El 9 de abril de 2023, en una exclusiva residencia del Pedregal en la Ciudad de México, algo se rompió para siempre. No fue solo una vida la que se apagó; fue una fachada de perfección construida durante décadas bajo el implacable brillo de los reflectores. Pasadas las ocho de la noche, Julián Figueroa, de tan solo 27 años, fue encontrado sin vida. Era el único hijo del idilio entre Maribel Guardia y el legendario Joan Sebastián, un joven que cargó desde la cuna con el peso descomunal de dos apellidos demasiado grandes para cualquier ser humano.
Mientras las agencias de noticias y las redes sociales comenzaban a replicar la versión oficial de un “infarto agudo al miocardio y fibrilación ventricular”, puertas adentro de la residencia se gestaba una historia radicalmente distinta. No era el inicio de un duelo tradicional, sino el arranque de una operación de control de daños. La maquinaria del espectáculo y el instinto de supervivencia familiar se activaron en caliente para determinar qué parte de la verdad saldría al mundo y qué parte se enterraría bajo el fuego del crematorio.
Los tres pilares del secreto: Naltrexona, dinero y sospechas
Para entender la magnitud del colapso de la dinastía Figueroa-Guardia, es necesario desmenuzar tres elementos que los audios filtrados entre finales de 2025 y principios de 2026 han puesto sobre la mesa de la opinión pública. El primero es un secreto médico guardado celosamente: apenas dos meses antes de su fallecimiento, Julián había sido sometido en Torreón a la colocación de un implante subcutáneo de Naltrexona de liberación prolongada, con dosis que especialistas estiman en los 380 mg mensuales. Este tratamiento, diseñado para bloquear los receptores de placer en el cerebro y frenar impulsos de consumo severos, desnudaba la crítica situación física y emocional del joven.
El segundo elemento es una cifra escalofriante que transforma el dolor en sospecha: 300,000 pesos. Según las grabaciones y testimonios que hoy conmocionan a México, esa fue la cantidad presuntamente utilizada aquella noche para acelerar los trámites, evitar la intervención de la medicina legal, obviar la autopsia obligatoria ante una muerte súbita de un joven sin historial cardíaco y conseguir que un médico privado firmara un acta de defunción cómoda.
El tercer pilar es la guerra intestina que estalló tras el funeral. Una batalla feroz y descarnada entre Maribel Guardia y su nuera, Imelda Tuñón, por el control del patrimonio y, lo más doloroso, por la custodia de José Julián, un niño de apenas siete años atrapado en un fuego cruzado de intereses económicos, demandas judiciales y un testamento bajo sospecha de falsificación.
La raíz del miedo: Una niña de nueve años en el cementerio
Para comprender por qué una madre decide proteger la imagen pública de su hijo por encima de las respuestas que solo una autopsia podría otorgar, hay que viajar al pasado de Maribel Guardia. La mujer que el público mexicano admira como la estrella inquebrantable que no envejece, arrastra una herida de infancia que nunca sanó. A los nueve años, en su natal Costa Rica, Maribel regresó de la escuela para encontrar que su madre había muerto víctima del cáncer.
En medio del trauma, la pequeña Maribel caminó alrededor del ataúd y se repitió una mentira para poder seguir respirando: “Esa no es mi mamá”. El golpe definitivo ocurrió cuando escuchó el ruido seco de la tierra cayendo sobre la madera. Aquel sonido irreversible generó en ella una fobia visceral que la acompañaría toda su vida: el horror absoluto al cadáver, la incapacidad de ver el cuerpo inmóvil de un ser amado. Esta fobia explica, en gran medida, la urgencia desesperada por cremar el cuerpo de Julián en cuestión de horas. El fuego hizo el resto; redujo a cenizas las respuestas químicas y las interacciones que el implante de Naltrexona pudo haber tenido con posibles recaídas del joven, clausurando el expediente médico para siempre.
La bomba de tiempo y la oposición al internamiento

La versión de Imelda Tuñón apunta a que la tragedia pudo haberse evitado. Tras la colocación del implante, las indicaciones médicas eran estrictas: Julián requería supervisión absoluta, aislamiento de entornos de riesgo y un esquema de contención psicológica en una clínica de rehabilitación cerrada. Sin embargo, el relato de la viuda señala que Julián regresó a la casa del Pedregal.
Cuando el impulso de consumo regresó, el muro químico del implante provocó un efecto adverso y desesperado: al no sentir el efecto, el organismo fue expuesto a dosis mayores en un intento por romper la barrera del medicamento. El deterioro físico empezó a manifestarse con secuelas neurológicas, pérdida de movilidad en el lado izquierdo del cuerpo y una caída que le lesionó el brazo.
Según los testimonios del entorno, cuando se propuso un internamiento clínico real, la oposición vino de la propia Maribel Guardia. No por crueldad, sino por un amor sobreprotector y el pánico de ver a su único hijo expuesto ante la opinión pública como un paciente psiquiátrico o un fracaso de la dinastía. “Pobrecito de su bracito”, es la frase que se recuerda. Mientras el abismo se abría bajo los pies de Julián, la atención familiar se centraba en la herida visible, ignorando el derrumbe interno que carcomía sus cimientos.
La maldición de los Figueroa y una despedida ignorada
Julián Figueroa no solo creció bajo la sombra de la fama, sino dentro de una casa habitada por fantasmas. La tragedia y la muerte prematura parecen ser una herencia ineludible en el árbol genealógico de Joan Sebastián. En 2006, Trigo Figueroa fue asesinado de un disparo en la cabeza tras un concierto de su padre en Texas; tenía 27 años. Cuatro años más tarde, en 2010, Juan Sebastián Figueroa perdió la vida en un ataque armado en Cuernavaca. Julián creció viendo caer a sus hermanos uno a uno, desarrollando el presentimiento latente de que el mismo destino vendría por él al cumplir la fatídica edad.
El 8 de abril de 2023, un día antes de morir, Julián escribió un mensaje en sus redes sociales con motivo del natalicio de Joan Sebastián. Lo que el público leyó como un sentido homenaje era, en realidad, una carta de rendición:
“Al demonio con los premios, la fama y el dinero. Lo único que quiero es abrazar a mi padre”.
El cansancio de años se camufló de normalidad. Al día siguiente, tras manifestar un fuerte dolor en el pecho, Julián se retiró a una habitación a descansar. A las 8:30 de la noche, su cuerpo fue hallado sin vida, repitiendo con macabra exactitud la edad de la muerte de su hermano Trigo: 27 años.