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29 de Abril – Santa Catalina de Siena: La Consejera de Papas y Defensora de la Iglesia

 

 

 La degradaron a criada de la casa. Le asignaron las tareas más pesadas. cocinar, fregar, lavar la ropa de toda la familia, atender a los huéspedes. La intención era clara. Si no podían doblegarla con argumentos, la doblegarían con agotamiento. No la conocían. Catalina hizo algo que ninguno de sus perseguidores esperaba. Sirvió con alegría, no con la resignación amarga de quien obedece a la fuerza, sino con una paz radiante que desconcertaba a quienes la rodeaban.

Había descubierto un secreto que la haría invulnerable. Si no tenía un cuarto exterior para rezar, construiría una celda interior en su propio corazón. “Hazte dentro de ti una celda que nunca podrás abandonar”, diría años después. Era la lección que estaba aprendiendo en aquella cocina, que la intimidad con Dios no depende de las circunstancias exteriores, depende del corazón.

 El padre fue el primero en ceder. Un día entró en la habitación donde Catalina rezaba escondidas y vio o creyó ver una paloma luminosa posada sobre su cabeza. Ya como hombre sencillo, pero de fe sincera, comprendió que algo más grande que sus planes paternales estaba en juego. Reunió a la familia y pronunció las palabras que cambiarían todo.

 Que nadie la moleste más. Dejadla servir a su esposo celestial como quiera. La madre tardó más. Lapa tardaría años, décadas en aceptar del todo la vocación de su hija. Pero la resistencia activa cesó. Catalina había ganado su libertad y la usó para encerrarse. En un cuartito de la casa paterna, poco más que un armario, apenas 3 m², Catalina se recluyó voluntariamente.

Tenía 16 años. No saldría durante 3 años. 3 años de silencio, 3 años de oscuridad. La única luz era la de una pequeña lámpara ante un crucifijo. Tr años de ayuno extremo. Comía tan poco que los biógrafos posteriores debatirían si era humanamente posible sobrevivir con lo que ingería. 3 años de oración continua.

 No la oración tibia de quien cumple una rutina, sino el diálogo ardiente de un alma que ha decidido no salir de la presencia de Dios hasta haber sido completamente transformada. Pero aquella celda no fue un refugio apacible, fue un campo de batalla. Las tentaciones que Catalina enfrentó durante esos 3 años tienen una violencia que eriza la piel, visiones demoníacas que llenaban la habitación de obsenidades, asaltos contra su pureza que la dejaban temblando, voces que le decían que estaba loca, que perdía su juventud, que nadie la amaba, que Dios la había

abandonado. Catalina las enfrentó todas con una tenacidad que revela la fibra de acero que había debajo de aquella piel de joven cienesa. Cuando Cristo se le apareció al final de una de aquellas batallas y le preguntó, “¿Dónde estabas, Señor, mientras yo sufría?” La respuesta la marcó para siempre.

 Estaba en medio de tu corazón. Estuve contigo todo el tiempo. Al cabo de tres años, la voz que la había encerrado le ordenó salir. Ya no vivirás solo para ti, vivirás para los demás. La contemplación había terminado. Comenzaba la acción. Pero la acción de Catalina no sería la de un monje que sale del claustro para predicar, sería la de un volcán que erupciona.

 Antes de salir al mundo, Catalina necesitaba una estructura y la encontró en la orden tercera de Santo Domingo. Mantellate, llamadas así por el manto negro que vestían sobre la túnica blanca dominicana, eran mujeres laicas que vivían en el mundo bajo una regla de oración y servicio. Normalmente eran viudas de edad avanzada. Cuando Catalina, con apenas 17 años pidió ser admitida, las mantellate la rechazaron.

Era demasiado joven, demasiado bonita, demasiado extraña. ¿Qué hacía una muchacha soltera pidiendo entrar en una orden de viudas? Pero la insistencia de Catalina o quizás la intervención de la providencia venció las resistencias, fue admitida, vistió el hábito blanco y negro y se lanzó al servicio de los más pobres de Siena con una intensidad que dejó atónitas a las viudas respetables que formaban la cofradía.

 Catalina no servía a los pobres presentables. Buscaba a los más repugnantes, a los leprosos cuyas llagas supuraban, a los pestíferos, que todos evitaban por terror al contagio, a los presos que se pudrían en las cárceles de la ciudad, a los condenados a muerte, a quienes acompañaba hasta el cadalzo, sosteniéndoles la mano mientras la espada caía.

 Hay un episodio que revela la naturaleza de su caridad mejor que cualquier descripción. Una mujer llamada Andrea, enferma de un cáncer de pecho que despedía un olor insoportable, había sido abandonada por todos, incluso por los otros cuidadores. Catalina la adoptó, la visitaba cada día, le lavaba las heridas con sus propias manos, le cambiaba los vendajes empapados de pus.

Y cuando la náusea amenazaba convencerla, Catalina, en un acto que desafía toda lógica natural, acercaba su rostro a la herida y respiraba el edor como si fuera incienso. No por masoquismo, por amor, el amor que ve en la carne putrefacta del enfermo, la carne herida de Cristo. Andrea, lejos de agradecer los cuidados, la insultaba, la acusaba de hipocresía, difundía rumores sobre su honra.

 Catalina no respondió a los insultos, siguió cuidándola hasta el final. Cuando Andrea murió, Catalina tuvo una visión. Cristo le mostraba la herida del costado y le decía que cada vez que había lavado las llagas de Andrea, había lavado las suyas. La fama de Catalina creció como un incendio que ningún viento podía apagar.

 Alrededor de ella se formó un grupo de seguidores que la tradición llama la bella brigata, la bella compañía. No era un grupo homogéneo. Había dominicos eruditos y artesanos analfabetos, nobles y prostitutas convertidas, sacerdotes y soldados, poetas y lavanderas, todos atraídos por algo que no sabían nombrar, pero que no podían resistir.

 La presencia de una mujer en la que Dios parecía habitar con una intensidad casi visible. La llamaban mamadre, aunque apenas tenía veintitantos años. Y Catalina ejercía esa maternidad espiritual con una naturalidad asombrosa. Aconsejaba, corregía, consolaba, reprendía cuando era necesario, con una firmeza que no admitía réplica.

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