Y esa ambición, más pronto que tarde iba a convertirse en el problema central de Tony Tormenta. El año 2007 trajo otro golpe. O si el Cárdenas Guillén, que había permanecido en la cárcel mexicana durante 4 años, fue extraditado a los Estados Unidos. El proceso de extradición fue difícil, lleno de obstáculos legales y maniobras de los abogados de la defensa.
Pero al final, Osiel fue enviado a Texas para enfrentar cargos federales en los Estados Unidos. Años después se declararía culpable y sería sentenciado a 25 años de prisión, además de pagar una multa de 2 500 millones de dólares, una de las más grandes en la historia del sistema judicial norteamericano. Para Tony Tormenta, la extradición de su hermano fue un momento profundamente personal.
No era solo un golpe estratégico a la organización, era ver a tu hermano, la persona que te había introducido a ese mundo, desaparecer hacia una celda en los Estados Unidos de la que probablemente nunca saldría. Tony nunca habló públicamente de cómo lo vivió, pero quienes lo conocían decían que después de la extradición de Ociel, Tony se volvió más oscuro, más implacable, como si algo dentro de él hubiera decidido que si la organización iba a sobrevivir, tendría que hacerlo a través de la fuerza pura.
Algo que pocos mencionan. Tony Tormenta no era solo un sicario elevado a jefe, era genuinamente el guardián del legado familiar. Para él, el cártel del Golfo era la herencia de los Cárdenas Guillén, y defenderla no era solo negocio, era honor familiar. Para finales de la primera década del 2000, el cártel del Golfo controlaba rutas de tráfico valuadas en miles de millones de dólares.
La cocaína que llegaba desde Colombia pasaba por sus manos antes de cruzar hacia Estados Unidos. La metanfetamina producida en México encontraba sus caminos a través de las redes tamaulipecas. El cártel del Golfo tenía células en varias ciudades mexicanas y tentáculos que llegaban hasta Centroamérica. Pero la alianza con los setas estaba empezando a crujir.
Losas habían comenzado como un instrumento, un brazo armado, contratado para proteger y ejecutar, pero en el transcurso de menos de una década habían desarrollado sus propias redes de extorsión, sus propias rutas de tráfico, sus propios contactos internacionales. Bajo el liderazgo de Heriberto Lascano, el Lasca, y posteriormente de Miguel Treviño Morales, cita 40.
Los setas se habían convertido en una organización independiente que simplemente compartía territorio con el Golfo por conveniencia histórica, no por lealtad genuina. Las tensiones fueron escalando a lo largo de 2009 y principios de 2010. Había disputas por territorios, por rutas, por el control de ciudades específicas. En algunas partes de Tamaulipas, los miembros del Golfo y los Zas ya se estaban enfrentando en conflictos locales que los líderes de ambas organizaciones preferían ignorar.
Pero ignorar una grieta no la cierra, solo la hace más profunda. El quiebre final llegó en enero de 2010. Los detalles exactos de lo que desencadenó la ruptura definitiva entre el Golfo y los ZAS todavía son objeto de debate entre investigadores y periodistas especializados. Pero lo que está documentado es que a principios de febrero de 2010, el cártel del Golfo emitió un mensaje claro.
La alianza había terminado. Los setas eran ahora el enemigo. Lo que siguió fue uno de los periodos más violentos en la historia reciente de Tamaulipas. Las ciudades fronterizas, que ya convivían con niveles altísimos de violencia, se transformaron en zonas de guerra abiertas. Matamoros, Reyosa, Nuevo Laredo, Miguel Alemán.
Todas estas ciudades se convirtieron en campos de batalla entre dos de las organizaciones criminales más armadas y entrenadas de México. Los civiles quedaron atrapados en el medio. Imagínate esto. Vivir en una ciudad donde de repente los dos grupos armados que antes se toleraban mutuamente empiezan a exterminarse entre sí y tú no puedes hacer nada más que cerrar la puerta de tu casa y esperar que el tiroteo termine.
Eso fue Tamaulipas en 2010. ¿Qué harías tú en esa situación? El gobierno federal respondió incrementando la presencia militar en el estado. La marina, el ejército, la policía federal. Tamaulipas se llenó de retenes, de operativos, de helicópteros sobrevolando los barrios. Era el escenario más complicado posible para Tony Tormenta.
Estaba en guerra con los setas por un lado y con las fuerzas del estado por el otro. La DEA había colocado a Antonio Cárdenas Guillén en su lista de los narcotraficantes más buscados. Había una recompensa de 5 millones de dólares por información que condujera a su captura. Esos 5 millones representaban una tentación enorme en una región donde la pobreza y el miedo convivían todos los días.
