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27 de Abril – Santa Zita: La Santidad en el Servicio Doméstico

 

 

 No mentía cuando algo se rompía o se perdía. Para los otros criados, la virtud de Sita era una acusación ambulante. No necesitaba señalarlos con el dedo. Su mera presencia, la forma en que trabajaba, la forma en que rezaba, la forma en que trataba a todos con la misma amabilidad desconcertante. Era un espejo en el que nadie quería verse.

 Y cuando uno no puede soportar lo que el espejo refleja, tiene dos opciones, cambiar o romper el espejo. Eligieron romper el espejo. Los insultos eran constantes, la llamaban hipócrita, falsa, mojigata, le escondían las herramientas de trabajo, le echaban la culpa de cosas que no había hecho, le servían las sobras frías cuando ya todos habían comido, la empujaban en los pasillos, se burlaban de sus oraciones, le decían que su piedad era una farsa para ganarse el favor de los patrones.

Cuando los patrones, lejos de favorecerla, la trataban con la misma indiferencia con que se trata a cualquier criada nueva, pagano Fatinelli la consideraba demasiado lenta. Le molestaba que llegara tarde de misa, unos minutos que Cita robaba al sueño, no al trabajo. En más de una ocasión la reprendió con dureza.

 Su esposa, aunque menos áspera, mantenía la distancia fría que la clase alta guardaba con los sirvientes. Cita no tenía aliados. A los 12, a los 13, a los 14 años estaba completamente sola en una casa llena de gente y, sin embargo, no se quejó ni una vez. No elevó protesta alguna, no respondió a los insultos, no buscó venganza ni justicia.

 hacía algo mucho más perturbador. Respondía a cada agresión con un acto de servicio. Si alguien le escondía una herramienta, trabajaba el doble para compensar el tiempo perdido. Si le servían comida fría, la comía con gratitud. Si la insultaban, bajaba los ojos y seguía trabajando. No era debilidad, era una fortaleza que nadie en aquella casa había visto antes.

 La fortaleza de quien sabe que su dignidad no depende de lo que otros piensen de ella, sino de lo que Dios ve en su corazón. El día de cita comenzaba en la oscuridad. Se levantaba antes del primer rayo de sol, antes que los gallos, antes que el panadero, antes que la ciudad despertara. Caminaba por las calles vacías de Luca hasta la iglesia de San Frediano, una basílica románica cuya fachada de piedra gris se alzaba como un centinela silencioso en la penumbra del amanecer.

 Allí asistía a la primera misa del día. Allí recibía la comunión, que era el combustible de todo lo que vendría después. Allí hablaba con Dios antes de hablar con nadie más. Después de vuelta a la casa Fatinelli comenzaba la jornada de trabajo y Cita trabajaba con una intensidad que transformaba cada tarea en algo que excedía lo meramente funcional.

 Sus pisos no estaban solo limpios, brillaban. Su pan no estaba solo horneado, era el mejor pan de la casa. Su ropa lavada no estaba solo limpia, estaba perfectamente doblada, perfectamente planchada, con un esmero que habría sido excesivo si no viniera de un lugar más profundo que la simple diligencia, porque parasita no había diferencia entre rezar y trabajar.

 No eran dos actividades separadas que competían por su tiempo. Eran la misma cosa vista desde ángulos distintos. Amasar pan era oración, barrer el patio era liturgia, servir la mesa era servir a Cristo, literalmente porque Sita veía a Cristo en cada persona que se sentaba a comer, desde el patrón hasta el último mendigo que llamaba a la puerta.

 La frase que la tradición le atribuye resume toda su espiritualidad con la precisión de un diamante. Una sirvienta que no es devota no es una verdadera sirvienta. No era una frase bonita para abordar en un cojín. Era una declaración de principios que elevaba el trabajo doméstico, el trabajo más despreciado de la sociedad medieval, a la categoría de vocación sagrada.

 Cita no servía a los Fatineli, servía a Dios en la casa de los Fatineli. Y esa distinción lo cambiaba todo. Lo que Sita vivía de manera instintiva en su cocina de Luca era algo que la Iglesia tardaría siglos en formular con precisión teológica. San Benito, siete siglos antes, había acuñado el lema que definiría la vida monástica de Occidente. Ora etlabora.

reza y trabaja. Pero incluso en los monasterios benedictinos la oración y el trabajo ocupaban espacios separados. Había horas para el coro y horas para el huerto, tiempos de silencio contemplativo y tiempos de labor manual. Eran dos actividades que se alternaban. Cita fue más lejos. Ella no alternaba, fusionaba.

 En sus manos, el rosario y el rodillo de Amazar eran el mismo instrumento. La oración no interrumpía el trabajo, ni el trabajo interrumpía la oración, porque para ella no había frontera entre ambos. Es una intuición que tiene raíces profundas en la escritura, aunque cita probablemente nunca las leyó. San Pablo había escrito a los Colosenses, “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón como para el Señor y no para los hombres.

 No dijo todo lo que recéis, no dijo todo lo que prediquéis, dijo todo. La palabra griega es pan, todo, sin excepción, sin jerarquía, sin distinguir entre lo sagrado y lo profano. Fregar un suelo puede ser tan agradable a Dios como componer un himno si se hace con el mismo amor. Lavar la ropa de otro puede ser tan meritorio como lavar los pies de un peregrino.

 Y las manos que lavan lo hacen como si tocaran al propio Cristo. Cita no conocía la carta a los Colosenses, pero la vivía con una literalidad que habría asombrado al propio Pablo. Siglos después de su muerte, un sacerdote español llamado José María Escribá fundaría una obra entera sobre la misma intuición que Sita había vivido sin nombre ni doctrina.

 Santifica tu trabajo. Santifícate en tu trabajo. Santifica a los demás con tu trabajo. Cuando Escribá predicaba esto en el Madrid del siglo XX, los intelectuales católicos lo miraban con escepticismo. ¿Cómo puede ser santo un ingeniero, un abogado, una ama de casa? Cita habría sonreído ante la pregunta. Ella lo sabía desde los 12 años.

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