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El Oscuro Secreto De Pablo Larios La Traición Familiar Que Destruyó Al Ídolo De México

Pablo Larios Iwasaki fue mucho más que el arquero invencible de la selección mexicana en la Copa del Mundo de mil novecientos ochenta y seis. Detrás de los vuelos espectaculares que asombraron al planeta y de la gloria deportiva que lo consagró como un mito viviente, se escondía la historia de un hombre profundamente marcado por el estoicismo, la tragedia y una serie de espeluznantes traiciones familiares que, de manera silenciosa, le arrebataron todo. Su vida no se apagó a causa de los excesos ni de una enfermedad repentina, sino por un profundo y doloroso silencio que lo acompañó como una sombra hasta su último suspiro en una cama de hospital en la ciudad de Puebla.

El origen de esta mentalidad inquebrantable se remonta a Zacatepec, Morelos, a principios de la década de los sesenta. En el seno de una familia trabajadora, con un padre español dedicado a vender materiales de construcción y una madre japonesa de carácter férreo y reservado, el joven Pablo aprendió a base de rigor una lección que lo definiría para siempre. A los nueve años ya cargaba pesados bultos de cemento, y cuando regresaba a casa con las rodillas destrozadas tras jugar en las canchas de tierra del estadio Agustín Coruco Díaz, su madre le inculcó la filosofía de no quejarse jamás. Ella le limpiaba las heridas mientras le repetía una frase que se tatuó en su alma y dictó su destino, ordenándole que no llorara, que simplemente cerrara los ojos y aguantara el dolor. Esta enseñanza construyó su temple de acero bajo los tres postes, pero al mismo tiempo construyó una prisión emocional que le impediría pedir ayuda cuando la vida comenzó a desmoronarse a su alrededor.

Su talento natural, silencioso pero deslumbrante, lo llevó a debutar como profesional y a imponer récords asombrosos de minutos sin recibir gol, lo que llamó la atención de los altos mandos

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