Tony Tormenta lo sabía. Sabía que estaba siendo casado. Cambiaba de ubicaciones con frecuencia. confiaba en un círculo muy reducido de personas. Tenía una estructura de seguridad que incluía docenas de hombres armados en todo momento, pero la inteligencia militar era paciente y en el otoño de 2010 algo cambió.
Suscríbete si esta historia te tiene al filo del asiento. Esto apenas llega a su punto más intenso. Los investigadores, tanto mexicanos como estadounidenses, habían ido construyendo un mosaico de información sobre los movimientos de Tony y Tormenta, fuentes de inteligencia, interceptaciones de comunicaciones, informantes dentro de la organización.
La imagen que emergía era la de un hombre que, a pesar de todos sus cuidados, no podía desaparecer completamente. Tenía que moverse, tenía que comunicarse y cada vez que lo hacía dejaba rastros. Para finales de octubre de 2010, las fuerzas federales tenían una imagen bastante clara de la zona de Matamoros donde Tony operaba.
No tenían una dirección exacta todavía, pero tenían un radio y en ese radio empezaron a tejer la red. El 5 de noviembre de 2010 amaneció como un día normal en Matamoros. Las personas se levantaron para ir al trabajo, los estudiantes se prepararon para ir a clases, los negocios abrieron sus puertas. Pero en algún momento de la mañana la información llegó.
Tony Tormenta estaba en una casa del centro de la ciudad. La operación se activó. Los elementos de la Marina de México, apoyados por fuerzas del ejército y policías federales, comenzaron acercar el área. Fue un movimiento coordinado, diseñado para bloquear todas las salidas posibles. Helicópteros en el aire, vehículos blindados en las calles principales, [música] equipos tácticos a pie cerrando los callejones.
Era una operación de escala considerable, desplegada en plena área urbana. Cuando los hombres de Tony Tormenta vieron el despliegue, la reacción fue inmediata, resistir. Los guardaespaldas de Tony, que podían ser entre 60 y 100 hombres, según diferentes estimaciones, abrieron fuego contra los militares, lo que comenzó como un operativo de captura, se convirtió en un enfrentamiento armado que sacudió [música] el centro de Matamoros.
El fuego cruzado duró horas. Fue una de las batallas urbanas más prolongadas e intensas que Tamaulipas había vivido hasta ese momento. Los vecinos se encerraron en sus casas, tirados en el piso lejos de las ventanas. Algunos intentaron escapar en sus vehículos y quedaron atrapados en medio del cruce de balas. Las comunicaciones de emergencia colapsaron con llamadas de civiles aterrorizados.
En algún momento de ese enfrentamiento, Mario Francisco Guajardo Vargas, reportero del periódico Expreso de Tamaulipas, fue alcanzado por una bala mientras cubría los hechos. Murió en el lugar. Era el precio que pagaban los periodistas [música] que intentaban documentar la realidad de Tamaulipas en esos años.
[música] Un precio injusto, brutal, silenciador. ¿De dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios tu ciudad. Cuando el fuego finalmente cesó, Antonio Ezequiel, Cárdenas Guillén, Tony Tormenta, estaba muerto. Tenía 39 años. El jefe del cártel del Golfo había caído en las calles de la misma ciudad, donde había pasado gran parte de su vida.
Las autoridades mexicanas confirmaron la muerte al día siguiente, después de que los peritos hicieron la identificación formal. [música] La DEA también confirmó la identidad del cuerpo. El hombre por quien habían ofrecido millones de dólares de recompensa [música] ya no existía. La noticia sacudió el mundo del narcotráfico de una manera que pocas caídas lo habían hecho.
No porque Tony Tormenta fuera el narcotraficante más poderoso de México que [música] no lo era, sino porque su muerte dejaba al cártel del Golfo en una posición tremendamente vulnerable [música] en el peor momento posible. en plena guerra contra los setas, con la presión militar en su máximo punto y sin la figura que había representado [música] la fuerza bruta de la organización desde la captura de Ociel.
Jorge Eduardo Costilla Sánchez, el COS, quedó como único jefe visible del cártel [música] del Golfo, pero la historia del Cos tampoco terminaría bien. En septiembre de 2012, menos de 2 años después de la muerte de Tony Tormenta, el COS fue capturado por la marina en Tamaulipas. La era de los Cárdenas Guillén, [música] en el cártel del Golfo, había llegado definitivamente a su fin.
Lo que vino después fue la fragmentación. El cártel del Golfo se dividió en múltiples facciones, los metros, los rojos, los ciclones, grupos que competían entre sí por el control de territorios que antes habían pertenecido a una sola organización. La violencia en Tamaulipas no disminuyó con la muerte de Tony Tormenta.
