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CARLOS ZÁRATE: TUMBÓ a Muhammad ALI del ranking… 10 AÑOS hundido en la COCAÍNA

 

 

  Martínez era un gran campeón, un técnico refinado, pero Sarate lo trató como a un principiante. En el noveno round, una combinación de tres golpes mandó a Martínez a la lona y Carlos Sáate se coronó rey del mundo. A partir de ahí, la locura. Regresó a México como un héroe nacional. El presidente lo recibió.

 Las marcas de ropa querían su rostro. Los restaurantes no le cobraban la cuenta. Sarate era el dueño de la ciudad. Pero en el vestidor, después de esa pelea, ocurrió algo que pocos saben. Sarate sintió un vacío. Había llegado a la cima y de repente no sabía qué más había arriba. Esa noche en la celebración hubo más que alcohol sobre la mesa.

 Fue el primer contacto real con un mundo de excesos que terminaría por devorarlo. Piensa en eso un momento. Tienes 25 años. Eres el campeón del mundo. Tienes un récord invicto de 40 peleas y 39 knockouts. El mundo te dice que eres invencible y tú empiezas a creértelo. Sara te comenzó su reinado con una ferocidad nunca antes vista. Defendió su título una, dos, tres veces, todas por knockout.

 Su pelea contra Alfonso Zamora en 1977, conocida como la batalla de las setas, fue el punto máximo de su carrera. Eran dos invictos, dos noqueadores, dos amigos enfrentados por el orgullo y millones de dólares.  Sara te noqueó a Zamora en el cuarto round. Fue esa noche cuando la revista The Ring lo colocó por encima de Muhammad Ali en el ranking Libra por libra.

 Grábate ese detalle. Un peso gallo mexicano era considerado mejor boxeador que el más grande de todos los tiempos en su propio apogeo. Ese fue el momento en que Carlos Sarate tocó las estrellas, pero también fue el momento en que empezó a quemarse. Con la fama de ser el mejor del mundo, llegaron los contratos de patrocinio millonarios.

 Sarate empezó a ganar bolsas de 200, y 300 por pelea. En el México de los años 70 eso era una riqueza obsena. Se compró una mansión, llenó su garaje de coches de lujo y empezó a rodearse de una corte de aduladores que le decían que podía hacer lo que quisiera. Tú eres el Cañas, tú no necesitas dormir. Tú no necesitas dieta, tú noqueas a cualquiera con una mano atada, le repetían.

 Y él escuchó, “Las sesiones de entrenamiento empezaron a acortarse. Las fiestas empezaron a durar días. El alcohol ya no era una recompensa ocasional, era el combustible diario para manejar la ansiedad de ser el mejor, pero lo peor estaba por venir. Entre los invitados a sus fiestas empezaron a aparecer personajes oscuros que introdujeron algo más que botellas de champán.

 Apareció la dama blanca, la cocaína, que al principio parecía darle la energía que los entrenamientos ya no le proporcionaban. Nadie te contó esto, pero Sara te peleó varias de sus defensas titulares bajo los efectos de sustancias o con resacas que habrían matado a un hombre normal. Su talento era tan inmenso que podía permitirse ese descuido y aún así ganar.

 Pero el cuerpo tiene memoria y el boxeo es un deporte que no perdona la falta de respeto. En 1978, aunque seguía ganando, su peso empezaba a ser un problema. Ya no era el Cañas Delgado de forma natural. Era un hombre que tenía que sufrir deshidrataciones brutales para marcar las 118 libras del peso gallo, porque su cuerpo estaba hinchado por los excesos.

 Cada vez que subía a la báscula era una pequeña derrota que anticipaba la gran caída. Sin embargo, el público no veía eso. El público veía al ídolo que seguía acumulando cadáveres deportivos sobre la lona. Nadie imaginaba que el hombre que tumbó a Muhamad Ali de los rankings estaba a punto de tropezar con su propia sombra.

 La relación de Sarate con su entrenador y con su promotor empezó a fracturarse. El dinero, que antes fluía con facilidad hacia su familia, empezó a desviarse hacia negocios absurdos. Disotecas que nunca abrieron, ranchos que no producían nada,  inversiones en paraísos fiscales que resultaron ser estafas. Se dice que en solo dos años Sarate perdió cerca de un millón de dólares en malas decisiones financieras orquestadas por gente en quien confiaba, pero a él no le importaba porque pensaba que siempre habría otra pelea, otra bolsa

millonaria, otro knockout salvador. No entendía que la curva del éxito ya había pasado su punto más alto. Su confianza se transformó en soberbia. Dejó de estudiar a sus rivales. Dejó de escuchar los consejos de quienes  lo querían de verdad. Estaba solo en su pedestal, rodeado de gente que solo quería una parte de su botín.

 Escucha esto.  Para 1979, Carlos Sarate ya no era un boxeador, era una marca que se estaba desgastando. Su récord era de 52 victorias y cero derrotas con 51 knockouts. Una estadística que asusta a cualquiera. Pero por dentro Carlos estaba roto. Sus reflejos ya no eran los mismos. El hubo no salía con la misma velocidad de rayo y entonces llegó la pelea que cambiaría su vida para siempre.

 No fue contra un monstruo extranjero, fue contra un compatriota, un hombre que parecía no tener ninguna oportunidad contra el gran Saráate, Lupe Pintor. Pero antes de llegar a esa noche fatídica en Las Vegas, Sarate ya había perdido la pelea en los hoteles de la Ciudad de México entre líneas de polvo blanco y madrugadas de olvido.

 Grábate esto porque es el inicio del fin. El 29 de octubre de 1979, Carlos Sarate subió al ring no para defender un título, sino para intentar convencerse de que seguía vivo. Lo que pasó esa noche fue un robo para muchos, pero para Carlos fue la excusa perfecta para entregarse definitivamente al abismo.

 Pero eso solo era el principio del verdadero infierno, porque lo que vino después de esa pelea lo destruiría todo. La noche del 29 de octubre de 1979 en el Caesars Palace de Las Vegas, no fue solo una pelea de boxeo, fue el funeral en vida de una leyenda. Escucha esto porque es el momento exacto donde la realidad se partió en dos para Carlos  Sarate. Imagina la escena.

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