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¿Y si Estados Unidos hubiera INVADIDO todo México en 1914? El Plan Secreto de Wilson

El almacén al que la ballenera se acercaba estaba ubicado, sin que los americanos lo supieran, en una zona restringida que las autoridades mexicanas habían declarado fuera del acceso a extranjeros durante las semanas del sitio. Cuando la ballenera atracó y los nueve marineros desembarcaron para hacer su compra, una patrulla del ejército federalista los arrestó por violación de la zona restringida.

El propietario alemán del almacén, un comerciante llamado Max Tyron, se apresuró a alertar al dolpin sobre lo que había ocurrido. El general Ignacio Morelos Zaragoza, comandante militar de la plaza, fue informado del arresto en cuestión de minutos y reaccionó inmediatamente, ordenando la liberación de los marineros y presentando disculpas formales al cónsul estadounidense.

El incidente, en términos prácticos, había sido resuelto en menos de 90 minutos. Todo el episodio podría haber terminado allí. No terminó allí porque el contraalmirante Mayo decidió que las disculpas verbales eran insuficientes. Mayo era un militar profesional con 40 años de servicio que consideraba que el honor de la bandera estadounidense había sido violado, de manera que solo una reparación ceremonial específica podía remediar adecuadamente sus demandas.

transmitidas a Morelos Zaragoza durante las horas siguientes al incidente eran tres y todas tenían carácter formal explícito. una nota oficial de desautorización del incidente, el castigo severo del oficial responsable del arresto y, sobre todo, un saludo de 21 cañonazos a la bandera estadounidense izada públicamente en el puerto de Tampico.

Aquellos 21 cañonazos eran el equivalente militar de una humillación pública codificada, el tipo de gesto que en el lenguaje protocolario del momento significaba reconocimiento de inferioridad por parte de quien lo ejecutaba. Morelo Zaragoza no podía aceptar tal demanda sin consultar a Ciudad de México.

Y Huerta, cuando recibió el reporte, comprendió inmediatamente que aceptarla significaría el fin de cualquier autoridad política propia. Lo que en circunstancias normales habría sido resuelto mediante las gestiones discretas del Departamento de Estado, se convirtió en un asunto presidencial durante las 48 horas siguientes. Mayo informó de sus demandas no solo a Ciudad de México, sino también por la cadena de mando naval al secretario de Estado, William Jennings Brian.

Y Brian, en lugar de moderar el incidente, como cualquier diplomático de carrera habría hecho automáticamente, lo elevó hasta el presidente Wilson, que pasaba el fin de semana descansando con su familia en White Sulfur Springs, Virginia occidental. La elección de informar al presidente en lugar de resolver el asunto a nivel diplomático fue una decisión cuyas consecuencias ningún funcionario americano había calculado adecuadamente.

Wilson reaccionó con una mezcla de indignación moral y oportunidad política que reveló lo profundamente que había estado esperando un pretexto para forzar la caída de huerta. Durante los días siguientes al 9 de abril, mientras mayo mantenía sus demandas y los mexicanos rechazaban específicamente el saludo de 21 cañonazos, pero ofrecían compromisos alternativos como un saludo simultáneo simbólico de las dos banderas.

Wilson endureció progresivamente la posición americana en lugar de aceptar ninguna de las salidas diplomáticas razonables que la situación permitía. El 18 de abril emitió un ultimátum formal. México debía saludar a la bandera americana en los términos exactos que mayo había exigido o aceptaría las consecuencias. Huerta lo rechazó.

No podía habría sido el equivalente político de la propia abdicación. El 20 de abril, Wilson compareció ante una sesión conjunta del Congreso para solicitar autorización formal para el uso de las fuerzas armadas contra México. Su discurso, redactado personalmente durante las horas anteriores, articulaba en términos cuidadosamente legalistas lo que ya era sustancialmente una declaración de guerra.

La Cámara de Representantes aprobó la solicitud en cuestión de horas con una votación masivamente favorable. El Senado tardó dos días en deliberar, pero llegó a la misma conclusión para cuando ambas cámaras hubieron completado formalmente sus votos. Sin embargo, las operaciones militares ya habían comenzado por una razón que ningún miembro del Congreso conocía durante las deliberaciones.

Los servicios de inteligencia americanos habían descubierto que el barco alemán Ipiranga estaba a punto de atracar en Veracruz con un cargamento de 200 ametralladoras y 15 millones de cartuchos destinados a huerta. Wilson había tomado la decisión de actuar inmediatamente sin esperar la votación del Senado. A las 8 de la mañana del 21 de abril, 800 marines y marineros desembarcaron en Veracruz.

Las primeras compañías de marines tocaron tierra en el muelle número 4 del puerto de Veracruz a las 11:10 de la mañana del 21 de abril de 1914. El comandante Frederick Newton Freeman, oficial al mando del primer desembarco, había recibido órdenes precisas del contraalmirante Frank Friday Fletcher unas horas antes.

Tomar el edificio de la aduana, controlar la oficina de telégrafos y el ferrocarril y asegurar el cargamento del Ipiranga, que se esperaba en cuestión de horas. El plan operativo había sido calculado sobre la premisa de que la resistencia mexicana sería mínima o inexistente, dado que las tropas federalistas leales a huerta presentes en la ciudad sumaban apenas 600 soldados de la guarnición regular bajo el mando del general Gustavo Má.

Aquella premisa resultó parcialmente correcta durante los primeros minutos de la operación. El general Mas al recibir noticia del desembarco, ordenó la retirada de sus tropas regulares hacia el interior. Aquella decisión, posteriormente criticada en los reportes oficiales mexicanos como una rendición prematura, reflejaba el cálculo realista de un oficial profesional que comprendía la imposibilidad técnica de defender una ciudad portuaria contra el desembarco coordinado de la flota atlántica.

más evacuó la mayoría de sus 600 hombres durante las primeras horas siguientes al desembarco y se replegó hacia la localidad de Tejería para reorganizar la defensa desde posiciones más sostenibles. Lo que ningún plan americano había anticipado fue lo que ocurrió en la Escuela Naval Militar de Veracruz, ubicada en un edificio sólido cerca del frente marítimo de la ciudad.

Los cadetes de la academia, jóvenes de entre 15 y 21 años en proceso de formación como oficiales navales mexicanos, recibieron la noticia del desembarco enemigo y tomaron una decisión que sus superiores no les habían ordenado y que las autoridades militares no habían contemplado. Ender el con las armas disponibles en los almacenes de la escuela.

El comodoro Manuel Azueta, director de la academia, intentó disuadirlos. les explicó que las órdenes oficiales eran no resistir. Los cadetes le respondieron en términos que las reconstrucciones posteriores documentarían a partir de testimonios concordantes que no habían entrado en la Academia Naval para huir cuando la bandera mexicana era atacada en su propio puerto.

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