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La joven apache embarazada siguió al CABALLO una mañana — lo que encontró lo cambió todo

 

 

Una cerca de postes caídos rodeaba lo que había sido un corral. Sobre la puerta principal, todavía legible en una tabla de madera quemada, unas letras grabadas a cuchillo decían algo que Tsay no podía leer, porque los blancos nunca le habían enseñado su escritura. Un rancho abandonado, vacío, según todos los signos que ella sabía leer.

 Ningún humo, ningún olor a animal reciente, ninguna señal de pisadas humanas en el barro seco del arroyo. El alzán bajó la cabeza y comenzó a pastar. Tsayé miró el rancho, miró el caballo, miró el cielo despejado donde un par de cuervos describían círculos perezosos que no auguraban nada malo. Y entonces sintió la primera contracción real, no el endurecimiento usual del vientre que llevaba semanas, sino algo diferente, algo que venía desde más adentro.

 Y supo que no tenía elección. bajó hacia el rancho. El alzán la siguió hasta el corral como si hubiera hecho ese camino 100 veces. Itzé tomó eso como confirmación de lo que ya sospechaba. El caballo había vivido aquí. Conocía este lugar. Había regresado por alguna razón que los caballos tienen para regresar a los sitios donde fueron felices o donde comían bien.

 Y al hacerlo la había traído a ella. La puerta principal estaba atrancada por dentro con una barra de hierro que alguien había colocado con cuidado. Eso era importante. Las puertas atrancadas desde adentro significaban que la última persona que había salido de ese lugar lo había hecho por otra entrada y que no esperaba regresar pronto, pero quería que la casa resistiera.

Sayer rodeó el edificio buscando la salida alternativa. La encontró en la pared trasera. una puerta baja de madera que se dio a la tercera presión del hombro y entró. La rabia la alcanzó antes que los ojos terminaran de adaptarse a la penumbra. No era rabia por lo que veía, era rabia acumulada, la que llevaba cuatro semanas cargando como se carga leña, la que había aplastado cada noche bajo el agotamiento necesario para sobrevivir y que ahora, al entrar en un espacio techado por primera vez desde la muerte de Jocho, encontraba fisuras por donde

escapar. El techo era bajo y olía a madera vieja y a algo que podría haber sido café derramado hace meses. Había una mesa volcada, había sillas rotas, había marcas de bala en la pared del fondo, tres agujeros en línea casi horizontal, la altura de un hombre sentado. Alguien había muerto en esa habitación o  había intentado matar a alguien.

El suelo de tierra apisonada guardaba manchas oscuras que podrían ser barro o podrían ser sangre seca. Sayelas estudió en silencio, arrodillándose con dificultad, pasando los dedos sobre la superficie, como su madre le había enseñado a leer el suelo del desierto. Sangre, vieja, meses, no días. Se incorporó con esfuerzo, una mano en el vientre y comenzó a explorar.

La rabia no se marchaba porque cada cosa que encontraba le recordaba a otra cosa. La manta militar doblada en un rincón verde con el sello del ejército de los Estados Unidos le recordó el uniforme del teniente que había disparado a Josuo sin desmontar. La lata de galletas del ejército vacía sobre la repisa le recordó que los soldados siempre tenían galletas mientras los apaches comían raíces.

 La foto enmarcada que yacía rota en el suelo, un hombre blanco de bigote y una mujer sonriendo frente a lo que parecía ser este mismo rancho antes del abandono. Le recordó que alguien había construido una vida aquí en tierra que los Chiricagua conocían desde antes de que ningún blanco naciera, pero la rabia también era combustible. Itzay lo sabía.

Su abuela Nidé le había dicho una vez que la rabia bien usada era como el fuego en la boca de una cueva. Mantenía el frío afuera y calentaba a los que estaban adentro. La rabia mal usada consumía la cueva entera. Say había aprendido a alimentar el fuego con cuidado, a usarlo para moverse cuando las piernas pedían rendirse, a convertirlo en claridad cuando el miedo quería nublar el pensamiento.

Así que exploró metódicamente. La cocina estaba al fondo, separada por una pared a medias. Precaución contra incendios. Los blancos construían así. Había una estufa de hierro que podría funcionar si el tubo no estaba obstruido. Había provisiones en una alacena cerrada con llave que Tzayé abrió con la hoja de su cuchillo, frijoles secos, harina de maíz, sal, una lata de melaza casi llena, suficiente para semanas si se racionaba.

En la parte baja de la alacena, detrás de los sacos de harina, había una caja de metal que tintinió cuando la movió. Municiones para rifle calibre 44. 32 cartuchos contados. El rifle lo encontró debajo del catre en la habitación trasera envuelto en cuero engrasado. Un Winchester de repetición relativamente nuevo con la madera del guardamano raspada, pero el mecanismo en buen estado.

 Tay lo revisó con los dedos de alguien que había aprendido el lenguaje de las armas de fuego en la infancia, porque los Chiricagua habían adoptado las armas de los blancos sin ningún complejo, con la misma practicidad con que adoptaban cualquier herramienta útil para sobrevivir. Cargó el rifle, lo apoyó contra la pared junto a la puerta trasera accesible.

Después encontró el pozo. Estaba en el interior del rancho, lo que era inusual inteligente. Alguien había construido este lugar pensando en sitios. El pozo era un hueco circular de piedra colocada sin argamasa, tapado con una tabla de madera. Y cuando Tzayer retiró la tapa y dejó caer una piedra, escuchó el golpe tardío del agua.

Agua limpia, probablemente un rancho que alguien había construido con cuidado real, con pensamiento real, en un lugar elegido por el agua y la roca protectora. Subió agua con el cubo de cuero que colgaba de un gancho oxidado. Bebió hasta que la cabeza dejó de latirle. Y fue entonces, mientras vaciaba el segundo cubo de agua sobre su nuca y el cuello, que el alazán afuera emitió un sonido bajo y sostenido, que no era relincho, sino algo más parecido a una advertencia.

 Itz se quedó completamente inmóvil porque ese sonido era específico y ella lo conocía. Los caballos hacían ese sonido cuando olían a otro caballo que se acercaba. Y otro caballo que se acercaba podía significar muchas cosas, ninguna de ellas buena. Say cruzó la habitación en seis pasos, tomó el Winchester y se pegó a la pared junto a la ventana más pequeña, la que daba al norte, y miró por entre las tablas rotas.

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