La carrera hacia la presidencia de Colombia ha entrado en una fase crítica, turbulenta y profundamente polarizada. Lo que en su momento se perfiló como una coalición sólida de fuerzas de centro-derecha y extrema derecha con un objetivo común —hacer frente a la figura de Iván Cepeda y evitar a toda costa la continuidad de las políticas del actual gobierno— se ha transformado repentinamente en un campo de batalla fratricida. Las redes sociales, los medios de comunicación y las plazas públicas son ahora los escenarios de una guerra abierta entre las campañas de dos pesos pesados: la senadora Paloma Valencia y el abogado Abelardo De La Espriella.
El debate reciente, protagonizado por la representante a la Cámara electa de Salvación Nacional, Carol Borda, y el exministro del Interior, Daniel Palacios, ha destapado una auténtica caja de Pandora. A través de sus intervenciones, quedó en evidencia que las diferencias ideológicas han pasado a un segundo plano, dando paso a una encarnizada lucha de narrativas, acusaciones de manipulación digital y ataques personales que amenazan con desestabilizar por completo el panorama electoral del país.
Uno de los puntos más álgidos y polémicos de este choque político es la supuesta utilización de “bodegas” o granjas de trolls por parte de la campaña de Abelardo De La Espriella para atacar sistemáticamente a Paloma Valencia. Desde el sector de Valencia, se ha denunciado que detrás de los constantes insultos y descalificaciones en plataformas como X (anteriormente Twitter) e
xiste una maquinaria digital financiada con el único propósito de destruir la reputación de sus adversarios internos.
Carol Borda, asumiendo la vocería y defensa del movimiento de De La Espriella, rechazó estas acusaciones de manera categórica. Según su visión, lo que la campaña de Paloma Valencia tilda de “bodegas” no es más que un genuino y desbordante fervor popular. Borda argumenta que las miles de personas que comentan, publican y defienden las posturas de Abelardo son ciudadanos reales, autónomos y voluntarios, motivados por un profundo deseo de cambio y por la convicción de que él representa el liderazgo necesario para enfrentar a Iván Cepeda. Para Borda, el éxito en las redes sociales es simplemente un reflejo del éxito en las calles, citando como prueba las plazas llenas en ciudades como Valledupar, Cúcuta y Popayán, territorios históricamente difíciles para la derecha que hoy, según afirma, están siendo conquistados.
Narrativas Peligrosas: “Los de Nunca” contra “Los de Siempre”
Sin embargo, el exministro Daniel Palacios ofreció una perspectiva diametralmente opuesta y profundamente analítica sobre el origen de esta hostilidad. Para Palacios, el problema no radica únicamente en quién maneja las cuentas de redes sociales, sino en el diseño mismo de la narrativa de campaña de Abelardo De La Espriella.
Palacios señaló con agudeza que la campaña de De La Espriella ha construido una retórica divisiva basada en la premisa de “los de nunca contra los de siempre”. Al establecer esta dicotomía, se crea un grupo de “buenos” y un grupo de “malos” dentro del mismo espectro político. Esta estrategia, advierte el exministro, inevitablemente conduce a la confrontación, ya que etiqueta a figuras tradicionales como Paloma Valencia bajo el estigma de ser parte de ese grupo de “los de siempre” que debe ser derrotado. Bajo esta óptica, los ataques que recibe Valencia (siendo tildada de “santista”, “petrista” o “corrupta”) no son accidentes espontáneos de las redes sociales, sino el resultado directo y calculado de la narrativa oficial promovida por la candidatura de De La Espriella.
Cuando la Política Traspasa los Límites Familiares

La tensión ha escalado a niveles donde lo político y lo personal se entrelazan de forma tóxica. Un ejemplo alarmante de esta degradación del debate fue la reciente propagación de noticias falsas que involucraban a la familia de Paloma Valencia. Durante el fin de semana, circuló el rumor infundado, originado por una usuaria en redes sociales, de que la senadora Angélica Lozano era la madrina de la hija de Paloma Valencia.
Este intento de desacreditación mediante la difamación familiar generó una justificada indignación. Aunque Carol Borda se apresuró a desmarcar a la campaña de De La Espriella de este ataque específico, asegurando que no tienen control sobre las acciones individuales de cada seguidor, el daño ya estaba hecho. Este incidente subraya el peligro inminente de las campañas alimentadas por la indignación y la desinformación, donde los simpatizantes, cegados por el fanatismo, cruzan las líneas rojas de la decencia, atacando el núcleo familiar de los candidatos rivales.
