En el complejo tablero de la geopolítica mundial, pocas historias son tan reveladoras y, a la vez, tan trágicas como la del acuerdo nuclear con Irán. Lo que el mundo presenció entre 2015 y 2026 no fue simplemente una serie de desencuentros diplomáticos o fallos técnicos en la redacción de tratados. Fue, en palabras del profesor Richard Wolff, una demostración cruda de cómo el poder real decide cuándo la diplomacia tiene permiso para vivir y cuándo debe ser ejecutada en favor de intereses mucho más oscuros y lucrativos.
Para entender el caos actual, debemos retroceder a julio de 2015, cuando se firmó el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). En aquel entonces, el mundo celebró lo que parecía un triunfo histórico de la razón sobre la fuerza. Irán, bajo una supervisión sin precedentes de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), aceptó reducir su stock de uranio enriquecido en un 98% y desmantelar gran parte de su infraestructura nuclear. A cambio, se le prometió el levantamiento de las sanciones que asfixiaban su economía.
Y el acuerdo funcionó. Durante años, la AIEA certificó trimestralmente que Teherán cumplía su parte. El llamado “breakout tim
e” —el tiempo necesario para producir material para una bomba— se extendió de semanas a más de un año. El mundo era, efectivamente, más seguro. Sin embargo, en mayo de 2018, la administración de Donald Trump decidió romper unilateralmente este compromiso, calificándolo como “el peor acuerdo de la historia”.
Esta decisión no fue un arrebato impulsivo. Fue una respuesta directa a las presiones de sectores que veían en un Irán reintegrado a la economía global una amenaza existencial, no por sus posibles bombas, sino por su potencial influencia regional y económica. Benjamin Netanyahu y la monarquía saudí fueron los principales arquitectos de esta demolición, argumentando que el acuerdo no cubría misiles balísticos ni la influencia regional de Irán. Pero, como señala Wolff, la verdadera preocupación era que un Irán fuerte económicamente es un competidor que el actual sistema de alianzas en el Medio Oriente no está dispuesto a tolerar.
La falacia de la “máxima presión”
Lo que siguió a la retirada estadounidense fue la política de “máxima presión”. Las sanciones regresaron con una ferocidad renovada, hundiendo el rial iraní y reduciendo las exportaciones de petróleo de 2.5 millones de barriles diarios a una fracción insignificante. Pero, ¿logró esto un mejor acuerdo? La respuesta es un rotundo no.
Al verse acorralado y traicionado, Irán respondió de la única manera que su doctrina de seguridad le permitía: retomando su programa nuclear con mayor intensidad. Para principios de 2025, el país ya enriquecía uranio al 60% y poseía cantidades suficientes para fabricar varias ojivas. La política de Trump no evitó la amenaza nuclear; la aceleró de forma dramática, eliminando los mecanismos de control que el JCPOA había establecido con tanto esfuerzo.
2025: El año en que la diplomacia fue asesinada
Cuando el mundo esperaba que el regreso de la diplomacia en 2025 trajera estabilidad, se encontró con una paradoja sangrienta. Entre abril y junio de ese año, se llevaron a cabo cinco rondas de negociaciones indirectas en Omán. Había esperanza. Irán estaba dispuesto a limitar su enriquecimiento y aceptar verificaciones intrusivas, pero mantenía una línea roja innegociable: el derecho al enriquecimiento doméstico como símbolo de soberanía nacional. Por su parte, Washington, presionado por los “halcones” de ambos partidos y el lobby pro-israelí, exigía la rendición total del programa.
El momento definitivo ocurrió el 13 de junio de 2025. Mientras los diplomáticos preparaban una sexta ronda de conversaciones, Israel lanzó una serie de ataques masivos contra instalaciones y científicos iraníes. Fue un acto deliberado para interrumpir el proceso de paz. La diplomacia murió en el instante en que los misiles impactaron. No hubo accidente; hubo un cálculo político para asegurar que Irán nunca fuera legitimado como actor diplomático.
La respuesta de Estados Unidos el 21 de junio, bombardeando Fordow e Isfahán con la “Massive Ordnance Penetrator” (la bomba convencional más grande de su arsenal), solo terminó de sellar el destino de la región. Aunque el Pentágono clamó victoria, informes clasificados sugieren que los daños al programa nuclear iraní fueron superficiales y solo retrasaron el proceso unos meses, a costa de destruir para siempre la confianza en cualquier futura negociación.

Quién gana cuando el mundo pierde
Llegados a mayo de 2026, con el petróleo superando los 112 dólares por barril y el Estrecho de Ormuz bajo una tensión constante, cabe preguntarse: ¿por qué se eligió el camino del conflicto?
Richard Wolff es tajante: la industria de defensa no genera dividendos con la paz. Los laboratorios de ideas (think tanks) financiados por el complejo militar-industrial no reciben fondos cuando las tensiones disminuyen. Existe un interés material concreto en la perpetuación de la guerra. Para Arabia Saudita, un Irán bajo sanciones significa menos competencia en el mercado energético. Para Israel, un Irán aislado es la única forma de mantener su hegemonía militar absoluta en la zona.
La tragedia de Irán es la tragedia de la soberanía en el siglo XXI. Es la historia de un país que intentó jugar según las reglas diplomáticas y descubrió que, en el sistema imperial, las reglas cambian cuando afectan los intereses de los poderosos. Las “contradicciones internas del Estado imperial” que menciona Wolff explican por qué Estados Unidos a menudo actúa en contra de la estabilidad global para satisfacer a aliados regionales o sectores industriales domésticos.
Conclusión: Un futuro incierto
Hoy, el panorama es desolador. La confianza internacional está en ruinas. El canciller iraní, Abas Arachi, lo resumió con amargura: “Estados Unidos traicionó la diplomacia en medio de la mesa”. Mientras tanto, la población civil en Irán sufre las consecuencias de un colapso económico inducido, y el resto del mundo paga las facturas de una crisis energética que pudo evitarse con una firma y un poco de voluntad política.
Este episodio nos deja una lección fundamental sobre el poder: la diplomacia solo funciona cuando los que se benefician de la paz tienen más peso que los que lucran con la guerra. Lamentablemente, en el caso del acuerdo nuclear con Irán, las bombas resultaron ser más rentables que las palabras. Entender esta dinámica no es solo un ejercicio académico; es una necesidad urgente si queremos evitar que el próximo “incidente” diplomático se convierta en la chispa que incendie definitivamente nuestro presente.