En muchos sentidos se intensificó porque la autoridad central que había mantenido cierto orden interno desapareció. Aquí está lo que me impresiona cuando miro la historia completa. Tony Tormenta fue en muchos sentidos el producto inevitable de su contexto. un hombre nacido en un lugar donde las opciones eran pocas, que eligió el camino que su hermano le había abierto, que ascendió dentro de una organización criminal porque tenía las cualidades que ese mundo valoraba: valentía, lealtad, disposición para el conflicto. No fue un arquitecto
estratégico como su hermano Ociel, fue un guerrero y como guerrero murió en combate. El Cárdenas Guillén, el hermano que había fundado el imperio, el que había creado a los setas, el que había transformado al cártel del Golfo en una organización de escala internacional, se declaró culpable ante la justicia de los Estados Unidos en 2010, el mismo año en que su hermano moría en Matamoros.
Fue sentenciado en 2010 a 25 años de prisión. La ironía es brutal. Los dos hermanos, uno en una celda federal en Texas, el otro en una morgue de Tamaulipas el mismo año. El cártel del Golfo que Osiel había construido con tanta ambición y que Tony había intentado defender con tanta ferocidad, se convirtió en uno de los muchos fragmentos del mapa del crimen organizado mexicano.
No desapareció completamente, pero nunca volvió a hacer lo que había sido en su momento de mayor poder. La guerra con los setas lo desgastó. La muerte de Tony lo privó de su fuerza más combativa. La captura de El Cos completó el derrumbe de la estructura original. Los ZTAs, por cierto, tampoco escaparon ilesos. La organización que había desafiado al Golfo para independizarse también fue golpeada duramente por las fuerzas del Estado en los años siguientes.
Herberto Lascano, Elas murió en un operativo en Coahuila en 2012, el mismo año que el COS fue capturado. Miguel Treviño Morales Z40 fue arrestado en 2013. La historia del crimen organizado mexicano está llena de estas simetrías. Los que se creían invencibles, tarde o temprano también caen. Tamaulipas tardó años en recuperar algo parecido a la estabilidad.
El precio que pagaron los ciudadanos de esa tierra, los que no eligieron estar en ese conflicto, sino que simplemente vivían ahí, fue enorme. Personas desplazadas, negocios cerrados, comunidades enteras paralizadas por el miedo, periodistas como Mario Guajardo Vargas que pagaron con su vida el precio de intentar informar.
Ese es quizás el legado más doloroso de toda esta historia, el daño que le hicieron a la gente común. Tony Tormenta hoy es recordado de maneras diferentes, dependiendo de quién lo recuerde. Para las autoridades mexicanas y estadounidenses fue un objetivo eliminado, un éxito operativo para los historiadores del crimen organizado.
Fue la figura que simbolizó el colapso de la alianza Golfo Zas y el inicio de la fragmentación del crimen organizado en el noreste mexicano. Para quienes vivieron en Matamoros, Reyosa y las demás ciudades tamaulipecas en esos años es parte de una época de terror que prefieren no recordar. ¿Qué hubiera pasado si Tony Tormenta hubiera logrado escapar ese 5 de noviembre de 2010? ¿Hubiera el cártel del Golfo sobrevivido como organización unificada? ¿Habría sido capaz de ganar la guerra contra los setas? Son preguntas que no tienen
respuesta. La historia no funciona con hipotéticos. Lo que sabemos es lo que pasó. Murió en Matamoros, en las calles donde nació y creció, en la ciudad que el cártel del Golfo había considerado suya por décadas. El hermano de Ociel, el guardián de un legado criminal, el hombre que intentó defender con su vida lo que su familia había construido.
Tony Tormenta fue todo eso y el 5 de noviembre de 2010, cuando los helicópteros de la Marina sobrevolaban el centro de Matamoros y las calles solían a pólvora, todo eso terminó. El cártel del Golfo nunca volvió a ser lo mismo. Para entender mejor la dimensión de lo que fue el cártel del Golfo en su momento cumbre, hay que mirar los números.
En la primera mitad de la primera década del 2000 se estima que la organización controlaba entre el 30 y el 40% del mercado de exportación de cocaína desde México hacia los Estados Unidos. En términos económicos, eso representaba miles de millones de dólares al año. Era una empresa criminal de escala industrial, con rutas terrestres, marítimas y aéreas, con una infraestructura de corrupción que alcanzaba a policías municipales, estatales, a funcionarios de aduana, a políticos locales y regionales.