Chalecos Antibalas y la Retórica de la Cobardía en un País Herido
Otro de los episodios más controversiales y dolorosos de esta disputa gira en torno a la seguridad física, una herida siempre abierta en la historia de Colombia. Paloma Valencia, en un momento de evidente frustración por los ataques recibidos, calificó de “cobarde” a Abelardo De La Espriella por utilizar chalecos antibalas y atriles blindados durante sus apariciones públicas.
La respuesta de Carol Borda no se hizo esperar, enmarcando las palabras de Valencia como una falta de empatía y comprensión de la cruda realidad del país. Borda recordó que Colombia sigue atravesando el dolor de la violencia política, mencionando el reciente asesinato de un coordinador de campaña en el Meta y las constantes amenazas en municipios antioqueños. En este contexto de hostigamiento y peligro de muerte por defender ideas políticas, el uso de medidas de seguridad no puede ser catalogado de cobardía, sino de supervivencia. Este cruce de palabras evidencia cómo el nivel del debate ha descendido hasta el punto de utilizar la violencia sistémica del país como un arma arrojadiza para ganar puntos en las encuestas.
El Dinero Detrás de las Pantallas: El Reto al Periodismo de Investigación
Volviendo al ecosistema digital, Daniel Palacios lanzó un fuerte cuestionamiento que trasciende a los candidatos y apela directamente al rigor del periodismo de investigación. Frente a la excusa del “fervor popular” para justificar el comportamiento de ciertos influencers, el exministro planteó dudas razonables sobre la financiación de estos líderes de opinión en redes sociales.
Palacios desafió a la prensa a investigar “quién paga la pauta”. Es difícil creer que el activismo espontáneo financie viajes en aviones por todo el país y pautas publicitarias de cientos de millones de pesos. La presencia constante de ciertos creadores de contenido en cada evento de campaña levanta sospechas sobre la existencia de contratos y pagos ocultos que disfrazan el mercenarismo digital como apoyo ciudadano. Identificar de dónde provienen estos recursos es fundamental para garantizar la transparencia del proceso electoral y para que los votantes sepan si están consumiendo opiniones sinceras o propaganda pagada.
El Clamor por un Debate Real y de Frente al País
Ante este desolador panorama de ataques digitales, acusaciones de falsedad, videos alterados con inteligencia artificial e insultos cruzados, surge una necesidad imperiosa para la democracia colombiana: el retorno al debate de ideas. Daniel Palacios fue enfático al hacer un llamado a abandonar el refugio de las redes sociales, donde es “muy fácil escurrir el bulto”, y exigir que los candidatos se enfrenten cara a cara en los escenarios públicos.
El electorado colombiano merece respeto y claridad. Los ciudadanos necesitan ver a los aspirantes a la presidencia debatiendo sus propuestas de frente, contrastando sus visiones de país sin intermediarios, sin “proxys”, sin bodegas y sin influencers a sueldo. La política a través de pantallas fomenta la desinformación y la polarización extrema, impidiendo que los votantes evalúen el verdadero temple, conocimiento y capacidad de liderazgo de quienes pretenden dirigir el destino de la nación.
Conclusión: El Costo de la División
En definitiva, la pelea política entre las campañas de Paloma Valencia y Abelardo De La Espriella es un reflejo preocupante de los tiempos modernos, donde las redes sociales actúan como acelerantes de la polarización y la confrontación desmedida. Mientras ambas facciones desgastan sus energías y su capital político tratando de destruirse mutuamente con acusaciones de bodegas, pautas millonarias y falta de valentía, el objetivo principal —presentar una alternativa sólida y coherente para el futuro de Colombia— parece desvanecerse.
El verdadero perdedor en medio de esta guerra civil de la derecha no es ninguna de las dos campañas, sino el ciudadano común, que asiste como espectador a un espectáculo de golpes bajos en lugar de presenciar el enriquecedor intercambio de ideas que requiere y demanda la democracia. La urgencia de elevar el nivel del debate nunca ha sido tan crítica; es hora de apagar los teléfonos, silenciar a las bodegas y encender los micrófonos para hablarle de frente y con honestidad al país.