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El Último Aliento del Azar: El Décimo de la Discordia

El sonido del papel al rasgarse fue más fuerte que el rugido del tráfico en la Gran Vía, más ensordecedor que el viento gélido que azotaba las calles de Madrid aquel 22 de diciembre. No fue un simple desgarro; fue el estruendo de un destino hundiéndose en el abismo.

—¡Fuera de aquí, despojo! ¡Ladrón! —gritó Julián, el dueño de la pastelería La Espiga de Oro, con la cara deformada por una rabia que olía a vino barato y a desesperación rancia.

Mateo, un hombre cuyos setenta años pesaban más que los harapos que lo cubrían, sintió el impacto de la bofetada antes de procesar el dolor. Su mejilla, curtida por inviernos a la intemperie, ardió bajo la mano gruesa del panadero. Pero no fue el golpe lo que le partió el alma. Fue ver los trozos de papel blanco y premiado volar hacia el suelo sucio, mezclándose con la harina esparcida y el barro de las botas de Julián.

—Solo… solo quería preguntar… —balbuceó Mateo, su voz un hilo quebrado mientras sus ojos nublados seguían el descenso de los fragmentos—. Estaba en la entrada… creí que a alguien se le habría caído…

—¡Mentira! ¡Me lo has robado de la caja! ¡Te he visto entrar con esos ojos de rata! —rugió Julián, su voz atrayendo la atención de los transeúntes que, envueltos en abrigos caros y bufandas de lana, miraban la escena con una mezcla de asco y curiosidad morbosa.

Julián no se detuvo. En un arrebato de locura ciega, pisoteó los trozos de papel con su bota manchada de manteca. Aquel pequeño rectángulo de papel no era para él más que un estorbo, una excusa de un “mendigo muerto de hambre” para entrar en su local y ahuyentar a la clientela en el día más importante del año. No sabía, mientras escupía sobre los restos de celulosa, que acababa de triturar cuatro mil millones de euros. No sabía que ese papel era el “Gordo” de Navidad, el premio íntegro de una serie completa que él mismo, en su torpeza de borracho, había dejado caer esa mañana al abrir la persiana.

—¡Llamad a la policía! ¡Este viejo me ha agredido! —gritó el panadero, señalando a Mateo, quien permanecía de rodillas, intentando en vano recoger los pedazos con dedos temblorosos y entumecidos por el frío.

La gente murmuraba. El aire de Madrid, cargado de la electricidad del sorteo de lotería, se volvió pesado. En las pantallas de los bares cercanos, los niños de San Ildefonso cantaban números que a nadie le importaban en ese momento. Mateo miró a Julián a los ojos. No había odio en su mirada, solo una tristeza infinita, una piedad que enfureció aún más al agresor.

—Usted no entiende… —susurró el anciano—. Era su salvación, señor Julián. Yo solo quería devolvérsela.

Julián soltó una carcajada estridente, una nota discordante en medio de la sinfonía navideña.
—¿Mi salvación? ¿De un vagabundo? ¡Mi salvación es que te pudras en el calabozo!

Ese fue el instante en que el mundo se detuvo. El primer fragmento de la tragedia se había consumado. El hombre que lo tenía todo para salvar su negocio en quiebra acababa de destruir su propia vida creyendo que protegía su orgullo. La policía doblaba la esquina, las sirenas empezaban a aullar, y en el suelo, entre la mugre, el número 05490 —el número que cambiaría la historia de España— yacía despedazado, mudo, sentenciado por la arrogancia.

I. El rastro del hambre
Mateo no siempre había sido una sombra entre los soportales de la Plaza Mayor. Hubo un tiempo, décadas atrás, en que sus manos no buscaban cartones para dormir, sino que acariciaban las teclas de un piano en el Conservatorio Real. Había sido un hombre de orden, de música y de silencios elegantes. Pero la vida, ese jugador de cartas trucadas, le había ido quitando todo: primero la esposa en una enfermedad relámpago, luego la casa por una avalancha de deudas médicas, y finalmente la dignidad, cuando se dio cuenta de que a la sociedad no le sirven los pianistas viejos que no tienen dónde caerse muertos.

Esa mañana de diciembre, Mateo se había despertado con un presentimiento. No era esperanza —la esperanza es un lujo que se pierde tras el primer año viviendo en un cajero—, era algo más físico. Un hormigueo en las yemas de los dedos.

Caminaba por la calle Mayor, con el frío calándole los huesos, cuando vio el destello. Era un sobre pequeño, azul pálido, que asomaba debajo de una alfombra de entrada en la puerta de La Espiga de Oro. La pastelería era un lugar que Mateo evitaba; Don Julián era conocido por su mal carácter y por rociar con agua la acera cuando veía a un indigente cerca para que no pudieran sentarse.

Mateo se agachó con dificultad. Sus articulaciones crujieron como madera seca. Al abrir el sobre, su corazón, cansado y lento, dio un vuelco. No era un décimo. Eran diez. Una serie completa del mismo número.

—Dios mío… —susurró.

No necesitaba ver el sorteo para saber que aquel papel pesaba. Había algo en la textura, en la pulcritud del sobre, que gritaba importancia. Miró a su alrededor. La calle estaba despertando. Julián estaba dentro, gritando a un repartidor de harina. Mateo podría haber caminado diez pasos, doblar la esquina y desaparecer. Con ese dinero, podría comprar no solo una casa, sino un hotel entero. Podría volver a tocar el piano. Podría dejar de oler a calle.

Pero Mateo era, por encima de todo, un hombre de otra época. Un hombre que creía que el honor no se lavaba con dinero.

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