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CHET Baker: SIN DIENTES por una paliza… El macabro MISTERIO de la ventana que SACUDIÓ al JAZZ

 

 

 Fue amor a primera vista. En pocas semanas estaba tocando de oído canciones que otros estudiantes tardaban meses en aprender con partituras delante y lo hacía con una naturalidad que hacía que los que lo escuchaban se preguntaran si realmente era la primera vez que tocaba ese instrumento o si llevaba toda la vida haciéndolo en secreto.

 A los 16 años abandonó el colegio. Sus padres lo alistaron en el ejército en 1946. Oh, en parte porque no había mucho más que hacer con un adolescente que no quería estudiar y en parte porque la situación en casa con el padre alcohólico había llegado a un punto que era insostenible para todos los que vivían dentro.

 Y Ched fue el más feliz del mundo con esa decisión porque el ejército era una puerta de salida. Cualquier salida era mejor que quedarse y lo enviaron a Berlín, al Berlín de la posguerra, una ciudad en ruinas que olía a quemado y a escombros,  y a la derrota de algo que había creído ser eterno, con los edificios reventados como cáscaras vacías y la gente moviéndose por las calles con esa mirada específica de quien lo ha perdido casi todo y todavía no ha decidido qué hacer con lo que queda.

 Ahí Ched Baker tocó en la banda militar número 298 y descubrió algo que no había sabido nombrar hasta entonces, que la trompeta no era un instrumento, era un lenguaje completamente propio, una forma de decir cosas con exactitud, sin necesitar palabras ni explicaciones, y que no requería mentir ni fingir ni cumplir con las expectativas de nadie.

 Era el único lugar donde Ched Baker podía ser completamente el mismo sin que eso tuviera consecuencias. Cuando volvió de Berlín en 1948, se inscribió en el Camino College de Los Ángeles para estudiar teoría musical y armonía. Pero las aulas le duraron poco, como siempre. No porque fuera incapaz de aprender, sino porque lo que se enseñaba en las aulas era una representación abstracta de algo que él ya estaba viviendo de noche en los clubes de California.

 Los clubes de jazz de la costa oeste en aquella época eran el mundo donde la música se hacía de verdad, donde ocurrían cosas cada noche que ningún conservatorio podía replicar a la luz del día, donde la improvisación era la ley absoluta y la partitura, era, en el mejor de los casos, una sugerencia de punto de partida.

 Ch se fue hacia ese mundo con la misma inevitabilidad con que el agua baja hacia el mar y empezó a tocar en el hermosa beach, en el Lighthouse que estaba literalmente sobre la playa de Los Ángeles con el Pacífico al fondo en pequeños clubes del sur, donde las noches duraban hasta que el sol empezaba a romper sobre el océano y los últimos  clientes salían parpadeando hacia la claridad de la mañana sin querer que hubiera terminado.

Su primer grupo importante fue el del saxofonista Vido Muso. De ahí pasó al quinteto de Stan Gettes con quien grabó sus primeras sesiones en la primavera de 1952, incluyendo una versión de Out of Nowhere que los críticos que la escucharon de primera mano describieron como la revelación de un talento que no tenía precedente en la escena de la costa oeste.

 Y entonces, poco después de esas grabaciones con Gets, ocurrió lo que cambió todo y que Ched Baker contó de formas distintas, pero que siempre terminaba con el mismo resultado. Charlie Parker lo escuchó tocar en el Tiffany’s Club de Los Ángeles y le pidió que se quedara en su quinteto. Charlie Parker, el pájaro. La figura más importante del jazz americano de la segunda mitad del siglo XX.

 El arquitecto del Bob Tiirt llevó el hombre que había llevado la música a velocidades y complejidades armónicas que hacían que sus contemporáneos se preguntaran si estaban escuchando a un ser humano o algo de otra naturaleza. Parker había escuchado a todos los trompetistas de América. Había rechazado a muchos sin pensárselo dos veces y había escuchado a ese muchacho de Glendell y  pedido específicamente que se uniera hasta su grupo para los conciertos de la costa oeste.

 Para Ched Baker, que tenía 22 años y era básicamente un desconocido fuera de los clubes locales, aquello era un honor sin precedentes y también era el primer paso en una dirección de la que nunca iba a poder salir completamente. C. Sparker veía en Baker algo específico y difícil de articular, una ligereza lírica que complementaba la densidad armónica del BBOP de formas que ningún otro trompetista de su entorno podía ofrecer en ese momento.

 Chedaba con la urgencia explosiva de un DC Gilesp ni con la dureza intelectual de un Miles Davis. tocaba con una especie de naturalidad melancólica que hacía que la complejidad más exigente del BBOP sonara accesible, casi íntima, como si la música más sofisticada del momento pudiera llegar a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharla en silencio.

 Era exactamente lo que Parker necesitaba para aquellos conciertos. Y aquí arranca el principio del fin, aunque nadie lo llamara así en ese momento ni nadie alrededor de aquel escenario tuviera ningún interés en ponerle ese nombre, porque Charlie Parker era heroinómano con más de una década de consumo y los músicos que tocaban con Parker vivían en un ambiente donde la heroína era tan parte del paisaje como las sillas del club o el humo del tabaco o el sonido del saxo.

 No era una presión directa. Nadie le puso una jeringa en la mano con un discurso sobre la inspiración. Era algo mucho más sutil y, por eso mismo, mucho más peligroso. Era la normalidad, era lo que hacían los mejores, era la señal implícita de que formabas parte de algo serio, de que habías llegado al nivel donde las cosas  se hacían de verdad.

 En 1952, según cálculos que circularon ampliamente en la prensa de jazz de la época, la mayoría de los músicos de jazz americanos  de primera línea consumía heroína con regularidad. Y en ese contexto es el joven Ched Baker aprendió a inyectarse sin que nadie en el mundo que lo rodeaba le dijera que no, porque en ese mundo nadie decía que no.

 La industria miraba para otro lado, los clubes miraban para otro lado, los sellos discográficos necesitaban el producto y preferían profundamente no preguntar en qué estado llegaba el artista capaz de producirlo. Tenía 22 años cuando empezó a consumir heroína con regularidad, la misma edad a la que tocó con el mejor saxofonista del mundo. Los dos hechos están conectados de formas que nadie en aquel entorno quería examinar con detenimiento y esa falta de voluntad de examinarlos fue para muchos músicos de esa generación.

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