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LA PESADILLA ENTRE MUROS

LA PESADILLA ENTRE MUROS

El sol de agosto caía sobre Madrid como una losa de plomo derretido. El asfalto de la calle Zurbano devolvía un calor reverberante que distorsionaba la imagen de los edificios señoriales, pero para Javier, aquel calor era el preludio de la gloria. Tras diez horas de coche desde las calas cristalinas de Denia, lo único que deseaba era sentir el tacto del parqué bajo sus pies descalzos y el chorro helado de su propia ducha.

—Ya estamos, chicos —anunció, apagando el motor del monovolumen.

Elena, en el asiento del copiloto, soltó un suspiro de alivio mientras se retiraba los mechones de pelo sudado de la frente. En el asiento trasero, Martina, de catorce años, ni siquiera levantó la vista de su móvil, aunque sus hombros se relajaron. Habían sido quince días de desconexión total, de arena en los bolsillos y cenas frente al mar. Eran la viva imagen de la clase media española que ha trabajado duro para permitirse un respiro.

Sacaron las maletas con el letargo propio del fin de las vacaciones. Javier subió los tres escalones del portal, saludando con la mano a un vecino que salía apresurado, y pulsó el botón del ascensor. Al llegar al cuarto piso, el ritual de siempre: buscar las llaves en el bolsillo derecho, el tintineo metálico, la mano extendida hacia la cerradura.

Pero algo falló.

La llave entró con suavidad, pero se detuvo en seco a mitad de camino. No giraba. Javier frunció el ceño. Probó de nuevo, con más fuerza, pensando que quizá el calor había dilatado el metal. Nada.

—Elena, ¿tienes tus llaves? —preguntó con una nota de irritación—. Creo que la mía se ha doblado.

Elena rebuscó en su bolso y le entregó su juego. El resultado fue el mismo. Un muro de acero invisible impedía que el mecanismo cediera. Fue entonces cuando Javier se fijó en el detalle que le heló la sangre en mitad del bochorno madrileño: el bombín de la cerradura no era el suyo. El brillo plateado del metal nuevo contrastaba violentamente con el latón desgastado que él mismo había instalado hacía tres años.

—Han cambiado la cerradura —murmuró Elena, con la voz quebrada por un repentino presentimiento.

Antes de que Javier pudiera procesar la frase, un sonido emergió del otro lado de la puerta. No era el silencio sepulcral de una casa vacía esperando a sus dueños. Era el sonido de una risa estridente, seguido del estruendo de un televisor a todo volumen. El olor a fritura barata y tabaco rancio se filtraba por las rendijas de la madera que, hasta hace dos semanas, olía a cera y hogar.

Javier golpeó la puerta con el puño, primero con cortesía, luego con una furia desesperada.

—¡Oiga! ¡¿Quién hay ahí?! ¡Abran la puerta ahora mismo!

La televisión se apagó de golpe. El silencio que siguió fue más aterrador que el ruido. Se oyeron pasos pesados arrastrándose por el pasillo, el sonido de una cadena de seguridad siendo echada —la cadena que Javier había puesto para proteger a su familia— y, finalmente, la mirilla se oscureció.

—Váyase a tomar por culo —dijo una voz masculina, rasposa y carente de cualquier atisbo de miedo—. Aquí no vive ningún Javier. Esta es nuestra casa ahora.

El mundo de Javier se inclinó. Aquella frase, pronunciada con una calma insultante, fue como un disparo en el pecho. Martina retrocedió hacia el ascensor, abrazando su mochila, mientras Elena empezaba a marcar el 091 con dedos temblorosos.

—¡Es mi casa! —gritó Javier, golpeando de nuevo—. ¡Tengo las escrituras! ¡Tengo mis fotos ahí dentro! ¡Mis recuerdos! ¡Abre la puta puerta!

—Llama a quien quieras, payaso —respondió la voz desde el interior—. Tenemos el contrato. Llevamos aquí más de cuarenta y ocho horas. Ya puedes ir buscándote un abogado, porque de aquí no nos saca ni Dios.

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