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El AMULETO PROHIBIDO del CJNG: lo llevan en el PECHO para NO CAER

 Cuando un joven de 18 años de una colonia popular de Guadalajara o de un municipio marginado de Jalisco se integra a la estructura del CJNG y sale por primera vez a una operación armada, lleva consigo todo su mundo interior, lleva sus miedos, lleva los valores que absorbió en su entorno, lleva la imagen de su madre rezando el rosario y lleva, si su madre o su abuela o alguien en quien confía se lo dio antes de salir, el objeto de protección que ese mundo considera eficaz contra el peligro más extremo que un ser humano puede enfrentar. La posibilidad real de morir

esa noche. Los objetos de protección que circulan dentro de las estructuras del CJNG y del crimen organizado mexicano en general no son un catálogo uniforme. Son una variedad de objetos que responden a distintas tradiciones, a distintas regiones de origen de sus portadores y a distintas concepciones sobre qué tipo de protección se necesita y de qué fuente puede venir.

 La Santa Muerte es el referente más conocido y el que más atención mediática ha recibido. su imagen esquelética, su guadaña, su balanza, su globo terráqueo, iconografía que originalmente proviene de las representaciones medievales europeas de la muerte personificada, pero que en México adquirió una vida propia, una devoción masiva y una asociación particular con el mundo del crimen organizado, que no responde a ninguna decisión de ninguna organización criminal, sino a algo más orgánico y más complejo. La Santa Muerte se convirtió

en la patrona no oficial de quienes viven al margen de la ley, de quienes no pueden acudir a la Virgen de Guadalupe ni a ningún santo oficial del catolicismo, porque sus actividades los ponen fuera del pacto moral que esa religiosidad implica. La Santa Muerte no juzga, no pregunta de qué vives, protege a quien le reza con sinceridad, independientemente de lo que ese alguien haga cuando sale a la calle.

 Esa falta de juicio moral es precisamente lo que la hace atractiva para quienes operan en estructuras criminales y que, sin embargo, no han abandonado la necesidad humana de sentir que existe alguna forma de protección sobrenatural sobre sus vidas. Dentro de las estructuras del CJNG se han documentado distintos colores de la Santa Muerte asociados a distintas peticiones.

 La Santa Muerte Roja es invocada para el amor y la pasión, pero también para dominar a enemigos. La negra es la más asociada con la protección contra el peligro físico y con la venganza. La dorada se vincula al dinero y al éxito en los negocios. Y la Santa Muerte de Siete colores, que integra todas las peticiones en una sola figura, es la que los devotos más comprometidos consideran la más poderosa y la que requiere el mayor nivel de compromiso ritual de parte del portador.

 Ese compromiso no es solo llevar la figura, es mantener un altar activo, ofrecer veladoras de los colores correspondientes en fechas específicas, hablar con la figura como si fuera una persona presente y cumplir las promesas que se hacen en momentos de peligro extremo si la protección funciona. un operador del CJNG que prometió a la Santa Muerte Negra regresar con vida de un operativo y que efectivamente regresó, tiene ahora una deuda espiritual que siente como absolutamente real y que tiene que saldar con la misma seriedad con la que

saldaría una deuda económica. Pero la Santa Muerte, a pesar de su visibilidad mediática, no es el único ni necesariamente el más común de los objetos que circulan en las estructuras del CJNG. Los escapularios son quizás más frecuentes que cualquier figura de la Santa Muerte, precisamente porque son discretos, porque pueden llevarse bajo la ropa sin que nadie los vea, porque tienen una larga tradición dentro del catolicismo popular que no genera las sospechas que puede generar una figura esquelética. El escapulario verde del

Monte Carmelo, el escapulario Café de San Francisco, objetos que miles de mexicanos devotos llevan con total legitimidad religiosa y que en el contexto del crimen organizado adquieren una función protectora específica que sus portadores describen en términos que mezclan la devoción religiosa con la magia popular.

 San Judas Tadeo merece mención especial porque su adopción masiva por parte de jóvenes de sectores populares urbanos, incluyendo muchos vinculados al crimen organizado, es uno de los fenómenos culturales más llamativos de la religiosidad popular mexicana contemporánea. El santo de las causas imposibles o desesperadas encontró en los jóvenes de las colonias más marginadas del país un ejército de devotos que lo consideran protector específico de quienes viven en situaciones de riesgo extremo.

 Las procesiones del 28 de cada mes en el templo de San Hipólito en la Ciudad de México, donde decenas de miles de personas llevan sus figuras del santo para que sean pasadas y recargadas espiritualmente, son una manifestación a la vista de todo el que quiera verla, de hasta qué punto esta devoción ha permeado sectores sociales que incluyen, sin lugar a dudas, a personas vinculadas con el crimen organizado.

 Hay también objetos de protección que responden a tradiciones más antiguas y más específicamente mexicanas. Las hierbas medicinales y rituales que se combinan en bolsitas o amuletos de tela conocidas en algunos contextos como trabajos o resguardos, tienen una presencia en el mundo del crimen organizado que rara vez se documenta públicamente porque su uso es más íntimo y más reservado que el de los objetos de devoción popular masiva.

 Estas preparaciones son elaboradas por curanderos, brujos o personas de confianza con conocimiento de plantas y rituales. Y su lógica es la de crear una especie de campo de protección espiritual alrededor del portador que lo haga invisible o invulnerable ante el peligro. La eficacia de esos objetos no es algo sobre lo que el periodismo pueda pronunciarse, pero su existencia y su uso son un hecho documentado que dice mucho sobre la psicología y la cultura de las organizaciones criminales.

 Lo que resulta particularmente interesante del CJ en relación con estas prácticas es que la organización no solo tolera la religiosidad y la búsqueda de protección espiritual de sus integrantes, en algunos casos documentados la incorpora activamente como parte de sus mecanismos de control interno y de cohesión de grupo.

 Los rituales de iniciación de nuevos integrantes en algunas estructuras del CJNG incluyen elementos que van más allá de la simple demostración de lealtad. mediante actos de violencia. Hay reportes de ceremonias que incorporan invocaciones de objetos rituales que son otorgados por los mandos a los nuevos miembros como símbolo de protección y de pertenencia, de juramentos que se hacen ante imágenes religiosas o ante figuras que pertenecen al universo de las creencias populares.

Esas ceremonias cumplen múltiples funciones simultáneas. Crean un vínculo emocional entre el nuevo integrante y la organización. establecen una deuda simbólica que va más allá del contrato económico y construyen una narrativa de protección sobrenatural que en el contexto del riesgo extremo que implica pertenecer a esa estructura tiene un valor psicológico real y mensurable.

 La entrega del amuleto por parte de un mando a un subordinado no es solo un gesto simbólico, es un acto que construye jerarquía y lealtad de una manera que el salario no puede replicar. El joven que recibe de manos de su jefe un objeto que se presenta como cargado de poder protector, no recibe solo ese objeto.

 Recibe la señal de que la organización se preocupa por su supervivencia, de que hay alguien por encima de él que tiene el poder y el conocimiento para protegerlo, de que pertenece a algo que va más allá de un contrato de trabajo criminal. Ese tipo de vínculo emocional es uno de los mecanismos de fidelización [música] más poderosos que tienen las organizaciones criminales y que hace que muchos de sus integrantes permanezcan leales, incluso cuando las condiciones económicas o de riesgo se deterioran.

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