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Cuando Clark Gable intentó comprar el amor de María Félix — Su respuesta fue devastadora

 

 

 Se había peinado con gomina, como en sus películas, y olía a la colonia que Kerel le había regalado antes de morir. La misma que seguía usando porque era lo único que le quedaba de ella. Se sentó en la mesa que María había elegido, una mesa en una esquina elevada desde donde se veía todo el restaurante, pero donde nadie podía escuchar la conversación.

 Un lugar estratégico, un lugar de poder. Gabel pidió un whisky. Sparrow. Las 9 en punto. Nada. Las 9:10. Nada. Las 9:15. El mesero se acercó. ¿Desea ordenar algo más, señor? No, estoy esperando a alguien. Las 9:20, las 9:25, Gabel empezó a sentir algo que no había sentido en años. Nervios. Él que había besado a Vivien Lake frente a 100 personas en un set de filmación sin sudar una gota, estaba nervioso esperando a una mujer en un restaurante.

A las 9:32 minutos, María Félix entró al restaurante y el mundo se detuvo. No fue una entrada, fue una aparición. Llevaba un vestido rojo de Cristian Dior, ceñido al cuerpo como si hubiera sido cocido directamente sobre su piel. Joyas de cartier en el cuello, en las muñecas, en los dedos, el cabello recogido en un moño alto que exponía su cuello largo, elegante, desafiante.

 Y los ojos, esos ojos oscuros que habían destruido matrimonios, carreras y egos de hombres en tres continentes. Cada persona en el restaurante dejó de comer, de hablar, de respirar. Los meseros se quedaron inmóviles. Una copa se cayó de una mesa y nadie la recogió. María caminó hacia la mesa de Gabel con una lentitud deliberada, cada paso calculado, cada movimiento una declaración.

 No se apuraba. No se apuraba por nadie. Gabel se puso de pie por instinto, como separa un hombre frente a algo más grande que él. María llegó a la mesa, lo miró de arriba a abajo, como se evalúa un caballo en una subasta, y dijo en un francés perfecto, porque sabía que Gabel hablaba francés, algo que él no sabía que ella sabía.

Eres más bajo que en tus películas. Gabel se quedó helado. Nadie le había dicho algo así en su vida. Nadie se atrevía. Él era Clark Gabel. Las mujeres se desmayaban cuando lo veían y esta mujer, esta mujer mexicana, lo primero que hacía era señalar que era chaparro. Sonriel fue lo único que pudo hacer.

 Y usted, dijo en un inglés torpe, es exactamente como en las suyas. María se sentó sin esperar a que él le ofreciera la silla. No necesitaba que nadie le ofreciera nada. Pidió una botella de Cható Margaux, 1928 sin mirar la carta de vinos. El mesero corrió a buscarla. Gabel observaba todo, fascinado y aterrorizado al mismo tiempo.

 “Señor Gabel”, dijo María en español mirándolo directamente. El traductor se preparó. ¿Por qué está aquí? Vine a conocerla. Eso ya lo sé. ¿Por qué realmente está aquí? Gabel tomó un trago de su whisky. Porque vi su película enamorada y no he podido pensar en otra cosa. María lo estudió. Sus ojos eran escáneres que leían mentiras, como otras personas leían periódicos.

¿Cuántas veces ha usado esa línea? Ninguna. Esta es la primera vez porque es la primera vez que es verdad. María no sonró, pero algo cambió en sus ojos. Un destello de curiosidad, mínimo, casi invisible, pero Gabel lo captó. Era un actor, después de todo, sabía leer microexpresiones. Interesante, dijo María. Continue.

 La cena duró 4 horas. Hablaron de cine, de guerra, de amor, de muerte. Gabel le contó sobre Kel, algo que nunca hacía con nadie. Le contó cómo se había sentado en las ruinas del avión esperando encontrar algo de ella, un anillo, un zapato, cualquier cosa, y no encontró nada. Le contó cómo había volado sobre Alemania deseando que un proyectil lo alcanzara.

 Le contó que desde entonces cada mujer que conocía era como mirar a través de un vidrio. Podía verlas, pero no sentirlas. María escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, dijo algo que Gabel no esperaba. Usted no quiere una mujer, señor Gabel. Quiere un fantasma. ¿Quiere que alguien le devuelva lo que perdió? Y eso es imposible. Gabel se quedó callado.

 No estoy buscando un fantasma. Entonces, ¿qué busca? Algo real. María lo miró largamente. Lo real duele. Señor Gabel. ¿Está preparado para eso? El mesero trajo el postre. María no lo tocó. Gabel tampoco. El restaurante se había vaciado. Solo quedaban ellos dos y el silencio. Esa noche, cuando María se fue en su auto, Gabel se quedó sentado en la mesa vacía durante 20 minutos.

 Howard Strick Kling lo encontró así. Clark, ¿está bien? No, dijo Gabel. No estoy bien, estoy enamorado. Lo que siguió durante las tres semanas que Gabel pasó en Ciudad de México fue una campaña de conquista que habría impresionado a cualquier general militar. Cada mañana Gabe enviaba un regalo.

 No flores porque María había prohibido flores. Enviaba libros, primeras ediciones de autores franceses que sabía que ella admiraba. Un ejemplar firmado del Principito de Saintex Superi que acababa de publicarse postumamente. Una primera edición de Madame Bobari, un manuscrito original de un poema de Paul Elward dedicado a ella, que Gabel había conseguido a través de contactos en París pagando una fortuna.

 María recibía los regalos sin comentar. No agradecía, no rechazaba, simplemente los recibía. Como recibe una reina los tributos de un vasallo. G. también organizó cenas, paseos, eventos. La invitó a una función privada de lo que el viento se llevó en el cine Alameda con la película doblada al español especialmente para ella.

María asistió, pero se fue antes del intermedio. Es demasiado larga, le dijo al salir. Y Viven Lake sobreactúa. Gabel recibió el golpe con la sonrisa del hombre que sabe que está siendo probado. Cualquier otro hombre habría explotado. Gabel entendía que María no estaba siendo cruel por crueldad. Estaba midiendo.

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