas campesinas como carne de cañón. La Tierra, que debía ser el premio de la independencia para quienes la trabajaban, se convirtió en el botín de guerra. Se consolidó un modelo de exclusión profunda donde ser indígena, afrodescendiente o simplemente campesino pobre era una condena a la marginalidad perpetua.

El Estado existía, pero solo para unos pocos. Para la mayoría era una entidad lejana, ajena y a menudo hostil. Es imposible entender el surgimiento de las guerrillas en el siglo XX, incluida la del M19 de Petro, sin entender esta historia, no nacieron de una ideología importada de Cuba o la Unión Soviética. Nacieron del profundo sentimiento de que la democracia colombiana era una mentira, un teatro manejado por las mismas familias que se habían repartido el país desde el siglo XIX.

Cuando el M19 se robó la espada de Bolívar del museo, el acto fue tremendamente simbólico. Era un mensaje. El libertador no es suyo, es nuestro. Ustedes, la élite traicionaron su sueño. Nosotros venimos a reclamarlo. Hoy desde el poder, Petro ya no blande una espada robada, sino el poder legítimo del voto.

Pero su discurso sigue siendo el mismo, el de la traición histórica. Cuando habla de democratizar la Tierra o de construir una potencia mundial de la vida, está hablando el lenguaje de la utopía bolivariana. está intentando resucitar el sueño original. Sus oponentes, herederos de la tradición santanderista, le responden con el lenguaje de la ley, el orden, la estabilidad macroeconómica.

Le advierten que los sueños, cuando se intentan imponer a la fuerza, se convierten en pesadillas autoritarias. La vieja disputa entre Bolívar y Santander no ha muerto. Está más viva que nunca y se libra en cada debate sobre el futuro de Colombia. El poder presidencial es una herramienta de doble filo.

Puede usarse para construir o para destruir, para sanar o para herir. Gustavo Petro, desde el primer día de su mandato, ha decidido usarlo como un bisturí. Su diagnóstico es claro. Colombia sufre de un cáncer de desigualdad histórica y la única cura es una cirugía mayor, dolorosa y arriesgada. Sus reformas a la salud, a las pensiones y a la tierra no son simples ajustes.

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