Posted in

La Inteligencia de Pancho Villa: El Espionaje Popular que Derrotó a los Generales Académicos

 

 

habían establecido puestos de control y los movimientos de las guarniciones que patrullaban las zonas rurales. La cuarta categoría eran los desertores federales que cambiaban de bando. El ejército federal de Huerta reclutaba a sus soldados principalmente a través de la leva forzosa, un sistema por el cual los agentes del gobierno literalmente capturaban a hombres jóvenes en las calles de las ciudades y los pueblos del centro y sur del país, y los enviaban al norte a combatir contra la revolución.

Esos soldados no tenían lealtad institucional al régimen que los había reclutado. Muchos desertaban al primer encuentro con fuerzas villistas y los desertores proporcionaban información detallada sobre los dispositivos de sus unidades, las órdenes de sus oficiales, los nombres de los comandantes, los detalles logísticos que solo los que habían estado dentro de las unidades podían conocer.

 Villa tenía un protocolo específico para los desertores, los interrogaba personalmente en muchos casos, recompensaba con generosidad a los que proveían información verificable y los incorporaba a sus propias fuerzas con el rango equivalente al que habían tenido en el Ejército Federal, más un incentivo económico por el cambio de bando.

 era un sistema que convertía la desinformación del enemigo en información propia con una eficiencia que el ejército federal no podía contrarrestar porque las condiciones estructurales del reclutamiento por leva generaban la desmoralización que hacía posibles las deserciones masivas. La quinta categoría eran los niños. Esta era quizás la categoría más invisible para el aparato de inteligencia federal y la más [música] sistemáticamente subestimada por los oficiales académicos.

 Los niños y jóvenes de los barrios pobres de las ciudades del norte se movían por las calles con una libertad que los adultos no tenían. Entraban y salían de los mercados y de las estaciones y de los parques sin que nadie les prestara atención particular, y tenían el tipo de curiosidad natural que los hacía observadores excelentes de los movimientos que les interesaban.

Villa había reclutado niños desde el inicio de sus operaciones. Les pagaba en centavos por piezas específicas de información verificable. ¿Cuántos soldados habían entrado al cuartel hoy? ¿Qué oficiales habían salido a caballo? ¿Cuántos caballos estaban en los corrales del regimiento? Los niños cumplían sus misiones con la seriedad específica de los que saben que el dinero que reciben va a comprar comida para sus familias.

 Y las autoridades federales nunca los identificaban como amenazas porque los protocolos de seguridad militar no contemplaban la posibilidad de que los niños del mercado fueran agentes de inteligencia enemiga. La combinación de estas cinco categorías producía un flujo de información hacia los cuarteles generales de Villa, que era simultáneamente más amplio, más detallado y más actualizado que el flujo que los generales federales recibían a través de sus canales oficiales, donde los agentes profesionales federales reportaban semanalmente lo que habían

podido observar desde sus posiciones urbanas. Los informantes populares villistas reportaban diariamente lo que ocurría en prácticamente cada estación de ferrocarril, cada camino principal, cada guarnición, cada mercado de importancia militar en todo el norte de México, donde los informes federales pasaban por varios niveles jerárquicos antes de llegar a los oficiales que tomaban las decisiones, con las distorsiones y los retrasos específicos que la jerarquía introducía, los informes villistas llegaban directamente

a Villa o a sus oficiales de confianza a través de mensajeros que los habían llevado en cuestión de horas. Para septiembre de 1913, el sistema funcionaba con una precisión específica que los oficiales federales comenzaban a detectar sin poder explicar. El general Fernández Castellanos en Torreón comenzó a notar que los ataques villistas ocurrían sistemáticamente en los puntos y en los momentos donde sus defensas eran más vulnerables, que los convoyes de suministros federales eran interceptados en los caminos donde Villa sabía

exactamente qué ruta iban a tomar y que los movimientos de refuerzos que el Estado Mayor ordenaba desde la Ciudad de México parecían ser conocidos por el enemigo antes de que los propios comandantes federales de las unidades involucradas tuvieran la información completa. El general escribió al Departamento de Guerra en octubre de 1913 un informe que los Archivos del Ejército Federal preservan y que los historiadores militares del periodo citan como uno de los documentos más honestos que un oficial federal produjo

sobre el problema de la inteligencia villista. Fernández Castellanos reconocía que el enemigo parecía tener un sistema de información que superaba al suyo, que sus propios agentes no habían podido identificar las fuentes villistas y que las medidas convencionales de contrainteligencia, restringir el acceso a los cuarteles, cifrar los mensajes, limitar el número de personas que conocían los planes operativos, no estaban produciendo los resultados esperados porque las filtraciones parecían ocurrir.

a través de canales que el sistema de contrainteligencia no estaba vigilando. El Departamento de Guerra respondió al informe con la respuesta específica que las burocracias militares proporcionan cuando no saben cómo responder a problemas que sus manuales no describen. recomendó aumentar el número de agentes profesionales en la región, asignar presupuesto adicional al trabajo de contrainteligencia y reforzar la disciplina de seguridad en las guarniciones.

 Ninguna de estas medidas abordaba el problema real, que era que el aparato federal estaba diseñado para competir contra aparatos similares de potencias extranjeras y no contra el tipo específico de red popular que Villa había construido con los ferroviarios, las lavanderas, los arrieros, los desertores y los niños del mercado. La batalla de Torreón de octubre de 1913 fue el primer despliegue operativo a gran escala del sistema de inteligencia villista contra una guarnición federal importante.

Villa había preparado el ataque durante semanas, alimentando sus planes con la información que sus informantes le proporcionaban sobre la disposición de las defensas federales, las rutinas de los turnos de guardia, los lugares donde la munición estaba almacenada, los puntos donde los refuerzos que el alto mando había prometido iban a llegar en caso de emergencia.

 Para el día del ataque, 30 de septiembre de 1913, Villa tenía un mapa detallado de las defensas de Torreón, que incluía información que el propio general Fernández Castellanos consideraba confidencial dentro de su estado mayor. El ataque fue ejecutado con la precisión específica que la información permitía. Las columnas villistas golpearon las defensas federales en los puntos exactos donde la inteligencia había identificado debilidades estructurales.

 Los cortes en las líneas de comunicación federales se ejecutaron en las horas y en los lugares donde los técnicos villistas sabían que los refuerzos se volverían más lentos. Los almacenes de munición fueron objetivos prioritarios desde el primer momento con detachments villistas que se dirigieron directamente a ellos porque conocían sus ubicaciones exactas gracias a los informes de los ferroviarios que habían descargado los cargamentos semanas antes.

Read More