Tony Tormenta no era el ideólogo de esa estructura. Esa había sido la obra de su hermano Ociel. Pero Tony era el garante de su continuidad. era quien se aseguraba de que nadie dentro de la organización pensara en traicionar, en buscar un acuerdo propio con los rivales, en separarse para hacer negocios independientes.
En el lenguaje de las organizaciones criminales, Tony Tormenta era el componente de control interno y ese componente es paradójicamente tan importante como el visionario estratégico. Hay un episodio documentado por periodistas especializados en el crimen organizado mexicano que ilustra perfectamente el carácter de Tony Tormenta.
En algún momento después de la captura de Ociel, un grupo de operadores del Golfo en uno de los estados del interior del país intentó llegar a un acuerdo territorial con una organización rival sin consultar con la cúpula. Cuando la información llegó a Tony, su respuesta fue inmediata y despiadada.
No hubo negociación, no hubo proceso. Los operadores que habían actuado por su cuenta simplemente desaparecieron. El mensaje quedó claro. La cadena de mando del Golfo no era opcional. Ese estilo de liderazgo tenía ventajas operativas claras. mantenía la disciplina interna en una organización que por su tamaño y complejidad era siempre vulnerable a la fragmentación, pero también tenía un costo.

Generaba terror interno y el terror, a diferencia del respeto, produce lealtad muy frágil. La lealtad por miedo dura exactamente lo que dura el miedo. Cuando las circunstancias cambian, la primera persona que puede traicionar es la que solo te obedecía porque no tenía otra opción. Esta es una reflexión que aparece repetidamente en los testimonios de personas que trabajaron o que estuvieron cerca de organizaciones criminales grandes.
El líder que genera respeto genuino sobrevive más tiempo que el que genera únicamente terror. O si el Cárdenas tenía algo de ambos. Tony Tormenta tenía mayoritariamente el segundo. La ruptura con los Zas en 2010 fue en retrospectiva, el momento en que Tony Tormenta firmó su propia sentencia. No porque la decisión de romper con los setas fuera necesariamente incorrecta desde la perspectiva estratégica del Golfo, los setas ya no eran un activo de la organización.
habían crecido tanto que eran una amenaza a la autonomía del Golfo. Romper era quizás inevitable. El problema fue la manera en que se hizo. De golpe, sin una estrategia clara para absorber las consecuencias, sin haber preparado primero una posición militar lo suficientemente sólida como para ganar la guerra que iba a seguir. La guerra Golfo Zs de 2010 fue devastadora para Tamaulipas de una manera que es difícil de exagerar.
Según datos recopilados por organizaciones de derechos humanos y periodistas que cubrieron la región, los primeros 6 meses del conflicto vieron centenares de homicidios vinculados directamente al enfrentamiento entre las dos organizaciones. Las ciudades de la frontera Tamaulipeca, que ya tenían índices de violencia altísimos, alcanzaron niveles que las pusieron entre las más peligrosas del mundo.
Los civiles sufrieron de maneras que van más allá del miedo a los enfrentamientos directos. El desplazamiento fue masivo. Familias enteras que abandonaron sus casas, sus negocios, sus escuelas para buscar seguridad en otras partes. La economía local colapsó en muchas zonas. Los negocios que podían moverse se movieron. Los que no podían simplemente cerraron.
La industria del turismo fronterizo, que para ciudades como Matamoros y Reyosa era una fuente importante de ingresos, desapareció casi completamente. Tony Tormenta, como jefe de la organización que había desencadenado ese conflicto al romper con los setas, lleva parte de la responsabilidad por ese sufrimiento.
Es importante decirlo con claridad, sin eufemismos. Las decisiones que tomaron los líderes criminales de esos años no ocurrieron en un vacío. Tuvieron consecuencias reales sobre personas reales que no habían elegido estar en medio de esa guerra. Al mismo tiempo, la historia completa del cártel del Golfo y de Los Eetas no se puede contar sin mencionar la responsabilidad del Estado mexicano.
Durante décadas. La corrupción sistémica que permitió que estas organizaciones crecieran, que policías y funcionarios trabajaran para ellas, que las instituciones que debían combatirlas estuvieran parcialmente infiltradas. Esa corrupción fue también parte de la ecuación, no para justificar nada, sino para entender el terreno en el que todo esto creció.
El operativo del 5 de noviembre de 2010 fue el resultado de meses de trabajo de inteligencia. Las fuerzas federales habían estado construyendo pacientemente la información necesaria para localizar a Tony Tormenta, fuentes dentro del crimen organizado, intercepción de comunicaciones, análisis de movimientos de personas y vehículos en áreas específicas de matamoros.
Ese trabajo de inteligencia cuando finalmente se concretó en la operación del 5 de noviembre fue efectivo. Lo que quizás no anticiparon plenamente los planificadores del operativo fue la intensidad de la respuesta de los hombres de Tony y tormenta. Los guardaespaldas que pelearon ese día no estaban peleando únicamente por su jefe, estaban peleando porque sabían que si el operativo tenía éxito y ellos sobrevivían, sus propias vidas estarían en peligro.
En el mundo del crimen organizado, la captura o muerte de un jefe frecuentemente desencadena una purga interna de quienes estaban más cercanos a él. Pelear hasta las últimas consecuencias era paradójicamente la opción más racional disponible para muchos de esos hombres. El enfrentamiento duró aproximadamente 3 horas, según los reportes periodísticos de la época.
3 horas de combate sostenido en una zona urbana densamente poblada. Las imágenes que circularon después mostraban calles con marcas de balas en las fachadas de las casas, vehículos incendiados, casquillos de balas por todas partes. Era el escenario de una guerra, no de una operación policial ordinaria. Cuando terminó el fuego, los militares contaron sus bajas.
También contaron los cuerpos del lado contrario. Y en algún lugar entre esos cuerpos estaba Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén. El hermano de Ociel, Tony Tormenta, el periodista Mario Francisco Guajardo Vargas, que murió ese día cubriendo el enfrentamiento, era un profesional que había pasado años reportando sobre la realidad de Tamaulipas.
Su muerte fue un recordatorio brutal de lo que significaba hacer periodismo en esa región. En esa época varios periodistas tamaulipecos habían sido amenazados, desaparecidos o asesinados en los años anteriores. Guajardo Vargas fue uno más de esa lista terrible. Su nombre merece ser recordado junto con el de los grandes protagonistas de esta historia, no como víctima secundaria, sino como parte central de la tragedia que representa el narcotráfico para las instituciones democráticas.
La muerte de Tony Tormenta fue celebrada por las autoridades mexicanas y estadounidenses como un logro significativo en la guerra contra el narcotráfico y en términos estrictamente operativos lo fue. Eliminar a un jefe de esa jerarquía siempre representa un golpe real a la capacidad operativa de una organización. Pero también es verdad que meses después del 5 de noviembre, Tamaulipa seguía siendo una zona de guerra.
Los carteles no desaparecen con la muerte de un jefe. Se transforman, se reorganizan y frecuentemente la violencia que sigue a esa reorganización es peor que la que había antes. El caso del Cártel del Golfo es un ejemplo perfecto de ese patrón. Después de Tony y tormenta, en lugar de una organización unificada con un liderazgo central, Tamaulipas vio proliferar múltiples grupos que competían entre sí.
Cada uno controlaba un pedazo del territorio. Cada uno tenía sus propios métodos, sus propias listas de aliados y enemigos. El resultado neto para los ciudadanos no fue menos violencia, fue una violencia diferente, más difusa, más difícil de predecir y en muchos sentidos más aterradora porque no tenía la lógica relativamente predecible de una sola organización dominante.
Hoy, más de una década después de los hechos del 5 de noviembre de 2010, el cártel del Golfo existe en fragmentos. Ninguno de esos fragmentos tiene el poder que tuvo la organización original en su momento de mayor altura. Tamaulipas sigue siendo un estado con problemas de seguridad serios, pero el mapa del crimen organizado en esa región es irreconociblemente diferente al que existía cuando Tony Tormenta vivía.
O si el Cárdenas Guillén cumple su condena en una prisión federal de los Estados Unidos. Los registros del Departamento de Justicia de los Estados Unidos indican que su acuerdo de culpabilidad incluyó la cooperación con las autoridades, aunque el alcance exacto de esa cooperación permanece en gran parte confidencial.
Es uno de los tantos capítulos de esta historia que probablemente nunca conoceremos en su totalidad. El nombre de la familia Cárdenas Guillén quedó definitivamente ligado a la historia del cártel del Golfo. Osiel, el que construyó el imperio. Tony, el que intentó defenderlo. Dos hermanos cuyas trayectorias ilustran algo que se repite en muchas historias del narcotráfico mexicano.
imposibilidad de construir algo duradero sobre fundamentos de violencia y corrupción. Por grande que sea el poder acumulado, por robustas que sean las estructuras construidas, el sistema tiene sus propias formas de cobrar lo que se le debe. El 5 de noviembre de 2010, en las calles de Matamoros, esa cuenta se presentó ante Tony Tormenta y el cártel del Golfo, tal como lo habían conocido los hermanos Cárdenas Guillén, [música] dejó de existir ese mismo día.
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